Reservé el hotel liberal y mi mujer no dijo que no
El verano en nuestra ciudad es una condena. El aire acondicionado de casa había muerto a mediados de junio y la casa se había convertido en un horno donde dormir era casi imposible. Por suerte, los chicos pasarían sus vacaciones con su tía, que tiene una casa enorme y una piscina, así que por primera vez en años Lucía y yo íbamos a estar solos.
Soy Marcos. Tengo un trabajo de oficina que me consume, soy ordenado hasta el cansancio y odio las sorpresas. Lucía es exactamente lo contrario: decide sobre la marcha, se ríe fuerte y dice que pensar demasiado vuelve aburrida la vida. Lleva razón casi siempre, y por eso llevamos juntos lo que llevamos.
Faltaba un día para empezar las vacaciones y no teníamos nada planeado. Esa mañana, mientras yo me vestía, ella entró al cuarto con una camiseta vieja y nada debajo.
—¿Ya decidiste qué vamos a hacer estos días? —preguntó, apoyada en el marco de la puerta.
—Pensaba en la playa —dije—. Algo tranquilo.
—Espero que no estés pensando en ir solo por el día —contestó, con un tono que conocía bien.
—No, para nada. Había pensado en el Caribe, si te parece.
Saltó. Literalmente saltó, y se colgó de mi cuello como una adolescente.
—Necesito un traje de baño nuevo —dijo contra mi oreja.
Fue esa frase la que me encendió la mente. La imaginé en un bikini diminuto, sin la parte de arriba, rodeada de desconocidos que la miraban sin disimulo. Sentí celos y excitación al mismo tiempo, una mezcla incómoda y deliciosa que me bajó directo a la entrepierna. Sacudí la cabeza para sacármela de encima; se hacía tarde y llegar tarde no entra en mi mundo.
Antes de irme, ella me rozó por encima del pantalón con dos dedos, despacio, midiendo el efecto.
—Así me gusta —dijo cuando me vio reaccionar—. Pero ahora vístete, que vas a llegar tarde.
Y se fue, dejándome duro y de mal humor, que es justo como a ella le divierte dejarme.
***
En la oficina terminé todo antes de tiempo y me puse a buscar dónde ir. Riviera Maya era lo obvio: hoteles cinco estrellas, todo incluido, playas de postal. Seleccioné dos opciones parecidas para que Lucía eligiera. Pero mientras comparaba el segundo, apareció un anuncio distinto. Hotel solo para adultos.
La frase me hizo clic en el cerebro antes de hacerlo con el ratón. No era lo que pensaba: se refería a adultos liberales. Parejas que iban a mirarse, a compartirse, a probar. Busqué la página oficial y me puse a leer las reglas con una atención que no le ponía a los informes del trabajo. Estaba tan concentrado que no oí los pasos detrás de mí.
—¿Ese es el hotel al que me vas a llevar? —dijo Lucía, espiando la pantalla por encima de mi hombro.
—¡Eh… sí… digo no! —solté, nervioso como un crío con las manos en la masa.
—¿Qué estás mirando? —Ya había notado mi cara.
—Una tontería —contesté, recuperando el aplomo—. Es un hotel para parejas liberales, creo. Pero tengo dos opciones normales para que elijas.
—¿Parejas de intercambio? —Se rió, sin escándalo.
—Solo estaba mirando por curiosidad.
—Claro. Como si no te conociera.
—A ver, ¿de verdad te animarías a ir a un sitio así conmigo? —pregunté, medio molesto, medio esperanzado.
—No habías dicho que allá nadie nos conoce… —dejó la frase en el aire.
—¿Lo dices en serio?
—No —se rió—. Sabes que no me atrevo a esas cosas.
—No tendrías que hacer nada que no quieras —insistí—. En la página dice que un no es un no, que todos respetan eso. Podríamos andar desnudos y ya está.
—¿Y dejar que me gasten a miradas este cuerpo que es solo tuyo? —dijo, acariciándome el pelo.
—A ti te mirarían —respondí, acercándome y tomándola por la cintura—. Y a mí me mirarían este culo que tienes.
—¿Te excita que me miren?
—No lo sé. Puede.
—¿Y si no se conforman con mirar?
—Si fuera una mujer, quizá la dejaría. Quizá me uniría.
—¿Y si fuera un hombre? —Su voz había bajado un tono.
—¿Te gustaría?
—No lo sé —dijo, mordiéndose el labio—. Tendría que probar.
***
No hizo falta nada más. La besé imaginando esa situación que nunca habíamos vivido fuera de mi cabeza, y ella me respondió mientras me peleaba con mi cinturón. Le besé el cuello y le amasé el culo despacio, como sé que la enloquece. Sus pezones ya marcaban la tela de la blusa.
Cuando por fin liberó mi pene, se lo metió entero en la boca sin preámbulos. Le costaba la respiración de pura excitación. Le había propuesto algo con otro hombre, ella se había encendido, y yo me había encendido imaginándolo. Mi cabeza no daba abasto, así que la apagué y me dejé llevar.
—¿Te gusta cómo lo hago —dijo, soltándome un segundo— o prefieres probar otra boca?
—Las dos cosas. Pero tú eres la mejor. ¿Y tú? ¿Probarías otra?
—Lo distinto siempre llama —contestó, poniéndose de pie—. Ahora cállate, que te toca a ti.
Se tumbó en el sofá y se abrió de piernas. La hice esperar, besándole los muslos por dentro, subiendo despacio para que se desesperara.
—No seas malo —jadeó—. Hazlo, o le digo a otro que lo haga.
Era nuestro juego de siempre, esa ficción que nos calentaba a los dos. Le pasé la lengua por el clítoris con lengüetazos cortos mientras le metía dos dedos. Estaba empapada. Trabajé justo donde sé que no aguanta, en la punta más sensible, y en un par de minutos empezó a gemir alto y se vino temblando contra mi boca.
Apenas le di tregua. Me empujó al sofá, se subió encima y se clavó sobre mí, cabalgando rápido desde el primer momento.
—¿Te gusta cómo lo hago —preguntó sin dejar de moverse— o prefieres metérsela a otra?
—Ahora disfruto la tuya. Pero si me dejaras, probaría otra.
Me besó metiéndome la lengua hasta el fondo, apasionada, hasta que no pude más y me corrí apretándola contra mi pecho. Se quedó sobre mi hombro unos minutos, los dos sin hablar, recuperando el aire. Después se levantó, recogió su ropa y, de espaldas, dijo:
—Compra los pasajes y el hotel. Me voy a duchar.
—¿Pero qué hotel reservo?
—Decídelo tú.
Y se perdió por el pasillo, moviendo el trasero desnudo, dejándome con el corazón en la garganta y la decisión en las manos.
***
Lo medité con la cabeza fría, que por una vez no era la de abajo. Habíamos jugado con la idea mil veces, pero esto podía ser real, y lo real asusta. Al final reservé el hotel liberal. No le dije cuál había elegido. Pensé que ya lo descubriríamos allá, y que si se arrepentía, siempre podíamos quedarnos en la habitación mirando el techo.
El vuelo y los tres días siguientes fueron un juego silencioso de insinuaciones. Lucía sospechaba, yo no confirmaba. Cuando el taxi cruzó la entrada del resort y vio el cartel discreto, los carteles de las normas, las parejas en la piscina sin complejos, se giró hacia mí con una sonrisa que no le había visto nunca.
—Eres un caradura —dijo—. Lo reservaste.
—Todavía estamos a tiempo de no hacer nada —respondí.
—Ya veremos.
La primera noche cenamos en la terraza, junto a la piscina iluminada. En la mesa de al lado había una pareja, Diego y Renata, algo mayores que nosotros, de esos que se mueven como si el lugar fuera su casa. Empezamos a hablar de tonterías —el viaje, el calor, lo bien que se estaba— y la conversación se fue volviendo otra cosa sin que ninguno la empujara. Renata tenía una forma de mirar a Lucía que no dejaba dudas, y mi mujer, lejos de incomodarse, le sostenía la mirada.
—¿Es la primera vez que venís a un sitio así? —preguntó Diego, sin malicia.
—Se nota mucho —dijo Lucía, y se rió, y la mesa se rió con ella, y de pronto la tensión se volvió liviana.
Subimos los cuatro a tomar la última copa a su suite. Yo iba detrás, observando a Lucía caminar, esperando la señal que me había prometido en casa: que un no era un no. No llegó ningún no. Llegó su mano buscando la mía en el ascensor y apretándola con fuerza.
Dentro, las cosas se desarmaron despacio. Renata se sentó al lado de Lucía en el borde de la cama y le apartó un mechón de la cara, igual que yo se lo aparto cuando va a besarme. Lucía la dejó hacer. Cuando se besaron, fue mi mujer la que llevó la iniciativa, y yo sentí ese golpe exacto de celos y deseo que tantas veces había imaginado, solo que esta vez era de verdad y era mejor de lo que había imaginado.
—Tranquilo —me dijo Diego, sirviéndome algo—. Mira lo que tienes delante.
Lo que tenía delante era a Lucía dejándose desnudar por otra mujer, con los ojos entrecerrados, buscándome a mí entre beso y beso para asegurarse de que seguía ahí. Me acerqué, me senté detrás de ella y le besé la nuca mientras Renata le besaba el pecho. Lucía gimió atrapada entre los dos, y ese sonido me dijo todo lo que necesitaba saber.
Lo que vino después no tuvo el orden que a mí me gusta. Hubo manos que no sabía de quién eran, bocas que se turnaban, risas cuando algo salía torpe. En algún momento Lucía estaba sobre mí, mirándome a los ojos, mientras Renata le recorría la espalda con la lengua, y yo entendí que no la estaba compartiendo: la estaba viendo más entera que nunca, sin el filtro de la vergüenza, deseando y dejándose desear sin pedir permiso.
Cuando todo terminó y volvimos a nuestra habitación, ya de madrugada, nos metimos en la cama sin encender la luz. Esperé a que dijera algo, a que se arrepintiera, a que me echara la culpa.
—¿Estás bien? —pregunté al fin.
—Mejor que bien —dijo, acurrucándose contra mí—. ¿Y tú? ¿No te molestó?
—Pensé que me iba a morir de celos. Y un poco me morí. Pero no quiero que se acabe acá.
Se rió bajito en la oscuridad, esa risa suya que decide las cosas por los dos.
—Quedan cuatro noches —dijo—. Y mañana quiero elegir yo.