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Relatos Ardientes

El juego que mi amigo propuso en el hotel nudista

Tengo setenta y tres años y paso buena parte de mis días empalmado, justo ahora que mi erección empieza a fallarme. Quizás sea por culpa de lo que escribo, o quizás escribo por culpa de eso. Todos mis relatos son en el fondo el mismo, y este vuelve a serlo. ¿Por qué insisto tanto con los intercambios? Creo que tiene que ver con que en mi última relación seria intuí más infidelidad de la que se me confesó, y esa sospecha negada me dolió más que la infidelidad en sí. Por eso invento, o imagino. No todo es inventado.

Esta es una historia pequeña sobre un pecado, hablando en términos religiosos, que nos dio mucho placer y que quizás, solo quizás, tuvo consecuencias a la larga para las dos parejas. ¿Quién puede decir por qué pasa lo que pasa?

Estábamos pasando dos semanas de vacaciones con nuestros amigos. Nos llevábamos extraordinariamente bien los cuatro. Mi pareja, Marta, y yo vivíamos nuestro mejor momento. Rubén y Elena, igual. Rubén y yo éramos amigos desde niños; Marta y Elena se hicieron íntimas desde el primer día. Dos años después las dos parejas habíamos roto, pero la amistad siguió intacta, la de todos con todos. Eso ya tiene poco que ver con esta historia. O quizás tuvo todo que ver.

Aquel verano fuimos a un complejo nudista del sur, un hotel pequeño enclavado entre el camping y una playa de arena clara, todo naturista. Habíamos tenido un buen año y pudimos costearnos el hotel en lugar del camping al que íbamos siempre. Contratamos dos habitaciones comunicadas por un salón.

Cuando no estábamos en la piscina o en la playa, nos quedábamos en ese salón hablando, bebiendo y jugando a las cartas. Rara vez nos separábamos, y cuando lo hacíamos era por sexos: las chicas se iban a hablar de «cosas de chicas» y nosotros aprovechábamos para nuestras confidencias.

Aquel día la conversación derivó hacia el sexo, o más bien hacia el deseo. Yo alababa el cuerpo femenino y Rubén me escuchaba.

—A los sitios nudistas voy porque me gusta estar desnudo, pero también por ver a la gente desnuda. Sobre todo a las mujeres. Tengo verdadera curiosidad por sus cuerpos —le dije. Fui yo quien los inicié a todos en el naturismo.

—¿Qué parte te gusta más?

—Me gustan todas, pero me atrae la más difícil de ver. Nosotros lo exhibimos todo, queramos o no, y ellas tienen su sexo resguardado. Es justo la parte que menos he visto y la que más me intriga. Es tan distinta en cada mujer.

—A mí lo que más me gusta es el culo… no, los pechos. Encierran toda la intimidad —contestó él, riéndose—. Si nos oyeran las chicas.

—Te advierto que yo a Marta le cuento estas cosas.

—Yo también se lo cuento todo a Elena. Entonces, ante una mujer cualquiera, ¿qué te gustaría hacerle?

—Si fuera un mundo ideal, sin celos y con libertad total… igual que cuando conocemos a alguien le miramos la cara, yo les miraría el sexo a las que me gustan. Lo observaría con calma, lo olería, lo acariciaría. Buscaría su placer.

—¿Con todas?

—Con las que me gustan, que son muchas.

—¿Y Marta?

—Por eso no lo hago. Estoy enamorado, hombre.

Rubén se quedó callado un momento y luego soltó algo que no esperaba.

—Una vez vi a Marta. En el bungalow que alquilamos en Cala Verde. Pasé hacia el baño, la puerta estaba abierta, ella tenía las piernas abiertas y tú estabas a tope. La vi.

—¿Te gustó verla? —Sentí los celos y la excitación a la vez.

—Sí. Y aproveché para mirar más tiempo del que aconsejan las buenas costumbres. Te pido disculpas.

—No te preocupes, yo habría hecho lo mismo. Esta pregunta es aún más indiscreta: ¿te empalmaste?

—Puede que algo.

—Pues entonces me debes que yo vea a Elena —dije, medio en broma. Los dos estábamos empalmados cuando volvimos con ellas.

***

Otro día volví a quedarme a solas con Rubén.

—Elena se dio cuenta de que le mirabas el sexo. Te pilló —se rio—. Le conté nuestra conversación.

—Qué vergüenza. ¿Y qué dijo?

—Me preguntó si yo sentía el mismo morbo con Marta. Le dije que más bien menos, porque ya se lo había visto. Y entonces me soltó: «Un día abro las piernas y que me vea, ¿te parece?».

—¿De verdad dijo eso?

—Veo que te hace ilusión. Guarro.

Al tercer día Rubén llegó con la propuesta entera.

—Elena y yo hemos imaginado algo que nos pone muy calientes. Si convences a Marta, podríamos jugar a ello. Delante de todos, tú investigas el sexo de Elena y yo el de Marta. ¿Te gustaría?

—¿Lo dices en serio? ¿Hablamos de mirar, o también de oler, tocar y todo lo demás?

—Todo eso. Pero pongo tres condiciones que no podría soportar: que se la metas, que le toques los pechos y que os beséis en la boca. Imaginándolo me excité tanto que Elena tuvo que hacerme una paja. Ellas, por descontado, querrán investigar lo nuestro.

—¿A quién se le ocurrió?

—No fue una ocurrencia, fue un sueño. Elena soñó que tú la investigabas, me lo contó con detalle y me regodeé escuchándola. Le propuse hacerlo de verdad y ella decía que cómo íbamos a hacer eso, que solo era un sueño. Pero esa negación me hizo entender que algo sí lo deseaba. Terminamos haciendo el amor hablando de proponéroslo. ¿Te apetece? ¿Lo intentamos?

—Tengo una erección solo de escucharte. Por mí, claro. Y a Marta no creo que sea difícil convencerla: le encantan las novedades.

Hablé con Marta y le conté todo, incluidos los vetos de Rubén. Lo pensó un buen rato y al final dio el visto bueno.

—Si tú tienes curiosidad por el sexo de Elena, yo la tengo por el de Rubén. Nunca toqué uno operado de fimosis. Curiosear en lo más íntimo de otro solo lo haría con ellos, son las únicas personas con quienes podría —dijo—. Y me gusta que sea delante de ti. Pero el retorcido eres tú, así que recuerda que la idea es tuya.

—No lo digo con crítica. Lo digo porque pensarlo me excita.

—Ya te conozco. Estoy deseando cogerle la polla y no me importaría hacerle una paja —dijo poniendo cara de placer fingido—. ¿Te pone nervioso que te lo diga?

—Un poco. Le digo a Rubén que estamos dispuestos… en cuanto se me baje esto.

***

Lo hicimos después de cenar. Cenamos empalmados, yo al menos, y menos mal que nadie miró bajo la mesa. Decidimos hacerlo de uno en uno: primero el hombre, porque puede perder las ganas si descarga, y luego la mujer. A cara o cruz le tocó empezar a Rubén con Marta. Como siempre, estábamos los cuatro desnudos.

—¿Hay problema si somos un poco guarros, o tenemos que hacerlo todo muy aséptico? —preguntó Elena.

—En cuanto empecemos a investigar, cada uno hace lo que quiera —contestó Rubén.

Marta se tumbó boca arriba en nuestra cama. Elena y yo nos sentamos a los lados. Me cogió la mano, que sudaba, y abrió las piernas. Su sexo ya tenía algún brillo. Admiré lo valiente que era. Rubén se tumbó boca abajo entre sus piernas, con la cara a la altura de la pelvis. Eso me dio tantos celos como me encantó.

—¿Estás preparada? —dijo él, divertido.

—Creo que sí. ¿Qué piensas hacerme?

—De momento mirarlo bien. Luego, ya veré.

Con un dedo recorrió un labio de arriba abajo, siguiendo cada pliegue. A mí me excitó muchísimo. A ella también: el sexo se le fue humedeciendo.

—Ay —dijo Marta, y no era queja. Me apretó la mano—. Me da morbo todo. Que seas tú, que lo mire Elena y que lo mire Andrés.

Rubén se acercó más, lo olió, y luego dijo que iba a besarlo. Le dio un beso largo, manteniendo los labios un par de segundos. Marta soltó un gemido. Él metió un dedo, lo humedeció con ella y lo paseó por los labios menores hasta el clítoris. Tocaba como alguien que le tiene cariño a lo que toca.

—Ya te lo habrá dicho Andrés, tienes un sexo muy bonito. ¿Puedo humedecerlo un poco más? —dijo, y dejó caer saliva sobre el clítoris para frotarlo despacio.

Separó los labios, examinó la entrada y acercó la lengua. Marta gimió, me miró y me apretó la mano con fuerza.

—Que Andrés me perdone, me está gustando mucho tocarte.

—Que Andrés me perdone, me está gustando mucho que me toques —respondió ella.

Pasó la lengua por todo el sexo, besándolo y lamiéndolo sin prisa. Marta respiraba cada vez más agitada. En un momento me cogió la cabeza y me besó con lengua, un beso muy sexual, y se separó para gemir. Cuando volví a mirar, Rubén le acariciaba el clítoris y a ella le resbalaba la humedad. Tuvo varios amagos hasta que se rompió.

—Me corro —chilló, agitando las caderas. Cuando se recompuso pidió un abrazo, que le di yo, porque Rubén no podía por lo de los pechos—. Ahora me toca investigar a mí. Buscaré las fuentes del Nilo.

Reímos los cuatro. Rubén se tumbó boca arriba, con una erección que pasó de media asta a asta entera en segundos. Marta se colocó a cuatro patas, desnuda, enfrentada a él. Le acaricié el culo y me miró sonriendo.

—Es la primera vez que hago esto con alguien emparejado, y la primera vez que soy infiel, si esto cuenta como tal —dijo ella, y le cogió el pene para mirarlo de cerca—. Qué curioso, el glande pelado. ¿Es más sensible esta parte?

—Un poco más, pero menos que si no estuviera circuncidado.

Le pasó la lengua justo donde debería estar el frenillo y Rubén soltó un «ahhh». A mí se me puso más tiesa todavía. Empezó a hacerle una paja, los dos jadeando, y al rato se lo metió en la boca. Movía la cabeza arriba y abajo, ayudándose con la mano, y a veces lo sacaba para lamer el glande o el lateral. Se oía el chasquido de la mamada.

—¿Te gusta lo que le hago? —me preguntó, sosteniéndome la mirada.

—Me tengo que contener para no correrme —dije. No confesé que en algún momento había deseado que esa polla terminara dentro de ella.

—Si sigues así voy a correrme —avisó Rubén.

—Quiero que te corras conmigo. Te voy a regalar una primicia: nunca me trago nada, pero hoy haré una excepción —dijo, mirándome a mí con cara pícara. Aquello no me dio especiales celos: Marta era competitiva y dentro de un rato Elena me lo estaría haciendo a mí.

Rubén arqueó el cuerpo, se le revolvieron los ojos y se corrió sin sacarla de la boca. Marta tragó con una sonrisa y luego le sostuvo los testículos con cuidado.

—Investigación realizada. Certifico que ha salido un chorro de sustancia blanca, comestible según se mire, un poco salada. Otro día comparo con el de Andrés —dijo. Y a mí—: La última chupada te la he dado de despedida, porque seguramente no volvamos a hacerlo.

***

—Elena, nos toca —dije.

—Te lo enseño con gusto, porque eres tú y porque sé que tienes ganas de verlo —contestó, y se tumbó con las piernas cerradas—. Tendrás que abrirlas tú.

Besé el interior de sus muslos y fui separando sus piernas con cuidado, llegando más adentro con cada beso, hasta que su sexo quedó a la vista. Con los dedos aparté el vello fino y contemplé. Elena era delgada y menuda; sus labios eran menos carnosos que los de Marta pero más largos. Gran parte de su atractivo estaba en esa sencillez de cuerpo y de alma. Me alegré por Rubén.

—Que nadie se ofenda si digo que eres preciosa.

—Me gusta oírlo. Y que lo oiga Rubén, para que te copie.

Olí profundamente, acerqué la lengua y rocé la entrada, luego los labios, acariciándolo todo con codicia y delicadeza. Habría deseado tocarle los pechos pequeños y perfectos, pero era tabú. Se me ocurrió una idea.

—Rubén, ¿no quieres investigar los pechos de Marta?

—Lo que quieres decir es que tú quieres los de Elena —se rio.

—Seguramente.

—De acuerdo. Pero Marta tiene asociados los pechos con los besos: si no hay besos, no hay pechos —intervino ella.

—Pues besos y pechos —concedió Rubén, y se sentó junto a Marta. Ella fingió resistirse y luego le enganchó la boca con placer mientras él le abarcaba un pecho y le acariciaba el pezón. Cruzamos una mirada y me sonrió.

—¿Así que también quieres investigarlos? Pero esos ya me los conocías —me coqueteó Elena.

—Los he visto. Ahora aplicaré otra filosofía. ¿Lo hago?

—Sí. Quiero —dijo con voz melosa, riéndose del juego de palabras.

Le rodeé un pecho con la mano y rocé el pezón erecto con el pulgar. Una aprobación involuntaria salió de su garganta. Fui muy despacio: no quería terminar ese acceso temporal a su placer, y sabía que cuanto más lento llegara el orgasmo, más fuerte sería. Acaricié, lamí y besé hasta que se contorsionó. Mientras se corría, subí, le rocé la boca con la mía y nos besamos. Luego metí los dedos buscando el punto correcto, con la palma sobre el clítoris, y la llevé a un segundo orgasmo aún mayor, gritando. A mi lado, Rubén hacía lo mismo con Marta.

Después me pidió que me tumbara para investigarme. Lo primero que hizo fue metérmelo en la boca, y luego sacarlo para bajarme el prepucio despacio.

—¿Te duele?

—No, me encanta.

—Renuncio a todos mis tabúes —oímos decir a Rubén en ese momento—. Si queréis probar a meterla, no me opongo. Yo reviento de ganas.

Elena y yo nos miramos. Aquello significaba dos cosas a la vez, y valoré el balance como positivo.

—¿Estás seguro? Si dices que sí, no hay vuelta atrás —dijo ella—. Y en este momento me apetece.

Elena se encaramó encima de mí, se la dirigió a la entrada y se dejó caer con los ojos cerrados. No entró del todo a la primera, porque siendo pequeña era muy estrecha, pero poco a poco fue avanzando hasta el fondo. Nunca había estado en una vagina tan apretada; era delicioso. Empezó a subir y bajar, jadeando cada vez que bajaba, mirándome a los ojos. Me pasó la mano por la nuca y nos besamos como adolescentes. Volví a coger un pecho. Estábamos cometiendo los tres tabúes a la vez.

—¡Qué buena idea la vuestra! —repetía ella entre palabras casi ininteligibles.

—Dios mío, Dios mío —se oía a Marta, riéndose a continuación. A nuestro lado, Rubén la tenía en la postura del misionero, con las manos en el culo del otro. No sentí celos: yo hacía lo mismo y era Rubén. Marta estiró un brazo y me acarició la espalda, recordándome que aunque disfrutara, me quería.

Elena se acariciaba el clítoris entre los dos hasta llegar a otro orgasmo. Sus contracciones me ordeñaron literalmente y no pude aguantar. Me mantuve dentro hasta que salió solo. Entonces hice algo que nunca había hecho: recogí con la mano la mezcla que escapaba de ella y me la llevé a la boca. Al verlo, me abrazó y me besó. Mientras tanto, Rubén y Marta habían cambiado de postura, los dos vueltos hacia nosotros, en cucharita. Pasé una mano y le acaricié un pecho a Marta sin apartar la vista.

—Preciosa, quiero que te corras muy fuerte —le dije. Me miró, vi en sus ojos esa flojera previa y se corrió chillando. Rubén se unió al grito.

***

Descansamos cruzados, cada uno con la pareja del otro encima, antes de volver a nuestras parejas auténticas para dormir los cuatro en la misma cama.

—¿Qué tal con Elena? —me susurró Marta al oído.

—Es preciosa. ¿Y Rubén? ¿Te ha gustado?

—No ha estado mal. Ya eran nuestros mejores amigos. Ahora lo son más.

Como suele ocurrir, llegó el día siguiente. Al saludarnos por la mañana, a Elena y a mí nos salió darnos un abrazo; me encantó volver a sentir su cuerpo desnudo. Rubén y Marta hicieron lo mismo. Pasamos la mañana en la piscina, y en algún momento Elena me pilló mirándola y, tranquila, abrió un poco las piernas para que pudiera ver mejor. Le sonreí, agradecido. Habíamos destapado algo difícil de cerrar: la curiosidad se había vuelto deseo.

Le propuse a Rubén tomarnos una caña.

—¿Cómo lo ves?

—Interesante y peligroso.

—Igual pienso yo. Nos quedan siete días. Hablemos con ellas y, si todos estamos de acuerdo, durmamos cambiados una o dos noches.

—Vale. Pero pongo un pero: que la puerta entre las habitaciones quede abierta. No es por oír vuestros jadeos, es que así estoy más tranquilo.

Se lo conté a Marta.

—Lo suponía. No me parece mal —dijo—. La polla de Rubén es parecida a la tuya en tamaño, pero distinta, y me gustó sentirla. Aun así, te diré que la mía es algo más grande que la de Elena, y la echaría de menos. ¿Me estás diciendo que ya no te gusta la mía?

—Jamás diría tamaña tontería. Por nada del mundo te cambiaría.

—Pues entonces diles que mañana por la noche. Y, si os apetece repetir, dos noches más tarde. Y esta noche follas conmigo.

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Comentarios (4)

ElPlayero

Jajaja el titulo ya me engancho, y el relato no defraudo para nada. Tremendo!!

Martin_BA

Muy bueno, se nota que lo viviste de verdad. Esa tension previa entre amigos es lo mejor del relato, muy bien narrado.

SandraV

Me encanto!! por favor continua la historia, quede con ganas de saber como siguio la cosa despues

Rober_BCN

Yo tuve una experiencia parecida en un camping nudista hace unos años... estas cosas pasan mas seguido de lo que la gente cree jajaja. Buenisimo el relato.

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