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Relatos Ardientes

El hotel de al lado y la fantasía que nos cambió todo

Me desperté con una felicidad rara, todavía con el eco de la noche anterior latiéndome en el cuerpo. Siempre habíamos coqueteado con la idea de meter a otros en nuestras fantasías, figuras lejanas de una pantalla, imposibles de tocar. Pero esa vez había sido distinto, real, gente de carne y hueso que pudimos rozar y que se quedó anclada en la memoria.

El recuerdo de Mariela sudando, gimiendo bajo aquellas miradas cómplices, me encendía de golpe. Mi cuerpo, todavía tenso, pedía más.

Intenté despejarme bajo la ducha y fue inútil. Pensé en despertarla y seguir la fiesta, pero al salir la encontré dormida con una placidez tan tierna que no me atreví a romperla. Era temprano y su descanso era sagrado.

Mientras me vestía, la idea de explorar el sexo frente a otros, quizás incluso el intercambio de parejas, me sembró una adrenalina densa. No sabía si saldría bien a la primera; los celos podían traicionarme. Un escalofrío me recorrió al recordar la punzada que sentí cuando Mariela mencionó lo «cariñoso» que había sido Bruno con ella la noche anterior. Para mí, eso no era enojo: era pura excitación disfrazada.

Me senté un momento en la terraza a respirar el aire fresco. ¿Qué pasaría si ella decidía dejarse hacer delante de alguien más, o si nos animábamos a un intercambio completo? Pensaba en las consecuencias, y por encima de cualquier atisbo de celos, la excitación ganaba por goleada. Fue entonces cuando lo decidí: tenía que llevarla al otro hotel, ese que todos sabían que era swinger, y ver si juntos nos atrevíamos.

Mariela salió de la ducha envuelta apenas en una toalla. Yo ya estaba vestido, perfumado, peinado, listo para el día y para la conversación que iba a torcer nuestras vacaciones.

—Amor, ¿estás lista? —dije, rebosante de ánimo.

—Te noto ansioso por salir —respondió riéndose—. ¿Será para aprovechar las vistas de la playa?

—No, solo creo que deberíamos disfrutar el día.

—¿Vamos a la playa o a la piscina?

—¿Te parece si desayunamos primero y después bajamos al mar?

—Vale —dijo, y me dio un beso mientras dejaba caer la toalla.

—Parece que el desayuno ya está servido —murmuré, acariciándole el trasero con la esperanza secreta de descargar la tensión acumulada.

—Nada de eso, guarda esa energía para más tarde. Hoy quiero disfrutar la mañana.

Me retiré con una nalgada de protesta. En el fondo me venía bien: necesitaba esa media hora a solas para ejecutar mi plan sin que se diera cuenta.

—Bajo al restaurante, te espero en la misma mesa de ayer.

—Vale, me visto y bajo.

***

Aproveché que ella tardaría en arreglarse y pasé por la recepción. Mi objetivo era claro: averiguar si podíamos adelantar la salida o si nos cobrarían penalización. La recepcionista, una mujer de sonrisa amable, confirmó que era posible, aunque con una pequeña multa.

Le pregunté por el transporte cercano y, curiosa, quiso saber mi destino. Con la certeza de que probablemente no la volvería a ver, me armé de valor y le dije sin rodeos que queríamos mudarnos al hotel de al lado y cancelar a partir de la mañana siguiente. Su expresión no cambió. Con una naturalidad sorprendente comentó que muchos huéspedes iban y venían entre los dos establecimientos, y me indicó el horario del autobús de las doce y media. Procedió a la cancelación, calculó la multa y me detalló el check-out. Le agradecí y me fui al restaurante.

Mientras esperaba el desayuno hice la nueva reserva desde el teléfono, cruzando los dedos para que no estuviera lleno. Por suerte —y por la salvación de mi integridad física, porque Mariela me habría matado si nos dejaba sin alojamiento— quedaban plazas. El nuevo hotel era un poco más barato, pero decidí gastar lo mismo que en el de cinco estrellas. Quería unas vacaciones inolvidables, sin medias tintas.

Estaba leyendo las reglas que me habían mandado por correo cuando la vi aparecer. Mariela venía despampanante. Un vestido blanco, ligero, se le ceñía a la figura y dejaba adivinar un bikini turquesa que le realzaba las curvas. Varias mesas se giraron sin disimular la admiración. Modestia aparte, era de las mujeres más hermosas del lugar.

—¿Ya comiste algo? No tienes nada en la mesa.

—Estaba esperando que llegaran los alemanes para ver tu reacción —respondí con una sonrisa cómplice.

—No seas bobo.

—Se nota que quieres verla… digo, verlos —se rio, declarándose ganadora de la broma.

—Puede ser, pero la que no se controlaría serías tú —dije con sorna.

—No, a ese me lo devoraría. Venga, vamos a comer.

Nos servimos un desayuno contundente, pero la mitad de nuestra atención escaneaba el comedor buscando a la pareja de la noche anterior. Pasaba el tiempo, se vaciaban las tazas y no aparecían. Me lamenté en silencio: había puesto una pequeña esperanza en ese encuentro. Pensaba usar su presencia, la adrenalina que generaban, como argumento mudo para convencer a Mariela del cambio de hotel. Sin ellos, la tarea recaía entera sobre mis hombros, y eso pedía una estrategia distinta.

***

Después de desayunar recogimos las cosas y salimos hacia una de las playas cercanas. El hotel tenía gente, pero las playas no estaban tan llenas como temía. Dimos con una de arena fina y agua cristalina, nos acomodamos en una zona despejada y me dispuse a admirar el entorno. Había mujeres preciosas por todas partes, hasta que Mariela me interrumpió pidiéndome protector solar. Se recostó boca abajo sobre la toalla.

Mientras le esparcía la crema por la espalda, no pude evitar mirar a algunas bañistas que tomaban sol con el torso descubierto, con total naturalidad. Una oleada de excitación me recorrió, mezclada con ganas de bromear.

—Amor, quítate todo, que acá se permite andar con las tetas al aire —le solté, sabiendo que no se atrevería.

—¡No! ¡Estás loco! —se incorporó con los ojos muy abiertos y una risita.

—Vamos, si nadie te conoce.

—No puedo, hay mucha gente. Quizás otro día.

Su mirada barrió la playa como si cada bañista fuera una barrera para su pudor. Por ahora había llegado a su límite, pero la semilla ya estaba plantada.

Sin discutir, seguí untándole la crema. Mis manos bajaron por sus piernas con caricias lentas, deliberadas, buscando despertar cada nervio. Subí rodeando sus caderas sin tocar el objetivo, ascendí a los hombros y volví a descender rozando apenas el costado de sus pechos. Jugaba a que me pidiera más, a que su cuerpo rogara que continuara.

Cuando por fin cedí y mis dedos se acercaron a la cara interna de sus muslos, noté cómo presionaba el cuerpo contra la arena. Era innegable: se estaba excitando. Yo quería creer que la intensidad de la noche anterior con Helena y Bruno tenía mucho que ver, además de mis caricias.

—Acostada así nadie verá nada —le sugerí—, desabróchate el sostén para ponerte crema parejo.

Sin vacilar, sus dedos soltaron el broche. Con la espalda desnuda empecé un masaje que conocía de memoria. Mis manos sabían sumirla en el sueño o encenderla hasta la rendición, y esta vez iba a ser lo segundo. Descendía rozando el costado de sus senos, un susurro sobre la piel que apenas alcanzaba a tocarle los pezones endurecidos, y volvía a subir, simulando una y otra vez que le tomaría los pechos sin llegar nunca.

Su respiración se volvió más honda, más agitada. Pequeños gemidos vibraban en el aire. Justo en el clímax de uno de ellos, detuve las manos con una suavidad casi cruel.

—No te detengas —pidió en un susurro.

—Era solo ponerte protector —respondí, incapaz de ocultar la satisfacción.

—Pero está rico tu masaje. No puedes dejarme a medias.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que hago, mi amor?

—Me dejas… así —dijo moviendo las caderas—. Sabes perfectamente lo que haces con esas manos.

—Voy un momento al agua. ¿Vienes?

—No, dejo que el protector se absorba. Necesito un momento…

La verdad era otra: meterme al mar era la única forma de bajar la erección. Si quería evitar un fusilamiento por el cambio de hotel, debía mantenerme estoico.

***

Cerca de la orilla había un grupo de tres chicas; dos de ellas, en topless. Me fui acercando para verlas mejor cuando sentí una mano en la espalda. Del susto pegué un grito y me giré como un niño al que pillan robando galletas.

—¿Qué te pasó? ¿Mataste a alguien? —era Mariela, que había llegado sin que la notara.

—Nada, disfruto de las vistas.

—Ya veo, si te tienen las tetas en la cara —dijo con ironía.

—No lo pude evitar. Además, tú no quieres mostrarme las tuyas.

—Yo no tengo problema, pero en la habitación, no con gente extraña.

Una punzada helada me atravesó el pecho. Su voz, de repente seria, me hizo dudar: ¿había cometido un error cancelando la reserva sin consultarle? El plan, tan cuidadosamente tejido, flaqueó de golpe con esa frase.

Nos quedamos un rato en el agua, relajados, sin volver al tema de las chicas en topless. Cuando salimos, vi que llevaba el bikini metido entre las nalgas, y eso, sumado al paisaje, me pareció un instante único que quise retratar.

—Amor, ¿nos sacamos unas fotos?

—Sí, deja que me arregle un poco.

Mientras se acomodaba el pelo y ajustaba los lazos del bikini, saqué el teléfono y empecé a capturarla, cada foto más deslumbrante que la anterior. Probamos algunas selfies juntos, riéndonos, buscando el ángulo con el sol de fondo, hasta que una voz femenina rompió nuestra burbuja.

—Les puedo tomar fotos a los dos, si quieren.

—¡Helena! —exclamó Mariela, encantada.

Me acerqué y le pasé la mano por la cintura en un gesto íntimo. Mariela la abrazó con familiaridad.

—¿Cómo están, chicos? ¿Sesión de fotos? —Helena se reía—. Yo los ayudo, se ven muy bien.

—¿Y Bruno? —preguntó Mariela con un interés inusual.

—Está terminando el check-out, nos vamos en un par de horas.

—¿Es en serio? —murmuró Mariela, casi para sí misma, con un velo de genuina lástima.

No entendía por qué le importaba tanto. Los celos y el morbo se me revolvían en la cabeza, pero la sola idea de estar con Helena me excitaba demasiado. Cuando apareció Bruno, una sonrisa se me dibujó en la cara al ver cómo Mariela no le despegaba el ojo: era mi entrada perfecta.

—Cuidado que lo vas a desgastar con tanta mirada —dije, dejándola en evidencia.

—Déjala, por mí que no se corte —rio Helena.

Bruno me saludó con un abrazo, como si fuéramos amigos de toda la vida, y se giró hacia mi mujer. Helena aprovechó para tomarme del brazo. Llevaba un micro bikini que tapaba más con las manos que con la tela; se notaba que tenía los pezones pequeños para caber en algo tan minúsculo.

Charlamos un rato. Contaron que iban a un hotel cercano por unos cinco días y propusieron armar un grupo para juntarnos en algún bar. Mientras Mariela creaba el chat sin sacarle los ojos de encima a Bruno, yo pensaba que debía confesarle cuanto antes que ya nos había mudado a ese mismo tipo de hotel.

***

La mañana apretaba. Helena, con un gesto despreocupado, le pidió el bronceador a Bruno, se desató la parte de arriba del bikini y se la quitó sin aviso, dejando los senos al descubierto. Mi mirada voló hacia ellos.

—¿Les molesta que me quite esto? —preguntó mirando a Mariela.

—No, para nada, ya hay varias chicas así —respondió mi mujer.

—Pues no seré yo quien se queje —dije, tratando de ocultar el estrago que su cuerpo me provocaba.

—¿Quieres hacer el honor? —Bruno me ofreció el bronceador.

Dudé y miré a Mariela buscando su aprobación.

—Aprovecha, que yo me pongo protector y no le voy a pedir permiso a Bruno para que me lo aplique —dijo divertida.

Empecé tímidamente por los hombros de Helena, tentado de pasar al costado donde asomaban sus pechos. Mientras tanto, vi cómo Bruno desabrochaba el sostén de Mariela y le recorría las piernas peligrosamente cerca del trasero. Él me miró pidiendo permiso. No lo necesitaba: yo sabía que Mariela se dejaría hacer, y aunque me costaba asimilarlo, esa mezcla de celos y excitación me tenía extasiado.

—¿Qué pasa? Aún te falta —reclamó Helena.

—Me distraje un poco —dije, pasando las manos con más confianza por su cintura hasta atreverme con el trasero.

Era una sensación única: por primera vez en años tocaba un cuerpo distinto al de Mariela. Me emocioné tanto que no noté que mi erección empezaba a rozar la mano de Helena. Lejos de asustarse, ella inició un movimiento sutil contra mi miembro ya duro como una roca. Eso disparó todo. Mi mujer estaba siendo tocada frente a mí, sin sostén, por un casi desconocido, mientras yo tenía entre las manos a una rubia espectacular y con el beneplácito de ella.

—Ahora por delante —dijo Helena, girándose y dejando al descubierto mi bulto. Luego señaló sus pechos blancos, de pezón pequeño y aureola rosada, totalmente duros—. ¿Me pones crema acá?

Mariela tenía la mirada clavada en mí, el rostro rojo, la respiración acelerada. Esa cara de placer la conocía de memoria. Empecé a acariciar el vientre de Helena, untando más crema de la necesaria para no detenerme nunca. Al pasar por sus senos sentí unas ganas locas de lamerlos, pero me aguanté. Bajé la mano hacia el borde del micro bikini y, como no se inmutó, deslicé un dedo por el costado de la tela. La encontré totalmente depilada y suave. Pude notar cómo se humedecía, y eso me provocó un deseo absoluto.

Miré a Mariela, que me sonreía con una mezcla de malicia, venganza y deseo. Sin aviso se giró descubriendo sus pechos.

—Yo también quiero crema aquí —dijo señalando sus pezones erectos.

—Por supuesto —respondió Bruno, recorriéndolos con los dedos.

Lejos de darme celos, deseaba verlo. Los cuatro estábamos a punto de estallar, con la ropa de baño húmeda y gente que ya empezaba a mirarnos.

—Mejor paramos o terminamos follando los cuatro acá mismo —dije, recuperando un mínimo de control.

—Nosotros no tenemos problema —sonrió Helena.

Mariela y yo nos miramos. Era una invitación clara, tal como lo habíamos fantaseado mil veces, pero esta vez era real. En un destello de lucidez imaginé a mi mujer penetrada por Bruno y los celos volvieron a llenarme la cabeza. Mi mujer no era una moneda de intercambio; esto merecía planificarse mejor.

—Suena tentador, pero mejor no. No quiero dañar su relación ni la nuestra.

—Está bien, no te preocupes. Si cambian de opinión, ya tienen nuestros números —rio Helena.

—Lo pensaremos —dijo Mariela, riendo igual que ella.

***

El ambiente quedó denso, cargado de erotismo y silencio. Para bajar la calentura propuse meternos al agua, y Mariela aceptó al instante. No se cubrió: se levantó tal como estaba, me tomó de la mano y me arrastró hacia el mar. Ella, que nunca entra demasiado por miedo a las olas, esta vez caminó hasta que el agua le cubrió los pechos.

—Esto es una locura —dijo al fin.

—Lo sé, pero lo estabas disfrutando, ¿no?

—La verdad, sí. Pero tú no te quedabas atrás —dijo, agarrándome el bulto por debajo del agua.

—No soy el único —respondí, metiendo la mano bajo su bikini. La encontré empapada, y no era por el mar.

Empezamos a masturbarnos al ritmo de las pocas olas. No había mucha gente cerca, lo que me daba confianza pese a la transparencia del agua.

—Fóllame ya.

La tomé de la cintura, corrí la tela del bikini y empecé a penetrarla despacio, justo cuando vi acercarse a Helena y Bruno a lo lejos.

—Amor, vienen para acá.

—Déjalos. Por culpa de ellos estoy así —dijo casi con rabia.

Cuando llegaron no dijeron nada y, a menos de un metro, empezaron a follar también. Yo no podía dejar de mirar a Helena; Mariela tampoco le quitaba los ojos a Bruno. Con el movimiento del agua nos fuimos acercando, hasta que Helena dio el primer paso acariciando un pecho de Mariela, que se estremeció de placer. Bruno estiró la mano y le tomó el trasero, ayudándola a recibir mis estocadas. Fue demasiado para mi mujer, que tuvo uno de sus mejores orgasmos con un grito apagado.

Yo no iba a desaprovechar la ocasión y empecé a acariciar el trasero de Helena, que se separó de Bruno para pegarse a mí. Él, viendo a Mariela más relajada, se acercó a besarle el cuello, y ella le tomó el pene por fuera del traje de baño. Helena me masturbaba mirándome a los ojos mientras yo le hundía los dedos en la vulva: tenía los labios suaves y un clítoris que sobresalía, un manjar. No tardó mucho en acabar, y con ella casi acabo yo.

Mariela estaba de nuevo al límite, apoyada en el hombro de Bruno, y tuvo un segundo orgasmo más corto pero igual de intenso. Para mi sorpresa, se sumergió y se metió todo el tronco de él en la boca. No se distinguía bien bajo el agua, pero la cara de Bruno lo delataba. Mientras Helena me abrazaba, lo vimos acercarse al final a manos de mi mujer, hasta que terminó. Mi morbo se mezclaba con unos celos absurdos: celos de no ser yo quien recibiera esa boca que tan bien conocía.

Los cuatro nos quedamos abrazados a la pareja del otro, recuperando el aliento. Y ahí, a pesar de todas mis incoherencias mentales, de los celos y las dudas, me dije una sola cosa con absoluta claridad: esto se tenía que repetir.

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Comentarios (4)

MartinaV_OK

Excelente!!! Me encanto de principio a fin, sigue escribiendo asi!!

PatricioMdp

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas jaja

CarlosBaires

Que bueno este relato, me recordo a unas vacaciones hace dos veranos. Cuando te animas en viaje es otra cosa, todo fluye diferente.

SebasRio

tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

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