La partida de póker terminó conmigo entre sus amigos
Llevaba más de una semana con el cuerpo a medio fuego. Entre los exámenes de la facultad y la falta de ganas de Diego, mi novio, apenas habíamos estado juntos un par de veces, y ninguna de las dos me dejó satisfecha. Así que cuando sonó el teléfono ese lunes al mediodía y vi en la pantalla que era mi padre, no imaginé que esa llamada iba a encender lo que había estado conteniendo durante días.
—Camila, hija, necesito un favor —me dijo con esa voz tranquila de siempre—. Tengo una reunión con unos empresarios esta tarde y ni Lucía ni tu madre pueden venir a la oficina. Necesito a alguien de confianza que me asista.
—Dame una hora y estoy ahí —contesté.
Salí de clase, pasé por casa, me arreglé como corresponde a una asistente y me presenté en su oficina antes de las cuatro. La junta salió impecable: tomé notas, serví café, atendí a quienes llegaban. Cuando ya estábamos por cerrar, dos socios suyos aparecieron sin aviso. Me presenté como su asistente personal y los hice pasar al despacho.
Venían a invitarlo a una partida de póker y dominó en casa de uno de ellos. Tragos, cartas, recuerdos de viejos tiempos. Ya habían confirmado otros seis, y solo faltaba él. Aceptó sin pensarlo.
En el vestíbulo, antes de irse, los dos hombres no disimularon la forma en que me miraban. Elogiaron mi presencia, mi figura, con palabras correctas que escondían algo mucho menos correcto.
—Además de bella, es eficiente —dijo mi padre, y dejó caer una pausa cargada— en todo.
—¿En todo? —repitió uno de ellos, levantando una ceja.
—Y a las pruebas me remito —respondió él, sosteniéndoles la mirada.
Yo les sonreí desde mi escritorio, sin bajar los ojos, dejando que entendieran lo que quisieran entender.
—Entonces que nos acompañe el jueves —propuso el más alto—. Para que nos asista en la partida.
—Será un verdadero placer atenderlos —dije, midiendo cada palabra—, siempre y cuando mi jefe lo disponga.
—Lo dispone —confirmó mi padre—. Pero tenga en cuenta, señorita, que es fuera de horario de oficina. Habrá una compensación por servicios prestados.
—Cuente conmigo —respondí, y me di la vuelta hacia mi escritorio moviendo las caderas con toda la intención del mundo, sabiendo que ninguno de los tres iba a apartar la vista de mí hasta que cruzara la puerta.
***
Cuando volvió de despedirlos, mi padre se apoyó en el marco de mi puerta.
—Pensaste lo mismo que yo —dijo. No era una pregunta.
—Que sea el plato principal de la noche —contesté—. Yo, con todos tus amigos, y vos al lado. ¿Me equivoco?
—Para nada, hija. Pensaste rapidísimo. El jueves a las cinco. Preparate para una tarde de las que no se olvidan.
Me lancé a sus brazos y nos besamos con esa hambre vieja que solo nosotros conocíamos. Él me sujetó de los hombros y me hizo bajar despacio hasta quedar arrodillada frente a su entrepierna. Yo ya sabía lo que quería, y lo quería tanto como él. Le desabroché el pantalón, bajé el cierre, liberé su miembro que ya estaba duro contra la tela.
—Qué rica verga, papá —murmuré antes de lamerla entera y metérmela en la boca.
Él me tomó del pelo y marcó el ritmo, diciéndome cosas al oído que me prendían más de lo que jamás admitiría en voz alta. Lo trabajé con las manos y la boca hasta que terminó, y recibí todo con la devoción de quien disfruta el privilegio de hacer gozar a su propio padre.
—Qué hija más linda y más golosa tengo —dijo, acariciándome la mejilla.
En casa nadie me pidió explicaciones. Avisé que tenía que salir a hacer un trabajo y que tal vez volvería tarde, que papá me traería. Esa misma noche, sola en mi cuarto, saqué mis juguetes y me preparé pensando en lo que vendría: nueve hombres, sus manos, su peso encima, imaginándome usada hasta el límite. Llegué al orgasmo solo con eso en la cabeza.
***
El jueves apenas pude concentrarme en la facultad. Renata y Bárbara, mis amigas de siempre, notaron mi sonrisa boba.
—¿Y a vos qué te pasa hoy? —preguntó Renata—. Andás como si te esperara la mejor noche de tu vida.
—Algo de eso hay —respondí—. Si sale como espero, después les cuento. Y prometo organizar algo para las tres.
Se quedaron muertas de curiosidad, pero no solté nada más.
Al salir, corrí a casa, me cambié por algo casual —jean, blusa tipo polo, zapatillas— pero debajo me puse una tanga y un corpiño de encaje fino. En un bolso grande guardé todo lo que pensé que podría usar, incluido un disfraz que había elegido especialmente. Le escribí a mi padre y me citó en el vestíbulo del edificio de su oficina.
Llegamos los últimos a la casa. Nos esperaban con una ansiedad mal disimulada: yo era el motivo de la reunión y todos lo sabían. Nos recibieron con entusiasmo y pasamos al living, donde todavía faltaba acomodar varias cosas.
El anfitrión me extendió un sobre.
—Bella dama, sabemos que es la asistente de nuestro amigo. Hicimos una colaboración, esperamos no ofenderla. Es que pocas mujeres aceptan una noche así.
—No era necesario, pero lo acepto encantada —respondí, para no desairarlos.
Mi padre sacó otro sobre y me lo entregó, diciendo que era por el servicio extra. Los guardé los dos en el bolso con una sonrisa. Mientras ellos terminaban de armar las mesas de juego y la barra de tragos, los ayudé en lo que pude. Me trataron con respeto, casi con cortesía, aunque la tensión flotaba en el aire como humo.
—Bueno, muchachos —dije al final, tomando mi bolso—, ¿dónde puedo arreglarme para ser la anfitriona que se merecen?
—Subí las escaleras, primera puerta a la derecha —indicó el dueño de casa—. Tomate tu tiempo. Acá esperamos.
Subí despacio, sabiendo que ninguno apartaría los ojos del movimiento de mis caderas ni de lo que la tanga apenas alcanzaba a cubrir.
***
Dudé un rato frente al espejo entre tres opciones, pero al final elegí el disfraz: lencería de tiras de encaje negro, delantal y cofia de encaje blanco, medias con moños y los tacones que ya traía. Acomodé el hilo para dejar el trasero completamente a la vista, me perfumé con mi fragancia favorita —quería que el aroma se les quedara grabado— y bajé.
Ya estaban jugando. Me ocupé de que cada uno tuviera su trago, paseándome entre ellos, dejando que la promesa hiciera su trabajo. A cada paso, una mano me rozaba la pierna, otra me apretaba una nalga. Yo me dejaba, riéndome bajito.
Para hacer la partida interesante propusieron apostar mis prendas. Pero les advertí que así quedaría desnuda en cuatro manos, y eso no servía. Mejor: el que ganara tres manos seguidas se llevaba una prenda mía y una mamada garantizada. Y al final, el que más partidas acumulara sería el primero en cogerme, sin que nadie lo interrumpiera, mientras los demás miraban.
Así empezó. Yo seguía sirviéndoles, hablándoles al oído, dejándome tocar como a una hembra en celo. A los diez minutos, uno de ellos cantó victoria.
—¡Gané! ¡Soy el primero en probar a esta preciosura!
—Estoy lista para cumplir, señor —respondí.
—Soy Esteban. ¿Y vos cómo te llamás, hermosa?
—Camila. Y soy la asistente personal de mi papá.
Todos giraron a ver la reacción de mi padre. Él no se inmutó.
—Así es, muchachos. Es mi hija. Y por si les queda alguna duda: sí, me cojo a mi hija. Si alguno tiene algún prejuicio, nos retiramos y asunto olvidado.
Esteban se rió.
—Sorprendido sí estoy. Problema, ninguno. ¿Y ustedes? —los demás negaron en silencio. Mi padre les pidió discreción absoluta: lo que pasara ahí, ahí se quedaba.
—Te lo garantizo, Andrés —dijo Esteban, y el resto asintió.
Me acerqué a él, le di un beso en los labios.
—A vos y a todos los voy a hacer disfrutar como nunca, señor Esteban. ¿Qué prenda querés?
Me pidió la tanga. Giré, posé, levanté apenas el delantal para que me vieran las medias y, con toda la calma del mundo, me la fui sacando frente a sus ojos. Después me arrodillé y le hice una felación lenta, generosa, mientras los demás observaban con la respiración cada vez más pesada. Quería encenderlos a todos, que cuando llegara el momento me lo dieran sin miramientos.
En la otra mesa hubo un nuevo ganador. Le entregué el delantal y volví a arrodillarme. Ya quedaba poco para que nadie aguantara más, y yo tampoco. Mi padre intervino:
—Tres manos más y que quede desnuda. El que más gane, abre el baile.
Aceptaron y siguieron jugando. Mientras tanto, me senté en el sillón, abrí las piernas y me empecé a tocar para ellos.
***
Cuando contaron las partidas, hubo empate entre mi padre y un tal Rodrigo. Querían desempatar, pero yo ya no daba más.
—No, señores —dije—. Yo no aguanto más. Que los dos ganadores empiecen juntos. Vení, papá, mostrales a tus amigos cómo me cogés.
No se hicieron rogar. Me puse frente a Rodrigo y lo besé hondo; mi padre se acomodó detrás, restregándome su erección mientras me subía las manos por los costados hasta los pechos. Rodrigo bajó la suya entre mis piernas, encontró que ya estaba empapada, y me fue metiendo los dedos —uno, dos, tres— hasta que empecé a gemir entre los dos.
—Papá, quiero verga —jadeé.
—Tranquila, hija, ya te vamos a dar.
Los ayudé a desnudarse, los arrodillé frente a mí y me llevé las dos a la boca, alternando, probando si me cabían juntas. Después me llevaron al sillón, en cuatro: Rodrigo detrás, mi padre delante para que siguiera con la boca ocupada. Estuve así varios minutos, ensartada por uno y llenando la boca con el otro, mientras mi padre lo alentaba a darme más fuerte.
Me levantaron. Mi padre me cargó con las piernas abiertas y me clavó su miembro mientras Rodrigo buscaba mi entrada trasera. En menos de un minuto los tenía a los dos dentro, sostenida en el aire entre ellos, gimiendo sin control.
—¡Así, mis machos, fuerte, me encanta! ¡Sí, papá, así!
Cambiamos de posición: Rodrigo se tendió en la alfombra y yo lo monté de frente, mientras mi padre me tomaba por detrás. Tener a los dos clavados a la vez me derrumbó sobre el pecho de Rodrigo en una ola de placer que casi me deja sin aire. Cuando me repuse, una tercera erección apareció frente a mi cara, y de pronto tenía las tres ocupadas a la vez.
***
No sé cuánto tiempo pasó. Me dieron vuelta, me cambiaron de mano una y otra vez. Llegó un cuarto hombre, y un quinto. Otros dos se sumaron acariciándome los pechos. En algún momento sentí que ya no contaba cuántos eran: era una marea de manos, bocas y cuerpos sobre mí, todos lujuriosos, todos pendientes de mi placer y del suyo.
El dolor estaba ahí, pero mezclado con algo que me tenía completamente fuera de mí. No era solo físico; era la certeza de estar siendo deseada por todos al mismo tiempo, de ser el centro absoluto de esa habitación. El sudor me corría por la cara, el maquillaje se me había borrado, y yo seguía pidiendo más.
Terminaron llenándome por todos lados, uno tras otro. Cuando por fin se detuvieron, aproveché para ir al baño, limpiarme y rearmarme. Me puse un body de red traslúcido pensado para no tener que quitármelo, me retoqué el perfume y bajé otra vez, dispuesta a demostrarles que todavía quería más.
Se alegraron al verme volver con energía. Ahora se desvivían por atenderme a mí. Me confirmaron, entre risas, que en esa montaña humana cada uno me había tomado más de una vez. Decidieron repetir, pero de a uno, dejando a mi padre para el final.
El trato fue distinto: más pausado, casi cariñoso. Me elogiaban, me decían lo apretada que seguía pese a todo, y yo disfrutaba esa morbosidad de ser observada mientras cada uno me poseía a su manera.
Por fin llegó el turno de mi padre.
—Camila, hija, ¿estás lista para recibirme?
—Sí, papá —abrí bien las piernas—. Quiero que tus amigos vean lo rico que disfrutás cogiéndote a tu hija.
Él no dijo nada más; lo demostró con los hechos. Me exploró con los dedos hasta hacerme acabar de nuevo delante de todos, y después me penetró, sujetándome del pelo, marcando cada embestida mientras yo gemía para él. Terminó dentro de mí, y yo me derretí en un último orgasmo, sintiéndolo acabar.
***
Treinta minutos después nos fuimos. Llegamos a casa cerca de las once, me di un baño largo, me puse crema y tomé un analgésico para poder descansar. Antes de dormir abrí los sobres: el de mi padre traía una tarjeta —«gracias, hija»— y dinero; el otro, una suma mayor y el teléfono de Esteban, con una nota agradeciéndome la noche.
A la mañana siguiente les conté todo a Renata y Bárbara. Como era de esperar, se entusiasmaron y me pidieron que llamara a Esteban para organizar otra reunión, esta vez con ellas dentro. Les prometí que pronto armaría algo nuevo. Yo, fogosa y golosa, ya estaba pensando en la próxima.