Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde que compartí a mi mujer con dos desconocidos

Ilustración del relato erótico: La tarde que compartí a mi mujer con dos desconocidos

Me excita la idea de ser un cornudo consentido. Que mi mujer, Carla, sea una hotwife: una mujer libre de acostarse con quien quiera y con cuantos quiera, conmigo presente como simple observador. Lo que más me gusta es verla rodeada de varios hombres a la vez, repartiéndosela mientras yo miro desde un rincón.

Siempre nos atrajo ese terreno. Los tríos, las fiestas con varios, la idea de que ella fuera el centro de todo. Llevamos juntos más de quince años y desde hace bastante somos pareja liberal, así que ya teníamos kilómetros recorridos en este ambiente. Yo casi siempre participaba, pero en las situaciones de varios hombres había aprendido a apartarme a un lado y limitarme a observar cómo se la trabajaban entre dos o tres.

La última vez que fuimos a un club liberal era un martes cualquiera, a media tarde. Era el local de siempre, así que conocíamos las instalaciones de memoria. Llegamos pronto y aún no había entrado ninguna pareja. En la zona común, justo después de la recepción, había dos hombres que parecían llevar un rato allí: cada uno sentado en una mesa distinta, con una copa a medio terminar y solo la toalla que te dan al entrar, esa que te pones cuando dejas la ropa en el vestuario. No habían venido juntos, pero charlaban entre ellos de cualquier cosa.

Eché un vistazo al ambiente. Miré alrededor por si había alguien más… nada. El club es pequeño, así que enseguida confirmé que, contando a la anfitriona, al chico de la barra y a esos dos hombres, éramos las únicas personas en todo el local. Yo ya estaba haciendo cuentas en la cabeza: si la tarde no se animaba, siempre podía invitar a esos dos al reservado y montar algo con Carla, aunque me habría gustado que hubiera un par más.

La anfitriona, que es la dueña junto con el de la barra, nos recibió y nos cambiamos. Toalla y chancletas, como todos. Al salir, nos preguntó qué queríamos tomar y estuvimos un rato charlando con ella. Nos repitió, como si no lo supiéramos, cómo funciona el ambiente, nos preguntó por nuestros deseos y nuestros límites. Se lo dejamos claro: Carla quería un trío con dos o tres hombres y yo me quedaba de mero espectador. Pedimos dos copas para empezar a soltarnos.

—¿Nos sentamos dentro o fuera? —me preguntó ella.

—Dentro, de momento —le dije—. Vamos viendo cómo se da la tarde.

El reservado estaba tranquilo, con una música suave de fondo, ni alta ni baja. Se estaba a gusto. Sabía que estaría atento al timbre de la puerta, que suena en toda la sala cada vez que entra alguien, por si aparecía algún hombre más.

Cuando la anfitriona volvió con las copas, hizo su trabajo de relaciones públicas y nos «vendió» a los dos chicos de la zona común. Nos dijo que, de momento, solo estaban ellos disponibles, que si queríamos podía presentarnos, que nadie está obligado a nada. Tras otro poco de charla se fue y nos deseó buena tarde.

***

Carla y yo estábamos los dos cachondos y nerviosos a la vez. Bebíamos despacio, hablando de tonterías, esperando que entrara alguien más. No entró nadie. Cuando terminamos la primera copa, me ofrecí a ir a la barra a por otras dos, sobre todo para echarles un ojo de cerca a los dos hombres.

Salí, me apoyé en la barra y pedí. Mientras el chico servía, miré con disimulo a los dos tipos sentados cerca. No estaban en la misma mesa, pero sí lo bastante juntos como para hablar. Con esa música tan baja se oía todo. Nuestras miradas se cruzaron un par de veces, esas miradas rápidas que apartas enseguida, como cuando te cruzas con un desconocido en el autobús. No estaban nada mal para lo que buscábamos: rondaban nuestra edad y se les veía cuidados. Cogí las copas y volví al reservado.

—Quítame el hielo de la copa —me pidió Carla—. Con el aire acondicionado se me resiente la garganta.

—Pues yo quiero esa garganta en perfectas condiciones esta tarde —le dije, riéndome, porque sabía cómo terminan siempre nuestras visitas a este sitio.

Ella se rio.

—A ver qué tal hoy, porque está esto muy muerto.

A Carla le encanta este ambiente y no tiene ningún reparo en demostrarlo. Lo mismo te dice que le apetece estar con dos a la vez que te suelta lo que quiere sin pudor alguno. Así que le propuse que fuera ella a la barra a que le quitaran el hielo, y de paso, que los dos hombres la vieran bien y ella decidiera si le gustaban.

Se levantó y salió. Yo la seguí, pero me quedé cerca de la entrada, a cierta distancia, para ver la reacción de los chicos. La clavaron con la mirada en cuanto apareció por la puerta y no le quitaron ojo, como si la desnudaran allí mismo.

A Carla también le gusta sentirse observada, así que se hizo la remolona en la barra para darles tiempo. Solo llevaba la toalla cubriéndole el pecho y el sexo; por lo demás, los hombros, los brazos, las piernas, todo al aire. Y sabiéndose mirada, estaría ya muy caliente. Cruzó la mirada con uno de ellos y le sonrió. Él le devolvió media sonrisa, cortado.

Cuando volvió, le metí la mano por debajo de la toalla.

—Te has puesto a tono, ¿eh?

Busqué entre sus piernas y, en efecto, estaba empapada.

—¿Qué te parecen? —le pregunté.

—No están mal —dijo—. Parecen majos.

—¿Los invitamos a sentarse con nosotros?

—Espera, que me termine esto primero.

Seguimos un rato más, casi sin hablar, mirándonos con esa complicidad de cuando los dos sabemos lo que va a pasar.

—Ojalá hubiera más —soltó ella sin pensarlo.

—Ya me gustaría a mí verte en una fiesta con cinco por lo menos —respondí al instante.

Eso lo teníamos hablado mil veces. En casa, cuando follamos, fantaseamos siempre con que ella se ve rodeada de varios y yo, últimamente, solo miro. Esta tarde iba a pasar de verdad, aunque solo fueran dos.

***

La anfitriona pasó cerca y le hice una señal. Se acercó con una sonrisa de oreja a oreja.

—Estábamos pensando en invitar a esos dos de ahí fuera —le dije.

—¿Queréis que los haga pasar? —preguntó.

—Sí —dijimos Carla y yo a la vez.

—Voy a hablar con ellos —respondió, y salió a la zona común.

Supongo que les recordó las normas y la educación básica. Mientras tanto, agarré la mano de Carla y la besé.

—Allá vamos, cariño —le dije, y volví a besarla. Ella no contestó, demasiado nerviosa, pero se la notaba a punto de estallar—. Quiero ver cómo te follan estos dos a gusto.

Se puso colorada y se rio, sabiendo lo que le esperaba. Le encanta que le hable así cuando estamos metidos en faena.

La anfitriona volvió con los dos chicos. De cerca se les veían mejor los cuerpos: normales, cuidados, sin nada que objetar.

—Mirad, chicos, estos son Rubén y Marcos —dijo ella.

—Hola, ¿qué tal? —contestamos.

Cambiamos unas frases de cortesía. La anfitriona confirmó que ya conocían las reglas y se fue.

—Sentaos con nosotros —les dije. Ellos traían sus copas a medias. Para romper el hielo solté alguna tontería y, tras unas risas, la conversación cayó sola en el único tema que nos interesaba.

—Queremos un trío con Carla —les dije—. Bueno, en realidad queríamos un gangbang, pero hoy no hay más gente —añadí riéndome. Ellos rieron, algo nerviosos.

Apuesto a que pensaban que les había tocado la lotería. No me extraña: cuando yo frecuentaba estos sitios antes de conocerla y me cruzaba con una pareja así, pensaba exactamente lo mismo.

—Pero él no participa —apuntó Carla señalándome, y se rio.

—Yo me quedo aparte, de observador —confirmé—. Y si me caliento mucho, me uno.

Les di las reglas básicas.

—Carla quiere caña, que se la folléis a gusto, pero con respeto, tratándola bien —dije. Asintieron—. Las mamadas, a pelo. Las penetraciones, con condón. Y las corridas, donde ella diga.

—Si digo que no a algo, es que no —añadió ella, tajante—. Cuando vayáis a acabar, me avisáis y yo os digo dónde. Los besos con lengua me gustan, así que también.

Les pregunté si tenían experiencia en tríos. Dijeron que no demasiada. «Esperemos que salga bien», pensé.

***

Llegó el momento. Le puse la mano en la pierna a Carla.

—¿Jugamos un rato?

—Cuando quieras —dijo con esa sonrisa pícara que se le pone cuando sabe que se lo va a pasar bien.

—Chicos, ¿pasamos a la cama? Yo me quedo fuera, mirando.

Rubén y Marcos se subieron a la cama del reservado y se quitaron la toalla. Yo hice lo mismo con la mía y me senté en la silla de al lado. A Carla la sujeté del brazo para que esperara: todavía tenía planes para mi fantasía. Los dos estaban ya empalmándose, tocándose despacio, esperando a que ella subiera.

Le quité la toalla muy despacio, dejándola desnuda ante ellos, y empezamos a besarnos ahí mismo. Por el rabillo del ojo vi cómo sus pollas se ponían duras a toda velocidad.

—Enséñales el culo, cariño —le dije.

La giré con las manos para que se lo vieran bien. La seguí besando, acariciándole el cuerpo, abriéndole las nalgas para que no quedara nada a la imaginación. Ella se metía en el beso, gemía bajito, no se cortaba un pelo. La volví a girar de frente y le bajé la mano al sexo. Estaba goteando.

—Quiero follar ya —dijo casi gritando, y se rio.

—Espera —le dije—. Quiero vendarte los ojos.

Con la propia toalla le tapé los ojos y le hice un nudo por detrás. Así no sabría quién la tocaba ni de quién era la polla que tendría en la boca. La guie de la mano hasta la cama y me eché atrás, a la silla, para no perderme nada.

Los chicos empezaron a acariciarla: los brazos, la espalda, el vientre, sin ir todavía a lo evidente. Carla se colocó entre los dos y les pasó los brazos por los hombros, atrayéndolos. Buscó a tientas la boca de Marcos, el de la derecha, y se besaron; primero suave, después con la lengua hasta el fondo. Yo lo veía todo desde mi sitio. Rubén, mientras, le manoseaba los pechos con una mano y se la meneaba con la otra, hasta que bajó la cabeza a comérselos.

No tardó mucho en arrancarse la venda.

—Quiero veros —dijo, y se puso de rodillas en la cama.

Agarró las dos pollas, una con cada mano, mirándolas, sopesándolas. Se metió primero la de Rubén y se la comió con unas ganas que daban envidia.

—¡Joder, cómo la come! —exclamó él, gimiendo.

Iba alternando: chupaba una mientras meneaba la otra, y cambiaba cada rato. Pasaba la lengua por la punta como si fuera un helado, hacía ventosa con los labios, se las tragaba hasta el fondo. De vez en cuando me miraba, y yo sabía por esa mirada que se lo estaba pasando en grande.

—No os corráis todavía —les advertí desde la silla—. Que tenéis que echarle un buen polvo.

Yo me la meneaba despacio, disfrutando del espectáculo: mi mujer desnuda, de rodillas, con un hombre a cada lado turnándose para metérsela en la boca. Me sentía afortunado.

—¿Te gusta, cariño? —me preguntó parando un segundo.

—Me encanta —dije, embelesado—. Creo que me voy a unir.

—Espérate ahí —respondió—. Antes tienes que ver cómo me follan.

***

La tumbé bocarriba.

—Dadme las pollas por aquí arriba mientras él me come el coño —les pidió a los chicos.

Es una de nuestras posturas favoritas. Metí la cabeza entre sus piernas y empecé a comérselo, mientras ella, arriba, alternaba las dos pollas. Le metía los dedos, le lamía el clítoris, y sus gemidos quedaban amortiguados por lo que tenía en la boca. Los chicos también gemían.

Me levanté un momento y salí a la barra a pedir condones, así, desnudo, que para eso estábamos. El de la barra me dio un puñado. Me entretuve un par de minutos a propósito, para que Carla quedara a solas con ellos. Se la oía gemir desde fuera.

Cuando volví, me encontré una estampa que me dejó clavado: Carla sentada a horcajadas sobre la cara de Rubén, que se lo comía desde abajo, mientras Marcos, de pie, le metía la polla en la boca sujetándole la cabeza con las dos manos. Me maldije por haberme perdido un solo segundo. Me acerqué y la besé.

—Tengo condones.

—Cariño, quiero que me follen ya —dijo ella.

—Chicos, vamos a follárnosla, que está impaciente.

Carla se puso a cuatro patas, con el culo en pompa, ofreciéndomelo. Antes de metérsela —y sabiendo que me correría en cuanto lo hiciera— me agaché y le lamí el ano un buen rato, abriéndole las nalgas, mientras los chicos se colocaban delante para que ella siguiera con sus pollas. Le metí un dedo y por fin me erguí, le coloqué la polla en el sexo y la penetré despacio.

—¡Aaay! —gimió, sin soltar la polla que tenía en la boca.

Empecé a bombear. Yo siempre se la meto a pelo, así que aguanto menos.

—¡Folladle la boca! —les dije a los chicos, y noté que me iba.

Apreté las manos contra su culo y me corrí dentro con un grito. Saqué la polla despacio y me aparté.

—Folláosla, pero ya, antes de que se enfríe —les dije.

Rubén se puso el condón y se colocó detrás. Marcos se quedó delante, dándole la polla a la cara. Cuando Rubén la penetró, Carla soltó un gemido largo y se metió de nuevo la otra en la boca. Los dos llevaban el mismo vaivén, y los gritos de ella subían cada vez más, sofocados por lo que tenía dentro.

—¡Me corro! —avisó Marcos, apretándole la cabeza.

Carla no hizo ademán de apartarse; al contrario, mantuvo la boca cerrada sobre él, chupando, queriendo que acabara ahí. Marcos se corrió con un grito y ella aguantó la corrida sin tragar, limpiándole la polla a lametazos.

—¿Te lo has tragado? —le pregunté.

Negó con la cabeza, sin abrir la boca.

—Aguántalo y túmbate bocarriba.

Se tumbó, abrió la boca y esperó a Rubén, que seguía empalmado. Él se quitó el condón —era evidente que quería terminar como Marcos— y se sentó a horcajadas sobre ella, metiéndole la polla en la boca. Carla chupaba con cuidado de no tragarse aún lo que ya tenía dentro. Yo me arrodillé a su lado y le acaricié el sexo mientras él alternaba entre metérsela en la boca y meneársela encima.

—¡Me corro! —gritó Rubén por fin, sacándola de golpe.

Carla abrió la boca todo lo que pudo y sacó la lengua. Un chorro le cayó dentro, casi todo. Después le limpió la polla a lametazos, igual que había hecho con Marcos.

Me acerqué a su cara. Estaba agotada, pero feliz. La besé.

—Ahora mismo tienes dos corridas en la boca —le dije, para que fuera consciente.

Me sonrió con la boca cerrada.

—¿Qué vas a hacer con ellas? —pregunté.

Sin pensarlo, se las tragó de golpe.

—¡Eso! —exclamó después—. Me encanta.

***

La besé de nuevo y la ayudé a levantarse. Los chicos también, muy atentos, recogieron los condones y se mostraron educados hasta el final. Nos despedimos: dos besos a Carla, un apretón de manos a mí.

Como siempre que terminamos una sesión así, Carla y yo nos quedamos a solas un rato, hablando de lo que acababa de pasar, y acabamos echando un polvo nosotros dos, con mucho amor. Cada vez que la veo con otros, la quiero todavía más.

Espero que la próxima no tarde mucho en llegar.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (3)

PatoRosario22

tremendo relato!! me dejo sin palabras jaja

Curiosa22

Como consiguieron llegar a ese tipo de lugar? siempre tuve curiosidad pero nunca supe como hacer

DieguiNoche

Muy bien narrado, se nota que lo viviste de verdad. Esa tension del principio cuando entraron y no habia nadie es increible. Segui escribiendo!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.