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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la terraza del hotel con tres hermanos

Ilustración del relato erótico: Lo que pasó en la terraza del hotel con tres hermanos

Hola otra vez, lectores. Soy Carla, y mi marido Diego y yo queremos contaros lo que nos ocurrió el último fin de semana del verano. Hace ya un tiempo dimos un giro completo a nuestra vida en pareja y empezamos a abrirnos a experiencias nuevas. Una de las que más nos gusta es dejarnos ver: vernos el uno al otro, o que otros nos miren mientras nos tocamos. Escribir estas cosas también nos excita, así que aquí va.

Habíamos reservado un par de noches en un hotel de la costa mediterránea. Esa tarde Diego salió a dar una vuelta y yo me quedé en la terraza con el ordenador, repasando un relato anterior. Llevaba puesto solo un pareo de gasa, atado por una cinta, porque todavía hacía calor. Mientras releía, me acordaba de cosas, y el recuerdo me fue calentando tanto como el sol.

Aflojé la cinta del pareo y dejé que la tela se abriera. Mis manos empezaron a recorrerme la piel casi solas. Me acaricié los pechos, jugué con los pezones, fui bajando por el vientre. Llevo el sexo completamente depilado, y me gusta tocarme despacio, sin prisa. Separé un poco la silla de la mesa, estiré las piernas y las abrí. Me llevé un dedo a la boca, lo mojé y volví a acariciarme, abriendo los labios, sintiendo cómo todo se humedecía bajo el calor de la tarde.

Tuve la sensación de que alguien me miraba. Al principio no le di importancia, pero giré la cabeza disimuladamente y entendí por qué: el edificio era escalonado, y la parte descubierta de nuestra terraza quedaba a la vista del piso de arriba. Allí había dos chicos observándome sin pestañear. Ya sabéis que esas situaciones me encantan, así que sonreí, no me detuve, y decidí subir el listón. Giré un poco la butaca para que me vieran mejor, abrí más las piernas y dejé que comprobaran cómo mi mano recorría mi sexo abierto.

Ahora sigo yo, Diego. Cuando volví a la habitación me encontré a Carla tomando el sol en la terraza, desnuda, acariciándose. Si no la conociera, habría pensado que estaba relajada disfrutando de su cuerpo, pero por la intención con la que lo hacía supe que pasaba algo. Me desnudé, salí, me tumbé a su lado y la besé.

—Tengo público arriba —me susurró.

Levanté la vista y no vi a nadie. Se lo dije.

—Calla, que seguro vuelven. Aprovecha.

Mi mano recorrió sus pechos, bajó y buscó su sexo. Lo tenía empapado.

—Estás caliente, te encanta exhibirte —le dije al oído mientras la exploraba con un dedo.

Ella suspiró y me señaló hacia arriba solo con los ojos. Levanté la cabeza y vi dos caras sonrientes.

—Hola, vecinos, ¿qué tal? —solté.

Me miraron desconcertados y uno balbuceó que bien, que estaban mirando el mar. Se me escapó una carcajada.

—El mar y algo más, supongo. Si queréis, bajad y tomamos algo.

Su cara fue un poema. Que estaban con su hermana, dijeron, que igual molestaban.

—Que baje ella también, sin problema. Os invitamos a una copa.

Se miraron y contestaron que ahora bajaban.

***

Miré a Carla y me sonrió con esa expresión pícara que lo dice todo. Dijo que iba a preparar algo. Mientras ella montaba la mesita de la terraza, me puse el bañador; tampoco había que pasarse de entrada. A los pocos minutos llamaron a la puerta. Eran dos chicos brasileños, los dos por encima del metro ochenta y muy bien hechos, y una chica espectacular, alta, de cuerpo que cortaba la respiración. Los tres rondaban los veintipocos. Se presentaron: Larissa, Caio y Vinícius, tres hermanos de São Paulo que estaban de vacaciones por España tras una temporada bailando en una compañía en Lisboa.

Hablamos un rato de todo. Carla seguía con su pareo y nada debajo, y al servir las cervezas dejaba que la tela se abriera a su aire, mostrándose. Nuestros tres invitados no perdían detalle. En un momento salió el tema del topless en las playas españolas, y nosotros contamos que además éramos usuarios de playas nudistas. Carla se dirigió a Larissa.

—Nosotros somos de piel mucho más clara y odio que me queden marcas. A ti, con ese color precioso, no se te notan. Mírame, tomo el sol sin nada y aun así me quedan.

Y abrió el pareo del todo, enseñando su cuerpo a los tres, que se quedaron embobados. Larissa fue la que reaccionó primero.

—Tú también tienes un cuerpo precioso, y por lo que me han contado mis hermanos, te gusta cuidarlo y tocártelo.

Carla acabó de abrirse el pareo, dejó a la vista su pubis rasurado y se acarició los pechos.

—Claro que me gusta tocarme y que me toquen. El cuerpo está para disfrutarlo y para que otros disfruten de él.

El hielo se había roto del todo.

Ahora vuelvo yo, Carla. Larissa me preguntó si podía tocarme y le dije que tocara lo que quisiera, quitándome el pareo y quedando desnuda delante de los cuatro. Sus manos, con cierto reparo, me rozaron la cintura. Se las cogí y las llevé hasta mis pechos, las apreté contra mis pezones y luego fui bajándolas hacia el inicio del pubis. La tensión era máxima, podía pasar cualquier cosa. Acerqué mi cara a la suya muy despacio, como a cámara lenta, hasta que nuestros labios se encontraron.

Ella se quedó quieta, y mi boca se encargó del resto. Metí la lengua mientras mis manos se colaban bajo su camiseta y le acariciaban las nalgas, apenas cubiertas por un tanga blanco. Le saqué la camiseta y apareció su cuerpo joven y moreno, su cintura marcada, su trasero respingón. La hice girar hacia los demás para que la vieran de frente, le acaricié los pechos y le pasé la lengua por el cuello. Tenía los ojos cerrados, la oí suspirar. Bajé una mano hasta el borde del tanga, metí los dedos, le acaricié el sexo. La volví a girar, la pegué a mí, le bajé el tanga del todo y recorrí con un dedo toda la raja de su culo.

—¿Y si entramos? Estaremos más cómodos —dije.

***

La llevé de la mano hasta la cama y la tumbé poco a poco. Me arrodillé entre sus piernas y volví a besarla. Mi lengua bajó por su cuello, lamí sus pechos y seguí descendiendo hasta su sexo. Le abrí las piernas y la recorrí de arriba abajo con la lengua. Larissa se tensó y suspiró. Mientras tanto, al otro lado de la cama, sus hermanos y mi marido ya se habían quitado la ropa y se tocaban mirándonos. Y os aseguro que los dos hermanos estaban más que bien armados.

Sigo yo, Diego. Me giré hacia Caio y Vinícius, que estaban con la cara descompuesta, sin apartar la vista de las dos mujeres.

—Chicos, me parece que vuestra hermana y mi mujer se gustan. ¿La habíais visto así alguna vez?

—No, qué va —contestó Caio—, como mucho en topless en la playa.

—Aunque más de una vez he pensado en ella —soltó Vinícius, medio en broma.

—Pues creo que es momento de acompañarlas y dejarnos llevar —dije, quitándome el bañador.

Ellos no tardaron en imitarme. Entramos. Carla estaba sobre Larissa, besándola y deslizándose hacia abajo hasta llegar a su sexo. Le abrió las piernas y la lamió despacio mientras sus dedos entraban poco a poco. La postura de mi mujer nos dejaba ver su culo en primer plano. Los tres nos masturbábamos mirándolas; no hay nada más excitante que ver a dos mujeres acariciarse. Carla me miró y me hizo una señal con los ojos. Ya sabía lo que quería.

—Venid, acercaos a mi mujer, podéis tocarla —les dije.

Los hermanos se acercaron por detrás, le pasaron las manos por las nalgas y, casi sin atreverse, buscaron su sexo. Ella, sin dejar de lamer a Larissa, alargó las manos y se apoderó de las dos pollas. Yo me acerqué a Larissa, le besé los pechos y subí hasta su boca. Ella sacó la lengua buscando la mía, me besó y noté su mano en mi muslo, subiendo hasta cerrarse sobre mi sexo. Cuando me incorporé, vi a Vinícius agachado detrás de Carla, con la lengua en su culo y un dedo dentro. Caio se había acercado al otro lado y besaba a su hermana con ganas mientras le recorría el cuerpo con las dos manos.

Oí gemir a Carla. Vinícius había dejado de lamerla, se había puesto de rodillas y le había metido la polla. La veía entrar y salir entera.

***

Soy Carla de nuevo. Mientras lamía a Larissa, uno de sus hermanos me penetraba, primero con los dedos y después con la polla. Lo tenía todo empapado. Levanté el culo y él reaccionó al instante, restregándose contra mi entrada antes de meterla del todo. Su grosor me hacía sentir cada centímetro. Me giré para ver cuál de los dos era: Vinícius. Empezó tranquilo y fue subiendo el ritmo, hasta sacarla casi entera y clavarla de golpe una y otra vez. Me estaba poniendo a mil.

Miré al frente. Larissa estaba en el centro de la cama, a cuatro patas, con Diego penetrándola mientras le hacía una felación a su otro hermano. Oí a mi marido picarlos con la voz ronca y a Larissa contestar entre jadeos que le encantaba. Caio le confesó cuánto había soñado con aquello. Entre la escena y la polla de Vinícius no aguanté más: me corrí ruidosamente, notando cómo me llenaba por dentro de líquido caliente. Mi mano buscó el clítoris y lo froté hasta alargar el orgasmo todo lo posible.

Diego salió de Larissa, apartó al chico y metió su polla en mi sexo empapado. Le encanta hacerlo justo después. Embistió con fuerza, me apretó los pechos y me besó como un salvaje hasta correrse también. Nos quedamos los dos tendidos un momento. Cuando miramos, Caio había sustituido a mi marido y penetraba a Larissa, mientras Vinícius estaba debajo de su hermana lamiéndola y ella le chupaba la polla. La imagen era para perder la cabeza.

Me incorporé, los aparté a todos y volví a por el sexo de Larissa. Me lo comí literalmente; me encanta ese olor, ese sabor. Ella levantaba las caderas contra mi cara y mi lengua se hundía en ella. Entonces noté unos dedos en mi sexo, que luego subieron a mojar el otro agujero. Era Caio, que repitió la operación hasta dirigir su polla hacia mi ano. Entró sin demasiada dificultad, grueso, profundo.

—Más fuerte —le pedí, y él me obedeció.

No sé cómo lo hacía, pero sus movimientos me llevaban directa al éxtasis.

Sigo yo, Diego. Vinícius no aguantó y se apoderó del otro lado de Carla; Caio ya estaba en su culo, así que me quedé mirando, tocándome, hasta que mi polla volvió a estar dura. Mientras tanto, busqué a Larissa, que estaba montada sobre Vinícius con la polla dentro. La tumbé sobre su hermano para tener su culo disponible, lo mojé bien con la lengua y empecé a abrirla con los dedos.

—Nunca lo he hecho por ahí —dijo, dudando.

Fui despacio, mojando, sumando un dedo, hasta que ella misma empezó a empujar hacia atrás. Llevé mi polla a su entrada, apreté y entró un tramo. Notaba la de su hermano a través de la fina piel interior. La fui metiendo y sacando, acompasándome con Vinícius: una salía y la otra entraba. Larissa gemía sin parar, fuera de sí, pidiendo más entre maldiciones. Ninguno de los dos íbamos a durar mucho. Me corrí primero yo, y casi enseguida Vinícius y ella al mismo tiempo. Acabamos los tres amontonados, sudados, agotados.

Soy Carla otra vez. Tras mi orgasmo con Caio, los dos nos quedamos viendo la doble penetración que le hacían a Larissa: espectacular, caliente, hasta dejarlos derrengados unos sobre otros. Esperé unos minutos, pero quería cerrar con algo fuerte. Me coloqué sobre ella de rodillas y me agaché sobre su sexo. Le pasé la lengua, le levanté las piernas y atendí los dos agujeros con las manos. Nos limpiamos la una a la otra, nos besamos compartiendo el sabor, y le metí los dedos hasta que volvió a correrse temblando.

No me lo podía creer: una polla buscaba entrar de nuevo en mí. Los tres ya se habían corrido un par de veces, pero ahí estaba Caio, bendita juventud, taladrándome el sexo, agarrándome los pechos. Su hermano tampoco se quedó quieto: le metió la polla en la boca a Larissa, que la chupaba y la masturbaba a la vez. De golpe, Caio salió de mi sexo y se hundió en mi culo sin miramientos, gruñó como un toro y soltó dentro de mí todo lo que le quedaba. Tuve otro orgasmo brutal, de los que cuesta creer.

***

Soy Diego, y todo había terminado. Nadie podía más. El olor a sexo lo inundaba todo y los cinco quedamos repartidos entre la cama y las butacas, después de una de las sesiones más bestiales que recuerdo. La pena fue que coincidió con su último día de estancia; podrían haber sido unas vacaciones inolvidables. Aun así, nos intercambiamos los teléfonos. Quién sabe si volveremos a encontrarnos.

Esa misma noche, ya tarde, recibimos la llamada de un viejo amigo, Lars, el dueño del club al que fuimos una vez por un capricho de Carla. Pero lo que pasó allí os lo contaremos en otra ocasión. Mientras tanto, esperamos que hayáis disfrutado de esta, y nos encantaría que nos dejarais vuestros comentarios: ya sabéis que eso nos excita y nos da alas para seguir buscando aventuras.

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Comentarios (3)

SantiMDF

tremendo relato!!! de los mejores que lei en este sitio, en serio

Carlos_Piso

Por favor que haya segunda parte, el final me dejo con ganas de mas...

HotelAmante_ok

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace dos años jajaja. Muy bueno

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