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Relatos Ardientes

El trío con mi amigo que no sabía que éramos liberales

Ilustración del relato erótico: El trío con mi amigo que no sabía que éramos liberales

Esto pasó hace unos años, en verano, y lo cuento tal cual lo recuerdo. Lucía y yo llevamos casi veinte años juntos. No tenemos hijos, vivimos solos, y eso nos da una libertad que no todo el mundo tiene: la mayoría de nuestras aventuras ocurren en nuestra propia casa, sin vecinos cotillas ni sorpresas en la puerta.

Llevamos más de una década en el ambiente liberal. Empezamos de a poco, como casi todos, con algún trío en un local de la ciudad, y con el tiempo fuimos subiendo la apuesta. A mí lo que más me gusta no es estar yo con otra mujer, sino verla a ella. Ver a Lucía disfrutar de otro hombre, o de varios, me pone de una manera que no sé explicar. Soy un mirón consentido y no me da ninguna vergüenza admitirlo.

El relato de hoy, sin embargo, no es ninguna de esas noches de local. Es un trío normal, en casa, con una sola diferencia: lo hicimos con un amigo mío que no tenía la menor idea de que nosotros vivíamos así.

***

Antes de conocer a Lucía, yo había vivido unos años fuera, en Irlanda. Allí me casé, me separé y volví. De aquella etapa me quedaron varios amigos con los que seguí en contacto por internet. Uno de ellos, Connor, era con el que más hablaba. Una tarde me escribió que lo acababa de dejar con su novia, que se había mudado y que necesitaba cambiar de aires.

Como teníamos cuarto de invitados, no lo pensé dos veces.

—¿Por qué no te vienes unos días y desconectas? —le propuse.

Aceptó. Me hizo ilusión, porque aunque hablábamos cada semana, hacía años que no nos veíamos en persona. Cuando llegó, le enseñamos la ciudad y los alrededores. Connor era un tipo normal: ni guapo ni feo, de mi estatura, delgado, muy blanco de piel, pelo negro corto, educado, tranquilo. Hacía fotos de todo, como cualquier turista. Y un detalle clave: no hablaba ni una palabra de español, y Lucía apenas chapurreaba inglés. El traductor de la casa era siempre yo.

El domingo había mercadillo en el centro y habíamos quedado en llevarlo. Pero esa mañana me dio pereza y al final fueron ellos dos solos. Mientras yo trasteaba en el ordenador, Lucía me mandaba fotos de los puestos, de las tapas que iban probando. Por lo que veía, se entendían bien a base de gestos y de las cuatro palabras que ella sabía.

Cuando volvieron, me contó en privado que Connor le había caído estupendo, que era simpático y que se había reído mucho. Fue justo entonces cuando se me cruzó la idea por la cabeza: montarnos un trío con él.

Se lo dije a Lucía y al principio le chocó. Hasta ese momento, todas nuestras experiencias habían sido con desconocidos. Nunca lo habíamos hablado, pero era una especie de regla no escrita: nada de amigos, nada de conocidos. Solo gente de internet o de los locales.

—Es que es amigo tuyo de toda la vida —me dijo.

—A mí me da igual. Si a ti no te molesta, se lo proponemos y a ver qué dice.

—Vale —contestó, riéndose—. No creo que diga que no.

***

Después de comer, Connor y yo nos sentamos a ver una película en el sofá mientras Lucía se metía en una de las habitaciones. Yo le daba vueltas a cómo sacar el tema sin que se asustara. Tenía que ser sutil, como por casualidad, porque si reaccionaba mal podía arruinar el resto de su estancia.

Saqué el móvil e hice como si me hubiera llegado un mensaje. Busqué uno de esos vídeos que circulan entre amigos y le puse uno en el que una chica estaba con dos tipos a la vez.

—Mira lo que me han mandado —le dije.

—Oh, eso sí que mola —respondió.

—Todo el mundo ve estas cosas.

—Sí, todo el mundo.

Yo le estudiaba la cara para ver si se cortaba o le gustaba. Nada. Cara de póquer absoluta. Un rato después le enseñé otro, de otro trío parecido, y tras el típico «qué bien se lo pasan», solté:

—A mi mujer le gusta mucho esto.

—¿Los vídeos? —preguntó.

—Sí. Y hacer lo que están haciendo en el vídeo —dije, con una risa nerviosa.

—Oh… mola —contestó él, con cara de querer desaparecer.

Está cortadísimo, pensé. Decidí no presionar más para no estropear nada. Cuando terminó la película, propuse bajar a tomar algo a la terraza del bar de abajo. Avísé a Lucía y, mientras se arreglaba, le conté cómo iba la cosa.

—Hay que darle más caña si quieres que pase algo hoy —me dijo, y se notaba que estaba impaciente.

En el bar, ella y yo intercambiábamos miradas. Las dos sabíamos lo que estábamos pensando. Yo soltaba algún comentario picante de vez en cuando, sobre tríos, sobre mujeres capaces de dejar fuera de combate a varios hombres. No encontré gran oportunidad, pero solo de imaginarlo se nos ponía el cuerpo en tensión. Estábamos nerviosos y calientes a partes iguales.

***

De vuelta en casa, Lucía decidió lanzarse. Me dijo que iba a hacer como que buscaba algo en el armario del cuarto de invitados, para que yo le metiera mano por detrás delante de Connor. Entré con la excusa de preguntarle qué le apetecía cenar. Él estaba ordenando sus cosas en la maleta, así que me senté en la cama y me puse a charlar.

Al rato apareció ella con unas toallas dobladas, muy ocupada, muy nerviosa. Las metió en el armario y fingió buscar algo dentro. Se había puesto ropa de andar por casa: un pantalón corto que le dejaba las piernas al aire y una camiseta clara, ancha, de mangas muy cortas, con el sujetador asomando cada vez que levantaba los brazos.

Esperé el momento. Cuando se inclinó hacia dentro del armario, con la cabeza metida entre la ropa, le di un pellizco en el culo imitando el sonido de una bocina y me reí.

—¡Ay, quita! —protestó, sin moverse.

Yo sabía que no estaba buscando nada. Le di otro pellizco, otra vez con el sonido de bocina, buscando que Connor se riera también.

—¡Ay, déjame! —repitió ella, pero era un «déjame, pero dame más». La conozco demasiado bien.

Entonces fui a por todas y le bajé el pantalón de golpe, dejándole las dos nalgas al aire. Ella se lo subió rápido, haciéndose la indignada. No llevaba bragas. Había venido dispuesta. Miré de reojo a Connor: lo había visto todo. Puse cara de falso asombro y solté un «¡guau!» exagerado. Él sonrió, cortado, pero estaba claro que le gustaba estar ahí.

Me animé. Me puse detrás de Lucía y le agarré los pechos por encima de la camiseta.

—¡Tramposa, que llevas sujetador! —le dije en español. Connor no entendía nada.

—¡Quita, que busco una cosa! —respondió ella, siguiendo el juego.

—Vamos, no seas tímida, que estamos en casa y el pobre todavía no ha visto nada —dije riéndome.

Le tiré de la camiseta hacia arriba.

—Venga, enséñanos las tetas, como en las fiestas —insistí, con risas para disimular los nervios.

Ella sonrió. Como siempre que estamos calientes, pensábamos con todo menos con la cabeza. Le metí las manos por debajo de la camiseta, buscando el sujetador. Connor seguía paralizado, atónito. Le levanté la prenda del todo y le dejé los pechos a la vista, el sujetador mal puesto. Ella se tapó por inercia.

—Date la vuelta —le pedí.

Se giró, fingiendo enfado.

—¿Qué quieres, pesado?

Me acerqué a su oído.

—Es ahora, cariño. Déjate llevar, que este no entiende nada de lo que decimos.

La empujé con suavidad hacia la cama y la tumbé boca arriba. No opuso resistencia. Le subí la camiseta, le aparté el sujetador y le saqué un pecho. Me agaché y se lo besé, mientras con la otra mano le destapaba el otro. Ella miraba al techo, una mano en mi cabeza, riéndose por los nervios.

Miré a Connor, que seguía como una estatua.

—Mira esto —le dije, señalándola.

Asintió sin decir nada. Le quité la camiseta del todo a Lucía y le solté el sujetador. Se quedó solo con el pantalón corto, roja, nerviosa, pero la conocía: estaba a punto de caramelo, y sabía que iba a tener dos hombres para ella sola.

***

—Connor, dale un beso ahí —le dije, señalando sus pechos.

—¿Qué? —respondió, sorprendido.

Tuve que insistir. Estaba bloqueado, así que paré un segundo para explicarle la situación. Le conté que no era nuestra primera vez, que éramos una pareja liberal, que nos gustaba el sexo en grupo, que Lucía lo había encontrado simpático y por eso queríamos compartir esto con él. Le pedí disculpas por el mal trago de los vídeos y la encerrona. Connor se relajó. La charla nos cortó un poco el rollo, pero el tema era tan caliente que seguíamos a tope.

Empecé a besar a Lucía en el cuello y le pedí que besara a Connor. Ella se acercó y él se dejó. Cuando los vi enredar las lenguas, casi me corro ahí mismo. Mientras se besaban, yo le recorría la espalda y los pechos a ella, que empezaba a gemir.

—Cógele las manos y póntelas encima —le dije, para animarlo a tocarla.

Ella le guió las manos por su cuerpo. Yo me quité el pantalón y le dije a Connor que se desnudara. Se quitó la camiseta, dejando ver un pecho flaco y blanquísimo, y luego el pantalón. Se le marcaba el bulto en los calzoncillos. Estaba empalmado.

—Desnúdala tú —le pedí, porque me gusta ver cómo otro le quita la ropa.

Le bajó el pantalón corto. Los tres ya en cueros, nos metimos en la cama. La rodeamos. Lucía estaba en su salsa: lo que más le gusta del mundo es estar entre dos hombres.

—Vuélvete loca, cariño —le dije.

Ella asintió con una sonrisa que lo decía todo.

***

Me coloqué a su izquierda y la besé, metiéndole la lengua donde un momento antes había estado la de Connor. Él se acercó por el otro lado. Las dos pollas apuntaban hacia ella. Lucía estiró la mano y agarró por primera vez la de Connor. Era una polla normal, recta, ni grande ni pequeña, de las que se ven bien.

Empezó a masturbarlo mientras se metía la mía en la boca. Movía la cabeza adelante y atrás, lo recorría con la lengua, alternaba. Luego me sacó y se volvió hacia Connor. Se la metió a él sin pensárselo. Ese momento lo recuerdo como una descarga: ver a mi mujer con la polla de otro en la boca es de las cosas que más me ponen del mundo.

La masturbaba a uno mientras lamía al otro. Yo miraba los hilos de saliva, el brillo en la piel, y se me iba la cabeza pensando que esa saliva era de ella, en otro hombre. Le puse la mano en la nuca para animarla a seguir. Connor gemía bajito, todavía tímido, pero disfrutando.

Y entonces caí en algo: no teníamos condones. Lucía y yo lo hacemos a pelo, y para los tríos siempre compramos una caja el mismo día. Se nos había pasado. No dije nada para no cortar el momento; ya iría luego al baño a buscar.

Para que Connor no se corriera antes de tiempo, Lucía se tumbó con las piernas abiertas y me pidió que le dijera, en inglés, que le comiera el coño. Connor metió la cabeza entre sus muslos. Le indiqué que también usara los dedos.

—Me has leído el pensamiento —murmuró ella.

—Es que sé lo que te gusta.

Aproveché para escabullirme al baño. En el cajón donde guardamos los lubricantes encontré dos condones de alguna sesión anterior. Volví con ellos en la mano como si fueran un trofeo. No quería ni pensar lo que habría pasado sin ninguno.

Lucía gemía cada vez más fuerte, las dos manos sobre la cabeza de Connor. Dejé los condones en la mesilla, me subí a la cama de rodillas a la altura de su cara y ella abrió la boca para recibirme. La fui follando despacio, luego más rápido, mientras él seguía entre sus piernas. La estampa me podía: mi mujer comiéndome la polla mientras otro le devoraba el coño.

***

Le pedí a Lucía que se pusiera a cuatro patas. A Connor, que era algo parado y había que guiarlo en todo, le indiqué que se tumbara debajo para hacerle un sesenta y nueve. Mientras ella lo masturbaba y lamía, yo le acariciaba el ano, le humedecía con saliva y jugaba con un dedo. Después me agaché y se lo lamí, haciendo círculos con la lengua, sintiendo la respiración de Connor pegada a la mía.

No quería que él se corriera todavía. Quería verlo follársela. Así que le pedí que se pusiera un condón. Le di unas palmaditas en la espalda a Lucía.

—Quiero que te folle, amor.

Ella se incorporó. Abrí un condón con la boca y se lo pasé. Lucía se quedó a cuatro patas: él por detrás, yo por delante. Ese spit-roast es una de sus posturas favoritas.

—Fóllatela —le dije a Connor, con cierta dureza—. Dale fuerte.

Asintió. Colocó la polla en la entrada y Lucía la guió hacia dentro. La embistió de golpe, sin suavidad. Ella echó la cabeza atrás y gritó.

—¡Aaaah!

Fue un grito que seguro oyeron los vecinos. Me daba igual. Connor empezó a bombear con ritmo, como en las pelis. Lucía acompañaba el movimiento para que la penetrara hasta el fondo, sin parar de gemir. Yo me quedé mirando unos segundos, como quien ve una película porno en la que la protagonista es su propia mujer.

La única pena es que no haya más tíos, pensé.

Me puse delante y le metí la polla en la boca con la misma brusquedad.

—Trágatela —le dije.

Ella, extasiada, ni creo que me oyera. Iba y venía al compás de las embestidas de Connor por detrás y las mías por delante. Todos gemíamos. El cuarto olía a sexo, a sudor; se oía el aire acondicionado, el crujido de la cama, los cuerpos chocando.

—¿A que te encantan las pollas, cariño? —le pregunté.

—¡Sí! ¡Las quiero todas para mí! —exclamó ella entre embestidas.

Connor aceleró, jadeando.

—Córrete —le dije.

—¡Ya llego, ya llego! —gritó, y se vino, frenando el ritmo poco a poco—. ¡Uff…!

—Quédate dentro —le pedí.

Miré a Lucía, con cara de bien follada y la respiración entrecortada.

—Cómemela, amor —le dije, metiéndole la polla en la boca.

Empecé a bombear sabiendo que no me quedaba nada. Le puse una mano bajo la mandíbula. Ella ya sabe lo que tiene que hacer: cerrar bien los labios y dejarme terminar dentro. Me corrí en su boca con tres chorros, el primero bien cargado. Ella aguantó sin tragar mientras yo seguía moviéndome, cada vez más despacio, hasta parar.

—No te lo tragues aún —le dije—. Enséñaselo a Connor.

Le acaricié la cara. Le pedí a él que sacara la polla con cuidado para no dejar el condón dentro, y a ella que se girara y abriera la boca. La abrió, y lo que vimos fue una estampa que me habría gustado guardar para siempre, de no ser por nuestra norma de «nada de móviles, nada de fotos». No se había derramado nada.

—Trágatelo —le dije.

Cerró la boca y se lo tragó todo. La besé con ternura, una mano en su mejilla.

—Te quiero, cariño.

—Y yo a ti.

—¿Le das un beso a Connor para darle las gracias?

—Sí.

Se besaron suave, ya sin lengua. Un pico de tranquilidad después de la tormenta.

***

Descansamos, preparamos algo de cena y, como teníamos toda la noche, volvimos a la carga. En la segunda ronda Connor se corrió otra vez, también con condón. Hicimos casi de todo. La verdad es que nos lo pasamos en grande, como siempre que invitamos a alguien a casa. Me encantó verlo besarla, acariciarla los dos a la vez, recorrerle el cuerpo entre los dos.

Connor volvió a su país unos días después. En la cama me pareció algo soso e inexperto; tuve que ir guiándolo en casi todo. Pero fue una experiencia más, y de las buenas.

La próxima vez queremos que sea un gangbang. Nos gustan más que los tríos. A mí me pone verla con varios hombres a la vez, y a ella le encanta tenerlos a su disposición. Hasta he fantaseado con quedarme fuera de la habitación, escuchando, sabiendo que dentro hay cinco o seis tíos disfrutando de mi mujer sin que yo participe, y besarla después. Soy un cornudo consentido, qué le voy a hacer. Cuando lo hagamos, prometo contarlo. Ganas no nos faltan.

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Comentarios (4)

Pancho_BsAs

jajaja que situacion!! me imagino la cara del tipo sin entender nada... tremendo relato

GabyLectora22

me encantó como lo contaste, se siente real sin ser burdo. esperando mas historias asi

LoboLibre22

Excelente!! quedé con ganas de saber como siguio despues. Hay segunda parte?

NahuB_lector

Muy bien narrado, tiene esa tension perfecta entre lo inesperado y lo erotico. De los mejores que lei en esta seccion

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