Le di permiso a mi mujer y una noche por fin lo usó
Hace casi un año le dije a Noelia que tenía mi permiso para acostarse con quien quisiera. Sin condiciones, sin reproches, sin preguntas incómodas al día siguiente. Le puse una sola regla, y ni siquiera era una exigencia: me gustaba mirar. Daba igual cómo. Podía ser estando yo presente, en un rincón, o podía mandarme un vídeo después, o llamarme en directo mientras pasaba.
—Tienes carta blanca —le dije aquella noche, los dos todavía desnudos y sin aliento—. Con quien quieras, cuando quieras, donde quieras. Yo solo quiero verlo.
Ella se rio, me besó en el hombro y dijo que le parecía bien. Más que bien. Pero los meses fueron pasando y la ocasión no llegaba, así que la idea quedó como una de esas fantasías que uno repite en la cama para calentarse y que nunca terminan de cumplirse. Cada vez que hacíamos el amor yo se lo recordaba, le susurraba al oído lo mucho que me ponía imaginarla con otro, y ella se mojaba al instante. Pero nada más.
Hasta aquella noche de finales de invierno.
***
Yo ya estaba en la cama, despierto, esperándola. Eran más de las doce y ella todavía no había vuelto de unas cervezas con los compañeros del trabajo. Acababa de colgar una videollamada que me había dejado el corazón en la garganta, y cuando por fin entró por la puerta, vino directa a la habitación sin pasar por el baño. Se sentó en el borde del colchón, todavía con el abrigo puesto, oliendo a tabaco ajeno y a algo más. Sabía que yo estaba impaciente por que me lo contara todo con pelos y señales.
El hombre se llamaba Marcelo. Era comercial en su empresa, unos diez años mayor que ella, casado, nada del otro mundo: ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco. A ella le gustaba, y con eso bastaba. Yo nunca lo había visto en persona y nunca le pregunté por él; ella lo había elegido y punto. Llevaba semanas coqueteando con él en la oficina, según me confesó mientras me acariciaba muy despacio por encima de la sábana.
—Me sentaba a horcajadas en la silla —me dijo, sonriendo de medio lado—, como si montara a caballo, y me pasaba las manos por los muslos para que él mirara. Aunque llevara pantalón, se notaba todo.
Yo me la imaginaba perfectamente. Noelia sabe coquetear como nadie: te pone la mano en el hombro, te roza el brazo como sin querer, te hace ojitos, lleva la conversación al sexo con un chiste o un comentario subido de tono. Lo hace conmigo, lo ha hecho en los locales liberales a los que íbamos, y siempre funciona.
—¿Y él? —pregunté, ya con la respiración entrecortada.
—Picó —dijo ella—. Hoy, después de la cuarta cerveza, me preguntó directamente qué pretendía con tanto jueguecito.
***
Me contó que en el bar le había dejado caer que estaba muy caliente. Que reía sus gracias, que se acercaba demasiado, que decía que «se le subía rápido». Lo de siempre. Marcelo, como todos, sabía que estaba casada. Lo que no sabía era que su marido le había dado permiso para hacer exactamente lo que estaba a punto de hacer.
Cuando salieron del bar, ella le dijo que no le apetecía coger el autobús y le preguntó si la acercaba a casa. Él, cómo no, dijo que sí al instante. Caminaron hasta el coche casi sin hablar, los dos un poco nerviosos. Noelia me confesó que en ese momento estaba húmeda solo de imaginar lo que podía pasar. Tiene mucha experiencia en el sexo casual, pero siempre con desconocidos; nunca con un compañero de trabajo. Eso le añadía morbo y riesgo a partes iguales.
En el coche, Marcelo conducía rígido, hablando de tonterías, muy distinto al hombre suelto de la barra. Ella necesitaba un sitio, y conocía una gasolinera de camino con un túnel de lavado en la parte de atrás, cerrado a esas horas, oscuro y apartado. Habíamos parado allí alguna vez. Así que tiró del truco más viejo del mundo.
—Creo que me ha sentado mal la cerveza —dijo, llevándose una mano al estómago—. ¿Te importa parar un momento en la próxima gasolinera? Necesito que me dé el aire.
—Claro, donde quieras —respondió él, seguramente pensando con todo menos con la cabeza.
Lo dirigió hasta la parte trasera, detrás del túnel de lavado, al rincón más negro del aparcamiento, donde no llegaba ninguna cámara. Marcelo apagó el motor y las luces. Se hizo un silencio espeso. Ella salió un instante con la excusa de quitarse la chaqueta, respiró hondo y se dijo a sí misma: «ahora o nunca».
***
Volvió a entrar, se acomodó en el asiento y abrió las piernas como hacía en la silla de la oficina, una rozando la palanca de cambios. Marcelo la miraba sin saber qué hacer. Era evidente que la deseaba, pero el miedo a equivocarse con una compañera de trabajo lo tenía paralizado.
—Puedes acariciarme la pierna —le dijo ella—. Me relaja mucho.
Él obedeció, primero tímido, dejando la mano quieta sobre el muslo. «Este no se lanza ni a la de tres», pensó ella, y le cogió la muñeca para guiarlo. Cuando por fin empezó a recorrerle la pierna de arriba abajo, Noelia apoyó la cabeza en el reposacabezas y posó su propia mano sobre el bulto que se le marcaba a él en el pantalón.
—He fantaseado mucho con este momento —susurró ella, acercándose a su boca.
—¿Ah, sí? —dijo él, ya con la sonrisa del que se sabe ganador.
Lo besó. Al principio fueron besos cortos, con los labios cerrados; después abrió la boca y dejó que la lengua de Marcelo buscara la suya. Se besaron como salvajes mientras las manos dejaban de tener vergüenza. Él le metió la mano por debajo de la camiseta, le subió el sujetador y le buscó los pechos. Ella le frotaba la dureza por encima de la tela y peleaba con la cremallera, imposible de bajar en aquella postura.
Mientras me lo contaba, yo ya estaba ardiendo. Le pedí que dejara de tocarme la polla, que no quería correrme antes de tiempo; quería reservarme para cuando ella me la chupara con la misma boca con la que se la había comido a otro. Pero sobre todo quería que siguiera, que no se saltara ni un detalle.
***
Noelia salió un segundo del coche, miró que no hubiera nadie y, en la oscuridad, se quitó los zapatos y el pantalón. Volvió a entrar descalza y en ropa interior, con la prenda empapada, y se acurrucó contra él. Marcelo le bajó la mano directamente entre las piernas y ella gimió al sentirlo. Le apartó la tela a un lado para que la tocara sin barreras y reclinó el respaldo del asiento para abrirse del todo.
Él la besaba el cuello, le chupaba los pechos y le metía un dedo despacio mientras ella se retorcía. Noelia ya gemía sin control en aquel rincón oscuro, agarrándole la cabeza, pidiéndole más. Cuando notó que él jugaba también más abajo, levantó la pelvis para dárselo todo. Después le pidió que se bajara los pantalones, y por fin tuvo delante lo que llevaba toda la noche buscando: una polla normal, dura, lista.
—Fóllame —le dijo.
—No tengo condón —respondió Marcelo, con la voz rota de deseo.
Ella tampoco llevaba, y no era plan de bajar a comprar a la tienda y cortar el momento. Así que sonrió, le empujó suavemente la cabeza hacia abajo y le dijo:
—Cómemelo.
Él se acomodó como pudo bajo el volante y hundió la cara entre sus piernas. Noelia se aferró al asiento y empezó a gemir alto, sin importarle ya nada. Tuvo un orgasmo, y luego otro, mientras él no paraba. Cuando lo notó cansado, tiró de él hacia arriba.
—Ahora fóllame la boca —le dijo—. Como si me estuvieras follando a mí.
***
Marcelo se irguió encorvado, dando con la espalda en el techo del coche, y se colocó sobre ella hasta dejar la polla a la altura de sus labios. Ella la besó, la lamió despacio, saboreando el momento, y por fin se la metió entera. Él gemía como un crío.
Y entonces ella paró en seco.
—Tengo que hacer una cosa —dijo.
—¿El qué? —preguntó él, desconcertado.
—Quiero que mi marido nos vea.
Marcelo se quedó de piedra. Ella le explicó, con toda la calma que pudo, que tenían una relación abierta y que a su marido le gustaba verla con otros hombres. Que le iba a hacer una videollamada.
—No quiero líos contigo ni con tu mujer —dijo él, asustado.
—Tranquilo —lo calmó Noelia—. No se te verá la cara. Él solo quiere mirar, no le importa quién seas. Y te aseguro que esto lo va a poner como una moto.
Marcelo tardó en reaccionar, pero acabó cediendo. Ella desbloqueó el móvil, le agarró de nuevo la polla para que recuperara la dureza y, sin darle tiempo a arrepentirse, marcó mi número.
***
Yo estaba en la cama viendo vídeos en el móvil cuando entró la llamada. «¡Hola, cariño!», dije. No hubo respuesta. La imagen se abrió en negro, pero por el sonido y el movimiento entendí enseguida lo que estaba pasando: se distinguía la silueta de su cabeza subiendo y bajando, y el inconfundible jadeo de un hombre. Estaba dentro de un coche, comiéndosela a alguien, y me lo estaba enseñando en directo.
Me quedé de piedra. No esperaba que ocurriera así, de sopetón, después de tantos meses. Pero al oír su respiración tranquila supe que estaba bien, que aquello era lo que llevaba un año queriendo: se había estrenado, por fin, y me dejaba mirar. Me bajé los calzoncillos y empecé a tocarme.
—Enciende la luz de dentro —le pedí—. Quiero verlo bien.
Ella buscó el interruptor y, de pronto, la escena se iluminó. Me miró un segundo a la cámara y me sonrió con picardía, como diciendo: «aquí tienes tu fantasía, amor». Después agarró la polla del tío con una mano, sostuvo el móvil con la otra y se la volvió a meter en la boca. Yo lo veía todo como si fuera una película hecha solo para mí.
—Dime que soy una guarra —le oí decir.
—Eres una guarra —respondió la voz del hombre, ronca.
—Más. Dímelo más.
—¡Síííí! —grité yo desde la cama, sin poder contenerme—. ¡Demuéstrame lo guarra que eres!
Ella sonreía. Le encantaba que la llamáramos así. Movía la cabeza en un vaivén cada vez más frenético, apretando los labios contra el tronco. El tío empezó a temblar, a soltar espasmos, y avisó de que se corría.
—Dámelo en la boca —pidió ella, y giró el móvil para que yo no me perdiera nada.
Se sacó la polla, la mantuvo pegada a los labios y la masturbó con la lengua fuera, mirándome fijamente a través de la pantalla.
—¿Quieres ver cómo tu mujer se lo traga todo? —me preguntó.
—¡Sí! —grité, al borde de explotar.
El hombre gruñó y se vació sobre su lengua. Ella aguantó, lo recogió todo, lamió los últimos restos y abrió la boca a la cámara para enseñármelo. Luego, sin dejar de mirarme, cerró los labios y tragó.
—Muy bien, cariño —le dije, con la voz quebrada de orgullo—. Has sido increíble. Te quiero.
—Y yo a ti —respondió ella, y cortó la llamada.
***
Me quedé en la cama con la polla durísima en una mano y el móvil en la otra, dudando si terminar yo solo o esperarla. Decidí esperar.
Cuando volvió a casa, se sentó a mi lado y me lo contó todo. Que Marcelo la había traído directa, que no quedaron en nada concreto, que en la oficina todo seguiría como siempre. La cogí de la nuca y le di un beso largo, con lengua, como nunca antes. Quería que supiera lo feliz que me había hecho, quería recuperarla, reclamarla, recoger con mi boca cualquier rastro que pudiera quedar de aquella noche.
—Cómemela ahora a mí —le dije, tumbándome y bajándome del todo el pantalón—. Igual que se la has comido a ese cabrón. Y te lo tragas todo.
Lo hizo encantada, igual de contenta que yo. Me hizo la mejor mamada de nuestra vida, como siempre que volvíamos a estar los dos solos después de compartirla. Me corrí en su boca y ella apretó los labios para no dejar caer ni una gota.
Esa noche dormimos abrazados, muy pegados, sabiendo que llevaba dentro el rastro de dos hombres distintos.
—Qué pena que no hayan sido más —le dije, sonriendo.
—Bueno —respondió ella, guiñándome el ojo—, ahora que Marcelo es cómplice, siempre podemos invitarlo a casa. Y que se traiga a algún amigo.
—Eso me gustaría muchísimo —le contesté—. Tú te encargas de organizarlo.
Hasta la próxima.
Una pareja cómplice.