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Relatos Ardientes

La obra en casa terminó con todos en mi cuarto

Ilustración del relato erótico: La obra en casa terminó con todos en mi cuarto

Me llamo Renata y aquella historia ocurrió cuando todavía estudiaba en la universidad. Acababa de cumplir los veintitrés y andaba en plena flor: el cuerpo firme de tanto correr por las mañanas, la cintura marcada, las piernas largas que me gustaba enseñar con minifaldas y unos jeans que se me ajustaban como una segunda piel. Siempre fui presumida, coqueta, consciente de las miradas que provocaba. Aprendí pronto a disfrutarlas en lugar de esconderme de ellas.

Vivía con mi madre, Adriana, en un barrio tranquilo de las afueras. Mis padres se habían separado años atrás y ella trabajaba turnos eternos como enfermera: salía a las siete de la mañana y no volvía hasta pasadas las ocho de la noche. Era verano, las clases habían terminado y yo me pasaba los días encerrada en casa, aburrida y con demasiado tiempo para pensar.

Una tarde la escuché hablando por teléfono con un maestro de obra que le habían recomendado. Quería levantar un metro más la barda del patio y rematarla con alambre, porque en la zona habían entrado a robar a un par de vecinos. Quedaron en que el hombre pasaría el sábado por la mañana a tomar medidas y darle un presupuesto.

Como siempre, en cuanto supe que vendría gente a casa, me arreglé. Me bañé, me peiné con esa crema que me deja el pelo oliendo a coco y elegí una blusa de tirantes que dejaba el ombligo al aire y un short blanco diminuto. No me puse sostén; quería que se notara todo.

Sonó el timbre y mi madre me pidió que abriera.

—Buenos días, soy Don Rubén —dijo el hombre, recorriéndome de arriba abajo con la mirada antes de fijarse en mi cara.

—Hola, soy Renata, la hija de la señora que lo llamó —respondí con mi voz más dulce.

Era un tipo robusto, moreno, con barba y unos brazos curtidos por el trabajo. Venía con seis ayudantes, todos rondando los treinta y tantos, algunos tatuados, todos con esa dureza de quien se gana la vida cargando peso. Sentí cómo se me quedaron mirando el pecho sin disimulo. El frío de la mañana me había puesto los pezones duros y se marcaban contra la tela.

—¿Está tu mamá? —preguntó, sin levantar la vista de mi escote.

—Sí, pasen —dije, y los guie hasta la sala contoneándome a propósito, sabiendo perfectamente lo que hacía.

Mi madre bajó, los saludó, salimos todos al patio y les explicó lo que quería. Don Rubén tomó medidas, hizo un par de llamadas y le pasó el presupuesto: cuatro días de trabajo, empezando el lunes. Ella aceptó. Los acompañamos a la puerta y, otra vez, me adelanté caminando despacio, disfrutando del peso de siete miradas clavadas en mi espalda.

***

Pasé el fin de semana con la cabeza llena de ideas. Mi madre me pidió que estuviera pendiente de la casa esos días, por si los obreros necesitaban algo; me dejaría comida preparada y dinero. Me reí por dentro: la única que pensaba ofrecerse era yo.

El lunes me levanté temprano para arreglarme. Jeans blancos rasgados, una rasgadura justa debajo de la nalga derecha, una blusa negra escotada y tacones. Cuando abrí la puerta y los vi a todos ahí, con las herramientas al hombro, sentí el estómago apretarse de pura anticipación. Esta vez las miradas bajaron directas a mi trasero: la tela me dibujaba la figura como un guante.

Los llevé al patio, descargaron sacos de cemento, ladrillos y arena, y empezaron a trabajar. Yo me instalé en el sofá de la sala, me bajé un poco los tirantes de la blusa para que asomara el sostén y me dediqué a dejarme ver cada vez que pasaban camino del baño o del fregadero.

A la hora de comer subí a retocarme. Frente al espejo me toqué los pechos, me froté por encima del pantalón y noté la humedad calar la tela. Bajé un tirante más, dejé el sostén negro a la vista y salí a invitarlos a pasar al comedor. Al servirles me acercaba de más, les rozaba el brazo con la cadera, dejaba caer un cubierto solo por la excusa de agacharme a recogerlo. Ellos no apartaban la vista. Yo sentía cómo me iba mojando con cada mirada.

Repetí el juego los tres primeros días, cambiando de ropa, ofreciéndome a pedazos. La tarde del tercer día subí a mi cuarto, que da al patio por una ventana, y los escuché hablar entre ellos mientras descansaban.

—Está bien buena la morra.

—Yo cuando me sirve de comer me dan ganas de meterle mano.

—A mí me la daría toda, por delante y por detrás.

Pegada al cristal, escuchándolos decir en voz baja todo lo que querían hacerme, me solté un tirante y empecé a tocarme. Estaba sola en aquella casa con siete hombres que me deseaban, y nadie iba a enterarse. En ese momento decidí que el último día me los quedaría. A todos.

***

Esa noche, antes de que mi madre volviera, bajé al súper a comprar cerveza y la escondí en mi habitación. Llevaba tiempo explorando mi cuerpo sin pudor; con mi exnovio, Tomás, había aprendido a disfrutar el sexo anal, así que saqué del cajón mi lubricante y un plug que tenía guardado, me preparé con calma y me dormí con él puesto para amanecer dilatada. Quería estar lista para lo que pensaba pedirles.

Desperté encendida, con la piel sensible al roce de las sábanas. Me bañé, me depilé entera, me volví a poner el plug y elegí el conjunto: una tanga negra de mi marca favorita, sin sostén, y un vestido blanco de tirantes, cortísimo y de tela tan fina que se me marcaba todo. Tacones plateados, el pelo lacio, labial rojo, mi perfume de las ocasiones especiales. Quedé hecha una muñeca, exactamente para lo que buscaba.

Bajé a la cocina y preparé algo fresco para la comida, una limonada bien fría para el calor del día. Estaba tan nerviosa que no pude desayunar; me temblaban las manos. Para soltarme le di un trago corto a una botella que había en casa y, a los pocos minutos, sentí la cara caliente y el cuerpo flojo, valiente.

Sonó el timbre. Miré por la ventana, los vi y el miedo me frenó un instante; tuvieron que tocar otra vez para que reuniera el valor de abrir. Cuando me vieron, se quedaron callados. Sentí cómo me devoraban con los ojos, los pezones se me endurecieron bajo la tela y la tanga ya estaba empapada. Los llevé al patio, les pregunté si terminarían ese día y me dijeron que sí, que se quedaban hasta que llegara mi madre a entregarle la obra.

Cuando empezó a apretar el calor, les preparé la limonada y se la fui llevando vaso por vaso, diciéndoles que se la había hecho con cariño mientras dejaba que me miraran el escote. Me subí el vestido un poco más, bajé un tirante y me retiré a mi cuarto un rato, dejándolos con la cabeza en otra parte.

***

Cuando sentí que era el momento, bajé al patio descalza de miedo y de ganas, con el vestido subido hasta el inicio de las nalgas y los pezones asomando por encima de la tela.

—Oigan, ¿no quieren descansar un rato y tomarse una cerveza conmigo? —les dije con la voz temblorosa.

—Claro que sí —respondieron, sin poder despegar la vista de mi pecho.

—Las tengo arriba, en mi habitación. Ahí estaría más cómoda —añadí, y sentí un escalofrío al decirlo en voz alta.

Subí delante de ellos por la escalera, levantándome el vestido escalón a escalón hasta dejar el trasero por completo al descubierto. Casi podía sentir su aliento en la espalda. En el cuarto les repartí una cerveza a cada uno y, mientras bebían, me quité el vestido despacio. Me dejé los tacones, me tendí en la cama boca arriba y abrí las piernas. Lo único que me quedaba puesto era la tanga negra empapada.

Don Rubén fue el primero. Se lanzó sobre mis pechos, me lamió los pezones, me los succionó como si quisiera arrancármelos, mientras los otros seis me rodeaban y me acariciaban entera; no quedó un centímetro de piel sin tocar. De un tirón me arrancó la tanga y sentí esa punzada de quedarme desnuda, expuesta, a merced de todos.

Les pidió a los demás que me abrieran las piernas. Mientras unos me lamían los muslos y otros se peleaban por mi pecho, él bajó la boca a mi sexo y empezó a comérmelo sin tregua, la lengua dentro, los dedos en el clítoris, arrancándome gemidos que no pude contener.

—Quiero que me lo hagan entre todos —jadeé—. Hagan conmigo lo que quieran, no le voy a decir nada a nadie. Esto es lo que estuve buscando todos estos días.

Me bajaron al suelo y me hicieron arrodillarme. Se quitaron las playeras, dejaron a la vista los torsos macizos y tatuados, y empezaron a soltarse los cinturones. Ese sonido del metal me anunció lo que venía. Se turnaron para metérmela en la boca, tirándome del pelo, empujándome contra ellos hasta el fondo de la garganta. Era brusco, casi demasiado; se me saltaban las lágrimas y el rímel se me corría, pero esa mezcla de uso y dominio me tenía fuera de mí.

Uno me levantó del pelo, me dio una palmada en la mejilla que me dejó la piel ardiendo y me empujó de nuevo a la cama.

—Empínate —ordenó—, que esto te va por detrás.

Obedecí. Apoyé los pechos en el colchón, arqueé la espalda y le ofrecí el culo. Era el que tenía la verga más gruesa de todos, mucho más que el plug al que estaba acostumbrada, y sentí miedo de verdad. Me abrió las nalgas con esas manos toscas, sucias de cemento, y apoyó la punta.

—¿Te la meto de golpe?

—Sí —supliqué—, aunque me duela.

Tiró de mi cintura contra él y empujó de una sola vez. Sentí cómo se me abría con un ardor desgarrador, una punzada que me subió hasta la espalda, y solté un grito que seguro se oyó en la calle. Rompí a llorar, pero el dolor venía acompañado de un placer extraño y profundo, esa sensación de estar siendo doblegada que me volvía loca.

—¿Te duele, preciosa? —preguntó, hundiéndose hasta el fondo.

—Sí —contesté entre sollozos, haciéndole señas de que no parara—. No te detengas.

Sacó toda la verga y volvió a clavarla, una y otra vez, cada embestida un latigazo de fuego. Poco a poco el dolor fue cediendo y dejó sitio a un calor delicioso que me hacía echar las nalgas hacia atrás buscándolo.

—Más rápido —le pedía ya entre jadeos—. Así, más fuerte.

Me agarró del pelo, me embistió frenético hasta que lo oí gruñir y sentí los chorros calientes llenándome por dentro. Cuando salió, los demás se rieron asombrados de cómo me había quedado, y entonces se fueron turnando, uno tras otro, mientras los que esperaban me acariciaban y me llenaban la boca. Así estuvimos cerca de una hora.

***

Le di otro trago a la botella y la entrega se me volvió total.

—Ahora quiero las dos a la vez —pedí, ebria y sin un gramo de vergüenza ya.

Uno se tendió de espaldas en la cama y me monté sobre él, dejándome caer hasta ensartarme entera; me sujetaba de las caderas y me subía y bajaba a su antojo, jugando con mis pechos. Entonces otro se colocó a mi espalda, me inclinó hacia delante y me penetró el culo. Las dos a la vez, cada una a su ritmo, llenándome por completo, mientras el de atrás me abrazaba y me lamía el cuello.

—Más fuerte —gemía—. No paren, no paren.

Sentí el calor subirme desde el vientre, las piernas entumecidas, y reventé en un orgasmo que me dejó sin fuerzas justo cuando los dos se vaciaron dentro de mí a la vez. Cuando salieron, me sentí vacía, con ganas de más. Y siguieron, cambiándome de postura, llevándome de pie contra el espejo grande del cuarto, haciendo conmigo lo que quisieron durante horas.

Cuando ya estaban agotados, me quedé tendida en la cama, temblando, satisfecha hasta un punto que nunca había conocido. No habíamos mirado el reloj: eran casi las siete, faltaba poco para que volviera mi madre. Bajaron a rematar la barda, recogieron y, justo cuando ella llegaba, le entregaron la obra terminada y se fueron. Yo me bañé, me puse la pijama y cambié las sábanas, que olían a todo lo que había pasado.

Cuando se me bajó el efecto, bajé a la cocina por algo de cenar; no había probado bocado en todo el día. Tenía las piernas flojas y los ojos brillantes. Saludé a mi madre, me senté a su lado a ver la tele como si nada, guardando para mí el secreto de la mejor tarde de aquel verano.

Renata Escarlata.

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Comentarios (3)

Tormenta88

que relato!!! me dejo sin palabras

NocheRosario

jajaja el titulo lo dice todo y cumple con creces, tremendo

Marta_del_norte

Increible como lo contaste, tan natural sin ser burdo. Lo lei de corrido sin poder parar, eso es lo que mas me gusta de estos relatos bien escritos.

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