El fin de semana liberal en el chalet de Carmen
Bruno llevaba apenas unos meses en el mundo liberal cuando volvió a cruzarse con Carmen. La había tenido como profesora en la universidad, años atrás, y nunca había olvidado esa forma suya de mandar sin levantar la voz. Una mirada bastaba para que media clase bajara la cabeza. Ahora, reencontrados por casualidad en un foro, descubrió que aquella autoridad no se había apagado con el tiempo: simplemente había cambiado de escenario.
Fue ella quien armó el grupo en una aplicación de mensajería. Cinco parejas, algún suelto, gente que se conocía de vista o de alguna quedada anterior. Carmen vivía sola en un chalet en las afueras, una casa grande que había reformado hacía poco. Lo que más la enorgullecía no era la cocina nueva ni el jardín, sino el sótano.
—Lo bajáis a ver y lo entendéis todo —escribió una noche en el chat—. He puesto unas duchas comunitarias enormes, abiertas, con desagüe central. Pensadas para que ahí dentro pase lo que tenga que pasar.
Quedaron para un fin de semana. Cada uno se quedaría el tiempo que quisiera, sin compromiso. Bruno marcó la fecha en el calendario y la miró durante días.
***
El viernes fueron llegando con la tarde ya caída. Primero Lucía y Marcos, su novio, una pareja que llevaba poco probando esto. Después Valeria y Diego, todavía más nuevos, ella con cara de no creerse del todo dónde se había metido. Luego Paula y Tomás. Y por último Bruno, que entró con una botella de vino y la garganta seca.
Carmen los recibió a todos con una bata oscura y los pies descalzos sobre la madera. Hizo que Bruno se encargara de servir las copas, como si ya supiera el papel que cada uno iba a jugar esa noche. Bajaron al sótano y se sentaron en un sofá circular enorme, colocado justo en el centro de la sala. La luz era cálida, baja, suficiente para verse las caras y no mucho más.
Carmen no perdió el tiempo. Cruzó las piernas, dejó la copa sobre el brazo del sofá y tomó la palabra con esa voz que Bruno reconocía de otra vida.
—Sé que algunos sois novatos —dijo, paseando la mirada por todos—. Y también sé las fantasías de cada uno, porque os las he ido sacando una por una en privado. Lucía quiere estar por primera vez con una mujer. Valeria tampoco lo ha probado y se muere por intentarlo. Así que vamos a empezar por ahí.
Se hizo un silencio incómodo. Carmen sonrió.
—Lucía, levántate. Desnuda a Valeria. Y tú, Valeria, le devuelves el favor.
***
Lucía se hizo de rogar un segundo, pero se puso de pie. Valeria, al ver que la otra ya estaba en marcha y que de momento solo se trataba de quitarse la ropa, la imitó. Lucía llevaba unas botas altas hasta la rodilla, una blusa blanca y unos pantalones negros ajustados. Valeria, un vestido de lana rosa que le marcaba todo el cuerpo.
Se acercaron despacio. Lucía dio los últimos pasos casi sin levantar los pies y posó los labios sobre los de Valeria. Solo eso, un roce. Pero Valeria abrió la boca, y entonces Lucía la sostuvo de la nuca con una delicadeza que no parecía suya y la besó de verdad, lento, hondo. Cuando se separaron, las dos respiraban distinto.
Lucía la hizo girarse. Bajó la cremallera del vestido y se lo deslizó por los hombros hasta dejarlo caer. La ropa había estado pegada a Valeria como una segunda piel; debajo, un tanga rosa minúsculo. Lucía se arrodilló detrás de ella, enganchó la tela con los dedos y la bajó hasta el suelo, rozándole los muslos en el camino. Valeria se quedó desnuda, los brazos cruzados un instante sobre el pecho hasta que se obligó a soltarlos.
Le tocó el turno a Lucía. Valeria, todavía temblando, le fue soltando los botones de la blusa uno a uno, sin acertar a la primera. Le costó, pero terminó. Lucía se quitó las botas, dejó caer los pantalones y por fin desapareció el tanga.
Las dos desnudas, de pie frente al resto, eran un espectáculo difícil de sostener sin reaccionar. Y nadie en aquel sofá pensaba sostenerse.
***
Marcos había sido el primero en perder la compostura. Se había sacado el sexo de los pantalones y se acariciaba mirando a su novia. Paula se masajeaba los pechos por encima del top mientras Tomás, a su lado, ya había metido la mano dentro de los vaqueros y trabajaba despacio. Carmen, que no soportaba quedarse quieta, se levantó, agarró a Paula del pelo, le besó el cuello y le apretó los pechos hasta arrancarle el primer gemido de la noche.
El aire cambió de golpe. Lo que había empezado como un juego dirigido se convirtió en algo con voluntad propia.
Carmen le hizo una seña a Bruno. No hizo falta más. Él se arrodilló delante de Marcos, le bajó lo que quedaba de pantalón y de ropa interior, le soltó la camisa y lo dejó desnudo en el sofá. Marcos lo miró sorprendido, pero no lo detuvo.
—A las duchas —ordenó Carmen, viendo que la cosa subía de temperatura—. Todos. Ahora.
Nadie discutió. Lucía y Valeria fueron de la mano, sin soltarse. Marcos tiró de Bruno y lo llevó casi a rastras, riéndose. Carmen le dio a Paula un azote cariñoso en una nalga y la empujó hacia el agua. Solo quedaban Diego y Tomás, los dos novios que aún no encontraban su sitio, y se acercaron detrás del resto sin saber muy bien por dónde empezar.
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El sótano se llenó de vapor y de eco. Dentro de las duchas, Carmen se tumbó en el suelo embaldosado y guió a Paula para que se pusiera a cuatro patas y le comiera el sexo, marcándole el ritmo con la mano en la nuca. Lucía y Valeria se buscaron de nuevo, primero los pechos, una a la otra, y después se tendieron en el suelo en un sesenta y nueve que les borró cualquier vergüenza que les quedara.
Diego no aguantó la imagen del culo de Paula moviéndose bajo el agua. Se colocó detrás, la penetró y le buscó el clítoris con los dedos mientras ella seguía pegada al sexo de Carmen, que ya no paraba de gemir. La cadena se iba armando sola, cuerpo contra cuerpo.
Marcos, encendido por ver a su novia enredada con Valeria, agarró a Bruno, lo puso contra los azulejos y le pasó la mano por la espalda hasta abajo. Bruno apoyó la frente en la pared fría y se dejó hacer. No la tenía muy larga, pero sí gruesa, y tuvo que intentarlo un par de veces antes de entrar del todo. Bruno apretó los dientes, soltó el aire y descubrió que la espera de aquellos días había merecido la pena.
Tomás, mientras tanto, se jabonaba a un lado, observando a Paula mientras la follaban y comía sexo a la vez. Cuando Valeria quedó un momento de cara, sobre Lucía, le acercó el sexo a la boca y ella lo recibió sin dejar de moverse.
***
Lo que nadie esperaba era que se abriera la puerta del sótano y entrara un hombre enorme, barbudo, de hombros anchos, al que todos empezaron a llamar el Oso casi sin pensarlo. Carmen lo había avisado de antemano: sabía que alguno de los chicos terminaría descabalgado del reparto, y prefería que sobrara cuerpo a que faltara.
El Oso fue directo a Diego, lo tomó del brazo y lo bajó al suelo boca abajo con una facilidad que cortó el aire por un segundo. El jabón con el que el propio Diego se había enjabonado hizo de lubricante, y el Oso lo penetró sin demasiada dificultad. Después se lo tomó con calma, un buen rato, mientras los demás seguían a lo suyo a su alrededor.
Carmen, que ya se había corrido una vez con la lengua de Paula, dejó a esta para que Diego —cuando el Oso lo soltó— la cabalgara, y empezó su recorrido. Fue pasando de una mujer a otra, comiéndoselas a todas, sin prisa, asegurándose de que ninguna quedara fuera. Donde llegaba ella, alguien terminaba gimiendo.
El Oso y Carmen se repartieron la sala como dos anfitriones que conocen su trabajo. Iban turnándose, cogiendo a uno y a otra, hilando posturas imposibles. En un momento Paula quedó cabalgando a Marcos mientras Marcos la sodomizaba y ella tenía la boca ocupada con Bruno; tres hombres a la vez y una sola sonrisa entre jadeo y jadeo.
***
Para el final, Carmen volvió a tomar el control. Hizo que Valeria se inclinara hacia delante, le sujetó las caderas y la sodomizó despacio mientras se estiraba para besar a Paula, que seguía montada sobre Marcos. Después fue a por Lucía. Se ajustó un arnés con un consolador y la penetró tumbada, masturbándola al mismo tiempo, hasta arrancarle un orgasmo que la dejó sin fuerzas en el suelo mojado.
Los gemidos se fueron solapando, los cuerpos encadenándose en una sucesión de orgasmos, fluidos y agua tibia que ya nadie distinguía de dónde venía. El Oso y Carmen, los últimos en pie, se miraron, y entre risas terminaron la sesión orinando sobre el grupo, marcando con eso el cierre de la noche.
Después apagaron las luces. A oscuras, bajo el chorro de las duchas comunitarias, todos se fueron duchando juntos, besándose y acariciándose sin urgencia, reconociéndose por el tacto. Bruno, con la espalda contra los azulejos y el corazón aún disparado, pensó que aquello no había sido un inicio cualquiera.
Y esto solo es el viernes.