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Relatos Ardientes

La noche que mi novio invitó a otros a nuestra cama

Ilustración del relato erótico: La noche que mi novio invitó a otros a nuestra cama

La idea había nacido semanas antes, en una de esas charlas de almohada en las que una dice cosas creyendo que nunca van a pasar. Le confesé a Tomás, mi novio, que me imaginaba con más de un hombre a la vez. Esperaba que se riera o que se pusiera celoso. En cambio, se quedó mirando el techo un rato largo y después dijo que, si yo quería, él podía organizarlo. Que le gustaba la idea de verme disfrutar.

No volvimos a tocar el tema hasta el viernes en que me preguntó, como quien no quiere la cosa, si seguía en pie. Le dije que sí antes de pensarlo. Esa misma tarde escribimos a un par de hombres que ya conocíamos y a un tercero que solo había hablado conmigo por mensajes. Lo único que pedí fue elegir el orden y poner mis reglas.

El primero en llegar fue Adrián. Lo había visto dos veces y siempre me había gustado esa manera suya de mirar sin disimular. Antes de que aparecieran los demás, le dejé claro cómo venía la cosa: en la casa estaban Tomás y Bruno, su amigo, que ya iban a sumarse después. Adrián sonrió.

—No tengo ningún problema —dijo—. Pero primero quiero estar a solas con vos. Después que entren los que quieras.

Me sorprendió que él pusiera condiciones cuando creía que las ponía yo. Le hice una seña a Tomás y a Bruno para que nos dieran un rato, y entré a la habitación con Adrián pisándome los talones.

Me abrazó por la espalda apenas se cerró la puerta. Sentí todo su cuerpo contra el mío y, más abajo, la presión de su erección contra mis nalgas. Sabía tocar. Me apretó fuerte, casi cortándome la respiración, y entre las piernas empecé a sentir esa humedad que me delata siempre. Me estaba mojando solo con eso, con el abrazo y con la idea de lo que estaba a punto de pasar.

Se arrodilló detrás de mí, metió las manos bajo mi falda y de un tirón me bajó la ropa interior. Abrí un poco las piernas. Su lengua recorrió todo el camino, despacio, de adelante hacia atrás, hasta llegar donde nadie suele empezar. Ahí se quedó, jugando, entrando y saliendo, mientras con dos dedos me acariciaba por delante. Me costaba quedarme de pie.

Se levantó y me dio vuelta para besarme. Me bajó la camisa hasta liberar mis pechos y me pellizcó los pezones, primero suave y después con una insistencia que dolía justo lo necesario. Me tomó del pelo, me llevó la boca por toda la cara y me empujó con firmeza hasta dejarme de rodillas frente a él.

Le bajé el pantalón. Cuando lo tuve en la mano me brillaron los ojos: no era enorme, pero sí mucho más grueso de lo que esperaba. Lo chupé con ganas, sin apuro, sosteniéndolo con las dos manos. Él se sentó en el borde de la cama y yo me trepé encima como si fuera mía. Crucé las piernas a los costados y dejé que se rozara entre mis labios sin entrar todavía. Cada movimiento sacaba más humedad de mí.

Cuando por fin lo dejé entrar, tuve que hacer un poco de fuerza por el grosor, pero estaba tan lubricada que se deslizó hasta el fondo. El ritmo fue lento. Más que coger, aquello parecía hacer el amor. Me gustaba cómo me trataba, cómo me hablaba al oído.

—¿Te gusta así, mi vida? —murmuró.

—Me encanta —le contesté—. Me estás partiendo y no quiero que pares.

—Entonces llamalos —dijo, sin dejar de moverse—. Vos quedate así, montándome, y que ellos se ocupen del resto.

—Está bien —jadeé—. Pero quiero que vengan ya.

Sin bajarme de Adrián, levanté la voz y grité que entraran. La puerta se abrió y aparecieron Tomás y Bruno, que llevaban un rato escuchando del otro lado. Les dije lo que quería de cada uno: uno que me preparara por detrás, el otro que subiera a la cama y me llenara la boca.

Bruno eligió la boca. Tomás, mi novio, fue por detrás, y eso me dio confianza porque sabía que iba a tener cuidado. Yo seguía encima de Adrián, así que me incliné hacia adelante, levantando las caderas para ofrecerme mejor. Tomás me humedeció con la lengua, apoyó la punta y me pidió que respirara hondo. Lo hice, y entró despacio, centímetro a centímetro, mientras Adrián volvía a mover las caderas debajo de mí.

Tenía a dos hombres dentro al mismo tiempo, moviéndose casi en el mismo compás. Levanté la cabeza y empecé con Bruno. Tres hombres, tres cuerpos sobre una sola cama, todos para mí. En el espejo de la habitación veía la escena entera y me sentía otra persona, capaz de cualquier cosa, dispuesta a cruzar cualquier límite que se me pusiera enfrente.

***

Yo era un desastre delicioso. Los fluidos se me escapaban y empapaban las sábanas, y con la boca ocupada pedía más fuerza como podía. Bruno le pidió a Tomás cambiar de lugar; quería probar él por detrás. Adrián me sostuvo la cabeza, me besó y me dijo que aguantara, que esa entrada iba a ser más intensa.

Tomás, un poco agotado, salió a buscar algo de tomar. Bruno aprovechó y me penetró de una sola estocada. Grité, pero Adrián me tapó la boca con un beso. El dolor del primer momento se fue transformando en otra cosa, en una corriente que me recorría entera y me dejaba sin aire. No me desmayé, aunque por un instante sentí que el cuerpo no me respondía. Me aferré al pecho de Adrián como a una boya, una muñeca en medio de dos hombres que me doblaban en tamaño.

Cuando Bruno terminó, me recosté de lado. Adrián me besaba los pechos y me pasó una cerveza fría. Descansamos un poco, riéndonos de lo desbocado de todo, brindando como si fuéramos viejos amigos y no tres desconocidos que se acababan de revolcar.

No nos dimos cuenta de la hora. Estábamos pasándola tan bien que el tiempo se nos escapó. Faltaba poco para que Adrián tuviera que irse y para que llegara el siguiente, un chico de veintipocos que había hablado solo conmigo. Sabía a lo que venía, pero no que iba a encontrarse con otros tres en la cama.

—¿Qué problema hay? —dijo Tomás encogiéndose de hombros—. Si viene, que se sume.

Yo no quería salir de la cama por nada del mundo. Sonó el timbre y Tomás fue a recibirlo. Tardaron un rato, así que me quedé jugando con Adrián y con Bruno, chupando uno y después el otro, hasta que entró mi novio con el recién llegado detrás.

—Saludá al invitado —me dijo Tomás, divertido.

Levanté la cabeza de mala gana, solté a Bruno y solté también una risa.

—Perdón —dije—. Estaba ocupada.

El nuevo se llamaba Iván. Era joven, de cuerpo trabajado, y me saludó con un beso suave en la mejilla, como si la situación no fuera la que era.

—Disculpá —dijo—, pero no conocía la zona y traje a un amigo para venir más tranquilo. Está esperando en el living.

Tomás, que para entonces ya se divertía más organizando que participando, le respondió que lo hiciera pasar.

—Si queda lugar, que se sume —dijo, y me miró—. ¿Verdad, amor? ¿O ya no podés con tantos?

Lo dijo retándome, sabiendo que esa era justo la forma de empujarme a decir que sí.

—Bueno —contesté—, pero cancelá lo que falte. Ya somos cinco y no entran más.

Aceptó mi condición, salió a avisar a los demás y se quedó un rato charlando con Gael, el amigo de Iván, mientras yo terminaba de recuperar el aliento.

***

En la habitación, acostada y rodeada de cinco hombres, los escuché debatir entre risas cómo iban a seguir. Me mandaron a darme una ducha rápida. Cuando volví, los dos más frescos, Iván y Gael, estaban en la cama esperándome. Me pidieron una mamada y se las di alternando, una y otra, mientras los demás miraban sentados con sus cervezas en la mano.

—Ahora nos toca a nosotros —dijeron los que ya llevaban horas.

Bruno se acostó y me hizo recostar sobre él, boca arriba, entrando por detrás. Tomás se ubicó adelante. Dos de los chicos me sostuvieron las piernas en alto para darles más espacio a los que me poseían, y Adrián me ofreció su boca para que no quedara ningún hueco sin llenar. El ritmo era una sola cosa: fuerte, constante, sin pausa. Un rato uno, un rato el otro. Iban rotando, cambiando de posición, turnándose como si hubieran ensayado.

Cuando me quise dar cuenta eran casi las nueve de la mañana. Mis hombres tomaban cerveza para recuperar fuerzas; ninguno había acabado todavía, querían que la cosa durara. Yo estaba completamente entregada, montándolos sin control, salvaje, riéndome y gimiendo al mismo tiempo. Unos paraban a descansar y otros me agarraban enseguida. No había pausa que durara más de un minuto.

Así seguimos, entre risas y cuerpos, hasta bien entrada la tarde del domingo. Quedé deshecha, en el mejor de los sentidos. Me hicieron exactamente todo lo que les pedí y un poco más de lo que imaginaba poder soportar. Se fueron retirando de a uno, despidiéndose con un beso, y quedaron en organizar algo parecido para más adelante.

En casa quedamos solo Adrián, Tomás y yo. Cenamos cualquier cosa, nos duchamos sin apuro y volvimos a la cama, esta vez sin urgencia. Hicimos el amor los tres, despacio, hasta quedarnos dormidos uno contra el otro.

Me había encariñado con Adrián y Tomás se dio cuenta antes que yo. No se enojó. Al contrario: le dijo que, si los dos estábamos de acuerdo, lo nombraba amante oficial y que podía venir cuando quisiera. La única condición era avisar si alguna vez queríamos quedarnos los tres a solas.

El lunes me desperté dolorida hasta en lugares que no sabía que existían. Me arreglé como pude y Adrián se ofreció a llevarme. Me dio un beso en la puerta del auto, de esos que dan los novios, y una compañera nos vio de lejos. Más tarde me preguntó si había cortado con Tomás, porque me había visto con otro. Le dije que no, que ya le iba a contar, y me reí sola pensando en todo lo que tendría que explicar.

Algún día se lo cuento todo, pensé. O casi todo. Porque algunas noches es mejor que sigan siendo solo mías.

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Comentarios (4)

MarisolT

Tremendo relato!!! Me dejo sin palabras

Robertico_22

Por favor seguí con esta historia, me quede con ganas de mas...

LectoraClandestina

Lo leí dos veces. La forma en que manejan el acuerdo entre los dos antes de que empiece todo... muy bien escrito. Raras veces veo eso en este tipo de relatos.

Tomas_78

El arranque me engancho enseguida, no pude parar hasta el final. Excelente!

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