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Relatos Ardientes

La vecina de la playa nos propuso algo a los dos

—Pásame la crema —dijo Marina sin abrir los ojos.

—¿Cómo dices? —se quitó uno de los auriculares con los que escuchaba música.

—La crema. Llevas un buen rato boca arriba y te vas a quemar.

—Toma, cariño —le acerqué el bote, todavía templado por el sol.

—Date la vuelta y túmbate del todo —le pedí. Antes de desabrochar el bikini me incliné y le besé la línea de la columna, justo entre los omóplatos. Sabía lo que provocaba: un escalofrío le recorrió la espalda y se le erizó la piel.

—Qué tonto eres —murmuró—. Siempre me sorprendes, aunque siempre haces lo mismo.

—Me encanta tu espalda. Y me encanta el lugar donde tu espalda deja de tener nombre —le di una palmada en el trasero.

—¿Ya empezamos? —preguntó, pero no se movió.

—Me tienes frito. No paro de mirarte, distraída, con esos pezones marcándose bajo la tela mojada. No sé ni cómo sentarme sin que se me note.

—Anda, termina la faena y nos damos un baño.

Le solté el sujetador y empecé a repartir la crema por los hombros, amasando despacio la zona alta de la espalda. Siempre me ha parecido una de las partes más eróticas de su cuerpo, ese tramo que va del cuello a los omóplatos y que pocas veces uno se molesta en mirar de verdad.

—Mmm, qué gusto —dijo con la voz pastosa—. Trabaja ahí, que la tengo cargadísima.

Una espalda desnuda, adivinando el peso de sus pechos aplastados contra la toalla, produce en mí un efecto inmediato que nunca sé disimular en bañador. Bajé con las manos resbalando por los costados, rocé los laterales de sus tetas y sentí la tentación de seguir, de colar los dedos por debajo. Me contuve.

—Uy, qué delicado te has vuelto —se rio contra la toalla—. En otro momento ya habrías insistido en esa zona.

—¿Lo echas de menos?

—Me sorprende. Tú nunca te quedas a medias.

—A lo mejor este es el momento de darte de tu propia medicina. ¿Es tu ego el que habla o es el deseo?

—Anda, anda, y termina, que hace un calor de muerte.

***

—Hola, ¿qué tal estáis?

La voz venía de un par de toallas más allá. Una chica se acercaba con una sonrisa fácil y un paso seguro que no encajaba con su edad. No tendría más de veintidós años, menuda, muy proporcionada, con un bikini que tapaba lo justo y un moreno parejo que delataba muchas horas de playa sin marcas. Podría haber sido nuestra hija, y esa idea, lejos de incomodarme, me cruzó la cabeza más de una vez.

—Os he visto antes y me sonaban vuestras caras —dijo plantándose al borde de la toalla—. Sois los de la habitación de al lado, ¿verdad? En cuanto os he oído hablar, me he dicho: son ellos.

—¿Nos has reconocido por la voz? —preguntó Marina, incorporándose a medias.

—Las paredes son de papel. Se oye todo.

—¿Todo, todo? —insistió mi mujer, entornando los ojos.

—Yo diría que sí —contestó la chica sin inmutarse—. Y, ya que estamos, ¿me daríais una de esas cervezas que tenéis en la nevera?

—Claro, coge —le pasé una lata sudada de frío.

—¿Puedo sentarme con vosotros un rato?

—Por supuesto. Yo soy Marina —dijo ella, y al incorporarse sobre los codos para darle dos besos se olvidó por completo de que tenía los pechos al aire.

—Daniela, encantada —respondió la chica, y se giró hacia mí para repetir el saludo—. ¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Que cómo te llamas —se rio. Al besarme me tomó del brazo y apretó su pecho contra él, restregándolo apenas un segundo. Se me quedó cara de bobo.

—Andrés —acerté a decir—. Encantado.

—Qué tímido te pones cuando tienes cerca a una chica guapa —comentó Daniela, divertida—. Aunque, después de lo que se oye desde mi cuarto, no sé de qué vas de vergonzoso.

A Marina se le encendió la cara como un tomate.

—Me parece genial que una pareja de la edad de mis padres se divierta así —siguió la chica, dándole un trago a la cerveza—. No es lo habitual.

—¿Así cómo? —preguntó Marina, todavía más colorada.

—No te dé corte ahora. Es lo más natural del mundo. Y siendo una pareja tan atractiva, imagino que tendréis éxito por aquí.

—Bueno… hemos notado que nos miran —admitió mi mujer.

—¿Que os miran? Marina, eres la atracción de toda la playa. El cien por cien de los tíos te haría un favor y la mayoría de las tías también. Y en una urbanización como esta, donde todo el mundo es bastante abierto, la gente se hace ilusiones.

—Espera —corté—. ¿La urbanización es… qué?

—No me digáis que no sabéis nada de las fiestas que se montan aquí —Daniela abrió mucho los ojos, entre incrédula y encantada—. He venido a invitaros, de hecho. En casa estamos mi novio, mis padres y yo, organizando la del fin de semana. Mi madre os ha visto estos días, os ha oído de sobra, y se le ocurrió que vinierais esta noche a cenar. Preparamos la fiesta, nos reímos un rato y, si surge, lo que tenga que surgir.

Marina y yo nos miramos. La cara de ella era un poema.

—De verdad que no teníamos ni idea —dijo Marina—. Elegimos este sitio porque no admitía niños, que para una semana de descanso nos venía perfecto, y porque estaba pegado a la playa. Nada más.

—Entonces, ¿no sois del ambiente?

—Alguna incursión hemos hecho —contesté yo, midiendo las palabras—. Pensábamos buscar algún local por la zona, pero si lo tenemos en la casa de al lado…

—Pues arreglado —Daniela dio una palmada—. Esta noche, sobre las nueve, os esperamos. Venid guapos y frescos, que aprieta el calor, aunque siempre podemos meternos en el jacuzzi. Por cierto, Andrés —se tumbó de golpe boca arriba sobre la arena, junto a nosotros, y se soltó la parte de arriba del bikini—, ¿me echas crema a mí también?

—¿No te das la vuelta? —pregunté con la boca seca.

—No, mejor por delante primero. No quiero quemarme los pechos. Si me los pongo rojos, ni mi novio ni nadie va a querer acercarse el fin de semana.

Empecé a extender la crema con un cuidado casi ridículo, como si tocara algo que pudiera romperse. Daniela tenía unos pechos pequeños, firmes, de pezones oscuros y duros por el aire de la mañana. Marina, a mi lado, observaba con los ojos como platos y sin decir una palabra.

—No seas tan recatado —protestó la chica—. Échame bien o luego me pelo, que soy muy blanca donde no me da el sol. Y tú, Marina, ¿no quieres ayudar? No estaría mal a cuatro manos.

Miré a mi mujer. A Marina no le van las mujeres, nunca le habían ido, pero la chica estaba realmente bien, y por pura curiosidad, o por el calor, o por lo que fuera, se acercó. Empezamos los dos a deslizar las manos por aquel cuerpo joven, repartiendo crema donde ya no hacía ninguna falta.

—Mmm, qué gusto —suspiró Daniela. Alargó la mano y atrapó uno de los pezones de Marina, acariciándolo con una suavidad que mi mujer no esperaba.

Marina, en topless desde el principio, no se había dado cuenta de que tenía los pechos justo al alcance de la chica. Cuando lo notó, ya era tarde para fingir que aquello no le gustaba. Se le marcó la humedad en el tanga, una mancha pequeña que el sol no tardaría en delatar.

La escena era de lo más excitante: cuatro manos amasando aquellos pechos juveniles y la chica devolviendo las caricias a mi mujer con una delicadeza de experta. La gente que pasaba por la orilla nos miraba sin disimulo, algunos parándose un par de segundos más de la cuenta.

—Anda, mira —dijo Daniela bajando la voz—, si el amigo de Andrés también se alegra de verme.

Con la mano libre me rozó por encima del bañador, justo sobre la erección que yo llevaba un buen rato intentando esconder debajo de la toalla. No había nada que esconder ya.

Pasaron cinco minutos delirantes, los tres tocándonos en mitad de la playa, sin ningún tipo de recato, mientras la gente comentaba a nuestro alrededor. El sol caía a plomo y yo notaba el corazón en la garganta, esa mezcla de vergüenza y deseo que hacía mucho que no sentía.

—Bueno —dijo al fin la chica, incorporándose como si nada—, creo que ya estoy bien protegida.

Nos dio un beso corto a cada uno, recogió la cerveza a medio terminar y se ató el bikini con una calma que nos dejó a los dos sin aire.

—Gracias por la cervecita y por la crema. Esta noche a las nueve, ¿eh? No me dejéis plantada.

Se alejó hacia su toalla moviendo las caderas, consciente de que la mirábamos. Y nos miraba media playa.

Allí nos quedamos los dos, con una excitación insoportable y sin saber muy bien qué hacer con ella.

—Andrés —dijo Marina por fin, con la voz ronca y la mirada todavía clavada en la espalda de la chica—, necesito un baño. Uno largo. Y por cómo te veo, tú también.

Me levanté como pude, intentando que la toalla me acompañara hasta la orilla, y la seguí al agua pensando que aquella noche, a las nueve, iba a cambiar muchas cosas entre nosotros.

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Comentarios (5)

DiegoCba55

tremendo!!! me enganche desde el primer parrafo

Marcos_Bs

Me recordó unas vacaciones en Mar del Plata... hay algo en la playa que saca lo mejor de la gente jaja. Muy bueno

VeroBA

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de mas

Loki35

bien escrito y sin rodeos, justo como me gustan los relatos de esta categoria

SolYarena

La tension del principio esta muy bien lograda, se siente el calor y la insinuacion desde el arranque

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