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Relatos Ardientes

La vecina nos invitó a su fiesta de máscaras

—No sé cómo voy a llegar al agua —dije, sin atreverme a levantarme de la toalla—. Se me nota demasiado.

Lucía se rio por lo bajo, todavía con la respiración acelerada. Acabábamos de pasarnos veinte minutos untándole crema a la chica del apartamento de al lado, delante de media playa, y los dos seguíamos encendidos como si fuera la primera vez.

—Medio chiringuito nos ha estado mirando mientras la masajeábamos —susurró—. Más de uno tiene su propia tienda de campaña montada, así que no eres el único. A mí también se me nota: si me pongo el top, los pezones lo atraviesan, y el tanga lo llevo empapado.

—Ya lo había notado —admití—. Bueno. De perdidos, al agua.

Nos levantamos casi a la vez y caminamos hacia la orilla intentando no mirar a nadie. La arena quemaba bajo los pies y el sol de mediodía caía a plomo sobre los cuerpos tumbados en las toallas. Noté un par de cabezas girarse a nuestro paso, un cuchicheo, una sonrisa cómplice. Aceleré el paso hasta que el agua me cubrió las rodillas.

El contacto con el agua fría nos sentó bien a los dos, aunque a Lucía los pezones se le endurecieron todavía más bajo la tela, y eso, lejos de calmarme, me ponía peor. Nadamos un poco mar adentro, hasta donde apenas hacíamos pie. Aún sentía las miradas clavadas en la espalda, como si la gente esperara a ver qué hacíamos a continuación. El agua nos llegaba al pecho y el sol arrancaba destellos en la superficie cada vez que se movía.

—Eres único —dijo ella, y me pasó la mano por encima de la entrepierna con toda la calma del mundo—. Otra vez estás así. Si no estuviéramos en público, no lo desaprovechaba.

—Tú sigue tocándome y no salgo del agua hasta la noche —le advertí.

Lucía se moría de risa, pero no apartaba la mano. Me apretaba por encima del bañador con una mezcla de juego y descaro que conocía demasiado bien. Llegó un punto en que dejé de pensar.

—A tomar viento —murmuré, y tiré de ella hacia mí, agarrándola de la cintura.

La obligué a rodearme las caderas con las piernas y a apoyar su sexo contra el mío, todo bajo la superficie, donde nadie podía ver gran cosa.

—Qué bruto eres —protestó sin convicción.

—Si quieres, te suelto.

—No, por favor. Ya no hay remedio.

Metió la mano bajo el agua, se apartó el tanga a un lado y soltó el botón de mi bañador. Me liberó de un tirón y, en cuanto el agua tibia me rodeó, busqué su entrada como por instinto.

—¿Esto es lo que querías? —le pregunté contra el oído—. Pues ya lo tienes. De aquí no te mueves hasta que termine.

—¿Nos estará viendo la gente?

—Vernos, no. Pero que se lo imaginan, está clarísimo.

—Entonces olvídate de todos y bésame como sabes que me gusta.

Me tomó de la nuca y acercó su boca a la mía mientras yo entraba poco a poco, dejándonos mecer por las olas pequeñas que llegaban desde el horizonte. Así estuvimos un buen rato, con un vaivén lento y profundo que parecía no tener prisa, mientras el beso subía de intensidad. Quise apartarme un segundo para verle la cara, los ojos sobre todo. Siempre me ha gustado mirarla en esos momentos.

—Sigue besándome, no te apartes ahora —jadeó—. Estoy a punto.

Apretó los muslos contra mí, se clavó del todo, y su lengua me buscó con la misma urgencia con la que yo la buscaba a ella por dentro. Unos gemidos contenidos, dos o tres apretones más, y por fin llegó el temblor, ese estremecimiento casi violento de las piernas que conocía de memoria.

—Ahora no te muevas o te mato —me pidió—. Quiero disfrutar esto.

Nos quedamos abrazados, besándonos despacio, dejando que el mar hiciera el resto.

—Cómo te quiero —dijo después, sonriendo contra mi cuello—. Y qué duro sigues. Deberíamos…

—No. Quiero que se me pase aquí y luego seguimos en el apartamento.

—¿Y te vas a quedar así?

—Espero que baje. Si no, no hay forma de meterla otra vez en el bañador.

—Pobre. Los hombres a veces sois rarísimos.

—No es eso —me reí—. Es que no quiero que se acabe el momento todavía. Esta noche me tomo mi tiempo contigo.

***

La mañana siguió de lo más tranquila, una vez que conseguimos salir a la arena sin escándalo. Nos tomamos unas cervezas, picamos algo a mediodía y, a media tarde, subimos al apartamento con la piel ardiendo de sol y de sal.

—Necesito una ducha —anunció Lucía mientras cerraba la puerta.

—Y yo contigo. Este era mi momento, ¿te acuerdas de lo que te dije esta mañana?

—Claro que me acuerdo —dijo, y empezó a quitarse el top sin dejar de mirarme—. Yo también lo estaba esperando.

Nos metimos juntos bajo el chorro tibio y nos tomamos nuestro tiempo, enjabonándonos despacio, acariciándonos como si volviéramos a aprendernos el cuerpo. Lucía me tenía agarrado con una mano y, sin previo aviso, se arrodilló sobre la cerámica resbaladiza. Me besó la punta y se la metió en la boca sin dejar de acariciar el resto con la mano. Empezó suave, casi perezosa, pero en menos de un minuto el ritmo era otro: tan pronto me recorría con la lengua como me tragaba hasta el fondo.

—Si sigues así me voy a correr —le advertí, con la voz quebrada.

—Eso es justo lo que quiero —respondió, levantando la vista—. Que lo disfrutes como yo esta mañana. Y que me riegues las tetas.

Se masturbaba con una mano mientras con la otra me marcaba el ritmo, y yo no aguanté mucho más. La avisé justo a tiempo, ella me sacó de la boca y dirigió el chorro hacia sí misma, dejando que cayera sobre su cara y su pecho. Me temblaban las piernas. La miré: seguía agachada, relamiéndose, todavía con los dedos entre las piernas.

—Déjame a mí —dije, y la levanté como pude.

Le metí dos dedos despacio, buscando el punto exacto, y ella se abrazó a mi cuerpo para ahogar un grito contra mi hombro. El orgasmo fue largo, intenso, y la dejó floja entre mis brazos. Tardamos un rato en poder salir de la ducha.

—Menudo día nos ha dado la vecina —dije, secándome.

—Pues acuérdate de que cenamos con ellos —me recordó—. Y no va a ser nada tranquilo.

—Cómo me ponen estas situaciones.

—¿Y qué te vas a poner tú? —cambió de tema, plantada delante del armario—. Tienes que estar espectacular. Bueno, más de lo que ya estás.

—No sé. Había pensado en la falda vaquera, un top y las sandalias de tacón alto. ¿Qué te parece?

—Madre mía. Así me vas a tener empalmado toda la noche.

—Dado el ambiente de la cena —dijo con una sonrisa torcida—, no creo que les importe demasiado a los anfitriones.

***

Estábamos terminando de arreglarnos cuando sonaron unos golpecitos en la puerta.

—¡Toc, toc! ¡Lucía! ¡Sé que estáis ahí! —La voz era inconfundible.

—La vecina otra vez —murmuré—. Nos ha vuelto a oír.

—Eso me da una vergüenza horrible —susurró Lucía—. Pero, no te voy a mentir, también me pone.

—Espera, que me pongo algo y te abro —contestó hacia la puerta.

—¡Anda ya, no te hagas la recatada! —respondió la chica desde fuera, divertida—. Que ya te he visto y hasta te he tocado las tetas en la playa.

—No tiene ningún filtro —me dijo Lucía por lo bajo, mientras buscaba algo que ponerse.

—La noche promete —contesté.

—Anda que ya te veo venir —me lanzó una mirada de reojo—. Tú le tienes ganas a la niña.

—Como para no tenérselas —admití—. Pero abre, a ver qué quiere.

Lucía abrió la puerta envuelta en una toalla. Al otro lado estaba Daniela, recién duchada, con un vestido corto y una sonrisa que parecía no apagarse nunca.

—¡Se te ve resplandeciente! —exclamó Daniela, mirándola de arriba abajo—. Este Adrián trabaja bien, por lo que se oye.

—Pasa, preciosa, y no me hagas poner roja —dijo Lucía, apartándose para dejarla entrar.

—Os traigo un plan. Mis padres dicen que, si os parece, montamos una cena de máscaras esta noche. Tienen de todo en casa, antifaces, caretas, lo que quieras.

—¿Máscaras? —dudé—. No sé, eso de disfrazarme no es muy lo mío.

—¡Venga ya! —insistió Daniela, dando un paso hacia dentro—. Ya verás qué bien lo pasamos. Mi madre es la caña, os va a encantar. Y, por cierto —añadió, alargando la mano sin el menor reparo y rozándole un pecho a Lucía por encima de la toalla—, tiene unas tetas muy parecidas a las tuyas. ¿Te pones nerviosa? Eso me gusta.

Lucía se quedó sin palabras, ruborizada, sosteniendo la toalla contra el cuerpo. Yo tragué saliva. La chica se movía con una naturalidad que desarmaba a cualquiera.

—Os esperamos en el apartamento de al lado a las nueve —siguió Daniela, como si nada—. No tardéis, que mis padres están de los nervios con la cena.

—Oye, oye —reaccioné por fin—. Nosotros llevamos un par de botellas de champán, ¿os va bien?

—Me encanta. Y a mi madre también —respondió, ya con un pie fuera—. Mi padre y mi novio son más de vino.

—Si quieres cambiamos —ofrecí.

—Ni hablar. El vino lo ponen ellos y el champán es para nosotras. Hasta luego, guapos.

Cerró la puerta dejando una estela de perfume dulce y un silencio raro en la habitación. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Lucía se quedó mirando la puerta cerrada, todavía con la marca de la mano ajena en el pecho, y yo me di cuenta de que el corazón me latía como si hubiera corrido. Lucía y yo nos miramos.

—No se corta un pelo —dije.

—Para nada —murmuró ella, todavía con la mano en el sitio donde Daniela la había tocado—. Una cena de máscaras, sus padres, su novio… ¿Tú sabes en lo que nos estamos metiendo?

—No exactamente —reconocí—. Pero, viendo cómo ha empezado el día, me lo puedo imaginar.

Lucía dejó caer la toalla muy despacio y se acercó al armario para elegir qué ponerse. Faltaban un par de horas para las nueve, y los dos sabíamos ya que aquella cena no iba a tener nada que ver con una velada normal entre vecinos. La noche, desde luego, prometía.

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Comentarios (4)

MorboContenido

increible relato, me enganche desde el primer parrafo y no pude parar hasta el final. De los mejores que lei aca en mucho tiempo!!

Tania_nocturna

Por favor que haya una segunda parte... me dejaste con demasiadas ganas de saber como siguio todo con los vecinos

SantiagoR_Mdq

Muy bien escrito, se nota que cuidaste cada detalle. La tension del principio me tuvo al filo hasta el final. Saludos!

Lola_Curiosa

jaja la excusa de la fiesta de mascaras fue genial, tremendo!!

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