La tarde que mi marido me entregó a otro
Viernes por la noche.
—Quiero verte con otro —me dijo Rodrigo, después de que esa noche tampoco logró sostener la erección suficiente para penetrarme.
—Lo que tú quieras está bien —le contesté, como tantas otras veces respondo a sus decisiones.
Y también, como otras veces, me levanté y fui al baño a masturbarme. Mientras lo hacía, por primera vez imaginé que, además de mi marido, otro hombre me hacía suya. Lo pensé maduro, con algunas canas y una barriga clásica, que sin hablar pero respirando agitado entraba y salía de mí sin descanso. La fantasía me encendió como nunca, y en un par de minutos llegó un orgasmo intenso del que solo me hice consciente cuando mis propios gemidos me devolvieron al baño.
Esa noche traté de dormir, pero los recuerdos me distrajeron.
Pensé en que Rodrigo tiene cuarenta y nueve años y yo treinta y nueve. Llevamos veintidós casados y no puedo quejarme de él. Es respetuoso, trabajador, fiel, ordenado hasta la obsesión. Sus defectos siempre fueron los mismos: demasiado entregado al trabajo, demasiado metódico, demasiado rutinario en la cama. Como viaja de lunes a viernes, nos acostumbramos a tener sexo solo los fines de semana. Hace cuatro años empezó su disfunción, derivada de un problema de salud, y en los últimos dos lo único que he recibido de él es sexo oral.
Se lo confié a una amiga cercana.
—Eres afortunada —me dijo—. El sexo es para ellos. Qué bueno que ya no tienes que aguantar su cuerpo pesado encima, sudando y resoplando como un animal. Cómprate un consolador y olvídate.
No pude sacarme de la cabeza esa frase suya, ni la de Rodrigo. Quiero verte con otro. No estaba segura, pero sentía que estaba a punto de abrirse una caja de Pandora.
***
Sábado por la mañana.
Después del desayuno, Rodrigo me pidió que fuéramos a la habitación que usamos como oficina. Giró la laptop hacia mí.
—¿Te parece bien esto?
En la pantalla había un anuncio que ya había publicado en un conocido sitio de intercambios: «Pareja de Monterrey, 49 y 39, busca caballero discreto para sexo con ella. Mucha discreción, cero compromiso». Lo acompañaba una foto mía en bikini y lentes oscuros, de nuestro último viaje a la costa. No me gusta decirlo, pero resaltaba mi piel blanca, mi pelo largo aclarado, mi cintura estrecha y, aunque mi pecho es modesto, lo compensa lo demás.
—Sí, está bien —respondí, turbada.
Me pregunté qué clase de hombres responderían. Y de inmediato se me erizó la piel y sentí que me humedecía sin desearlo.
***
Sábado por la tarde.
—Mira —me presumió Rodrigo, orgulloso, el resultado de las primeras ocho horas.
Me sorprendió la cantidad de respuestas. Me dejó sola para que las revisara con calma. Las fui leyendo una a una, y con cada mensaje la boca se me secaba más y mi respiración cambiaba. Había hombres de todas las edades, de la ciudad y de fuera, serios y bromistas, altos y bajos, delgados y robustos. Algunos eran groseros, otros casi tiernos. Estaba asombrada. Y muy mojada.
Metí la mano bajo la ropa y toqué la entrada de mi sexo. Me asombró lo resbaladiza que estaba. Me quité la ropa interior, abrí las piernas y me toqué despacio, mirando lo que más me gusta de los hombres en las fotos: las manos, la boca, la mirada. El orgasmo llegó pronto, corto pero intenso.
Después me avergoncé. No era posible que una mujer como yo, casada, con dos hijos en la universidad, se dejara arrastrar por pensamientos así. Pero me hacían sentir un placer que no conocía.
Cerré la pantalla, me recompuse y bajé a la sala.
—¿Qué te pareció? ¿Viste algo que te gustara? —preguntó él, con un brillo extraño en los ojos.
—Más tarde termino de revisarlos —contesté, fingiendo indiferencia, aunque al caminar me temblaban las piernas.
***
Esa misma noche pasó algo inesperado. En cuanto nos acostamos, Rodrigo volvió al tema, y al hacerlo me excité de nuevo. Lo curioso fue que esta vez él también, y contra todo pronóstico tuvo una erección suficiente para penetrarme.
—Quiero que otro te haga suya —me murmuraba mientras se movía sobre mí—. Que otro te acaricie, que te bese, que te penetre. Me excita imaginarlo. ¿Lo harías por mí?
—Sí, amor. Haré lo que me pidas —alcancé a decir antes de que la ola nos cubriera a los dos.
No habló más. Salió de mí y a los minutos dormía plácidamente. Entonces volví a la laptop para seguir revisando los perfiles.
Descarté a muchos: los que vivían lejos, los presumidos, los casados, los de lenguaje pobre. Me atraían los que contaban algo de sí mismos. Quedó un finalista: decía ser soltero, profesor de medio tiempo en la universidad y estudiante de posgrado, deportista. Tenía una foto con uniforme de fútbol, moreno claro, alto, delgado, manos grandes, mirada fija, labios carnosos. No mencionaba el tamaño de nada; solo se describía como joven, experimentado y morboso. Se hacía llamar Diego. Lo único que no me convencía era su edad.
Me fui a dormir deseando soñar con él.
***
Domingo por la mañana.
Durante el desayuno le planteé a Rodrigo mi elección y mi duda por la edad.
—La ventaja de alguien joven es que es menos complicado, más respetuoso, más fácil de manejar —dijo—. La desventaja es la experiencia.
Al final decidí que Diego era el mejor.
—Sería bueno que lo trataras antes, que te cuente qué le gusta, que te pida unas fotos más íntimas —sugirió.
—No. Está bien así —respondí—. Dile solo que acepto, y que será una sola vez. Ponte tú de acuerdo con él en los detalles.
Prefería descubrirlo poco a poco, en el momento del encuentro. Me parecía hasta más morboso.
Al mediodía, Rodrigo volvió emocionado.
—Ya contestó. Está de acuerdo en que lo recojamos hoy a las seis, en la estación Universidad del metro, junto a la tienda de la esquina. De ahí vamos al motel Las Palmas. ¿Te parece, amor?
—¿Hoy? Creí que sería el fin de semana próximo.
—Preferí que fuera hoy. La verdad, pensé que si pasaban más días podías arrepentirte.
—Me conoces bien. Tienes razón.
***
Comí poco. Intenté una siesta sin éxito. Me retoqué las uñas, me depilé las piernas y el pubis, llené la tina y me di un largo baño de burbujas. Elegí un vestido negro corto, de tirantes, con un escote generoso. Zapatillas oscuras. Me maquillé provocativa, con pestaña postiza y un labial muy rojo. El pelo recogido de manera casual. Tanga y sostén rojos con encaje negro, y una buena porción de perfume.
—Estás deslumbrante —dijo Rodrigo con admiración sincera.
Salimos calculando la distancia, porque el lugar no quedaba cerca. Mientras él manejaba, yo sentía la piel ardiendo y puse el aire al máximo. Ninguno hablaba. Para disimular, puse música. Al llegar a la zona donde lo recogeríamos, el corazón me latía con fuerza. «Ahí está», dijo Rodrigo. Yo bajé la cara y escondí los ojos detrás de unas gafas oscuras: entre menos lo viera, más segura me sentía.
***
Una tarde de domingo larga e inolvidable.
Rodrigo bajó a buscarlo. Tardaron casi diez minutos que se me hicieron eternos, hasta que volvieron con unas cervezas. Para mi sorpresa, mi marido subió a la parte trasera y Diego tomó el asiento del conductor, encendiendo la camioneta como si fuera el dueño. Lo miré de perfil. Era mucho más alto de lo que imaginé, sus labios más carnosos, su pelo más rizado, su loción con un toque marino intenso. Y su voz, Dios, era grave y varonil.
—Destápame una cerveza —le ordenó a Rodrigo, que obedeció con una mansedumbre que yo no le conocía—. Y otra para ella.
—Ella no toma cerveza —balbuceó mi marido.
—Hoy es una ocasión especial. Hay que celebrar.
Me entregaron la lata. Diego volteó hacia mí con una sonrisa.
—Salud, preciosa. Tú y yo la vamos a pasar muy bien.
Sentí el rostro arder. Di un trago para calmarme. Su aplomo me derretía; irradiaba una seguridad que me hacía sentir, al mismo tiempo, intimidada y frágil.
La falta de costumbre y la prisa con que bebí me pusieron una nube en la cabeza. De pronto ya estábamos en el motel. Diego entró a inspeccionar la habitación con la actitud de quien la había pagado. El cuarto era amplio, con una pequeña cocineta, una barra con bancos altos, un sofá, una cama grande y aire acondicionado, indispensable en esta zona del país.
—Ven, siéntate junto a mí, chiquita. Quiero hacerles unas preguntas —dijo, y a mi marido—: tú sirve de algo, destápame otra.
Estar cerca de él me ponía nerviosa.
—¿Cuántos novios tuviste antes de él?
—Ninguno —respondí con la voz temblorosa.
—¿Y cuántas experiencias con otros hombres?
Me dio vergüenza contestar, pero Rodrigo lo hizo por mí.
—En su vida. Esta es su primera vez con alguien que no sea yo.
—¿Solo él te ha tenido? —preguntó Diego, sorprendido—. El único, y ya ni se le para. —Soltó una risa fresca, sin maldad.
—Pero soy bueno para el sexo oral —se defendió mi marido.
—Salud por eso —dijo Diego, y los tres chocamos las latas.
***
—Te noto nerviosa, pequeña. Ven, vamos a bailar. Pon algo —le ordenó a Rodrigo—, salsa.
Mi esposo obedeció y pronto sonó Idilio, de Willie Colón. Diego se puso de pie y me extendió su enorme mano. Yo sonreí y la tomé. Bailaba muy bien, sabía llevarme con una cadencia elegante. A su lado me veía pequeña, a pesar de los tacones; mi cabeza apenas le llegaba al hombro. Por momentos sentía su brazo rodeándome la cintura, su cuerpo rozando el mío, dejándome respirar su olor a fragancia y sudor.
Cada tanto me estremecía sin querer, y él me murmuraba al oído:
—Tranquila. No pasa nada. Solo no estás acostumbrada. Déjate llevar y confía en mí. No te haré nada que no te guste.
Su voz cambiaba todo el tiempo: podía ser ronca y dominante, o suave y dulce. Yo solo asentía y dejaba que mi cuerpo se acercara un poco más al suyo.
Al terminar, pidió otra cerveza y me habló bajito.
—Ahora baila tú sola para mí. Como si estuvieras muy caliente. —Y a mi marido—: pon algo lento.
Se sentó en el sofá. No sé qué poder empezó a ejercer sobre mí. Ni siquiera miré a Rodrigo. Empecé a moverme frente a Diego con una canción lenta, dejándome llevar por el alcohol, por su sonrisa pícara, por su mirada hipnótica. Había olvidado que tenía trece años menos que yo. Por momentos me acercaba y me subía el vestido casi hasta mostrar la tanga, o bajaba un tirante y dejaba ver el hombro, notando cómo su mirada se volvía más densa. En un instante lo vi acomodarse algo bajo el pantalón.
Al terminar la melodía, estiró las manos llamándome y me sentó sobre una de sus piernas, apretándome la cintura con sus largos brazos. Mi pequeñez contrastaba con su tamaño; parecía una muñeca. Llamó a mi marido y los tres brindamos.
—Qué rica estás —me susurró al oído—. Me gustan así, como tú.
—¿Cómo? —pregunté coqueta.
—Una señora decente con su marido, pero otra cosa con su amante. No te hagas la tonta: en público eres muy formal, pero por dentro estás hambrienta.
Su lenguaje me sorprendía, por crudo y por decirlo delante de Rodrigo, como si disfrutara que él lo oyera. Volteé a verlo: bajó la cara, enrojecido, y entendí que esas palabras le provocaban el mismo morbo que a mí.
—No entiendo cómo, estando tan buena, a este hombre no se le pare. Si fueras mía, te tendría así todas las noches. —Y le hizo una seña—. Acércate. Voy a enseñarte cómo se hace gozar a tu esposa.
***
Su boca empezó a recorrerme con besos suaves en el cuello, mientras una mano se metía bajo el sostén y la otra subía por mis piernas, debajo del vestido.
—Primero hay que besarla y tocarla despacio —le explicaba a Rodrigo.
No supe en qué momento perdí la vergüenza de que mi marido mirara cómo un desconocido me acariciaba. La lengua de Diego me entraba al oído y me hacía abrir la boca y respirar hondo. Era un maestro. Sus dedos capturaron mi pezón y lo apretaron, produciéndome un dolor placentero que siempre había anhelado. Después puso dos dedos frente a mi boca.
—Chúpalos. Llénalos de saliva.
Lo hice, sintiendo un placer raro al tenerlos dentro. Cuando estuvieron bien húmedos, los llevó a mi sexo y frotó despacio mi clítoris, mientras su lengua entraba completa en mi boca. El concierto de caricias me volvía loca, y oleadas de placer me subían desde los pies hasta la cabeza, cada vez más fuertes.
—¿Ves cómo la atiendo? —le dijo a mi marido, que asentía con la boca abierta, evidentemente excitado de ver a su mujer usada por otro—. En el fondo es solo una mujer hambrienta. Y tú, un marido sin la fuerza para ser el hombre que necesita. ¿Tengo razón? —me preguntó.
—Sí —respondí jadeando.
—¿Sí qué?
—Sí me gusta lo que me haces. Que me toques entre las piernas, que me beses así. Me encanta cómo lo haces, Diego.
—Y también te encanta que te hable de esa forma, ¿cierto?
—Sí. Mi marido nunca lo hizo. Me prende oírte.
Volvió a llevar los dedos a mi entrada, jugando a entrar y salir, mientras su boca saltaba de mi cuello a mis pezones, arrancándome quejidos que no podía controlar. Justo cuando todo iba en aumento, retiró la mano, dejándome ansiosa.
—Ponte a gatas sobre el sofá.
***
Todo fue muy rápido. Mientras yo me acomodaba, él se desabrochó el pantalón. Hizo a un lado mi tanga y, sin más, lo sentí invadiéndome. Era mucho más largo, más grueso y más duro que el de mi marido. No pude evitar un quejido.
Sus manos se aferraron a mi cadera para entrar y salir de manera acompasada, con embestidas suaves pero firmes, hasta el fondo.
—Qué rica está tu mujer, se nota que no la atendías —le decía a Rodrigo—. La siento apretada. Le hacía falta de verdad, ¿o no?
Mi marido seguía inmóvil, como un niño ante un espectáculo de magia, incapaz de creer que un hombre joven penetraba a su esposa sin ningún recato.
—Sí, Diego. Qué bueno que aceptaste venir a hacerla sentir mujer.
La respuesta pareció envalentonarlo. Me dio una nalgada sonora que, a esas alturas, me excitó más de lo que me dolió. Gemí para que supiera que me había gustado.
—¿Así que te gusta que te castiguen?
—Sí. Pégame todo lo que quieras.
Sus estocadas aumentaron en fuerza y frecuencia. Sus nalgadas eran más constantes y yo ardía. Me deshizo el peinado y me tomó del pelo para acercarme a él mientras embestía. Nunca nadie me había usado así, nunca había llegado a semejante nivel. Pronto todo dejó de tener sentido: perdí la noción del tiempo, vi luces, sentí descargas que partían del centro de mi cuerpo hacia toda la piel. Me estremecía, sudaba, gemía, y solo quería que ese tormento placentero fuera eterno.
Entonces sus gemidos roncos anunciaron que llegaba. Su cuerpo se endureció, su miembro palpitó, y mis brazos dejaron de sostenerme. Caí hacia adelante convulsionando. Sentí encima su cuerpo pesado, sudando y resoplando como un animal descontrolado, vaciándose largamente dentro de mí. La frase de mi amiga, la que no había podido olvidar, se cumplía al fin, y era exactamente lo que yo había necesitado todo este tiempo.
No sé cuántos minutos pasé inmóvil, recuperándome, sintiéndome mojada de él. Después Diego se incorporó, le pidió un papel a mi marido, se limpió y se acomodó la ropa.
—Bien —le dijo a Rodrigo con una sonrisa burlona—. Veremos si ahora le puedes hacer un buen sexo oral a tu esposa. Al fin que es lo único para lo que sirves.
Salió de la habitación y cerró la puerta.
***
Quedamos los dos solos, todavía dentro del torbellino. Pero ambos habíamos cruzado una línea. Rodrigo me miró, excitado.
—¿Qué quieres que haga, amor?
Algo había cambiado en mí. Sin un solo rubor, le contesté:
—Ya te lo dijeron. Hazme el sexo oral.
—Sí, mi vida —dijo, y se entregó a lamerme como un niño que acabara de recibir un premio.