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Relatos Ardientes

Mi marido me comparte y esa noche todo se supo

Damián y yo nunca fingimos ser una pareja convencional. Desde el segundo año de casados entendí que lo que a otros hombres les destrozaría el orgullo a él lo encendía: saber que otro me deseaba, imaginarme en manos ajenas, escuchar después cada detalle con mi cabeza apoyada en su pecho. No era resignación ni debilidad. Era su manera de quererme, y con el tiempo se volvió también la mía.

—Solo se vive una vez —me decía cuando notaba que algo me rondaba la cabeza—. Si te apetece, pruébalo. Y luego me lo cuentas todo, sin saltarte nada.

Esa frase, repetida durante años como un permiso permanente, fue la que me empujó hacia Bruno.

Lo conocí en el gimnasio, un local enorme de una cadena cuyo dueño, Esteban Vidal, era amigo de Damián desde la universidad. Bruno era el monitor nuevo, argentino, con una espalda tan ancha que tapaba la luz cuando se plantaba delante de mí, y una sonrisa que conocía a la perfección el efecto que causaba. Llevaba semanas corrigiéndome la postura con las manos apoyadas más tiempo del necesario, y yo llevaba semanas dejándome corregir.

—Tenés que abrir más las caderas —murmuró una tarde, casi pegado a mi oído, con el gimnasio ya medio vacío—. Así. ¿Ves cómo cambia todo?

Cambiaba todo, sí, aunque no exactamente lo que él pretendía enseñarme.

Aquella noche se lo conté a Damián mientras cenábamos. Le hablé de las manos, del aliento en la nuca, de cómo me había temblado el estómago al sentir su pecho contra mi espalda. Damián dejó los cubiertos, me miró con esa calma suya que siempre confundo con frialdad hasta que le veo las pupilas dilatadas.

—¿Y lo deseas?

—Tengo curiosidad —admití—. Nunca he estado con alguien así. Tan… grande.

—Entonces ya sabes lo que pienso —dijo, y su mano subió por mi muslo por debajo del mantel—. Pero sé discreta. El gimnasio es de Esteban, y los chismes vuelan.

Discreta. Esa palabra terminaría persiguiéndome.

***

La primera vez fue en mi propia casa, una tarde de invierno en que Damián estaba de viaje. Bruno llegó con la excusa de una sesión privada y a los diez minutos teníamos las pesas olvidadas en el suelo del salón. Me besó como si quisiera tragarme, una mano entera abarcándome la nuca, y yo me sentí del tamaño de una muñeca entre sus brazos.

Lo desnudé despacio, recreándome en cada músculo que el gimnasio había esculpido durante años. Cuando me arrodillé frente a él y lo tomé en la boca, lo escuché soltar el aire entre dientes y aferrarse al respaldo del sofá. Yo levantaba la vista para verle la cara, ese gesto de hombre acostumbrado a que las cosas le salgan bien y que, aun así, no podía creerse lo que estaba pasando.

—Pará —jadeó al rato—, pará o esto se termina antes de empezar.

Me alzó del suelo sin esfuerzo, como quien levanta una toalla, y me sentó a horcajadas sobre él. Entró despacio, abriéndose paso, y yo me clavé hasta el fondo con una lentitud que me arrancó un gemido largo. No había prisa. Había meses de roces calculados desembocando por fin en algo concreto, caliente, real.

Lo mejor llegó después, cuando se incorporó conmigo todavía ensartada en él y empezó a caminar por el salón llevándome en vilo. Yo le rodeaba la cintura con las piernas, los brazos cerrados en torno a su cuello, y a cada paso me sentía empalada un poco más hondo. Me paseó así por toda la planta de la casa, una muñeca sin peso atravesada por su cuerpo, hasta que el orgasmo me sacudió de un modo que no recordaba haber sentido nunca. Me mordí su hombro para no gritar.

Esa noche, cuando Damián volvió, se lo conté tendido a mi lado en la oscuridad. Cada detalle. Lo del paseo, lo de sentirme ingrávida, lo del mordisco. Terminó haciéndome el amor con una intensidad distinta, alimentada por las imágenes que yo le iba dibujando con palabras. Eso era lo nuestro. Eso siempre había funcionado.

***

Lo que ninguno de los dos calculó fue la boca de Bruno.

La primera señal de que algo iba mal me la dio el propio Damián, una noche que volvió de una cena de antiguos compañeros con el gesto torcido. Esteban Vidal había estado allí.

—Me preguntó por ti —dijo Damián, sirviéndose una copa que no necesitaba—. Y por Bruno.

Sentí que el suelo se movía un poco.

—¿Qué le has dicho?

—La verdad. Que lo sabía, que te animé yo. No es un asunto de cuernos y se lo dejé claro. —Bebió—. Pero hay más, Renata. Tu monitor va por ahí presumiendo. Dice que se acuesta con la mujer más espectacular de toda la ciudad, una que está loca por él, que le basta enseñarle los pectorales para que caiga rendida a acariciarlo como si esnifara cocaína sobre su cuerpo.

—No es posible —murmuré, aunque por dentro reconocí cada palabra, el tono, la chulería.

—Lo es. Esteban tiene una grabación. Me la puso. Eras tú, sin nombre pero eras tú, descrita con pelos y señales. —Damián dejó la copa—. Y ha puesto la decisión en mis manos. Si quiere, Bruno no vuelve a trabajar en un gimnasio en toda la provincia.

La rabia y la vergüenza me subieron por el cuello a la vez, calientes, mezcladas de un modo que no supe descifrar. Una parte de mí quería desaparecer. Otra, la que prefiero no examinar demasiado, latía con una excitación oscura ante la idea de haber sido grabada, fotografiada, deseada hasta ese extremo.

—No es decisión tuya, ni de Esteban —dije al fin—. Soy tan culpable como él. Quiero hablar con Esteban yo misma.

***

Nos citamos dos días después en una cafetería junto al puerto, al terminar la jornada. Esteban se levantó al verme llegar, los dos besos de rigor, ese aire suyo de hombre que sabe demasiadas cosas de demasiada gente y las administra como dinero.

—Antes de nada, quiero disculparme —empezó—. Sé que no te ha gustado cómo lo manejé.

—Lo lógico habría sido que me llamaras a mí, no a Damián —corté—. Ponerlo a él a decidir sobre el futuro de Bruno me resulta humillante. ¿En qué me convierte eso?

—No lo pensé. Me pareció un asunto incómodo y quise tratarlo con discreción.

Otra vez esa palabra.

—Quiero oírlo todo. La grabación. Y lo que tengas.

Esteban soltó el aire, vencido. De una carpeta de cuero sacó un sobre del tamaño de una cuartilla y lo dejó sobre la mesa, entre mi tónica y su café.

—Para ganar un despido o forzar un acuerdo se necesitan pruebas —dijo, casi disculpándose—. Contraté a alguien. No supe que eras tú hasta que vi las fotos.

Las saqué con la mano firme y el pulso traicionándome por dentro. Había una veintena. Bruno y yo saliendo del gimnasio. Sentados en una cafetería, su mano en mi brazo en una actitud que delataba más de lo que admitía. Y luego las otras, las nocturnas, tomadas a distancia con un teleobjetivo a través de las cortinas que nunca corremos del todo: Bruno y yo de pie en el salón, frente a frente; besándonos; yo en sujetador; los dos desnudos, mi espalda arqueada, sus manos abarcándome entera.

Y entonces la encontré. La imagen del paseo. Yo colgada de su cuerpo en mitad del salón, las piernas cerradas en torno a su cintura, la cabeza echada hacia atrás, atravesada por él como una mantis prendida a su presa. Reconocí el instante exacto, la sensación de no pesar nada, el orgasmo que me partió en dos. La humedad me brotó incontenible solo de mirarla, allí sentada, en una cafetería, frente a un hombre que me observaba la cara buscando precisamente eso.

Las dejé sobre la mesa antes de que se me notara demasiado.

—¿Cómo pudieron…?

—Son profesionales. Para ellos entrar en cualquier edificio es fácil. —Empujó el sobre hacia mí—. Quédatelas. No hay copias, te doy mi palabra. Y la grabación. —Deslizó una memoria pequeña junto al sobre—. Está todo ahí. Te advierto que no es agradable. Habla de ti de una manera muy fea.

—Ponme un fragmento. Aquí.

Dudó, miró alrededor, y al final acercó el teléfono con el volumen al mínimo. Sobre el ruido de fondo de algún bar reconocí la voz de Bruno, esa cadencia argentina que tantas veces me había susurrado al oído cosas muy distintas:

«Es una máquina, no se cansa nunca, la reputa. Le basta que le muestre los pectorales y ya me come de la mano. La mina más buena de toda la ciudad, boludos, y la tengo comiendo de mi palma cuando se me canta.»

Esteban lo cortó.

—Hay más. Peores. No creo que quieras oírlas.

Me quedé mirando el reflejo del agua en la cristalera, sin saber qué me dolía más, si la traición de su boca o lo perfectamente que coincidía con todo lo que yo le había dejado hacer.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó Esteban—. Bruno es de los mejores monitores que tengo. Si fueras otra, le daría un escarmiento y aprendería. Pero contigo es distinto. No vuelve. Salvo que tú me digas lo contrario.

—¿Insinúas que podría querer seguir, después de esto?

—En los audios parecéis muy compenetrados —dijo, y no había maldad en ello, solo el cálculo frío de quien lee a las personas para ganarse la vida.

Guardé el sobre y la memoria en el bolso.

—Déjame pensarlo. Y, Esteban… gracias por pararlo. Aunque lo hayas hecho fatal.

***

Llegué a casa todavía temblando, con las imágenes pegadas a la retina. Damián me esperaba con una copa preparada, hielo y una rodaja de limón, porque me conoce desde antes de que yo supiera quién era.

—¿Cómo ha ido? —preguntó.

Le dejé el sobre sobre la mesa. Le dejé la memoria. Y le dejé verme la cara, que es lo que él de verdad buscaba.

—Míralas —dije.

Las fue pasando una a una, sin prisa, y yo le vigilaba el cuello, el modo en que tragaba, las pupilas que se le abrían como cuando me escucha en la oscuridad. Cuando llegó a la del paseo se detuvo un largo rato.

—Aquí estás volando —murmuró.

—Aquí estoy acabando —corregí.

Le quité el sobre de las manos y me senté a horcajadas sobre sus piernas, como había hecho con otro, pero esta vez con el único hombre que de verdad me sostiene. Le hablé al oído mientras le desabrochaba la camisa. Le conté el peso ausente, la sensación de estar clavada, el orgasmo que la cámara había robado a través del cristal. Le conté lo que la voz de Bruno había dicho de mí y lo mucho que me había ardido la cara escuchándolo en aquella cafetería.

Damián me levantó de las nalgas con un gruñido y me llevó al dormitorio, y aunque sus brazos no tienen la envergadura de los del otro, me hizo sentir exactamente lo que necesitaba sentir: que era suya, que todo aquello —el gimnasio, las fotos, la voz, el paseo en vilo— le pertenecía a él tanto como mi cuerpo. Me poseyó despacio primero y luego sin contención, y yo me dejé llevar por la marea con la misma entrega con que me había dejado cargar días atrás.

—¿Qué vas a decirle a Esteban? —preguntó después, con mi cabeza en su pecho, donde siempre acaban estas historias.

—Que lo aleje. Que no quiero que le arruine la vida, pero que no vuelva a cruzarse conmigo. —Le besé encima del corazón—. Bruno presumió de tenerme comiendo de su mano. Y resulta que la única mano de la que como es de la tuya.

Damián sonrió en la oscuridad. Yo cerré los ojos y, antes de dormirme, decidí que las fotos no las iba a destruir. Algunas noches, cuando él quisiera, volveríamos a mirarlas juntos. Al fin y al cabo, cada una de ellas le pertenecía. Como yo.

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Comentarios (4)

Rafa33

que relato mas caliente!! me tuvo pegado de principio a fin, sigo leyendote siempre

Leo_Tucuman

El final me dejo con ganas de saber que paso despues... esperando la segunda parte!

DiegoCba33

increible. de los mejores que lei en este sitio

CataRdP

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace un tiempo jajaja, aunque sin camara espero. Muy bueno!

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