La sorpresa de mi novia en el laberinto de setos
Desde hacía años me rondaba la curiosidad por el dogging, esa práctica de buscar sexo con desconocidos en zonas apartadas, con espectadores mirando desde la penumbra. La idea me excitaba y me intimidaba a partes iguales, hasta que una noche, harto de darle vueltas, decidí probarlo.
Por aquel entonces arrastraba un matrimonio que se caía a pedazos. Necesitaba sentir algo nuevo, lo que fuera. Conduje hasta una zona conocida a las afueras, los pinares del Mirador, donde sabía que esas cosas pasaban. Aparqué junto a otros tres coches y bajé sin saber muy bien qué esperaba encontrar.
Lo que vi se me quedó grabado para siempre. En el centro de un círculo de cuatro hombres había una mujer arrodillada, repartiendo su boca entre ellos, pasando de uno a otro con una calma hipnótica. Me acerqué y me uní al grupo, el corazón retumbándome en las sienes. Pero en cuanto ella probó mi sexo, se levantó, me tomó de la mano y me arrastró al asiento trasero de un coche para que la follara delante de su marido y de los otros tres, que nos miraban desde fuera masturbándose hasta correrse con el espectáculo.
Aquella noche sació una curiosidad que llevaba demasiado tiempo guardada. Después llegó el divorcio, y con él una etapa distinta.
***
Meses más tarde conocí a Lucía. Con ella todo era distinto: hablábamos sin tabúes, nos contábamos cada fantasía, cada recuerdo. Cuando le confesé mi historial completo y le mencioné aquella noche en los pinares, sus ojos se encendieron de una forma que aprendí a reconocer. El dogging le picó la curiosidad, y mucho.
El sábado siguiente me lo propuso ella, con una naturalidad que me desarmó.
—¿Qué te parece si vamos de compras esta tarde? —preguntó, y su sonrisa tenía un filo que no supe descifrar.
—Me parece bien. ¿Y esa cara?
—Tengo una sorpresa para ti. Van a ser unas compras con final feliz.
No quiso soltar prenda. Solo que iríamos al centro comercial del polígono, ese al que íbamos siempre, así que no me extrañó la propuesta. Lo que sí me extrañó fue la energía que llevaba encima toda la tarde, como si guardara un secreto que le quemaba en la lengua.
Era una tarde de agosto y fuera apretaba el calor, pero dentro del centro se estaba de maravilla. Recorrimos tiendas, probamos ropa, cenamos algo ligero. Cerca de las diez, mientras tomábamos un café, su móvil vibró sobre la mesa. Leyó el mensaje, sonrió para sí misma y guardó el teléfono.
—Bueno, nos vamos. Coge el coche y conduce, que yo te guío.
—¿Quién era? —pregunté.
—Ahora lo verás. Te va a gustar. Conduce y calla —dijo mientras se acomodaba en el asiento, me buscaba la boca y me apretaba el bulto del pantalón corto con la palma de la mano.
Arranqué sin saber adónde íbamos. Lo único seguro era que la noche prometía.
—Sin salir del polígono, tira hacia la última calle —me indicó.
Obedecí. Me hizo llegar hasta el fondo, una calle ciega flanqueada por naves cerradas y, al final, una zona ajardinada que yo no recordaba haber visto nunca. Paré el coche. Antes de que pudiera bajar, me puso una mano en el pecho.
—Espera, que vamos calentando motores.
Me desabrochó el pantalón, bajó la ropa interior y liberó mi erección, que apuntaba ya al techo. Se inclinó y se la metió en la boca, despacio primero, luego con hambre. Me tensé en el asiento, agarrado al volante, mientras su lengua recorría cada centímetro.
Unas luces aparecieron a lo lejos, acercándose por la calle vacía.
—Tranquilo —murmuró sin sacársela del todo—. Seguramente es nuestro acompañante.
Siguió masturbándome con la vista clavada en aquellos faros. Un coche se detuvo frente al nuestro y de él bajó una pareja. Sin mirarnos siquiera, echaron a andar hacia una zona de setos altos, una especie de laberinto de jardín que yo desconocía por completo. Él llevaba la mano metida bajo el vestido corto de ella, un vestido que no dejaba nada a la imaginación.
Salimos del coche y los seguimos. Se adentraron entre los setos y se perdieron. Caminamos cinco minutos por pasillos estrechos de hojas, guiados por sus risas, hasta desembocar en una pequeña plaza que hacía de corazón del laberinto. Allí estaban. Él de pie, con el sexo fuera; ella sentada en un banco de piedra, haciéndole una felación de escándalo bajo la única farola del lugar.
Lucía me soltó la mano y se acercó al hombre. Sin mediar palabra, empezó a besarlo, y la mano de él voló directa a su trasero mientras le devoraba la boca. Cuando se separaron, ella sonrió.
—Hola, Andrés.
—Hola, Lucía. Te presento a Noelia. Sabe todo lo nuestro y se moría por conocerte —dijo el desconocido.
—Hola, Lucía —saludó la otra chica, levantando la cabeza y dejando escapar el sexo de su boca con un sonido húmedo.
Di un paso al frente y le tendí la mano al recién llegado.
—Me llamo Diego. Soy la pareja de Lucía.
—Encantado, Diego. Así que tú eres el nuevo. Yo soy Andrés.
El nombre me sonaba. Lucía me había hablado de él alguna vez, aunque nunca con tanto detalle. Antes de que pudiera atar cabos, ella se puso en cuclillas a mi lado, me sacó el sexo y empezó a chupármela con ganas. Una felación intensa, húmeda, profunda, de las que me hacían perder el hilo de los pensamientos.
***
A pocos pasos, Noelia se había tumbado en el banco y Andrés, de rodillas, le comía el sexo con una dedicación que arrancaba gemidos cada vez más altos. Por la forma en que ella arqueaba la espalda y le clavaba los dedos en el pelo, el hombre sabía lo que hacía. Se corrió entre temblores, y él aprovechó para incorporarse y quitarse la ropa de cintura para abajo.
Lucía dejó mi sexo un momento para mirarlo, y yo seguí su mirada. Andrés tenía una erección imponente: no mucho más larga que la mía, pero notablemente más ancha, con las venas marcadas en relieve. Me desnudé también, sin pensarlo. Lucía se arrastró hasta él y se lo metió en la boca; apenas le cabía la punta, pero recorrió todo el tronco con la lengua, regalándole saliva, tratándolo como una experta.
—Qué bien la chupas. Casi había olvidado tu lengua —murmuró Andrés, apoyándole una mano en la nuca.
Entonces lo entendí. Ya se conocían, y bien. Lejos de molestarme, la certeza me encendió todavía más. Me acerqué y le ofrecí mi sexo junto al de él. Lucía nos tomó a ambos, uno en cada mano, y empezó a alternar, pasando la boca de uno a otro con una sonrisa que no le había visto nunca, una mirada de deseo puro. Mientras tanto, Noelia se recostaba en el banco a masturbarse, devorando la escena sin perder detalle.
Cuando nos tuvo a los dos al límite, Lucía se detuvo. Se levantó, se quitó el tanga, se subió la falda hasta la cintura y se apoyó en el respaldo del banco, ofreciendo el trasero. Volvió la cara hacia nosotros.
—Cariño, fóllate a Noelia, que yo quiero sentir a Andrés abriéndome en canal.
—Ahora mismo —respondí, con la voz ronca.
—Ven aquí, Diego —ronroneó Noelia, abriéndose de piernas en el banco—. Te estoy esperando.
Andrés se colocó detrás de Lucía. Le sujetó la cintura y empujó despacio. La cara de ella se descompuso entre el dolor y el placer.
—Me vas a partir en dos —jadeó.
—¿Me has echado de menos? —le respondió él, hundiéndose por completo.
Me quedé embobado mirándolos, con una erección que dolía, hasta que una mano me devolvió al presente. Noelia tiró de mí y se metió mi sexo en la boca, entero, hasta que su lengua me rozó los testículos. Otra experta. Cuando la tuve bien dispuesta, me senté en el otro extremo del banco.
—Vamos, móntame. Quiero notarte.
—Por supuesto —dijo ella, subiendo los pies al banco, agarrándose a mi cuello y dejándose caer hasta empalarse del todo.
Las dos parejas quedamos en paralelo en el mismo banco de piedra. Noelia cabalgaba con una técnica precisa, moviéndose en círculos, controlando el ritmo. Pero a un palmo, Lucía lo disfrutaba con una intensidad que me costaba apartar los ojos de ella: saltaba sobre Andrés, buscaba un orgasmo tras otro, ponía los ojos en blanco.
—Me corro. Ahhh, sí —gritó Noelia, convulsionando, su sexo apretándome con fuerza.
El grito disparó a Lucía, que aceleró sobre Andrés hasta que él se vació dentro de ella con un gruñido. Lucía se quedó quieta, exprimiéndolo, sacándole hasta la última gota.
***
Noelia se desplomó sobre mi pecho, abrazada a mi cuello.
—Después de algo así necesito recuperarme un poco —jadeó.
—Pues parece que Andrés también —respondí.
Lucía se bajó de su amante y se acercó a nosotros con esa misma mirada encendida.
—Déjame a mi chico, Noelia. Ahora quiero lo suyo.
Noelia se apartó y Lucía ocupó su lugar sin perder un segundo.
—Ahora fóllame tú. Tengo el coño abierto, como a ti te gusta —dijo, tomando mi sexo y sentándose sobre él de un solo movimiento, sin resistencia alguna.
Un gemido se me escapó al sentir ese calor tan familiar. Pero algo había cambiado. Apenas notaba sus paredes de lo dilatada que la había dejado el otro, y al empezar a moverse, el semen de Andrés escurría por mí, mojando el banco de piedra. Saberlo, lejos de incomodarme, me llevó al borde.
Andrés y Noelia eran ahora nuestro público. Ella lo masturbaba despacio mientras él le acariciaba el sexo con la misma calma, los dos recuperando el aliento sin dejar de mirarnos.
—Como sigas así no aguanto —le advertí a Lucía.
—Pues córrete y lléname tú también —dijo, acelerando hasta que sintió mi sexo hincharse dentro de ella.
Una ola de calor me subió desde el pubis y me abrasó entero. Lucía tuvo un último orgasmo que la hizo estremecerse, me mordió el cuello y se quedó quieta encima de mí mientras yo me vaciaba en su interior.
Andrés y Noelia aplaudieron a coro.
—Vaya polvazo —dijo él.
Nos quedamos los cuatro mirándonos, exhaustos. Cuando Lucía se levantó, un hilo le resbaló por el muslo hasta la rodilla. Nos miró y se echó a reír.
—Me habéis dejado para el arrastre. Sois unos cerdos.
Acabamos riendo todos. Estuvimos un rato hablando entre los setos, y fue entonces cuando até los últimos cabos: Andrés había sido amante de Lucía cuando ella todavía estaba casada, y no era la primera vez que se veían en aquel laberinto. Pero los dos reconocieron, casi a la vez, que aquella había sido la noche más morbosa de todas.
Volvimos al coche despacio. Lucía no se había limpiado, y se notaba.
—No pienso limpiarme hasta que me vuelvas a follar —me dijo, subiéndose al asiento—. Vamos a casa. Esta noche me siento muy zorra.
Arrancamos y nos perdimos en la oscuridad del polígono, sabiendo que la noche apenas empezaba y que en casa seguiría hasta casi el amanecer.