Nuestra primera vez en un club liberal de Hamburgo
Mi mujer y yo decidimos visitar por primera vez un club liberal después de veinticuatro años casados. No fue una decisión meditada, sino algo que se nos fue de las manos durante un viaje, lejos de casa, donde por una vez nadie nos conocía.
Por su cumpleaños número cincuenta y uno le regalé unos días en Hamburgo. La excusa perfecta era visitar a Rubén, un viejo amigo que se había mudado allí por trabajo y que, después de casi un año en la ciudad, había terminado casándose con una alemana. Los dos se habían casado bastante mayores: Rubén rondaba los cincuenta y ocho e Inge, su mujer, los cuarenta y ocho. Aun así, ninguno los aparentaba. Hacían deporte, se cuidaban, y ella tenía una figura y una sonrisa que no pasaban desapercibidas.
El primer día lo dedicamos a descansar del viaje y a perdernos por los muelles. El segundo quedamos con la pareja, que nos llevó a rincones que no salían en ninguna guía turística. Terminamos cenando en su casa, con unas copas de más y los cuatro repartidos en un sofá demasiado pequeño para tanta confianza.
Inge se había puesto una falda larga de cuero con una abertura que le llegaba casi hasta la cadera. Al sentarse, la tela se abrió y dejó a la vista buena parte de su muslo. No hizo nada por taparse, y yo no hice mucho por dejar de mirar. Mientras tanto, Marina se había sentado junto a Rubén y no paraba de tocarle el brazo al hablar, con esa familiaridad de quien se conoce de hace años.
Me habría quedado allí hasta el amanecer, pero Rubén estaba cansado y antes de la medianoche ya estábamos de vuelta en el hotel.
—Rubén sigue igual que siempre —dijo Marina mientras se quitaba los pendientes.
—Sí, es buen tío, pero un aburrido. Inge quería otra copa y él la cortó. No sé dónde la habrá conocido.
—Lo que pasa es que trabaja demasiado —lo defendió ella, acercándose con una sonrisa que conocía bien.
—Pues lo siento por ella —contesté, besándola.
Caímos sobre la cama sin dejar de tocarnos. Siempre nos ha excitado el sexo en hoteles, esa sensación de estar en un sitio que no es nuestro. Me corrí dentro de ella casi al penetrarla, imaginando que era a Inge a quien tenía debajo mientras Marina se entendía con Rubén. No se lo dije. Todavía no.
***
A la tarde siguiente caminamos hasta el barrio rojo de la ciudad, esa zona vieja y luminosa que atrae a los turistas por el reclamo de lo prohibido. Hileras de vitrinas iluminadas con neón, mujeres ofreciéndose detrás del cristal en pequeños escenarios. A mí aquello me imponía y no terminaba de disfrutarlo.
Hasta que una de las chicas le guiñó un ojo a Marina y se humedeció los labios con la lengua sin dejar de mirarla. Mi mujer le respondió con una sonrisa, y la otra le hizo un gesto con la mano invitándola a entrar.
—Vámonos, me da vergüenza —dije, disimulando los nervios.
—¿No te gustaría que pasáramos con ella? —preguntó, divertida.
—¿Estás loca? —contesté, tirándole de la mano.
Nos alejamos entre risas. No supe si hablaba en serio. Después de nuestras últimas aventuras, podía esperarme cualquier cosa de ella.
—Hemos venido a hacer locuras —me dijo con picardía.
De vuelta en el hotel encendí la televisión buscando algo de música y aparecieron las típicas páginas de anuncios. Entre ellos, el de un club liberal del centro. Medio en broma le propuse ir a probar esa noche, y medio en broma ella me dijo que le encantaría.
Llevábamos tiempo con esa fantasía. Habíamos visto vídeos, escuchado podcasts, leído foros, pero nunca nos atrevíamos por miedo al ambiente y, sobre todo, a cruzarnos con algún conocido. En Hamburgo, en cambio, el anonimato estaba garantizado.
—Pero solo a mirar, ¿eh? —me advirtió.
—Claro. Si hacemos algo, será solo entre nosotros.
La miré arreglarse, excitado, imaginando que se vestía para otros. Eligió un vestido rojo ceñido que resaltaba su culo pequeño y redondo, con un escote pensado para atraer miradas. La convencí para que no se pusiera sujetador, así que sus pezones se marcaban en cuanto se descuidaba. Debajo, un tanga del mismo rojo. Para terminar, unas botas de cuero con tacón de aguja.
Cenamos en un restaurante cercano y luego paseamos para dejar pasar el tiempo. De camino entramos en uno de esos locales donde la marihuana es legal y compartimos un cigarro, algo que nunca hacíamos. Llegamos al portal indicado un poco mareados, riéndonos por cualquier cosa.
***
Tocamos el timbre y nos abrió una chica con muy poca ropa que se presentó como la encargada. La entrada estaba decorada de rojo, con molduras doradas y espejos por todas partes. Le dijimos que era nuestra primera vez y nos hizo un recorrido por el local explicándonos las normas.
El sitio era enorme y estaba dividido en zonas: unas abiertas a todos, otras reservadas a parejas, un vestuario con taquillas y duchas. Había una barra con mesas y una sala de sofás. Los hombres solos solo podían moverse por la zona de bar, a menos que una mujer o una pareja los invitara a pasar al resto.
Al fondo, una pista de baile con un pasillo que llevaba a las habitaciones privadas. En los baños había taquillas, una máquina de preservativos y pareos por si querías desnudarte. Todo limpio, todo más ordenado de lo que yo había imaginado.
Lo que más nos tranquilizó fue la variedad. No era un lugar lleno de cuerpos de gimnasio y veinteañeros perfectos. Había gente joven, sí, pero también parejas maduras como nosotros e incluso mayores. La primera con la que hablamos rondaba los sesenta, eran simpáticos y educados, y nos aconsejaron que en nuestra primera vez nos fuéramos solos a una habitación, sin intercambiar nada, solo para soltarnos.
Tras un par de copas más, Marina y yo empezamos a meternos mano como dos adolescentes y decidimos buscar una habitación. Cerramos el pestillo, pero dejamos las cortinillas abiertas para que nos vieran desde fuera. Empezamos a besarnos y, en pocos minutos, ya teníamos a varios mirones pegados al cristal. Eso nos puso a mil.
Le bajé el vestido y dejé sus pechos a la vista de todos. Le lamí los pezones despacio, sabiendo que nos observaban, y ella no se resistió porque estaba tan excitada como yo. Los de fuera empezaron a tocarse. Ver a mi mujer madura deseada por aquellos desconocidos me provocó una erección inmediata.
Marina me sacó la polla y se la metió en la boca con una entrega que no le conocía, usando mucha saliva, llegando hasta el fondo. En ese momento deseé verla con otro hombre, pero no me atreví a decírselo.
—Córrete en mi boca —me exigió, mirándome desde abajo.
Me quedé helado. En todos nuestros años nunca había querido que terminara así, y ahora casi me lo estaba ordenando. Obedecí. Ella abrió la boca para enseñarme el resultado, se relamió y tragó sin apartar los ojos de los míos.
***
No sé si fue el ambiente, las copas o el cigarro, pero Marina estaba fuera de sí. Se acercó a la puerta como si fuera a abrirla.
—¿Te gustaría que le hiciera una mamada a uno de esos chavales? —me preguntó de golpe.
—Uf… Solo de pensarlo me pongo a mil —contesté, sin terminar de creérmelo.
—¿Me dejas?
—¿De verdad te atreverías? —le seguí el juego, convencido de que era un farol.
No lo era. Señaló con la mirada a un chico de poco más de veinte años, atlético, con un cuerpo trabajado en el gimnasio.
—Solo se la quiero chupar. Y con condón.
—Es tu cumpleaños. Puedes hacer lo que quieras —le dije, nerviosísimo y excitado a partes iguales.
Entre risas y miradas, lo invitamos a pasar. Ninguno de los tres sabía muy bien cómo empezar. Mi mujer me miraba desconcertada y yo no encontraba las palabras. Entonces ella se recostó en la cama, se quitó el tanga y me pidió que le comiera el sexo, que estaba empapado como nunca.
El desconocido nos observaba sin moverse. Marina me preguntó en voz baja «¿puedo?», asentí, y le hizo un gesto para que se acercara. Él la besó en la boca, torpe al principio. Ella me buscó con la mirada, dudó un segundo y se dejó llevar mientras yo seguía con la lengua entre sus piernas.
Verla devorada por aquel chaval era una imagen tan morbosa que volví a empalmarme a pesar de haberme corrido hacía nada. Pensé que en su boca todavía quedaría algo mío, y que ahora lo compartía con un extraño.
Su sexo se derretía contra mi lengua. Movía las caderas cada vez más rápido, golpeándome la cara, hasta que se corrió con una intensidad que pocas veces le había visto. Yo seguí, sin parar.
Poco después, el chico se colocó detrás de ella y acercó la lengua a su culo. Empezó a lamérselo despacio, y Marina puso los ojos en blanco. Me llevó la mano a su sexo para que la masturbara mientras tanto. Estaba tan mojada que mis dedos entraban y salían sin esfuerzo. Gemía a gritos, ella que nunca hacía ruido, empujando la cabeza del muchacho contra su cuerpo y pidiéndole más.
***
Pero no le bastó. Marina se desnudó del todo, nos cogió de la mano al chico y a mí, y salimos de la habitación. No sabía qué pretendía hasta que llegamos a la sala de la pista, donde nos sentamos los tres muy juntos en un sofá. A nuestro alrededor había varias parejas: algunas charlaban, otras ya estaban en pleno acto.
Mi mujer acercó la boca al chico, le puso el condón que había cogido y empezó a chupársela delante de todos. Una mujer madura entregada a un veinteañero, sin ningún pudor. Parecía otra persona, y verla así me excitaba tanto como me desconcertaba. Era la primera vez que se la hacía a alguien que no era yo.
Se nos acercó la pareja de unos sesenta años con la que habíamos hablado al entrar. Yo estaba algo cortado, pero Marina estaba en otro mundo. Tardé en reaccionar; supongo que de los nervios no conseguía mantener la erección, y no podía evitar comparar mi tamaño con el del muchacho que tenía a mi mujer hechizada. Sentí algo de celos, y a la vez no recordaba haber estado tan excitado en años.
Enfrente, una mujer estaba siendo atendida por tres hombres a la vez; el mayor, de unos setenta, recibía una felación mientras los otros dos se ocupaban del resto. No sé por qué, pero el contraste entre aquellos cuerpos hizo que se me pusiera dura de golpe, y aproveché para penetrar a Marina por detrás mientras ella seguía con el chico en la boca.
El muchacho aguantó poco. Tensó todo el cuerpo y empezó a correrse. Yo, con la escena delante, me vine dentro de mi mujer casi al mismo tiempo, y ella tuvo otro orgasmo brutal.
Para terminar, Marina le quitó el preservativo y lo giró para verter lo que quedaba sobre su propio pecho. La mujer de la pareja madura, que no le quitaba ojo, se acercó y extendió el semen por su piel con la mano. Después se inclinó y le lamió los pechos despacio, sin prisa, hasta dejarlos limpios, y acabó besándola en la boca para compartir el sabor.
Charlamos un rato con aquella pareja, que nos felicitó por haber llegado tan lejos en nuestra primera visita. Antes de despedirse nos dieron su número, por si queríamos quedar otro día antes de irnos de la ciudad.
La experiencia resultó mucho más intensa de lo que imaginábamos. Nos despedimos con la certeza de que no sería la última vez que pisábamos un sitio así. Al llegar al hotel seguíamos tan encendidos que volvimos a hacerlo hasta el amanecer, con un hambre que no sentíamos desde hacía años, como si fuéramos dos completos desconocidos a pesar de todo el tiempo juntos.