Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El intercambio que mi marido planeó en la playa

Me llamo Carolina, aunque casi nadie me dice así; para todos soy Caro. Tengo treinta y tres años, soy de piel clara y cuido mucho mi cuerpo, sobre todo desde que descubrí que el gimnasio me devolvía algo más que músculo: me devolvía las ganas de mirarme al espejo y gustarme. Estoy casada con Marcos desde hace casi una década. Nos conocimos lejos de aquí, cruzamos un océano juntos y terminamos echando raíces en una ciudad de costa donde nadie conocía nuestra historia.

Hace años, cuando todavía éramos dos recién llegados sin mucho que perder, nos metimos en el mundo swinger casi por juego. Lo hacíamos de vez en cuando, para romper la rutina, porque nos divertía el riesgo y porque a los dos nos encendía la idea de compartir sin celos. Después llegó la vida adulta de verdad: el trabajo, las cuentas, la familia que pregunta demasiado. Guardamos aquella faceta en un cajón y le pusimos llave. Pero en la intimidad, cuando apagábamos la luz, los dos sabíamos que ese cajón seguía ahí.

Lo que no sabía era que Marcos llevaba semanas planeando abrirlo otra vez.

—Reservé un bungalow para el fin de semana —me dijo un martes cualquiera, como quien comenta el clima—. En una isla, frente al mar. Solos tú y yo.

Le creí. Me hizo ilusión la idea de soltarme un poco, tomar sol sin la parte de arriba del bikini, beber de más y dormir hasta tarde. No sospeché nada. Qué inocente fui.

***

Llegamos el viernes al mediodía. El resort era exactamente lo que prometían las fotos: palmeras, agua turquesa y un silencio caro que se paga por noche. Mientras Marcos arrastraba las maletas hasta la recepción, lo vi levantar la mano y saludar a alguien con demasiada naturalidad.

—Mira quién está acá —dijo, fingiendo sorpresa con una actuación pésima—. Diego, del trabajo.

Diego venía con su mujer, Lucía. Él tendría poco más de treinta; ella, unos años menos. Los dos parecían recién salidos de un anuncio: bronceados, sonrientes, con esa seguridad que tiene la gente que se sabe deseable. Los saludé un poco descolocada, todavía sin atar cabos, y solo cuando Marcos evitó mirarme a los ojos entendí que aquel encuentro no tenía nada de casual.

Me lo confesaría después, ya de madrugada: lo había planeado todo. Diego le había contado un día, entre cervezas, que él y Lucía a veces abrían su relación, que disfrutaban los intercambios. Marcos no me había dicho una palabra, pero los había invitado a pasar ese fin de semana con nosotros «a ver qué surgía».

Nos cambiamos y quedamos los cuatro en la piscina. No voy a mentir: en cuanto los vi salir en traje de baño, algo se me apretó por dentro. Diego tenía el cuerpo de alguien que vive en el agua. Lucía era pura curva, con un bikini que apenas cumplía su función. Me sorprendí mirándola más de lo que debía.

El ambiente se soltó solo. Hubo chistes, complicidad inmediata, una de esas conversaciones que avanzan rápido porque todos saben, sin decirlo, hacia dónde van. El camarero no paraba de traer mojitos y daiquiris, y bajo el agua, cada tanto, una rodilla rozaba la mía y se quedaba ahí un segundo de más. No supe si era de Diego o de Lucía. Empecé a desear que fuera de los dos.

Para cuando el sol bajó, yo estaba risueña, ligera, con esa valentía tibia que da el ron. Lucía estaba igual. Fue ella quien lanzó la primera carta.

—Se me rompió el cierre de la parte de arriba —dijo, tirando del nudo del cuello con cara de niña traviesa—. ¿Me acompañás al bungalow a buscar otro?

—Claro —contesté, demasiado rápido.

Los hombres se quedaron en la piscina. Ninguno de los dos dijo nada, pero los dos sonrieron.

***

El bungalow de Diego y Lucía estaba en nuestro mismo pasillo, a unos metros del nuestro. Entramos, ella cerró la puerta y, sin ninguna prisa por buscar el bikini de repuesto, se quitó lo que le quedaba puesto. Lo hizo despacio, mirándome, como si el verdadero motivo de subir hubiera sido ese desde el principio.

Yo nunca me he considerado del todo bisexual. Pero tampoco soy de las que apartan la vista cuando una mujer hermosa decide desnudarse a un paso de distancia. Había tenido mis aventuras, siempre con Marcos presente, siempre como parte del juego de los dos. Esta vez Marcos estaba a cien metros, ajeno, y por primera vez no me importó.

—Tenés un cuerpo increíble —le dije, y no era el alcohol hablando. Era verdad.

Lucía se rió por lo bajo. Se acercó hasta que la sentí respirar.

—¿Querés comprobarlo? —murmuró.

No contesté con palabras. Le puse una mano en la cintura y la otra en la nuca, y ella ya no esperó más. Me desnudó con una rapidez que delataba experiencia, me sentó en el borde de la cama y se arrodilló entre mis piernas. Lo que hizo con la lengua después no fue prisa ni torpeza de borrachera: fue oficio puro. Jugaba, esperaba, volvía justo cuando yo creía que me iba a soltar. Me hizo terminar una vez agarrada al cubrecama, y cuando todavía me temblaban los muslos, empezó otra vez desde abajo.

Cuando por fin recuperé el aire, la empujé sobre el colchón y tomé yo las riendas. Quería devolverle cada cosa. Me detuve en el pequeño tatuaje que tenía en la ingle, en el dibujo casi infantil de su vello, en la forma en que arqueaba la espalda cuando encontraba el punto exacto. Perdimos la noción del tiempo. Debió pasar más de una hora, porque ninguna de las dos escuchó la puerta.

***

Marcos y Diego entraron juntos y nos encontraron así: desnudas, enredadas, sin ninguna intención de disimular. Siempre me había preguntado cómo reacciona un hombre al ver a su mujer con otra. Ahora lo sé. No hubo reproche, no hubo pregunta. Hubo morbo, puro y directo. Los dos se quedaron un instante en la puerta, mirando, y después empezaron a desvestirse sin decir una palabra.

Quién me iba a decir que el fin de semana arrancaría así, con los cuatro en una misma habitación y nadie con ganas de frenar.

Lucía no perdió el tiempo: se fue derecho hacia Marcos, dejándome a Diego para mí. Y Diego, debo confesarlo, era otra historia. Mi marido nunca me ha dejado con quejas, pero lo de Diego era exagerado, de esos que asustan un poco la primera vez. Lo intenté varias veces y no había forma de abarcarlo entero; me daban arcadas al llegar al fondo, y a él eso parecía gustarle más que nada. Yo tampoco quería que parara. Estaba viviendo algo que llevaba años guardado en aquel cajón cerrado, y no pensaba desaprovechar ni un segundo.

De reojo veía a Marcos detrás de Lucía, sosteniéndola de las caderas, y a ella mordiendo la almohada para no gritar demasiado. Conozco esa reacción. Sé exactamente lo que ella estaba sintiendo, porque es lo mismo que siento yo cada vez. Verla disfrutar de mi marido, en lugar de molestarme, me encendió todavía más.

Me acomodé en cuatro y Diego entendió el mensaje sin que hiciera falta decírselo. Entró de un solo movimiento, hasta el fondo, y lo sentí tan adentro que se me cortó la respiración. Solo le pedí una cosa: que no parara. Estuvimos así un buen rato, cambiando de postura, buscando ángulos, mientras al lado Marcos y Lucía iban a su propio ritmo. La habitación entera olía a sal, a ron y a piel.

En algún momento Diego se detuvo, me giró la cara hacia él y, con Marcos y Lucía mirando, me pidió algo más. Quería ir más allá. Hasta entonces, en cada intercambio, había una frontera que yo solo cruzaba con mi marido: lo anal era exclusivamente suyo, un territorio que no negociaba con nadie. Pero esa noche estaba lejos de mí misma, encendida y desinhibida, y lo único que hice fue buscar los ojos de Marcos en silencio, pidiéndole permiso sin palabras.

Él sonrió y asintió.

—Despacio —le pedí a Diego, y me ofrecí.

Fue cuidadoso, al menos al principio. Entró poco a poco, dándome tiempo, y cuando por fin lo tuve del todo, las piernas se me pusieron a temblar solas. Me sostuve como pude y bajé una mano para tocarme mientras él marcaba el ritmo. No duró mucho —ninguno de los dos quería que durara— y cuando lo sentí terminar, fue como tocar el techo con la punta de los dedos.

Levanté la vista justo a tiempo para ver a Marcos acabar en la boca de Lucía, y a ella tragando sin desperdiciar nada, con una sonrisa de gata satisfecha. Me miró, todavía con mi marido entre los labios, como ofreciéndome compartir también eso. Cerré los ojos. Estaba en otra parte, flotando, deseando que la noche no terminara.

***

Después, cuando los hombres se desplomaron sobre la cama hablando en voz baja como dos viejos amigos, Lucía me tomó de la mano y me llevó a la ducha. Nos lavamos juntas sin prisa, riéndonos de nada, dejando que el agua tibia nos devolviera al mundo. No fue un gesto sexual; fue casi tierno, dos cómplices reconociéndose después de haber cruzado juntas una línea.

Esa noche no dormimos casi nada. Volvimos a la carga, cambiamos de pareja, cambiamos de habitación, perdimos la cuenta. Cuando salió el sol, los cuatro estábamos rendidos sobre las sábanas revueltas, y yo entendí por qué Marcos había planeado todo aquello en secreto: sabía que, si me lo proponía de frente, yo habría dicho que no. Y también sabía que, una vez dentro, yo no querría salir.

Lo que pasó el resto del fin de semana, frente a ese mar imposiblemente azul, ya es otra historia. Esta, al menos, prefiero guardármela tal como fue: real, intensa y sin una sola disculpa.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

SantiagoUY

genial!!! uno de los mejores que leo ultimamente en esta categoria. seguí así

NicolasMdq

muy bien narrado, me enganche desde el primer parrafo. segunda parte porfavor!!

Curiosa_BA

¿esto es ficcion o pasó de verdad? porque se siente demasiado autentico para ser inventado jaja

RodriGuemes

me gustó como fuiste armando la tension sin apurarte. eso es lo que diferencia un buen relato de uno mediocre

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.