La noche en que cambiamos de pareja en la finca
Me llamo Mateo y, cuando pasó todo esto, estaba por cumplir los treinta. Llevaba cuatro años casado con Renata, que era y sigue siendo la mujer de mi vida. Lo que voy a contar nos cambió por completo, y todavía hoy no sé si para bien o para mal. Lo escribo como si nada me costara, pero me tiemblan las manos.
Somos de Medellín. Renata es reservada, elegante, de esas que se moriría de vergüenza si supiera que estoy contando esto. Alta, de pelo castaño claro y liso, cuerpo cuidado y una manera de moverse que parece pedir disculpas por ser tan deseable. Yo siempre fui el que insistía para que se soltara un poco en la intimidad. Ella casi nunca cedía. Le costaba decir "polla" en voz alta, mucho más ponerse en cuatro sin apagar la luz, y cada vez que yo le pedía que me la chupara mirándome a los ojos, ella terminaba tapándose con la sábana.
Para el fin de semana antes de las fiestas habíamos reservado una finca en las afueras de Anapoima. El dueño vivía en la planta baja y nos dejaba el piso de arriba: dos habitaciones, un salón enorme con chimenea, un ventanal que daba al monte y entrada independiente. La idea era pasar dos días solos. Yo hasta había comprado lencería para ella, planeando una noche en la que por fin se animara a hacerme un baile.
El problema fue una fiesta de fin de año de la empresa de Renata. Nos tocó la mesa de Aníbal, un conocido suyo del trabajo, y de su esposa Tamara. Aníbal nunca me cayó bien: bajito, fornido, calvo, con esa labia de quien dice lo que se le antoja sin medir consecuencias. Renata siempre me juraba que no lo soportaba, que solo hablaban por temas laborales. Tamara, en cambio, era callada, morena, de pelo rizado y un cuerpo que su timidez aparente no alcanzaba a disimular. Bailé con ella esa noche y me pareció encantadora.
Entre los tragos y la euforia, Renata cometió la imprudencia de contarles lo de la finca y, de pura cortesía borracha, los invitó. Pensé que nunca lo tomarían en serio. Me equivoqué. El viernes Renata me confirmó que iríamos los cuatro en el carro de Aníbal. Al menos nos ahorrábamos llevar mi moto cargada de bultos.
***
Salimos después del almuerzo. La carretera estaba despejada y llegamos antes del anochecer. Al bajar las maletas, Aníbal tomó por error una bolsa mía que se había caído: dentro estaba la lencería que le había comprado a Renata. Tuve que confesarle mi plan para que no la delatara. Le pareció una idea genial y, sin que yo pudiera negarme, dijo que él compraría algo igual para Tamara. Yo le aclaré que el modelo rojo era el de mi esposa; el otro, más atrevido, que lo eligiera él. Le dio lo mismo.
La noche empezó bien. Encendimos la chimenea, sacamos una botella de whisky y el hielo entre Renata y Aníbal se rompió más rápido de lo que me hubiera gustado. Tamara, por su parte, se soltaba conmigo. Yo lo agradecía, porque ver a mi esposa reírse de cada ocurrencia de Aníbal me hervía la sangre. Nos servimos tragos por despecho, ella y yo, cada uno celando al otro sin decirlo.
Entonces a Aníbal se le soltó del todo la lengua y reveló el secreto de las dos bolsas. Con un descaro que me dejó helado, dijo que la idea era que ellas se pusieran la lencería y nos la modelaran esa misma noche. Renata se puso roja. Yo no fui capaz de articular palabra.
—¿Y no te molesta que Mateo vea a tu mujer semidesnuda? —le preguntó Tamara a Aníbal, divertida.
Él se encogió de hombros con una sonrisa morbosa. Renata me buscó con la mirada, esperando que yo dijera algo. No dije nada. Me había quedado mudo.
Tamara propuso que las dos fueran a la habitación a probárselas, para decidir luego si merecíamos verlas o no. Y por primera vez vi a mi esposa mirar a Aníbal, levantarse sin mirarme a mí, y entrar al cuarto detrás de Tamara.
***
Aníbal me acercó otro trago y me palmeó la espalda como si fuéramos viejos amigos.
—Vas a agradecerme esto más tarde —dijo—. Conozco a mi mujer. A ella estas cosas la encienden, y no va a perder la oportunidad de tocarle las tetas a la tuya mientras la ayuda a atarse los moños. Te apuesto lo que quieras a que ya le metió mano en el coño para probar si estaba mojada.
Me quedé de piedra. Renata jamás permitiría algo así. Le respondí que ni loca se pondría mi regalo delante de extraños, que ni siquiera lo usaba conmigo. Aníbal solo sonreía, seguro de sí mismo, presumiendo de lo puta que era Tamara en la cama, de cómo se la mamaba de rodillas cada mañana antes de irse al trabajo, de cómo le gustaba que le diera por el culo cuando se emborrachaba. Me molestó el tono, pero, lo confieso, también me dio una curiosidad que no supe controlar. Sentí la verga apretándome el pantalón sin haber tocado a nadie.
La puerta se abrió. La luz estaba tenue y tardé un segundo en enfocar. Tamara apareció con un conjunto casi transparente, ajustado apenas con cuatro moños rojos, que dejaba adivinar todo: dos tetas grandes y firmes con los pezones marcándose oscuros bajo la tela, el coño depilado apenas cubierto por un triangulito diminuto, las caderas anchas balanceándose. Era una de esas mujeres que vestidas pasan inadvertidas y con menos ropa te quitan el aire. Aníbal soltó un par de piropos groseros —"mira qué culo se carga mi mujer, Mateo, no me lo mires mucho que te vas a correr en el pantalón"—, ella se rió ruborizada y se sentó pegada a él.
Renata, que siempre me había descrito a Tamara como una mojigata, se quedó tan pasmada como yo. Después supe que, mientras se cambiaban, las dos habían tenido una conversación tensa: Renata le advirtió que yo nunca me dejaría seducir, y Tamara, picada, la retó a salir con la lencería puesta a ver si era cierto. También me confesó, semanas más tarde, que Tamara la había ayudado a colocarse las medias con las manos temblorosas, rozándole los muslos "sin querer", y que en un momento le había pasado el pulgar por encima de la braga y le había susurrado "estás empapada, Renata, no me digas que no lo estás disfrutando". Lo que empezó como recelo entre ellas se convirtió en una guerra silenciosa por demostrar cuál podía más.
—No pongas esa cara de tonto —me dijo Renata desde la puerta—. ¿Quieres ver cómo me queda lo que me compraste?
A Aníbal casi se le salieron los ojos. Renata avanzó hacia el salón y, con la luz del fuego, el corpiño rojo le quedaba de impresión: le ceñía la cintura, le levantaba el pecho hasta hacer que las tetas casi se le desbordaran por arriba, las medias negras parecían salidas de un anuncio, y la tanguita apenas tapaba nada. Por un instante deseé que estuviéramos solos. Por otro, sentí un calor extraño al notar cómo Aníbal la devoraba con la mirada sin el menor disimulo, cómo se le iban los ojos al surco entre las tetas y bajaba hasta el pubis, imaginándoselo abierto para él.
—Las dos están para no cenar nada más —soltó él, y todos reímos para aflojar la tensión.
***
Cenamos con ellas así, en lencería, sirviéndonos comida en la boca, brindando por nuestros matrimonios. Pero algo se había torcido: Renata atendía a Aníbal y Tamara me atendía a mí, rozándose conmigo a cada paso. En un momento Renata tomó un sorbo largo de vino, agarró a Aníbal de la cara y le pasó el trago de su boca a la suya. Le vi la lengua entrando entre los labios de él, moviéndose despacio, y a él chupándosela como si fuera el postre. Nos dejó a todos paralizados. Yo no reconocía a la mujer que tenía enfrente.
Después vinieron las copas que Aníbal no dejaba de llenar. Sacó unos chicles y unas bebidas energéticas que, según él, levantaban la libido. Nos miramos con desconfianza, pero Tamara probó primero y ninguno quiso quedar atrás. No sé si fue sugestión o el alcohol, pero a los pocos minutos sentíamos un ardor en el cuerpo y una euforia que nos quitaba la vergüenza. A Renata se le pusieron los pezones tan rígidos que se le marcaban como dedales bajo el corpiño, y la mirada se le encendió de una manera que solo le conocía cuando me deseaba y no quería admitirlo. Yo tenía la polla dura desde hacía rato, apretada de lado contra la cinturilla, y no me molesté en disimularlo.
Propusimos pasar a los sillones. Yo me senté pensando que Renata vendría a mi regazo, pero fue Tamara la que se acomodó sobre mis muslos, pasándome los brazos por el cuello y aplastándome las tetas contra el pecho. Esperé que Aníbal se molestara. Sonrió. Renata, en cambio, me miró con una indignación que duró exactamente hasta que se cansó de estar de pie y fue a sentarse sobre las piernas de él, a horcajadas, con el coño apretado contra la bragueta del muy hijo de puta.
Tamara estaba ardiente. Su piel suave bajo la tela, su olor, el peso de su cuerpo: todo me empujaba a un punto sin retorno. Le puse la mano en la cintura, justo donde empezaba ese trasero. Ella se echó hacia atrás, ofreciéndome lo que quisiera, y empezó a frotarse despacio, restregándome el culo contra la polla, arriba y abajo, sintiendo cómo la tenía dura debajo de ella. Le bajé la mano por la espalda hasta meterle los dedos entre las nalgas por encima de la tela y la escuché soltar un jadeo bajito, apenas audible, pero suficiente. Yo subía la vista hacia Renata para no perderla de control, pero Renata ya no me miraba a mí: tenía la boca abierta contra el cuello de Aníbal y le estaba lamiendo la oreja.
—Oye, bonita, creo que ese es mi sitio —dijo mi esposa por fin, esperando que Tamara le cediera el regazo.
—¿Qué miedo tienes, Renata? —respondió ella sin moverse—. ¿No puedes prestarlo una noche? ¿O acaso crees que voy a coquetear con Aníbal y él se va a excitar? Porque hasta donde veo tú ya se la tienes toda dura al mío.
Y lo peor es que todo lo que decía era cierto. Estaba coqueteando conmigo y yo estaba a punto de perder la cabeza.
***
Lo que siguió pasó delante de mis narices, como si Aníbal y Renata estuvieran solos. Él le acariciaba el trasero por encima de la tela y luego se lo apretaba con las dos manos, separándole las nalgas, hundiéndole un dedo por el surco de la tanga. Le preguntó, con un descaro absoluto, si se depilaba como Tamara. Renata, en lugar de ofenderse, le confesó que él le mandaba relatos que la ponían mal, que se los leía a escondidas en el baño de la oficina y se metía la mano dentro del pantalón hasta correrse mordiéndose el labio, que nunca me lo había contado porque me amaba, pero que la encendían. Respiré por un segundo, creyendo que con eso se cerraba el asunto.
Me equivoqué otra vez. Renata se recostó de lado sobre las piernas de él, ofreciéndole el cuerpo entero. Aníbal le bajó el tirante del corpiño, le liberó una teta y se la llevó a la boca con una parsimonia que la hacía retorcerse. Le mordía el pezón, tiraba de él con los dientes, se lo chupaba entero produciendo un ruido húmedo, y ella arqueaba la espalda y le clavaba los dedos en la nuca para que no parara. Mientras tanto, Tamara me había desabrochado el pantalón, me había sacado la polla y la acariciaba con una destreza que nunca había sentido, la mano cerrada firme sobre el glande, subiendo y bajando con un ritmo lento, sin prisa, pendiente de la reacción de Renata. Con el pulgar me recogía la gota de líquido que ya me salía y se la llevaba a la boca sin dejar de mirarme.
—Mira cómo la tengo —me dijo, llevándose mi mano entre sus piernas. Le aparté el triangulito de tela y le hundí dos dedos de una sola vez. Estaba empapada, tan resbaladiza que los dedos me entraron hasta los nudillos sin resistencia. Ella soltó un gemido ronco y empezó a moverme la muñeca ella misma, marcándome el ritmo, restregándose el clítoris contra la base de mi pulgar—. Así, sigue así, hijo de puta, no pares.
No podía dejar de mirar a mi esposa. Aníbal le había abierto el corpiño del todo y le recorría la piel con una lentitud calculada, sin abalanzarse, volviéndola loca. Le había metido la mano por dentro de la tanga y le movía los dedos entre las piernas, y yo veía perfectamente cómo se le tensaban los tendones del antebrazo cada vez que la penetraba más adentro. Renata gemía de una forma que yo solo había escuchado en nuestra intimidad —ese gemido gutural, medio ahogado, que a mí me tardaba media hora sacárselo—, y ahora era para otro, en el primer minuto, casi sin conocerlo.
—Muéstrale las tuyas, amor —le dijo Aníbal a Tamara, en plan reto.
Tamara, celosa, se desató los moños de un tirón y dejó sus pechos al aire, más llenos que los de Renata, con las aureolas anchas y oscuras y los pezones apuntando duros. Me llevó las dos manos hacia ellos y me los estrujó con mis propias manos, obligándome a apretárselos, a pellizcarle los pezones. Después me agarró de la nuca y me la bajó hasta hundirme la cara entre las tetas.
—Chúpamelas —me ordenó, con una voz que no tenía nada de tímida—. Chúpamelas fuerte y que tu mujer lo vea.
Le obedecí. Le metí una teta entera en la boca, le lamí el pezón en círculos y después se lo mordí. Ella soltó un grito bajo y me apretó más contra su pecho. Yo ya no sabía dónde mirar, qué pensar, ni por qué la idea de mi esposa en brazos de otro, lejos de hundirme, me tenía más duro que nunca. Renata levantó la cabeza del hombro de Aníbal, me vio con la boca llena de las tetas de Tamara, y en vez de indignarse se mordió el labio y le susurró algo a Aníbal al oído que le sacó una carcajada.
***
—Renata —dijo Aníbal con esa calma enferma suya—, tenía curiosidad por saber cómo la chupabas. Demuéstramelo. Y mira: mi mujer también se la va a mamar al tuyo. A ver cuál de las dos lo hace mejor.
Tamara se deslizó al suelo entre mis piernas, me bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos, me agarró la polla por la base y me la miró un segundo como si estuviera calculando por dónde empezar. Después se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta la garganta, tanto que sentí la punta chocando contra algo blando y a ella tragando alrededor. Renata jamás me había hecho eso: siempre chupaba la mitad y se ahogaba con lo que quedaba. Tamara subió y bajó tres veces lentísima, dejándome ver bien cómo desaparecía toda mi verga entre sus labios, y después empezó a mamármela con un ritmo constante, sacándose la baba entera, resoplando por la nariz, con las dos manos: una en los huevos, la otra en la base retorciéndose sincronizada con su boca. Me clavé las uñas en los muslos para no correrme en tres minutos.
Mi esposa, mordiéndose el labio, vio la escena un instante y luego se deslizó al suelo, entre las rodillas de Aníbal. Le desabrochó el pantalón con dedos torpes, le sacó la polla —yo no quería mirar pero miré—, y se quedó un segundo con ella en la mano, como midiéndola. Era gruesa, más corta que la mía pero mucho más ancha, con el glande morado. Renata levantó la vista hacia él, buscándole los ojos, y con la mirada clavada en la suya le pasó la lengua por toda la base hasta la punta. Yo la vi hacer algo que a mí nunca me había hecho: escupirle en el glande, restregar la saliva con la mano y después metérsela hasta el fondo. Aníbal soltó un rugido y le agarró la cabeza con las dos manos.
—Así, puta, así —le decía—. Chúpala bien, no me la sueltes.
Desde mi sillón, con Tamara devorándome, apenas alcanzaba a ver la espalda de mi esposa y su trasero desnudo subiendo y bajando al ritmo de las embestidas que Aníbal le daba en la garganta, pero no hacía falta. Se oía el chapoteo, se oía a Renata gorgotear cada vez que él le hundía la polla hasta la campanilla, se oía a ella misma gimiendo con la boca llena, gozándola.
—¿Te gusta más como te la mamo yo, o prefieres la de tu esposa? —me preguntó Tamara soltándome un segundo, con un hilo de saliva colgándole del labio hasta mi glande.
Por primera vez en toda la noche la miré a los ojos.
—Tienes los labios más deliciosos que han tocado mi piel —le dije, y supe que ya no había vuelta atrás.
Le agarré la cabeza y se la moví yo mismo, follándole la boca despacio primero y después más fuerte, viendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y cómo ella, en lugar de apartarse, abría más la boca y me pedía más con los ojos. Al otro lado, Aníbal había levantado a Renata, la había puesto de espaldas contra el respaldo del sillón, y le arrancaba la tanga de un tirón. Vi el coño de mi esposa desde el otro lado del salón, brillando de mojado, y a él arrodillarse y hundirle la cara entre las piernas. El primer gemido que Renata soltó cuando la lengua de Aníbal le tocó el clítoris me atravesó la espalda como un latigazo. Fue un grito. Yo nunca le había sacado un grito.
Tamara se levantó, se sentó a horcajadas encima de mí, se agarró mi polla y se la metió ella misma. Sentí el coño cerrándose alrededor, apretado y caliente, y ella empezó a cabalgarme mirándome fijo, con las tetas botando delante de mi cara, mientras al fondo Renata gemía cada vez más fuerte bajo la lengua de Aníbal. La sincronía de las dos escenas —la mujer de otro hombre montándome sin condón, mi mujer corriéndose en la boca del marido— me quemó por dentro y ya no quise pararlo.
***
No voy a fingir que esa noche entendí lo que sentía. Había celos, sí, una rabia sorda al ver a Renata entregada a otro hombre con una libertad que conmigo nunca se permitía. Pero junto a los celos había algo más fuerte, una excitación que me avergüenza y me enciende a partes iguales cada vez que lo recuerdo. Tamara me besó con una pasión que yo creía olvidada, con la boca todavía sabiendo a mi propia polla, y al otro lado del salón mi esposa, la mujer reservada y elegante que se moriría si supiera que cuento esto, descubría que era mucho más puta de lo que jamás me había dejado ver.
Esa madrugada aprendí algo que ya no he podido desaprender: una mujer puede desear con una intensidad que ningún hombre alcanza, y a veces lo único que necesita es una rival que la empuje a demostrarlo. Renata y yo seguimos juntos. Más fuertes, dijo ella después. Y aunque nunca volvimos a ver a Aníbal y Tamara, los dos sabemos que esa noche en la finca abrió una puerta que ninguno de los dos quiere cerrar del todo.





