Lo que mi amante preparó esa noche en el camión
Rubén observó a Marina estirarse desnuda sobre el colchón que había acomodado en la caja del remolque. La lámpara de garaje, colgada de un gancho, apenas proyectaba una luz amarillenta que dejaba sus curvas en penumbra. Ella tenía los ojos entrecerrados, pero brillaban con una promesa que él conocía demasiado bien.
La conocía, sí. Joder si la conocía.
Llevaba meses así, desatada, con el deseo metido entre las piernas y la cabeza llena de fantasías que sacaba de quién sabe dónde. Y Rubén, que era un hombre de palabra y de paciencia limitada, se había dejado arrastrar encantado al principio. Pero una cosa era un encuentro mañanero, o dos al día, y otra muy distinta que lo despertaran a las tres de la madrugada porque ella había soñado algo y se había quedado a medias.
—Tienes que entenderlo —le había dicho esa misma mañana, mientras se abrochaba el pantalón y ella todavía le acariciaba la espalda con una sonrisa hambrienta—. Yo ya tengo una edad. No puedo seguirte el ritmo. Me vas a dejar seco, niña.
Pero ella se reía. Se ponía de rodillas sobre el colchón, le mordía el cuello y le decía al oído que se callara, que todavía le quedaba mucho por darle.
Así que aquella noche, en un gesto tan generoso como desesperado, Rubén había orquestado lo que él mismo llamó, medio en broma, «el banquete». Un favor. Una manera de calmarle el fuego, aunque fuera por una temporada. Y, de paso, un descanso para su espalda maltratada.
Por eso estaban ahí ahora, en el interior del remolque, con el colchón viejo que él había cubierto con una manta a cuadros y sábanas limpias, la lámpara haciendo de luz ambiental y el fresco de la noche colándose por la trampilla abierta.
Marina le había dicho a su marido que pasaría la noche en casa de unas amigas. Una reunión de adultas, con vino, confidencias y risas. El pobre hombre ni se imaginaba que su mujer estaba en realidad desnuda en la caja de un camión, con las piernas abiertas y el sexo húmedo, mientras afuera empezaba a formarse, en silencio, una hilera de hombres.
—Mírala —murmuró Rubén para sí mismo, soltando una bocanada de humo por la rendija—. Si parece que lleva ayunando desde el mes pasado.
Porque ya no la saciaba. Y él, como buen anfitrión, había preparado algo más contundente.
***
El día había sido un horno, pero ahora soplaba una brisa fresca, de esas que alivian el cuerpo sudado y traen el olor de la noche mezclado con diésel y hierba seca. Solo que esa brisa venía cargada de otra cosa: una tensión palpable, una electricidad que se sentía en la piel.
A la luz de los faros de otros camiones y de un par de motos mal estacionadas, se distinguían las siluetas de los hombres que empezaban a alinearse. Camioneros de miradas cansadas y camisetas sin mangas, moteros con chalecos de cuero y barbas espesas. Todos con el mismo brillo en los ojos, la misma expectativa animal.
Rubén aplastó la colilla con la sandalia y bajó de la parte trasera del remolque, donde ya había dejado un whisky barato, unas cervezas y un paquete de toallitas. Todo dispuesto a lo bruto, como todo lo suyo. Ni una caja de preservativos a la vista, aunque él se lo había advertido. Marina los quería a piel, sin barreras, aunque fueran desconocidos. Quería sentirlo todo, crudo y directo.
—¡Venga, despacio, que hay para todos! —bramó Rubén, con la voz rasposa como el asfalto—. Esta noche la rubia está en racha.
Las risas se mezclaron con algún gruñido de aprobación.
El primero en acercarse a la entrada fue Modou, alto y fibroso, la piel oscura brillando bajo la luz tenue. Marina ya lo conocía de otra ocasión, y al verlo de nuevo en el umbral se le escapó un suspiro. Lo esperaba con las piernas separadas y la mirada fija en su entrepierna.
—Ella… ¿está bien? —preguntó Modou, con su acento espeso, esa mezcla de respeto y necesidad.
Rubén le dio una palmada en el hombro que sonó seca.
—Como una rosa, colega. Pasa, que la noche es larga.
Marina lo observaba todo desde el colchón con una mezcla de morbo y fascinación. Ver la fila de hombres, escuchar sus murmullos, sentir el aire cargado de deseo, la encendía más que ninguna caricia. No había vergüenza en ella, solo una voracidad que no entendía de límites.
Modou subió. El chirrido metálico de la puerta al cerrarse sonó como el principio de una ceremonia. Rubén se recostó contra el portón, encendió otro cigarro y miró la hilera. La noche apenas empezaba.
***
Adentro, el cuerpo de Marina se arqueaba una y otra vez bajo el peso de Modou. Él, largo y firme, la embestía con una cadencia profunda, implacable, marcando cada golpe como si quisiera dejarlo grabado por dentro. Ella lo rodeaba con las piernas, aferrada a su espalda, las uñas dejando surcos húmedos en su piel cada vez que él se hundía hasta el fondo.
—¿Tú… bien? —jadeó él, forzando las palabras—. ¿No mucho… daño?
Marina solo gemía en respuesta, incapaz de articular nada coherente. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, el cuerpo convulsionando con cada embestida. Los gruñidos de Modou se le derramaban al oído, mezclados con alguna palabra en su español atropellado. El colchón crujía. La lámpara temblaba. El camión entero parecía contener la respiración.
Afuera, Rubén sonrió. Había acertado con el menú.
—¡Así se hace! —vociferó, golpeando el metal con los nudillos—. ¡Pero no me la dejes para el arrastre, que aún tiene noche por delante!
Los que esperaban rieron, bebieron y aguantaron su turno. La atmósfera era espesa, una mezcla de humo, sudor y deseo contenido que los impacientaba a todos.
Rubén paseó la mirada por la cola y se detuvo en dos figuras al final: un camionero con gorra y un motero flaco que, impacientes, ya se acariciaban por encima del pantalón mientras charlaban como si nada.
—¡Eh, vosotros dos! —les gritó, con un matiz de diversión—. ¡Guardad eso para cuando os toque! Que aquí no hay espectáculo gratis.
Los dos hombres se encogieron, risueños, pillados en falta, y se acomodaron de nuevo la ropa entre carcajadas de los demás.
Adentro, Modou intensificó el ritmo. Las caderas le golpeaban contra las de Marina con una fuerza animal, los jadeos volviéndose gruñidos. Ella ya no gemía: aullaba. Los dedos se le clavaban en los brazos del hombre, arañándolo, mientras sentía cómo aquel cuerpo la llenaba por completo, estirándola hasta ese punto exacto donde el dolor y el placer se confunden.
El colchón chirriaba sin piedad. La lámpara proyectaba sombras que danzaban en las paredes metálicas. Marina sentía el sudor mezclarse con su propia humedad, resbalando por sus muslos. No había decoro, solo la necesidad cruda de más, de ser poseída hasta el límite de su resistencia. Sus gritos eran la banda sonora de aquel encuentro, y Rubén, afuera, era el director de una orquesta sucia.
Cuando Modou terminó, salió jadeante, secándose la frente, y le dirigió a Rubén una media sonrisa de agradecimiento. Marina quedó tendida boca arriba, exhausta, el cuerpo todavía vibrando. Pero no había tiempo para el descanso.
***
La puerta volvió a chirriar y entró el segundo. Le decían «el Morsa», un hombretón corpulento de pecho ancho y camisa empapada, que llenaba la entrada como una mole. Marina abrió los ojos y lo miró con una sonrisa torcida, una expresión de abandono absoluto.
—Madre mía el armario que me trae Rubén —murmuró entre jadeos, con una mezcla de susto y hambre en la voz.
Y se recostó de nuevo, como quien se entrega sin reservas a una tormenta que está deseando que la arrase.
—¿Con que te gustan grandes, eh? —gruñó el Morsa, los ojos encendidos, mientras se bajaba el pantalón de un tirón brusco.
No tenía la delicadeza de nadie. Se dejó caer sobre ella con el peso de un saco, arrancándole un gemido ahogado por el golpe. No hubo besos ni caricias previas. Le sostuvo la cabeza con una mano grande y áspera y la guio hacia su sexo con una urgencia que no admitía réplica. Marina, todavía aturdida por el encuentro anterior, apenas tuvo tiempo de abrir la boca.
Rubén lo veía todo desde la entrada, fumando con una mueca de satisfacción.
—¡Ese es mi Morsa! —soltó hacia la fila, y algunos rieron, otros asintieron.
El hombre embestía con una fuerza desproporcionada, más la de un ariete que la de un amante. Era un acto puramente físico, sin el menor atisbo de ternura. A Marina le brotaban lágrimas que no eran de pena, sino de esfuerzo, de una excitación extraña que la sacudía por dentro. El maquillaje se le corría por las mejillas, un rastro perverso en su cara.
—¡Eso es! —gruñía él, la voz resonando en el reducido espacio.
Modou, ya vestido, observaba desde un rincón con una mezcla de asombro y algo parecido a la pena. Aquello era otro nivel de crudeza. Cuando hizo el ademán de decir algo, el Morsa giró la cabeza y le lanzó una mirada de desafío, como diciéndole que se guardara la compasión.
—Esta es una mujer que sabe lo que quiere —le espetó—. Déjame disfrutar tranquilo.
Y Marina, con el cuerpo convulsionando, la cara desfigurada por el esfuerzo y el placer más oscuro, se rendía a la brutalidad de la carne, a la realidad asombrosa de su propio deseo. Cuando el Morsa terminó, con un último espasmo y un gruñido ronco, salió del remolque ajustándose el pantalón, la cara roja y una sonrisa boba.
—¡Joder, Rubén! Esa mujer es un bocado de los buenos —masculló, secándose la boca con el dorso de la mano, y se sumó otra vez a los que aún esperaban turno.
***
La fila avanzó un paso. El siguiente era un motero flaco, de perilla rala y ojos pequeños y astutos. Lo llamaban «el Relojero», porque tenía fama de silencioso pero metódico, implacable a su manera. Se acercó al remolque con paso decidido, sin perder el tiempo en charla.
Adentro, Marina seguía jadeando, el cuerpo dolorido por los golpes y la brutalidad, pero la necesidad era un fuego que no se apagaba. Se arrastró un poco sobre el colchón, lamiéndose los labios, mientras la silueta del Relojero se recortaba en la penumbra.
—Así que tú eres la chica de Rubén —murmuró él, la voz apenas un susurro áspero sobre el zumbido distante de los motores.
No le preguntó nada, no le pidió permiso. Se arrodilló entre sus piernas, que ella, con un instinto perverso, abrió todavía más. Su aproximación fue silenciosa, casi depredadora.
Afuera, Rubén notó el silencio que se instaló dentro y sonrió. «Este es de los que disfrutan la faena sin hacer ruido», pensó, dándole una calada profunda al cigarro. Miró la fila, los ojos ansiosos, las bocas apretadas. La tensión era casi erótica.
Marina sintió el primer roce, lento, exasperante. No era la embestida brutal del anterior, sino una tortura dulce que la volvía loca de impaciencia. Los dedos se le retorcían en el colchón mientras gemía, la voz apenas un hilo.
—Más… por favor —balbuceó, suplicando.
El Relojero sonrió, una mueca fina que apenas movió su perilla. Y entonces, sin avisar, se lanzó. La penetración fue profunda, dolorosa al principio, pero pronto se convirtió en un placer agudo y penetrante, distinto a todo lo anterior. Aquel hombre era metódico, rítmico, como si estuviera mapeando su cuerpo con cada movimiento, buscando los puntos exactos.
Marina arqueó la espalda, sacudida por un placer que rozaba el dolor. Sus piernas se enredaban en la cintura del motero, los muslos temblando, y de sus labios brotaban palabras que ni ella misma entendía. Era un encuentro animal, desprovisto de cualquier romanticismo, puramente carnal. El sudor le resbalaba por la frente y se le metía en los ojos.
Rubén no perdía detalle. El crujido rítmico del colchón le llegaba acompañado de los gemidos de Marina, que ahora se alargaban en una súplica constante. «El Relojero sabe lo que hace», se dijo, una punzada de excitación vibrándole en la entrepierna. «La está deshaciendo a fuego lento, sin prisa pero sin pausa».
Adentro no había palabras, solo el lenguaje de los cuerpos acoplados. Marina, en ese momento, era pura necesidad, deseada por una fila entera de hombres. Y ella lo sabía, y lo disfrutaba hasta el último espasmo. El camión de Rubén, esa noche, era su altar.
Con un último gemido, más un suspiro contenido que un grito, el Relojero clavó las caderas contra ella con una fuerza final. Su cuerpo tembló con una descarga lenta y contenida, y Marina sintió el calor llenarla por dentro. Luego se retiró con la misma frialdad con la que había entrado, se ajustó el pantalón sin decir palabra y desapareció por la puerta, los ojos pequeños clavados en ella un instante más.
Rubén lo despidió con un apretón de manos y, antes de dar paso al siguiente, encendió otro cigarro y miró el cielo estrellado. La noche prometía ser larga, muy larga. Y Marina, aquella mujer de barrio tranquilo convertida en la protagonista insaciable de un camión perdido en la carretera, seguía ahí, tendida en el colchón, recuperando el aliento y dispuesta a recibir con las piernas abiertas a cada hombre que cruzara esa puerta.
Y la fila todavía era larga.