Cinco amigas y el masajista maduro de la piscina
Lo que voy a contar pasó el último fin de semana de junio, ese en el que el verano ya pega de lleno aunque el calendario todavía dude. Cambié los nombres, porque una cosa es disfrutar y otra es señalar a nadie, pero el resto ocurrió tal cual. Quien quiera creerlo, que lo crea; quien no, que se entretenga imaginándolo.
Somos cinco. Noa, Bea, Irene, Vera y yo, Carla. Todas rondamos los veinticinco, todas bisexuales, todas con la misma manía de no atarnos a nadie más tiempo del que nos apetece. Vivimos pegadas al mar, en un pueblo de la costa de Levante, y precisamente por eso, cuando llega el calor, lo que soñamos es escaparnos a cualquier sitio con sombra y sin gente que nos mire de reojo.
Y este año había una novedad en el grupo. Mejor dicho, un nombre nuevo: Marcos.
Marcos es cliente de mi asesoría. Tiene cincuenta y cuatro años, lo que para algunos será mucho y para nosotras es justo lo que buscábamos. Está divorciado, vive solo en una casa alquilada con piscina y se gana la vida dando masajes. Solo a mujeres, por decisión propia. Dice que dan mejores propinas y que la publicidad de boca en boca le funciona mejor así. Lo importante no es eso, de todas formas. Lo importante son sus manos.
Las cinco habíamos hablado más de una vez de las manos de Marcos. Yo ya me había follado con él —eso no es ningún secreto entre nosotras—, y sabía de primera mano que un hombre que se dedica a tocar cuerpos ajenos durante años aprende cosas que un chaval de veinte no sospecha siquiera. Sabía cómo abrirme el coño con los dedos hasta hacerme correr sin apenas mover la muñeca, cómo mamarme los pezones hasta dejármelos duros como piedras, cómo meterme la polla despacio y esperar quieto dentro de mí hasta que era yo la que le suplicaba que se moviera. Las otras lo intuían. Querían comprobarlo.
***
Llevábamos toda la semana intentando organizar una escapada. El problema de vivir frente a una playa es que lo último que te apetece es otra playa, así que barajábamos la montaña, alguna casa rural, lo de siempre. Pero coordinar cinco trabajos distintos justo cuando empieza la temporada de turistas es un imposible. Marcos, que se había colado en el grupo de mensajería porque alguna lo metió «para temas de trabajo», acabó tirando del hilo.
—A ver, niñas —escribió—. Queréis desconectar, tomar el sol sin que ningún baboso se os acerque, estar desnudas si os da la gana y entrar y salir a la hora que os apetezca. Yo en verano trabajo todas las mañanas hasta media tarde, no puedo iros de ruta. Pero mi casa tiene piscina, árboles altos que tapan la vista y aire acondicionado. Es vuestra. Os doy llaves. Lo único que pido es que no toquéis mi despacho ni la consola.
Y entonces remató con la frase que nos dejó a todas en silencio mirando la pantalla:
—¿Hace cuánto que no os dan un masaje solo, y exclusivamente, en los pechos?
Bea soltó una carcajada que se oyó desde la cocina. Vera escribió tres signos de interrogación seguidos. Irene, que es la mayor del grupo y la más exigente con todo, contestó que aceptábamos antes de que ninguna pudiera opinar.
A mí me picaba la curiosidad, lo reconozco. Me habían masajeado el cuerpo entero alguna vez, pero nunca solo esa parte. Y conociendo a mis amigas, sabía que aquello no iba a quedarse en un masaje.
***
Llegamos el viernes a las seis de la tarde, con un calor que derretía el asfalto, en dos coches y con poca ropa: bikinis, un par de vestidos ligeros para la noche y poco más. Marcos nos recibió en la puerta y nosotras nos le echamos encima como si fuéramos sus sobrinas malcriadas, a besos, abrazos y alguna mano traviesa que le pasó por encima del bañador y le apretó el paquete por debajo de la tela. Noa fue la más descarada; le agarró la polla dormida a través del bañador y se la sopesó en la palma un segundo entero, como quien tantea una fruta en el mercado, antes de soltarlo con una risita y seguir con los besos.
Nunca le digas a un grupo de mujeres que pueden hacer lo que quieran. Lo harán.
Nos enseñó la casa, dos plantas para él solo, las habitaciones con las sábanas ya cambiadas —un detalle de caballero— y la cocina. Nos pusimos a hacer la lista de la compra y él apareció con cara seria.
—¿En serio pensabais que iba a teneros la nevera vacía? —dijo.
Me agarró de la mano, yo agarré a Noa, Noa a Bea, y así, en cadena, nos llevó hasta el frigorífico y lo abrió. Estaba lleno. Agua, fruta, verdura, carne, algún capricho y, en el estante de abajo, una tarta. Porque resulta que esa semana cumplían años Irene y Vera, y él se había acordado. Creo que esa tarta nos conquistó más que cualquier otra cosa.
Después nos llevó al jardín, otra vez en cadena, y delante de nosotras se quitó toda la ropa y se metió en la piscina, invitándonos a hacer lo mismo.
Hay que entender una cosa de Marcos. Pasa el día entero tocando cuerpos de mujeres de todas las edades y de todas las formas. Ver a cinco chicas desnudas no le provocaba ninguna erección; ni siquiera se inmutó. La polla le colgaba blanda, tranquila, como si estuviera solo en su casa. Y eso, lejos de ofendernos, nos relajaba. No nos miraba como cinco crías calientes. Nos miraba como cinco mujeres que querían darse un baño.
Así que nos desnudamos. La parte de arriba fuera, la de abajo fuera, los tangas tirados sobre las tumbonas y los cinco cuerpos dentro del agua.
***
El agua estaba a la temperatura justa, ni fría ni tibia. Jugábamos, nos salpicábamos, tonteábamos. Bea se enganchó a la espalda de Marcos como una lapa, restregándole las tetas duras contra los omoplatos y riéndose a su oído. Vera se metió por debajo del agua y le pasó la lengua por el ombligo, subiendo despacio, dejando un rastro de mordiscos suaves hasta emerger a la altura de un pezón del que se colgó a mamar con hambre. Todas le acabamos tocando bajo el agua, con la polla encogida por el frescor entre los dedos, y él tampoco se quedaba quieto: una mano en un pecho, con el pezón atrapado entre índice y pulgar, otra en una cadera, los dedos rozando entrepiernas como sin querer, resbalando por labios ya abiertos, hundiéndose un centímetro y volviendo a salir. A mí me metió dos dedos en el coño sin previo aviso, con el agua como cómplice, y los movió despacito mientras seguía hablando de tonterías con Noa por encima del hombro, como si su mano izquierda no estuviera dentro de mí. Estábamos a gusto de verdad, calentándonos sin prisa, con los pezones tiesos y los coños ya con esa comezón que anuncia que no se va a parar en un rato, riéndonos como tontas.
En un momento se le ocurrió algo que bautizamos entre risas como «el beso submarino». Nos sentamos en el borde de la piscina, las piernas abiertas, los pies dentro del agua, los coños expuestos al sol, y él se hundía, tomaba impulso y salía de un salto para besarnos justo entre las piernas antes de volver a sumergirse. Subía, besaba un sexo, bajaba, subía, besaba otro. Pero no era solo un piquito. En cada emersión conseguía enterrar la lengua un segundo largo dentro del coño elegido, chuparle el clítoris antes de dejarse caer, o pasarle la punta por toda la ranura de abajo a arriba. Cuando me tocó a mí me clavó los ojos, sacó la lengua y me la enterró en la raja con una precisión de cirujano; me chupó el clítoris tres veces, rápido, rápido, rápido, y cayó al agua justo cuando yo cerraba los muslos contra su cara. A la siguiente vuelta le tocó a Bea, que soltó un «me cago en la puta» al notar la lengua, y luego a Noa, que se agarró al borde con las dos manos para no resbalar. Con tanta agua cayendo y tanto salto, aquello era más cómico que pornográfico, pero la mezcla de la risa con la lengua de Marcos rozándome donde rozaba me tenía con el pulso disparado y el coño chorreando algo que ya no era agua de piscina.
Las cumpleañeras quisieron imitarlo. Irene y Vera se metieron al agua y empezaron a saltar para besarnos igual, solo que ellas tienen melena y, cada vez que salían, lo que nos rozaba la entrepierna no eran sus labios sino una maraña de pelo mojado pegada a la cara. Parecía una escena de película de terror más que otra cosa. Nos reímos hasta que nos dolió.
***
Marcos salió del agua antes de que las cumpleañeras se agotaran del todo. Le vimos salir por la escalerilla, chorreando, con la polla balanceándose todavía dormida entre los muslos, y me acuerdo de haber pensado que aquel hombre iba a hacernos gozar sin corrérsele encima ni una sola vez si se lo proponía. Entró en casa y volvió con una camilla portátil que montó bajo la sombra del árbol más grande del jardín. Fue trayendo cosas: toallas, botes de aceite y una bolsa de tela cuyo contenido todavía no podíamos ver.
Cuando lo tuvo todo listo, soltó su frase:
—Primera candidata para el masaje especial. Que salga, se seque bien para no resbalar y se tumbe boca arriba.
La primera fue Irene. No sé por qué, pero salió disparada del agua, se secó y se tendió en la camilla antes de que nadie reaccionara, con las tetas apuntando al cielo y las piernas ya un poco abiertas por instinto. Las demás nos quedamos en el borde de la piscina, con los pies dentro del agua y los coños todavía calientes de los besos submarinos, mirando.
Empezó suave, untándole el aceite por todo el torso, calentándole la piel sin tocarle aún los pechos. Le pasaba la palma abierta desde la clavícula hasta el ombligo, rodeaba los senos sin subírselos, bajaba por los flancos, volvía. Cada vez pasaba más cerca de los pezones, pero sin llegar. Irene, que de paciencia anda justa, se impacientó enseguida.
—Marcos, déjate de relajarme y ponme a mil de una vez —protestó, abriendo bien las piernas para dejar clara la indirecta y enseñándole el coño ya brillante desde donde él estaba de pie.
Nos reímos todas. Pero él, lejos de tocarle el sexo, retiró la mano con calma y le habló con esa voz grave y tranquila que tiene.
—No te voy a masturbar, Irene. Os dije que os haría un masaje de pechos, y eso es lo que voy a hacer. Si quieres que te toquen ahí abajo, llama a cualquiera de las lagartijas que están tomando el sol en el borde. Aunque te advierto que elijas bien, no vaya a ser que te lleves una sorpresa.
Irene refunfuñó, pero se dejó hacer, esperando que alguna de nosotras se levantara a echarle una mano. Ninguna se movió. A veces somos un poco crueles, lo admito.
Entonces Marcos le puso las manos sobre los pechos. Y vimos cómo Irene, sin darse cuenta, cerraba las piernas y se relajaba entera.
***
No voy a describir la técnica entera, porque ni la entendí del todo. Solo diré que se tomó todo el tiempo del mundo. Le rodeó las tetas con las palmas abiertas y se las levantó desde la base, apretándolas hacia arriba con una firmeza que la hizo arquear la espalda. Se las amasó como si fueran masa de pan, girando las manos en direcciones opuestas, atrapándole los pezones entre los nudillos, pellizcándoselos con el pulgar y el índice y estirándoselos hacia el techo hasta que Irene soltaba un gemido cortito. Se le los endurecía sin apenas rozarlos, solo mordiéndolos con las yemas, y de vez en cuando se agachaba, se metía uno entero en la boca y lo chupaba con hambre antes de volver a las palmas. Le arrancó los primeros jadeos serios así, solo con los pezones. Los oíamos desde el agua, cada vez más seguidos, cada vez más roncos.
A Noa la curiosidad la levantó de su sitio. Se sentó en una hamaca cercana a observar con el coño todavía chorreando encima del cojín, y Marcos, sin dejar de masajear, le dijo que mirara dentro de la bolsa y eligiera lo que quisiera. Noa se agachó, hurgó y soltó un grito de alegría.
—¡Lo tienes! No me lo puedo creer, eres una caja de sorpresas.
Las demás giramos la cabeza. La curiosidad otra vez. Vimos a Noa de pie junto a la camilla, las manos perdidas entre los muslos de Irene, que ya los tenía bien separados. Y oímos a Irene jadear mucho más fuerte.
Una a una, Bea, Vera y yo nos acercamos a ver. Y ahí estaba: Noa le metía y le sacaba del coño un vibrador grueso, de silicona negra, que llevaba meses buscando, agotado en media docena de tiendas. Se lo hundía entero, hasta la base, y después lo iba retirando muy despacio, dejando que Irene sintiera cada milímetro. En cada penetración se veía cómo los labios del coño se le abrían y se cerraban aferrándose al juguete, brillantes de flujo. Resulta que Marcos lo tenía, y a Irene se le notaba en cada gemido lo bien que le venía. Noa le encontró enseguida el clítoris con el pulgar y empezó a hacerle círculos mientras seguía bombeando el vibrador con la otra mano, y de la boca de Irene ya no salían palabras, solo un «sí, sí, sí, sí» encadenado y roto.
Marcos sabía que su masaje de pechos ya sobraba, que Noa estaba haciendo el trabajo de verdad. Pero siguió. Siguió amasándole los senos con una calma de relojero, alternando pellizcos en los pezones con lametones lentos, mientras Irene retorcía las caderas para follarse ella misma el vibrador, se aferraba al borde de la camilla con los nudillos blancos y, con un grito que parecía más de dolor de muelas que de placer, explotaba en un orgasmo que le sacudió el cuerpo entero. Las tetas le temblaron entre las manos de Marcos, el coño le apretó tanto el juguete que Noa tuvo que aflojar para poder seguir moviéndolo, y le chorreó un hilo espeso por el perineo hasta la toalla. Él no paró ni un segundo. Mantuvo su ritmo, imperturbable, como si nada, alargándole la corrida con los pezones hasta que Irene le suplicó que le soltara las tetas.
Irene casi se desmaya. Noa tenía la cara dividida entre la sorpresa por el orgasmo de su amiga y la satisfacción de saber que ahora tenía dónde pedir prestado su juguete favorito; le sacó el vibrador con cuidado, se lo llevó a la boca sin pensarlo y lo chupó de arriba abajo, saboreando el flujo de Irene delante de todas. Y nosotras tres, sentadas en las hamacas con los coños abiertos y una mano cada una entre los muslos, mirábamos cómo se follaban a una de las nuestras mientras el hombre seguía con lo suyo.
Os recuerdo que todas estábamos desnudas. Que Marcos estaba desnudo. Y que su polla seguía dormida, encogida, sin reaccionar ni siquiera después de haberle sacado semejante orgasmo a Irene. El control de ese hombre es algo que todavía no me explico.
***
Cuando se le pasó el temblor, Irene quiso más. Se giró de lado en la camilla, todavía jadeando, con las tetas rojas del masaje y los muslos brillantes de su propia corrida, y le pidió a Marcos que se acercara a su cabeza para metérsela en la boca. Estiró la mano y le agarró la polla blanda, tirándose de ella hacia sí. Él, por supuesto, dijo que no y le apartó la mano con suavidad.
—Te estoy dando un masaje de pechos, no toca una mamada. Si quieres algo en la boca, que una de tus amigas te pase otra cosa de la bolsa.
—Mira, Marcos —insistió ella, todavía agitada—. Me encanta tu masaje, te lo agradezco, pero quiero tu polla. La quiero en la boca y la quiero dentro. Así que, o por las buenas o por las malas, tú decides.
Tumbada boca arriba no podía hacer gran cosa, la verdad. Pero él no cedió, y nos explicó el motivo con una paciencia que hasta Irene, cabezota como es, acabó entendiendo.
—A ver, niñas, porque esto os va a pasar a todas y todas vais a querer lo mismo. Yo puedo daros lo que pedís, puedo follaros una a una, corrérmeme en la boca de la que le apetezca y volver a empezar. Pero no soy un chaval que se empalma en cinco minutos. Si tengo que hacerlo con las cinco esta tarde, acabo con la última al amanecer y reventado. Y no toca, por dos razones. Una, porque necesito mi tiempo de recuperación, no soy uno de los juguetes de la bolsa. Y dos, porque en media hora nos vamos a cenar, que tengo reserva para celebrar los cumpleaños. Dije masaje de pechos, no final feliz. Que vosotras seáis cinco mujeres muy sexuales y bastante guarras, con todo el cariño, es otra cosa. Disfruta del final del masaje, que tenemos que arreglarnos.
Soltamos las cinco a la vez, entre risas:
—Marcos, si tú ni siquiera bebes alcohol.
***
Hasta aquí la primera parte. Lo corto no porque sea corto —que no lo es—, sino porque hasta yo, que soy la autora, creo que conviene dosificar. Conste que la idea de cortar fue tan mía como de Irene, Noa, Bea, Vera y del propio Marcos, que cuando lo leyeron casi se quedan sin dormir de lo largo que era.
El resto —la cena, las copas, lo que pasó esa noche en la casa con piscina y los dos días siguientes— os lo cuento en otro relato. Y será pronto, os lo prometo. A quien le guste leer, que siga; ejercitar las neuronas también es un buen deporte de verano.





