Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi ex me buscó y tres alumnos lo grabaron todo

Ilustración del relato erótico: Mi ex me buscó y tres alumnos lo grabaron todo

La verdad es que todavía no entiendo del todo qué pasó. ¿Cómo que se acabó? Esa no me la vi venir. No imaginé nunca que pudieras querer a alguien más que a mí, aunque fuera de otra manera. A veces los cuernos no son de piel: son de tiempo, de miradas que ya no buscan las tuyas. Y así fue.

Después de aquello dejaste de hablarme. Yo tampoco quise insistir, por orgullo, pero te echaba de menos como se echa de menos una costumbre. Me sentía sola en ese piso demasiado grande. Menos mal que mis amigos me arrastraban a salir, que el trabajo me ocupaba las horas. Daba clases en la universidad tres tardes por semana, y eso me salvaba de pensar.

Y entonces, otra vez, apareciste tú.

Sabías que estaba mal. Te habían llegado rumores, supongo. El caso es que un martes me recogiste a la salida del aula, como si nunca hubiéramos roto, como si tu novia no existiera. Desde que estabas con ella yo no tenía ninguna expectativa de nada. Pero ese día fue distinto desde el primer segundo.

—Sube —dijiste, sin más, con el coche en doble fila.

No pregunté a dónde. Conduje contigo en silencio hasta una zona del campus que yo ni siquiera conocía: un patio interior detrás del antiguo edificio de Letras, donde las clases ya habían terminado y solo quedaban paredes de ladrillo y una luz anaranjada que entraba de lado. Apagaste el motor. Me miraste de esa forma que siempre me desarmaba.

Me empujaste contra la pared antes de que yo dijera nada. Y me besaste. Uno de esos besos que llevan meses guardados, con la rabia y el deseo apretados en el mismo gesto. Sentí tus manos subir por mi cintura y supe que ya estaba perdida, que iba a dejarte hacer cualquier cosa con tal de no volver a sentirme sola esa noche.

Te sonó el teléfono. Era ella, lo supe por cómo apretaste la mandíbula. Lo silenciaste sin mirarlo y volviste a mi boca.

Que se espere.

Ese día llevaba vestido, uno corto, de los que tú odiabas que me pusiera para dar clase. Te arrodillaste delante de mí. Me subiste la tela con las dos manos y te metiste entre mis piernas con esa lentitud que conoces de memoria. Apoyé la nuca en el ladrillo frío y cerré los ojos.

***

Cuando volví a abrirlos, los vi.

Tres chicos, alumnos de los cursos altos, parados a unos metros bajo el porche. Universitarios, mayores de edad todos, gente que en otro contexto me habría llamado «profesora» con la cabeza gacha. Ahora me miraban con la boca entreabierta, sin moverse, como si temieran que el hechizo se rompiera si respiraban.

Me excitó y me incomodó a partes iguales. Te lo susurré, nerviosa, intentando bajarme el vestido.

—No —dijiste sin levantar la cabeza—. Cállate y disfruta.

Uno de ellos sacó el móvil. Vi la lucecita roja de la cámara encenderse y algo en mi pecho se aceleró de una manera nueva. Debería haberme tapado, haber salido corriendo. En lugar de eso me quedé quieta, dejé caer los hombros contra la pared y empecé a poner las caras más obscenas que sabía poner, las que solo tú habías visto hasta ese momento.

No me dejabas terminar. Me llevabas al borde y te detenías, una y otra vez, hasta que la cabeza me daba vueltas. Comprendí que ese era el juego, que querías que la rabia se me acumulara en el cuerpo. Decidí que era mi turno de tomar el control.

Y justo entonces se acercó ella.

***

Una chica del grupo que yo no había visto, de pelo corto y mirada decidida. Se bajó los vaqueros sin pudor y se apoyó en la pared a mi lado, ofreciéndose, mirándote a ti como quien pide permiso al que manda.

—Cómeselo —me ordenaste.

¿Cuánto de todo aquello estaba bien? Ni lo pensé. Ya estaba demasiado encendida, demasiado lejos de mí misma. Me arrodillé frente a ella mientras los otros dos seguían grabando, y tú, generoso de pronto, les hiciste un gesto para que se acercaran.

Se desabrocharon los pantalones. Empezaron a tocarse mientras me veían darle placer a la chica, los dos en silencio, concentrados. Ella se retorció contra mi boca hasta que la sentí temblar. Cuando llegó al final, la levanté tirándole del pelo corto y la empujé hacia ellos.

—Ahora tú —le dije—. A ellos.

La puse de rodillas frente a sus compañeros y la dejé ocupada. Porque a ti te quería para mí, solo para mí, aunque fuera durante un minuto robado.

Me recorriste la boca con los dedos, despacio, y yo los recibí como sabes que me gusta. Húmedo, profundo, sin apartar los ojos de los tuyos. La situación entera era una bomba: el patio abierto, el peligro de que apareciera alguien, las dos cámaras girando entre nosotros. Cada ruido lejano me apretaba el estómago de pura adrenalina.

Mis alumnos te reclamaron. Me querían a mí, lo dejaron claro entre susurros. Pero tú no entregas a una de tus mejores conquistas a la primera.

—Primero demostradme que la merecéis —dijiste—. Azotad a vuestra compañera. Sin piedad. Uno la sujeta, el otro pega.

***

La chica empezó a protestar; ese no era el trato que ella esperaba. Y, no sé por qué, eso lo hizo todo más eléctrico. Uno de los dos te sorprendió: se quitó el cinturón de cuero, lo sopesó en la mano y le dijo al otro que hiciera lo mismo.

Con uno de los cinturones le ataron las muñecas a la chica, a la espalda. Con el otro empezó el sonido seco del cuero contra la piel. Una, dos, varias veces. Ella lloriqueaba, y el chico, lejos de detenerse, se inclinó sobre su oído.

—Como sigas llorando —le dijo—, te voy a pegar más fuerte.

Me quedé de piedra. Tenemos un sádico en clase, pensé, y descubrí con vergüenza que la idea me gustaba. Tú aprovechaste mi cara para tomar la decisión: me entregaste a ellos. Pero no sin antes terminar tú dentro de mi boca, llenándomela como tantas otras veces. Y como siempre, te enseñé la boca antes de tragar y se la enseñé después, vacía, abierta, para que vieras que no había desperdiciado nada.

La chica estaba arrinconada, deshecha, con las muñecas todavía atadas. Le ordenaste que mirara y aprendiera.

***

Me pusiste a cuatro patas sobre el suelo de cemento. Uno de los chicos se colocó delante para que lo atendiera con la boca mientras los demás se ocupaban del resto. Esta vez quisiste ser tú quien me hiciera daño; siempre fue una de tus partes favoritas. Les pediste prestado uno de los cinturones.

Mientras tenía la boca ocupada, sentí el primer golpe cruzarme la piel. Sabías que me encendía, que era el mejor aviso de lo que venía después. Y dicho y hecho: a los pocos minutos le entregaste el cinto al chico que había resultado ser el más duro, que esperaba su turno con una calma que daba escalofríos.

—Si se corre —le dijiste—, no tengas piedad.

Y de un solo movimiento me lo metiste por detrás. Como siempre, ardió al principio y luego entró bien, hasta el fondo. Empezaste a moverte con esa brutalidad que yo conocía, que pedía a gritos sin pedirla. Cuando el primer alumno terminó en mi boca, lo relevó el otro. Mismas instrucciones para todos: si me corría, cinturón.

Estaba al límite. No sabía cómo aguantarme, y encima me obligaba a mí misma a esperar, pensando solo en que tú terminaras primero, en darte ese gusto antes de rendirme.

***

Sabías que querías verme sufrir. Le ordenaste a la chica, todavía atada, que se acercara y me tirara de los pezones. Dudó un instante. Después vino hacia mí y me mordió los pechos como pudo, torpe y rabiosa a la vez.

Obviamente, me corrí.

Empezó el cinturón. Sentí cómo me ardía la piel a cada golpe, una línea de fuego tras otra.

—Esto te pasa por correrte sin permiso —dijo el chico—. Pedazo de descarada.

No pude más. Entré en una especie de limbo en el que me corría una vez y volvía a empezar enseguida, sin pausa, con el cuero cayendo sin descanso y la chica trabajándome los pechos como si le fuera la vida en ello. Perdí la cuenta de mi propio cuerpo.

Por fin terminaste tú. Y, en cuanto lo hiciste, todo se detuvo de golpe, como si alguien hubiera apagado la música. Me agarraste del pelo y me echaste la cabeza hacia atrás.

—Ponte de rodillas y da las gracias por esta sesión.

***

Eso me pareció una humillación demasiado grande, la última. Me negué. Y me cruzaste la cara con dos bofetadas, secas, que me dejaron la mejilla ardiendo.

—No nos vamos de aquí hasta que seas agradecida.

Al final cedí. Me arrodillé sobre el cemento, temblando, y di las gracias con un hilo de voz. Mis alumnos, entre risas, me contestaron con un «de nada» burlón. Y entonces hicieron algo que no esperaba: me enseñaron las pantallas de sus móviles, ya vacías, y me explicaron que lo habían borrado todo.

Menos mal, pensé, mientras me bajaba el vestido con las manos todavía torpes.

Cada mochuelo a su olivo. Los chicos desaparecieron por donde habían venido, la chica se vistió sin mirar a nadie, y tú me ofreciste llevarme a casa como si nada de aquello hubiera ocurrido.

No te dije que sí ni que no. Solo subí al coche, apoyé la cabeza en la ventanilla y, por primera vez en una semana, no pensé en la ruptura, ni en ella, ni en lo sola que me sentía en aquel piso enorme.

Gracias por hacerme olvidar de todo, aunque fuera solo por un rato.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

RafaelMG

De los mejores relatos que lei ultimamente, muy bueno!!!

Cami_libre

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues con el ex

ValentinaRnz

fue real o es ficción? porque tiene muchos detalles que se sienten muy autenticos

PatoBA_22

Me recordo a algo que me paso hace tiempo jajaja, estos relatos revuelven la memoria

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.