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Relatos Ardientes

Mi ex me buscó y tres alumnos lo grabaron todo

La verdad es que todavía no entiendo del todo qué pasó. ¿Cómo que se acabó? Esa no me la vi venir. No imaginé nunca que pudieras querer a alguien más que a mí, aunque fuera de otra manera. A veces los cuernos no son de piel: son de tiempo, de miradas que ya no buscan las tuyas. Y así fue.

Después de aquello dejaste de hablarme. Yo tampoco quise insistir, por orgullo, pero te echaba de menos como se echa de menos una costumbre. Me sentía sola en ese piso demasiado grande. Menos mal que mis amigos me arrastraban a salir, que el trabajo me ocupaba las horas. Daba clases en la universidad tres tardes por semana, y eso me salvaba de pensar.

Y entonces, otra vez, apareciste tú.

Sabías que estaba mal. Te habían llegado rumores, supongo. El caso es que un martes me recogiste a la salida del aula, como si nunca hubiéramos roto, como si tu novia no existiera. Desde que estabas con ella yo no tenía ninguna expectativa de nada. Pero ese día fue distinto desde el primer segundo.

—Sube —dijiste, sin más, con el coche en doble fila.

No pregunté a dónde. Conduje contigo en silencio hasta una zona del campus que yo ni siquiera conocía: un patio interior detrás del antiguo edificio de Letras, donde las clases ya habían terminado y solo quedaban paredes de ladrillo y una luz anaranjada que entraba de lado. Apagaste el motor. Me miraste de esa forma que siempre me desarmaba.

Me empujaste contra la pared antes de que yo dijera nada. Y me besaste. Uno de esos besos que llevan meses guardados, con la rabia y el deseo apretados en el mismo gesto. Sentí tus manos subir por mi cintura, apretarme las tetas por encima de la tela hasta que se me escapó un jadeo dentro de tu boca, y supe que ya estaba perdida, que iba a dejarte hacer cualquier cosa con tal de no volver a sentirme sola esa noche. Metiste una mano por debajo del vestido, me apartaste las bragas de un tirón y me pasaste dos dedos por el coño, de abajo arriba, comprobando lo empapada que estaba solo con verte.

—Mira cómo te pones —susurraste, y me embadurnaste los labios con mis propios flujos antes de volver a besarme.

Te sonó el teléfono. Era ella, lo supe por cómo apretaste la mandíbula. Lo silenciaste sin mirarlo y volviste a mi boca.

Que se espere.

Ese día llevaba vestido, uno corto, de los que tú odiabas que me pusiera para dar clase. Te arrodillaste delante de mí. Me subiste la tela con las dos manos, me bajaste las bragas hasta los tobillos y te metiste entre mis piernas con esa lentitud que conoces de memoria. Apoyé la nuca en el ladrillo frío y cerré los ojos cuando tu lengua se abrió paso por los labios de mi coño y me buscó el clítoris con la punta, girando despacio. Me chupaste entera, de arriba abajo, metiéndome la lengua dentro y sacándola brillante. Luego dos dedos, hasta el fondo, mientras la boca no me soltaba el clítoris. Se me doblaron las rodillas y tuve que agarrarme a tu pelo para no caerme.

***

Cuando volví a abrirlos, los vi.

Tres chicos, alumnos de los cursos altos, parados a unos metros bajo el porche. Universitarios, mayores de edad todos, gente que en otro contexto me habría llamado «profesora» con la cabeza gacha. Ahora me miraban con la boca entreabierta, sin moverse, como si temieran que el hechizo se rompiera si respiraban. Uno de ellos ya tenía el bulto marcado en el pantalón.

Me excitó y me incomodó a partes iguales. Te lo susurré, nerviosa, intentando bajarme el vestido.

—No —dijiste sin levantar la cabeza y con la boca pegada a mi coño—. Cállate y disfruta.

Uno de ellos sacó el móvil. Vi la lucecita roja de la cámara encenderse y algo en mi pecho se aceleró de una manera nueva. Debería haberme tapado, haber salido corriendo. En lugar de eso me quedé quieta, dejé caer los hombros contra la pared, me subí yo misma el vestido hasta la cintura para que se me viera bien tu cabeza entre mis piernas y empecé a poner las caras más obscenas que sabía poner, las que solo tú habías visto hasta ese momento. Sacaba la lengua, me mordía los labios, me apretaba una teta por encima de la tela mientras la otra mano te empujaba la cara contra mi coño.

No me dejabas terminar. Me chupabas hasta que estaba a punto, hasta que se me tensaban los muslos alrededor de tu cabeza, y entonces te apartabas y me dabas un lametazo lento y burlón, una y otra vez, hasta que la cabeza me daba vueltas. Comprendí que ese era el juego, que querías que la rabia se me acumulara en el cuerpo, que me chorreara por dentro de los muslos delante de mis alumnos. Decidí que era mi turno de tomar el control.

Y justo entonces se acercó ella.

***

Una chica del grupo que yo no había visto, de pelo corto y mirada decidida. Se bajó los vaqueros sin pudor, también las bragas, y se apoyó en la pared a mi lado, ofreciéndose, abriéndose el coño con dos dedos y mirándote a ti como quien pide permiso al que manda. Ya la tenía brillante de tanto ver.

—Cómeselo —me ordenaste.

¿Cuánto de todo aquello estaba bien? Ni lo pensé. Ya estaba demasiado encendida, demasiado lejos de mí misma. Me arrodillé frente a ella mientras los otros dos seguían grabando, y tú, generoso de pronto, les hiciste un gesto para que se acercaran. Le separé los muslos, le pasé la lengua entera desde abajo hasta el clítoris y la oí gemir, corta y grave. Sabía distinta, más dulce. Le clavé la boca, le metí la lengua todo lo que pude y le froté el clítoris con la punta hasta que empezó a moverme las caderas contra la cara. Le agarré el culo con las dos manos para tenerla quieta y le chupé sin misericordia.

Se desabrocharon los pantalones. Se sacaron las pollas y empezaron a hacerse pajas mientras me veían darle placer a la chica, los dos en silencio, concentrados, con la mano subiendo y bajando por vergas duras y rojas. Uno tenía la polla gruesa y corta, el otro larga y venosa; los registré sin querer, ya calculando cuál iba a sentir primero. Ella se retorció contra mi boca, se me agarró del pelo con las dos manos y me apretó la cara contra su coño hasta que la sentí temblar entera, con un gemido largo que rebotó contra el ladrillo. Cuando llegó al final, la levanté tirándole del pelo corto y la empujé hacia ellos, con la boca todavía brillante de ella.

—Ahora tú —le dije—. A ellos. A los dos. Que no se te caiga ninguna.

La puse de rodillas frente a sus compañeros y la dejé ocupada. Vi cómo abría la boca y se metía la primera polla hasta la garganta, con arcadas, mientras con la mano se la meneaba al otro. Porque a ti te quería para mí, solo para mí, aunque fuera durante un minuto robado.

Me recorriste la boca con los dedos, despacio, y yo los recibí como sabes que me gusta. Húmedo, profundo, hasta el fondo, sin apartar los ojos de los tuyos, chupándotelos como si fueran otra cosa. Te bajé la bragueta, te saqué la polla y me la metí entera de golpe, ahogándome contra tu pubis, dejando que se me llenaran los ojos de lágrimas para que las vieras. Sabía que te ponía así, ver mi rímel corrido, la baba colgándome de la barbilla mientras te la mamaba como si tuviera hambre de meses. La situación entera era una bomba: el patio abierto, el peligro de que apareciera alguien, las dos cámaras girando entre nosotros, la chica ahogándose con dos vergas a mi lado. Cada ruido lejano me apretaba el estómago de pura adrenalina.

Mis alumnos te reclamaron. Me querían a mí, lo dejaron claro entre susurros, con las pollas todavía duras y brillantes de la saliva de su compañera. Pero tú no entregas a una de tus mejores conquistas a la primera.

—Primero demostradme que la merecéis —dijiste—. Azotad a vuestra compañera. Sin piedad. Uno la sujeta, el otro pega.

***

La chica empezó a protestar; ese no era el trato que ella esperaba. Y, no sé por qué, eso lo hizo todo más eléctrico. Uno de los dos te sorprendió: se quitó el cinturón de cuero, lo sopesó en la mano y le dijo al otro que hiciera lo mismo.

Con uno de los cinturones le ataron las muñecas a la chica, a la espalda. Con el otro empezó el sonido seco del cuero contra la piel de su culo desnudo. Una, dos, varias veces. Ella lloriqueaba, y el chico, lejos de detenerse, se inclinó sobre su oído.

—Como sigas llorando —le dijo—, te voy a pegar más fuerte.

Me quedé de piedra, con tu polla todavía en la boca. Tenemos un sádico en clase, pensé, y descubrí con vergüenza que la idea me gustaba, que se me contraía el coño cada vez que oía el chasquido del cuero. Tú aprovechaste mi cara para tomar la decisión: me entregaste a ellos. Pero no sin antes terminar tú dentro de mi boca, agarrándome de la nuca y follándome la garganta hasta que sentí los chorros calientes escurrirse contra mi paladar, uno tras otro, espesos, hasta llenármela entera. Y como siempre, te enseñé la boca antes de tragar, con la lengua nadando en tu semen, y se la enseñé después, vacía, abierta, con un hilillo blanco todavía colgándome del labio, para que vieras que no había desperdiciado nada.

La chica estaba arrinconada, deshecha, con las muñecas todavía atadas y el culo marcado de rayas rojas. Le ordenaste que mirara y aprendiera.

***

Me pusiste a cuatro patas sobre el suelo de cemento. El vestido enrollado en la cintura, las tetas colgando, el culo bien alto para todos. Uno de los chicos se colocó delante para que lo atendiera con la boca mientras los demás se ocupaban del resto. Me metió la polla hasta el fondo de la garganta a la primera y se quedó ahí, aguantando, hasta que empecé a atragantarme y a llenarle los cojones de baba. Esta vez quisiste ser tú quien me hiciera daño; siempre fue una de tus partes favoritas. Les pediste prestado uno de los cinturones.

Mientras tenía la boca ocupada, sentí el primer golpe cruzarme la piel del culo, seco, ardiente. Sabías que me encendía, que era el mejor aviso de lo que venía después. Solté un grito ahogado alrededor de la polla que tenía dentro y sentí que se me chorreaba más el coño. Otro golpe, y otro, hasta que tuve el culo caliente como una plancha. Y dicho y hecho: a los pocos minutos le entregaste el cinto al chico que había resultado ser el más duro, que esperaba su turno con una calma que daba escalofríos, con la polla en la mano.

—Si se corre —le dijiste—, no tengas piedad.

Y de un solo movimiento me lo metiste por detrás. Escupiste primero, dejaste caer el escupitajo entre mis nalgas y lo empujaste con el glande. Como siempre, ardió al principio y luego entró bien, hasta el fondo, hasta que sentí tus huevos golpearme el coño. Empezaste a moverte con esa brutalidad que yo conocía, que pedía a gritos sin pedirla, embistiéndome tan fuerte que las tetas me botaban contra el cemento y se me escapaban gemidos guturales cada vez que el glande me tocaba lo más hondo. Cuando el primer alumno terminó en mi boca —descargándome una corrida espesa contra la lengua que casi se me cae por las comisuras—, lo relevó el otro sin darme tiempo a tragar. El de la polla larga se me metió hasta la garganta con las dos manos en mi cabeza, follándome la cara al ritmo que a ti te daba la gana entrarme por el culo. Mismas instrucciones para todos: si me corría, cinturón.

Estaba al límite. Me penetrabas el ojete a tope, el coño me chorreaba por los muslos, tenía otra polla partiéndome la boca y el sabor a corrida todavía en el paladar. No sabía cómo aguantarme, y encima me obligaba a mí misma a esperar, apretando los dientes alrededor de la verga que tenía dentro, pensando solo en que tú terminaras primero, en darte ese gusto antes de rendirme.

***

Sabías que querías verme sufrir. Le ordenaste a la chica, todavía atada, que se acercara y me tirara de los pezones. Dudó un instante. Después vino hacia mí, se metió por debajo, y me mordió los pechos como pudo, torpe y rabiosa a la vez, tirándome de los pezones con los dientes hasta que se me pusieron duros como piedras y me dolía cada bocado. Me estrujó las tetas con las manos atadas como pudo, retorciendo, arañando.

Obviamente, me corrí. Me corrí a chorros, empapándote los huevos, apretándote el culo alrededor de la polla con unos espasmos que te arrancaron a ti un gruñido.

Empezó el cinturón. Sentí cómo me ardía la piel a cada golpe, una línea de fuego tras otra atravesándome las nalgas, los muslos, la parte baja de la espalda.

—Esto te pasa por correrte sin permiso —dijo el chico, entre chasquido y chasquido—. Pedazo de descarada. Guarra. Mira cómo te chorrea el coño de gusto mientras te doy.

No pude más. Entré en una especie de limbo en el que me corría una vez y volvía a empezar enseguida, sin pausa, con el cuero cayendo sin descanso, con tu polla martilleándome el culo, con la boca ocupada por otra que ya babeaba semen contra mi lengua, y la chica trabajándome los pechos como si le fuera la vida en ello. Perdí la cuenta de mi propio cuerpo, de cuántas veces me corrí, de cuántas pollas terminaron dentro o encima de mí. Sentía el semen del segundo alumno llenarme la boca y desbordarme por la barbilla, caliente, salado, mezclándose con el hilo de baba que ya me colgaba hasta las tetas.

Por fin terminaste tú. Te clavaste hasta el fondo, me apretaste las caderas con las dos manos y descargaste dentro de mi culo con unas embestidas cortas y brutales, gruñendo contra mi nuca. Sentí los chorros calientes llenarme por dentro, uno tras otro, hasta que te saliste despacio y una gota espesa me cayó por el muslo. En cuanto lo hiciste, todo se detuvo de golpe, como si alguien hubiera apagado la música. Me agarraste del pelo y me echaste la cabeza hacia atrás.

—Ponte de rodillas y da las gracias por esta sesión.

***

Eso me pareció una humillación demasiado grande, la última. Me negué. Y me cruzaste la cara con dos bofetadas, secas, que me dejaron la mejilla ardiendo y una polla babosa golpeándome el pómulo.

—No nos vamos de aquí hasta que seas agradecida.

Al final cedí. Me arrodillé sobre el cemento, temblando, con el semen escurriéndome por dentro de los muslos y la boca todavía sabiendo a corrida ajena, y di las gracias con un hilo de voz. Mis alumnos, entre risas, me contestaron con un «de nada» burlón. Y entonces hicieron algo que no esperaba: me enseñaron las pantallas de sus móviles, ya vacías, y me explicaron que lo habían borrado todo.

Menos mal, pensé, mientras me bajaba el vestido con las manos todavía torpes, sintiendo cómo la tela se me pegaba al culo escocido y al coño mojado.

Cada mochuelo a su olivo. Los chicos desaparecieron por donde habían venido, la chica se vistió sin mirar a nadie, y tú me ofreciste llevarme a casa como si nada de aquello hubiera ocurrido.

No te dije que sí ni que no. Solo subí al coche, apoyé la cabeza en la ventanilla y, por primera vez en una semana, no pensé en la ruptura, ni en ella, ni en lo sola que me sentía en aquel piso enorme.

Gracias por hacerme olvidar de todo, aunque fuera solo por un rato.

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Comentarios(9)

RafaelMG

De los mejores relatos que lei ultimamente, muy bueno!!!

Cami_libre

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues con el ex

ValentinaRnz

fue real o es ficción? porque tiene muchos detalles que se sienten muy autenticos

PatoBA_22

Me recordo a algo que me paso hace tiempo jajaja, estos relatos revuelven la memoria

NachoLect

tremendo, sin palabras

LorenaBA

Relato muy bien escrito, la situacion engancha desde el titulo. Ojala haya mas de esta linea!!

GabrielMDQ

la dinamica esta muy lograda, uno de los mejores de esta categoria sin dudas

LoboSur88

Saludos desde Rosario! excelente, de esos que no podes dejar a la mitad

Kira_Lectora

que combinacion... jajaja el titulo ya lo dice todo y aun asi sorprende

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