Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Pedí que treinta desconocidos me usaran durante días

Ilustración del relato erótico: Pedí que treinta desconocidos me usaran durante días

Voy a ser sincera, que para eso escribo.

Me llamo Lorena y firmo mis relatos con ese nombre. Hace años que descubrí esta página y, aunque he publicado poco, he leído muchísimo. Casi siempre con una mano ocupada, imaginando que era yo la que estaba al otro lado, la que terminaba usada como se le antojara a quien tuviera delante.

No me da vergüenza decirlo: soy una viciosa. Llevo años acostándome con muchos hombres y, cada vez que pruebo algo, quiero algo más fuerte. El problema es que la mayoría se asusta. Se les pone dura la idea, pero a la hora de la verdad recogen cable.

Hasta que hace casi un año encontré la manera. A través de unos amigos empecé a moverme por sitios discretos donde se organizan fiestas privadas; ya contaré esa historia otro día. En uno de esos contactos di con una web de suscripción donde cada quien publica lo que es y lo que busca. Madre mía. Al principio leía y leía sin poder parar, sintiendo cómo se me empapaba todo solo de imaginar lo que algunos pedían.

Un día me atreví a escribir lo mío. No tardé en tener respuesta.

Si has leído algo mío sabrás que no me ando con rodeos, así que vamos al grano.

Por esa página organicé una cita con treinta hombres. Acordamos una sola cosa: que me follarían sin descanso durante días y que harían conmigo lo que les diera la gana. Nada de medias tintas. Solo de recordarlo se me corta la respiración.

***

El día acordado yo ya estaba ardiendo. Para que se entienda el escenario: vengo de familia con dinero y tengo una casa enorme, con jardín y piscina, en una finca aislada de la sierra. Allí los cité. Nadie alrededor en kilómetros.

Llegaron y me llevé una sorpresa: todos jóvenes, todos en forma. Cuando se desnudaron para meterse en la piscina, juro que el bañador se me quedó pegado de lo mojada que estaba. Yo era la única con algo de ropa, un bikini mínimo que no tapaba nada.

Estuvimos un rato con unas copas, entre el agua y las tumbonas. Luego uno se acercó por detrás, me agarró y empezó a tocarme sin pedir permiso. Cuando notó lo encendida que estaba, me obligó a probar mis propios dedos y me empujó por el cuello hasta dejarme de rodillas. Me lo metió en la boca de golpe.

Yo estaba fuera de mí. Mientras se la trabajaba, busqué con las manos hasta encontrar a otros dos y empecé a masturbarlos al mismo tiempo. El primero me sujetó del pelo y me folló la garganta cada vez más hondo. Sentía que me palpitaba todo, que chorreaba sin tocarme.

Fueron rotando. Pasaban de mis manos a mi boca y de mi boca a mis manos, turnándose como si yo fuera un juguete que se pasaban entre ellos. Y a mí me encantaba. Me encanta exactamente eso, que me usen sin contemplaciones.

***

Me llevaron dentro de la casa, donde corría algo de fresco, y me tiraron sobre el sofá nada más entrar. Yo abrí las piernas y empecé a tocarme para provocarlos, muerta de ganas de que me llenaran de una vez. Pero me sujetaron las muñecas para que no pudiera.

En lugar de dármela, empezaron a turnarse para bajar entre mis piernas. No os imagináis cómo lo hacían. Yo intentaba moverme, restregarme, buscar el roce justo para terminar, pero me tenían bien agarrada de las caderas. Gemía sin pausa.

Y cada vez que estaba a punto, el que me lamía paraba en seco.

Me arqueaba buscando esa lengua que ya no estaba. Me retorcía. Cuando dejaba de temblar, otro me masturbaba durísimo, con la mano entera, que entraba sin esfuerzo de lo encendida que estaba. Yo suplicaba que no parara.

—Sí, joder, hazme terminar, dame lo que vine a buscar —les pedía.

Pero justo antes del final retiraba la mano de golpe y yo aullaba de pura frustración. Intenté quejarme, recordarles el trato. Uno me tapó la boca con la suya, me sujetó la cara y me la clavó hasta el fondo de la garganta para que me callara. Aquello me puso todavía peor.

Estuvimos así un buen rato: yo mamando una tras otra, ellos jugando con un succionador entre mis piernas que apartaban en el último segundo, una y otra vez, dejándome al borde sin permitirme cruzarlo.

***

Cuando ya no podía más, supliqué de verdad. Y entonces se acercó el más alto del grupo, un tipo enorme, con una sonrisa de saber exactamente lo que hacía. Solo de verlo se me escapó un chorro. Los demás aplaudieron y silbaron mientras él me empujaba contra el sofá.

Cuatro me sujetaron de brazos y tobillos para dejarme quieta. Él me agarró de las caderas con esas manos enormes y empezó a darme despacio, apenas la punta, retirándose cuando yo más lo necesitaba. Los demás se reían de mis súplicas.

Y mientras tanto iban rotando: una verga tras otra entrando y saliendo despacio, torturándome, sin dejarme terminar. Sentía que iba a reventar. Cada vez que me acercaba, el que estuviera dentro se apartaba y yo me deshacía de pura desesperación.

Entonces se me ocurrió un plan: comportarme como la mayor viciosa que pudieran imaginar, ponerlos tan a tope que perdieran el control y me dieran lo que llevaba horas pidiendo. No me costaba nada, porque era exactamente lo que sentía.

Me dejé caer al suelo y, cuando se acercaron, me lancé sobre el primero que tuve a tiro y se la mamé hasta casi quedarme sin aire. Mientras tanto masajeaba, masturbaba y me restregaba contra todo lo que pillaba. Me dejé follar la cara como una muñeca.

Mi plan tenía un fallo: ellos se encendían, sí, pero yo también. Me palpitaba todo con cada embestida en la boca. Cuando la verga que tenía me dio un respiro, los miré y les supliqué de rodillas. Me puse a cuatro patas y les ofrecí todo lo que tenía.

***

Uno me la clavó directamente por detrás. Yo estaba tan empapada que entró a la primera, sin resistencia. Pegué un grito que no era de dolor y empecé a moverme buscándolo, persiguiendo un orgasmo que llevaba horas esquivándome.

Esta vez no paró. Aceleró como un animal y, cuando terminé, lo hice de una forma que no había sentido nunca, con todo el cuerpo en corto. Otro lo sustituyó de inmediato, sumando un juguete vibrando entre mis piernas mientras me daba por detrás.

Ni sé cuántas veces terminé así. Gemía, mamaba, terminaba y volvía a empezar, pero seguía con ganas de más. Cuando por fin empezaron a correrse, lo hacían poniéndose delante para que yo tragara hasta la última gota. Y yo encantada, que eso siempre me ha gustado.

Cuando ya se habían vaciado todos, me lanzaron a la piscina. Pero ni dentro del agua me dejaron en paz: uno volvió a tomarme por detrás y yo le supliqué que siguiera. Estuvimos así casi una hora, y terminé otras tres veces.

***

Apenas me sostenían las piernas cuando me sacaron del agua. Me colocaron a horcajadas sobre uno tumbado en el césped y, mientras me movía sobre él, otro se acercó por detrás. Me dijo al oído lo que pensaba hacerme. Reconocí la voz del más alto, el que me había torturado al principio. Me asusté un poco, no voy a mentir, pero también se me escapó otro chorro.

Noté la segunda intentando entrar. Me incliné hacia delante para facilitarles las cosas, restregándome contra los dos que se peleaban por el mismo sitio. Estaba tan abierta de todo lo anterior que la segunda no tardó en pasar. Grité como nunca. Sentir las dos a la vez, entrando y saliendo, me volvía completamente loca.

Después de que todos pasaran por ahí, me devolvieron a la piscina a enjuagarme. Y de inmediato me sacaron otra vez al sofá.

—¿Quieres que te demos lo que llevas pidiendo toda la tarde? —me preguntó uno.

Por toda respuesta volvió a escapárseme un chorro. Se pusieron en fila, yo me senté en el borde con las piernas bien abiertas, y entonces entendí su plan. Me habían dejado al límite a propósito para esto: uno por uno, cada uno me dio una sola embestida, hasta el fondo, durísimo. Treinta en total. Con cada una terminé una vez. Cuando acabaron, yo era un manojo de espasmos.

***

Y todavía no había terminado. Les había pedido días, y ni siquiera habían pasado las primeras horas.

Me colocaron empalada sobre uno y, sin aviso, me sumaron una segunda por el mismo sitio. Entró a la primera y me hizo chillar de placer. Empezaron a darme tan fuerte como había soñado desde que los vi llegar, mientras yo mamaba a un tercero y masturbaba a otros dos.

Cuando pude hablar, decidí seguir provocándolos:

—¿Os habéis olvidado de mi culo? Hace rato que nadie se ocupa de él.

Dicho y hecho. Me metieron un juguete enorme por detrás y siguieron, ellos y el aparato, sin descanso. Me veía a mí misma como lo que quería ser esa tarde: un cuerpo con tres huecos por los que iban rotando sin preocuparse de nada más. Me corrían encima, me marcaban la piel, y yo solo pensaba que ojalá durara para siempre.

***

Lo que vino después se me mezcla en la memoria. Recuerdo una cama con mi cabeza colgando del borde y a todos pasando por mi boca hasta vaciarse en mi garganta. Recuerdo caer rendida y despertar de madrugada con uno encima, dándome por detrás otra vez. Recuerdo terminar a la vez que él y, al oírme gritar, ver entrar a los demás a la habitación.

Por la mañana sacaron una máquina, una especie de motor con un consolador montado en una barra de hierro que se movía solo a la velocidad que marcaran. Me dijeron que nunca la habían puesto al máximo. Yo, por supuesto, dije que sí.

Me tumbaron en la mesa del comedor y me ataron los tobillos a las patas para que no pudiera moverme. Les pedí que me la pusieran por detrás. Accedieron encantados. No puedo explicar lo que fue aquello: terminé como una fuente, una y otra vez, sin que la máquina parara nunca, cada orgasmo encadenado con el siguiente.

Cuando me bajaron, me caí al suelo. Ya no me sostenían las piernas.

***

Pasé tres semanas en reposo para recuperarme de aquel fin de semana. Más de tres días seguidos, durmiendo apenas un par de horas de vez en cuando. Nunca conté cuántas veces terminé; perdí la cuenta enseguida, pero fueron muchas más de las que cabe imaginar.

En cuanto pude volver a sentir mi cuerpo, salí a buscar a un hombre cualquiera. Y aunque follaba bien y terminé, no era lo mismo. Ya nada iba a ser lo mismo. Necesitaba volver a tenerlos a todos para mí. Necesitaba sentir dos y tres a la vez, perder el control durante horas. Y sabía exactamente cómo conseguirlo.

Marqué un número.

—¿Dígame?

—Hola, Damián. Soy Lorena. ¿Te acuerdas de mí?

—Cómo no me voy a acordar. ¿Por qué me llamas? ¿Te quedaste con ganas de más?

—Pues mira, la verdad es que sí. Tú, tus amigos y cualquier otro que tengáis a mano podéis venir cuando queráis. Y si venís todos a la vez, mejor.

—Joder, Lorena, ya me la has puesto dura otra vez. ¿Qué haces esta tarde?

—Espero que estar con vosotros —dije, mientras empezaba a tocarme.

—Cuenta con ello. Esta tarde somos por lo menos cuarenta. ¿Qué me dices?

***

Estaba chorreando otra vez cuando oí los coches acercándose por el camino de la finca. Salí a recibirlos completamente desnuda. Sin entrar siquiera en casa me dejé caer al suelo y empecé con el primero que llegó, que me sujetó la cabeza y me usó la boca sin contemplaciones.

—Por fin —les dije entre embestidas—. Reventadme todos los huecos, por favor.

Y así lo hicieron. Esta vez vinieron preparados, con juguetes enormes que me metieron de dos en dos. Desde entonces quedo con ellos al menos una vez al mes, y se ocupan de dejarme satisfecha.

¿Alguien más quiere unirse? Estoy bastante segura de que voy a disfrutarlo.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

gonzalo_77

tremendo relato, de los mejores que lei en este sitio!!!

MirnaLectora

Espero que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

SolDeVerano

Me recordo a unas vacaciones hace años jajaja, nada de esta magnitud claro, pero la sensacion de libertad que describe... muy bueno el relato!

ElCurioso_88

Treinta?? Yo con tres ya me parece una locura total jajaja. Excelente de verdad

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.