Me quedé varada y cinco desconocidos me rescataron
El motor tosió dos veces antes de morir del todo. Conseguí arrastrar el coche hasta el arcén justo cuando las luces del tablero parpadearon y se apagaron, y ahí me quedé, en mitad de una carretera comarcal sin un solo faro a la vista. Saqué el móvil del bolso con la esperanza de llamar a alguien. Cero batería. Apoyé la frente en el volante y respiré hondo.
Eran más de las dos de la madrugada. Coloqué los triángulos detrás del coche y encendí las luces de emergencia, ese titilar naranja que parecía gritar mi soledad al campo oscuro. Me metí de nuevo dentro, cerré el capó y me abracé las rodillas en el asiento. Tranquila, Lorena. Alguien pasará.
Pasaron casi veinte minutos antes de que distinguiera unas luces en el retrovisor. Una furgoneta blanca redujo la velocidad y se detuvo unos metros por detrás de mí. El alivio me duró lo justo: en una carretera así, a esa hora, una desconocida no sabe si lo que se acerca es ayuda o problema. Bajé apenas un dedo la ventanilla.
El hombre que se aproximó tendría unos cuarenta años, ancho de hombros, con un par de kilos de más que le sentaban bien y una barba corta salpicada de gris. Llevaba el logo de un taller bordado en la chaqueta.
—¿Va todo bien? —preguntó, agachándose hasta mi altura.
—El motor se apagó y no arranca. Y me quedé sin batería en el teléfono —admití.
—Déjeme echarle un vistazo. —Señaló la furgoneta con el pulgar—. Volvemos del taller, somos mecánicos. Algo de suerte tiene.
Abrió el capó y se inclinó sobre el motor con una linterna. Otro hombre bajó de la furgoneta para alumbrarle: más joven, delgado, con una sonrisa fácil que me sostuvo la mirada un segundo de más. No era una sonrisa amenazante. Era otra cosa, algo que reconocí enseguida porque hacía mucho que nadie me miraba así.
—Me llamo Tomás —dijo el de la barba, asomando la cabeza—. El curioso ese es Hugo. ¿Y usted?
—Lorena.
—Lorena, malas noticias. Esto no arranca esta noche ni de broma. La bomba de combustible. —Cerró el capó y se limpió las manos en un trapo—. La podemos remolcar al taller, está a quince minutos. Allí hay luz, café y un sofá donde esperar a que amanezca. O la dejamos aquí. Usted decide.
***
Miré la furgoneta. Por la ventanilla lateral distinguí las siluetas de tres hombres más, observándome. Cualquier mujer sensata habría dudado. Y yo dudé. Pero también sentí algo que no esperaba: una corriente cálida que me subió por el vientre, un cosquilleo de riesgo que llevaba años sin sentir. Llevaba demasiado tiempo siendo sensata. Demasiado tiempo conduciendo sola hacia casas vacías.
—Está bien —dije—. Vamos al taller.
Tomás enganchó mi coche a la furgoneta con una rapidez que delataba el oficio, y me invitó a subir delante. Pero yo, no sé muy bien por qué, abrí la puerta lateral y me senté atrás, entre ellos. Hugo se corrió para hacerme sitio y su muslo quedó pegado al mío. No lo aparté.
—Estos son Darío, Lucas y Marco —dijo señalando a los otros tres.
Darío era bajito y calvo, con unos ojos vivos que no paraban de reírse. Lucas, en cambio, era el más callado, alto y de manos grandes. Marco, el más mayor de todos, peinaba canas y una barba de chivo que le daba un aire de capitán de barco. Cinco hombres y yo, apretados en la furgoneta, mientras la carretera desfilaba en negro al otro lado del cristal.
—¿Y qué hace una mujer como tú sola a estas horas? —preguntó Hugo, todavía con esa sonrisa.
—Volvía de cenar con unas amigas. Aburrida —contesté, y le sostuve la mirada—. Muy aburrida.
El silencio que siguió fue de esos que lo dicen todo. La mano de Hugo se posó sobre mi rodilla, despacio, dándome todo el tiempo del mundo para retirarla. No lo hice. Subió un poco, por encima del borde de la falda, y yo separé apenas las piernas. Fue mi respuesta y todos la entendieron.
—Lorena —murmuró Tomás desde el asiento de delante, mirándome por el retrovisor—, si en algún momento quieres que pare la furgoneta y te bajes, lo decimos y se acabó. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dije. Y luego, con una valentía que no me conocía—: pero no quiero bajarme.
***
El taller olía a aceite y a metal frío. Tomás encendió solo una hilera de luces, las del fondo, donde había un sofá viejo y una mesa con un hornillo. Dejé el bolso sobre la mesa y, antes de darme la vuelta, sentí las manos de Hugo en mi cintura y su aliento en la nuca.
—¿Segura? —preguntó al oído.
Por toda respuesta giré la cabeza y lo besé. Fue un beso largo, hambriento, de los que no admiten dudas. Sus dedos encontraron los botones de mi blusa y los fueron soltando uno a uno mientras los demás se acercaban, formando un círculo a mi alrededor del que yo era el centro absoluto.
Tomás se colocó detrás de mí cuando la blusa cayó al suelo. Sus manos, ásperas de trabajar, me cubrieron los pechos por encima del sujetador, y luego lo desabrochó con una destreza que me arrancó una risa floja.
—Práctica —murmuró contra mi hombro, y me mordió la piel justo donde el cuello se vuelve espalda.
Un escalofrío me recorrió entera. Hugo se arrodilló delante y me bajó la falda y las medias de un tirón paciente, besándome los muslos a medida que la tela descendía. Cuando su boca llegó por fin a donde yo ya estaba húmeda, tuve que apoyarme en los hombros de Lucas para no perder el equilibrio.
—Despacio —pedí, aunque no quería que fuese despacio en absoluto.
Hugo no me hizo caso, y yo se lo agradecí. Su lengua trazaba círculos lentos y luego rápidos, alternando, mientras Tomás me pellizcaba los pezones por detrás y Darío me ofrecía la boca para que la besara. Era demasiado y a la vez exactamente suficiente. Los gemidos me salían sin permiso, rebotando en las paredes de chapa del taller.
—Esta mujer sabe lo que quiere —dijo Marco, observándome con las manos cruzadas, esperando su turno con una paciencia que me ponía más nerviosa que la impaciencia de los otros.
—Lo que quiero —jadeé— es a todos.
***
Me llevaron al sofá. Me tumbé y, por un instante, los miré desde abajo: cinco hombres tan distintos, desnudándose sin prisa, observándome como si yo fuera lo único que importara en el mundo aquella madrugada. Y lo era. Me incorporé apoyada en los codos y tomé la iniciativa.
Atraje a Hugo hacia mi boca primero, porque su sonrisa me había desarmado desde el principio. Lo recibí entero, despacio, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración. Mis manos buscaron a los que tenía a los lados, Darío y Lucas, y los acaricié al ritmo que marcaba mi propia cadera, que ya se movía sola buscando algo que la llenara.
Tomás se arrodilló entre mis piernas.
—Mírame —pidió.
Lo miré. Entró en mí con una embestida firme y mi grito se mezcló con el de placer de él. Era ancho, llenaba cada rincón, y empezó a moverse con un ritmo que me hizo arquear la espalda. Los demás no se quedaron quietos: una boca en cada pecho, manos por todas partes, labios recorriéndome el cuello, el vientre, el interior de los muslos. Perdí la cuenta de dónde terminaba un hombre y empezaba el otro.
—No aguanto más —gruñó Tomás, y se vino con un temblor que sentí latir dentro de mí.
Apenas salió, Marco me hizo girar con delicadeza hasta dejarme a cuatro patas. El capitán de las canas resultó ser el más generoso de todos: entró despacio, atento a cada reacción mía, y solo cuando le supliqué que fuera más fuerte aceleró. Mientras tanto, Darío se colocó delante y le ofrecí la boca, y Lucas y Hugo aguardaban a los costados, listos para mis manos.
El placer empezó a acumularse en mi vientre como una marea. Sentía las canas de Marco rozarme la espalda, las manos de todos reclamándome, y supe que estaba a punto. Cuando llegó, llegó de golpe, una ola que me sacudió de la cabeza a los pies y me hizo hundir la cara en el cojín para ahogar el grito.
—Esa es —murmuró Lucas, acariciándome el pelo con una ternura que contrastaba con todo lo demás.
***
Le tocó el turno a él. Lucas, el callado, me sentó a horcajadas sobre sus caderas y dejó que fuera yo quien marcara el ritmo. Me gustó tener el control un momento, mecerme despacio mientras lo miraba a los ojos y sentía cómo se le tensaba la mandíbula por aguantar. Por detrás, Darío me preguntó con un susurro si podía, y cuando asentí lo hizo con paciencia, escupiendo, abriéndome paso poco a poco hasta que el doble vaivén me convirtió en pura sensación.
—Increíble —jadeó Darío, agarrándome las caderas—. Esta mujer es increíble.
Yo ya no contestaba con palabras, solo con gemidos cada vez más graves. Hugo apareció en mi campo de visión y le abrí la boca encantada, hasta que él tomó el mando y marcó su propio compás. Cinco hombres y yo, encajados como piezas de un mecanismo que solo existía para mi placer.
Uno a uno fueron llegando al final. Lucas debajo de mí, con un gemido sordo; Darío detrás, hundiendo los dedos en mi piel; Hugo, Marco. Sentí el calor de cada uno repartirse por mi espalda, mi cuello, mi pelo, y lejos de sentirme usada me sentí, por primera vez en años, deseada de un modo absoluto.
Me dejé caer de costado sobre el sofá, agotada y sonriente. Tomás me tapó con su chaqueta y Hugo me alcanzó una botella de agua. Nadie tenía prisa por vestirse. Marco puso el hornillo a calentar y el olor del café se mezcló con el del aceite del taller.
—Tu coche estará listo a mediodía —dijo Tomás, sentándose a mi lado—. La bomba la tenemos en stock.
—No hay prisa —contesté, y me sorprendió cuánto lo decía en serio.
Amaneció mientras tomábamos café los seis en silencio, yo envuelta en una chaqueta ajena, ellos medio vestidos, todos con esa calma extraña que sigue a una tormenta. Cuando por fin me dejaron en mi coche reparado, ya con el sol alto, Hugo se asomó por la ventanilla con la misma sonrisa de la noche anterior.
—Por si vuelves a quedarte varada —dijo, y me dejó una tarjeta del taller en el regazo.
Arranqué y los vi achicarse en el retrovisor. Mis rescatadores, pensé, y me reí sola en la carretera vacía. Guardé la tarjeta en la guantera. Una nunca sabe cuándo va a volver a fallar el motor. Y, la verdad, empezaba a desear que fallara pronto.