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Relatos Ardientes

La cena que acabó en orgía en casa del masajista

Ilustración del relato erótico: La cena que acabó en orgía en casa del masajista

Somos cinco mujeres y ninguna pasa de los veintiséis. Eso, aunque cueste creerlo, todavía nos da derecho a tardar lo nuestro en arreglarnos. El problema esa tarde era que Hugo, en su casa alquilada cerca de la costa, solo tenía un baño. Y para colmo, sin puerta. Decía que la había quitado al mudarse: «¿Para qué tantas puertas si vivo solo?». Esa noche, sin embargo, éramos cinco mujeres usándolo por turnos, entrando y saliendo, viendo quién se duchaba y quién no.

Yo me dejé para el final. Apenas me maquillo, prefiero mi cara como es, así que tardo poco. Me metí en la ducha con Hugo después de que pasaran las demás, mientras en las otras habitaciones se alisaban el pelo y se peleaban por el espejo.

Hugo tiene cincuenta y cinco años y lleva más de veinte dando masajes a mujeres. Eso explica muchas cosas. Esa misma tarde, en la piscina, le había hecho a Carla uno de sus famosos masajes de pecho. No sé exactamente qué le hizo, pero Carla pasó el resto de la noche con los pezones duros como piedras, marcándose bajo cualquier tela.

—No se le van a bajar hasta que se corra —me explicó Hugo más tarde, riéndose—. Lo he visto en otras. Mi masaje la deja tan encendida que no hay vuelta atrás hasta el primer orgasmo.

Qué cabrón. Jugaba con ventaja y lo sabía.

***

El restaurante lo había reservado él, a mitad de camino entre su pueblo y el mío, pegado a la playa, escondido al final de unas callejuelas que ni el GPS encontraba a la primera. Por el camino, en videollamada entre los dos coches, montamos una discusión absurda y entre carcajadas: cómo evitar que vieran a Hugo como un viejo verde rodeado de cinco jovencitas.

—El dueño está casado y su mujer es clienta mía —dijo Hugo—. Nada de espectáculos. Así que decidid quién es la sobrina tímida y quiénes las amigas.

Ninguna servía para sobrina. Ninguna sabe estar callada ni pasar desapercibida. Al final optamos por decir que éramos las hijas de unas clientas suyas, que invitábamos al masajista de nuestras madres a cenar. Más creíble, y nos dejaba las manos libres.

Entramos nosotras primero y Hugo el último. Una camarera nos llevó a una mesa redonda en una esquina de la terraza. Carla se sentó pegada a él; estaba claro que le tenía ganas desde el masaje. Yo me puse al otro lado.

Pedimos una ensalada de la casa que estaba tan buena que repetimos. Y mientras charlábamos como si nada, por debajo del mantel pasaban cosas. La mano de Carla había desaparecido dentro de las bermudas de Hugo. Se le notaba el movimiento del brazo, lento y constante. Casi dos horas de cena haciéndole una paja, y él aguantando sin soltar una gota. Un pulso silencioso entre los dos.

Me incliné hacia él en algún momento y me di cuenta de un detalle.

—No hay ni un camarero hombre —le dije al oído.

—Cosas del dueño —murmuró—. Personal de academia, todas en prácticas. Rotan entre cocina y sala para que el trabajo no canse, cobran lo mismo sirvan más o menos mesas, y cada noche se reparten un porcentaje de la caja. Por eso te atienden así, sin agobiarte.

Salimos a la una de la madrugada. Dejamos cien euros de propina, veinte por cabeza. Por la comida, por la calma, por los postres que estaban mejor que la ensalada. A mí me gusta dar propina cuando el trato lo merece.

***

De ahí nos fuimos andando a una terraza de verano con música fuerte y copas. Carla seguía con los pezones marcados bajo el vestido negro.

—Hasta que no folle, no se le bajan —repitió Hugo, divertido—. Y ya sabes lo que os espera a las demás cuando os toque el masaje.

Pensé que ese hombre era un peligro. Y que tarde o temprano me tocaría comprobarlo.

Las chicas se dispersaron a la caza. Carla iba salida de verdad, Bruna y Eva detrás. Yo me quedé entonándome, mirando alrededor. Me gustan los hombres, pero también las mujeres, y vi a dos maduras sentadas espantando a moscones que les daban la lata.

Una de ellas me guiñó un ojo sin disimulo. No necesité más. Me acerqué justo cuando dos tíos de treinta y tantos las estaban mareando con vete a saber qué historia, y solté en voz alta:

—Mamá, ¿dónde te metiste? Papá te está buscando. Y tú, tía, mi hermano está preocupado, te dejaste la chaqueta en el coche.

Las dos siguieron el juego sin perder la sonrisa. Los tíos se levantaron y se largaron en cuestión de segundos.

—Gracias —dijo la más lanzada, todavía riéndose—. Lo de cuñadas lo clavaste, ¿sabes? Lo somos de verdad.

La más callada estaba recién divorciada. La otra llevaba años separada, pero se llevaba de maravilla con ella porque sabía bien la clase de imbécil que era su hermano. Estuvimos charlando un rato. La lanzada no paraba de lanzarme indirectas, pero se cortaba un poco por respeto a su cuñada.

Así que tuve una idea. Si le presentaba a Hugo a la divorciada tímida, yo me quedaba con la otra.

—¿Queréis conocer a mi padre y a mi hermano? —les dije—. Es lo justo después de quitaros de encima a esos dos pesados.

Dijeron que sí entre risas. Y al llegar donde estaba Hugo pasó algo de película: la divorciada lo reconoció. Había sido clienta suya antes de separarse. Se sonrieron como dos viejos conocidos y me ahorraron las presentaciones.

***

Cuando vi que ambas se enredaban en recordar al «masajista especial», agarré de la mano a la lanzada y le dije a Hugo que nos íbamos a dar una vuelta. Él estaba más que entretenido.

Nada más salir del local le metí la lengua hasta el fondo. Ella respondió de inmediato, agarrándome el culo con la mano abierta. Se notaba que ya había probado su lado bisexual más de una vez. Cuando nos separamos, le propuse ir a uno de los coches en vez de a la playa: en la arena siempre hay alguien que te corta el rollo.

Caminamos hasta el coche charlando de tonterías, disimulando, y nos metimos atrás. Era de noche cerrada. La única farola encendida quedaba a veinte metros largos. No nos vería nadie.

Yo solo llevaba un vestido amplio, me lo saqué en un segundo mientras ella me miraba. El suyo era ceñido y costó más, pero lo doblamos con cuidado: da igual la edad que tengas, a ninguna le gustan las arrugas. Cuando se quedó con el sujetador de encaje a juego con el tanga, no aguanté las ganas y se lo subí por encima del pecho. Ella misma terminó de desabrocharlo.

Los tangas no nos los quitamos. Apartados a un lado no molestan para nada.

Estaba encendidísima. Fue a por mi boca mientras yo le pellizcaba los pezones, fuerte y suave a la vez. Nuestras lenguas se buscaban a toda velocidad, los dedos recorriéndolo todo. Yo le metí dos, tres dedos según me pedía el cuerpo, frotándole un clítoris bastante más grande que el mío. Ella me follaba con la mano, creo que en algún momento entraron cuatro dedos. Los cristales se empañaron del todo, mejor todavía.

Se corrió dos veces seguidas. Cuando lo hizo, yo estallé con un orgasmo que me dejó temblando. Y nos quedamos con ganas de más sin nada a mano.

¿Nada? La palanca de cambios siempre es un buen consolador.

Se me ocurrió que se sentara encima y la cabalgara mientras yo le frotaba el clítoris y le mordía un pezón. No sé si fue la situación, la diferencia de edad o el trabajo de mis dedos, pero volvió a correrse, y más cuando le colé dos dedos de la otra mano por detrás. Le gustaba por ahí. Acabó desplomada sobre la palanca, con todo dentro, satisfecha de verdad.

Nos vestimos y volvimos a la fiesta. Mientras caminábamos, me imaginé por un instante a los cuatro juntos —las dos cuñadas, Hugo y yo—, pero me dije que eso era solo imaginación. O no.

***

Las chicas iban y venían, parando a refrescar la garganta entre tío y tío. Carla por fin tenía los pezones en paz.

—Follé, pero mal —me confesó—. El tío duró diez minutos. Menos mal que lo obligué a ponerse condón. Me corrí, pero por culpa del masaje de Hugo, no por él. Voy a por otro a ver si dura algo más.

Tenía razón Hugo. Hasta el orgasmo, ni un respiro.

Poco a poco se fueron juntando todas alrededor nuestro: dos maduras, tres jóvenes y un hombre. Un imán para todas las miradas del local. Eva y Mara se llevaron un rato a la lanzada al mismo coche donde yo había estado; se la repartieron las dos. Carla y Bruna siguieron a la suya. Y yo me quedé con la cuñada tímida y con Hugo.

Empezaba a amanecer cuando ella, con unas copas encima, se sinceró.

—Hugo siempre me trató con respeto. Sus manos me quitaban una tensión enorme, y más de una vez estuve a punto de pedirle que terminara el masaje de otra manera. Pero no quería serle infiel a mi marido. Mira de qué me sirvió. Ahora soy libre, y la verdad… no me importaría.

La indirecta estaba lanzada. Yo ya me la imaginaba en la cama de Hugo, conmigo al lado.

—Tengo cama en su casa con las chicas —le dije—. No hay problema.

Hugo, encantado de estrenarse con una antigua clienta. La divorciada, deseando, pero sin atreverse a dar el paso. Solo había que empujarla un poco.

***

Conduje yo uno de los coches y Hugo el otro; éramos los únicos que no habíamos bebido. Las cuñadas nos siguieron en el suyo. Al llegar, las chicas entraron casi descalzas. Carla y Bruna se tiraron vestidas en la cama, fundidas. Eva y Mara se quedaron un rato en el sofá. Yo me eché en la hamaca del jardín mientras Hugo, ya completamente desnudo, preparaba un desayuno que nadie esperaba pero que siempre se agradece.

Las cuñadas se sorprendieron al verlo en pelotas paseando por su casa, pero con la confianza que ya había, se levantaron y se quitaron la ropa ellas también. Eva, Mara y yo hicimos lo mismo: la ropa olía a humo y alcohol ajeno. Desayunamos los seis desnudos en la mesa del jardín, alimentando el cuerpo antes de lo que venía.

Eva y Mara se despidieron y se fueron a dormir juntas. Quedamos las cuñadas, Hugo y yo. La tímida nunca había estado con una mujer.

—Me gustaría probar —admitió, nerviosa—, pero con Hugo y con mi cuñada a la vez. A él le tengo ganas desde hace años. Solo recordar sus manos por mi cuerpo ya me pone tonta.

Dicho y hecho. Subimos a la habitación de Hugo, que tampoco tiene puerta.

Las dos cuñadas se tumbaron boca arriba, juntas, en la cama grande. Hugo empezó por su clienta, relajándola con esas manos que llevaban años torturándola sin tocarla del todo. Yo me ocupé de la otra, la que ya había probado en el coche y a la que tenía ganas de devorar sin prisa.

La bisex se lanzó a por la boca de su cuñada tímida, y entre eso y la lengua de Hugo, la mujer tuvo un primer orgasmo casi de inmediato. El de los nervios, el que libera la tensión de quien nunca se ha atrevido. Después de ese, llegó el deseo de verdad.

Le pidió a Hugo la polla que tantos años había soñado tener en la boca. Se la dio mientras le comía los pechos a la cuñada, grandes y firmes, poniéndolos duros solo con la lengua. Y yo tenía dos coños maduros a mi disposición, uno para cada mano, uno para la boca.

Sentí que alguien entraba en la habitación y la dejé acercarse. Donde comen dos, comen tres. Era Mara, que venía a echarme una mano con tanto coño liberado. Detrás llegó Eva, que tampoco lograba dormir. Carla y Bruna seguían fuera de combate.

Tres jóvenes comiéndoles el sexo a dos maduras —una experimentada, la otra estrenándose—, mientras Hugo iba alternando entre la boca de su clienta y la de su cuñada. El cuarto entero olía a sexo, y eso no hacía más que encendernos.

Y aquí, como narradora, tengo que parar. Sé que es una faena, pero prefiero dejar el resto para otra noche. Podéis pensar que es fantasía. Mi cuerpo sabe que no lo es.

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Comentarios (4)

SantiagoMx

increible!!! de lo mejor que lei este mes

Noctambula_27

Me recordo a una reunion que tuvimos hace como dos años, una cena que empezo tranquila y termino siendo todo lo contrario jaja. No exagero nada. Este relato tiene exactamente esa sensacion de cuando todo pasa de cero a cien sin que te des cuenta.

Viajera_Sola

Me encanto como empieza, te atrapa desde la primera oracion. Muy bien contado

LectorFanatico_Mx

por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber como termino la noche de verdad

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