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Relatos Ardientes

Lo que mi jefe nos pidió a las dos terminó en tres

Habían pasado varias semanas desde que Ingrid se marchó de la empresa, y nada en la rutina de la oficina parecía haber cambiado. Hasta esa mañana, cuando Carmela, la secretaria del director, me llamó por el interfono y me pidió que subiera al despacho de Don Esteban. A su oficina solo íbamos cinco o seis veces al año, y nunca por casualidad. Algo me olía raro.

Carmela me recibió en la antesala. Antes de dejarme pasar, me arregló el cuello de la blusa y, con un gesto que no le había visto nunca, me dejó dos botones abiertos. El encaje del sujetador asomó apenas sobre mi pecho. Ella es estricta, seria, de las que no sonríen sin motivo. Por eso me quedé mirándola.

—Pasa, te está esperando —fue todo lo que dijo, y dejó la puerta entreabierta al salir.

Me senté en el sillón frente al escritorio vacío y me alisé la falda. Don Esteban entró por detrás, sin que lo oyera, y me apoyó una mano en el hombro mientras me saludaba con la otra.

—¿Cómo te sientes aquí, Marina? —preguntó, rodeando el escritorio.

—Bien. Como si fuera importante —contesté.

—Siempre lo has sido. Hoy más, porque necesito que me asistas en algo que Ingrid me dejó pensando antes de irse.

Me tuteaba por primera vez. Lo noté, pero seguí en mi tono formal. Él habló de las ideas que la alemana había dejado caer: el trabajo desde casa, la falta de complicidad entre las compañeras, los uniformes anticuados. Yo asentía, aunque tenía la cabeza en otra parte. La forma en que me miraba no tenía nada que ver con las planillas.

—¿Y entre ustedes hay confianza de verdad? —preguntó, inclinándose sobre la mesa—. A veces parecen rivales más que colegas.

—Con el tiempo nos hemos ido conociendo. Sabemos de qué pie cojea cada una.

—¿Conocerse incluye saber quién busca a quién?

Sostuve su mirada un segundo más de la cuenta.

—Casi siempre. Y le aseguro que en mi grupo a todas nos gusta el deseo. Cuanto más, mejor. Ustedes lo ignoran porque viven encerrados en estos despachos.

—Tengo mis dudas.

—Pruébenos —dije, y me sorprendí a mí misma.

***

Quiso comprobar mi teoría enseguida. Le pedí a Carmela que llamara a Lucía con un pretexto, un folder que había quedado sobre mi escritorio. Lucía apareció a los pocos minutos, intrigada. Al entrar, Carmela también le desajustó los botones de arriba y le acercó una silla justo en la línea de visión del director.

—Siéntate, por favor —le dijo él, inclinándose sobre la mesa para mirarla mejor. Apartó el folder sin abrirlo—. Eres de las que mejor se presentan. Elegante, formal. ¿Te animarías a tutearme?

—No sé. Tendría que probar —respondió Lucía.

Don Esteban se levantó, fue hacia ella y le tomó la mano. La abrazó suave. Lucía acercó la mejilla y lo besó.

—Perdón, se me escapó —murmuró, ruborizada.

—Me dio gusto ese beso. Quisiera otro, pero ahora con dedicatoria a ese nuevo tú. ¿Me lo das, o me lo tomo?

Se besaron largo, sin disimulo. Yo creía que Lucía tardaría más en romper esa barrera, y me equivoqué. Cuando se separaron, los dos respiraban distinto.

El tema de los uniformes sirvió de excusa para alargar la tarde. Que las faldas eran demasiado largas, que las blusas parecían de convento. Tomé la engrapadora y, medio en broma, le doblé el dobladillo a mi falda hasta dejarla por encima de la rodilla. Le ofrecí a Don Esteban un buen espectáculo, y él lo agradeció con una mirada que no tenía nada de protocolaria.

—Tus piernas deberían lucirse más —dijo.

Probamos la idea con Estefanía, que aún no se había ido. Llegó corriendo con una falda en la mano, se bajó los pantalones delante de todos sin pudor y se la enfundó. Don Esteban la hizo inclinarse, ponerse en cuclillas, evaluar el largo desde todos los ángulos, con una excusa práctica que ya nadie creía. Reíamos los cuatro, cómplices, sabiendo perfectamente qué estaba pasando bajo la apariencia de una reunión de trabajo.

—Cuando no sean juntas formales —dijo él al despedirnos—, yo soy Esteban, y a ustedes las trato de tú.

Nos besó a cada una. A Lucía y a mí nos deslizó un papelito doblado. Confírmenme hoy mismo. Esta noche, en el bar de siempre.

***

En el estacionamiento le mostré la nota a Lucía. No hizo falta hablarlo. Le contesté con un mensaje de un solo emoji, el pulgar hacia arriba, y él respondió con otro, las manos juntas, como diciendo «entendido».

Corrimos a comprar vestidos. Los elegimos casi idénticos, a propósito, para parecer hermanas. Caros, ajustados, los dos enseñando escote y muslo en su justa medida. Cuando entramos al bar, varias cabezas se giraron. Esteban se puso de pie y nos abrazó a las dos a la vez, sin protocolo, feliz como un chiquillo.

—Están preciosas. Hasta los vestidos hacen juego.

—Los elegimos pensando en los nuevos uniformes —bromeó Lucía, y reímos las tres bocas casi pegadas.

Los margaritas llegaron cargados. No sé si los pidió así a propósito, pero desde el primero entré en calor. Lucía empezó a tararear una canción vieja y la cantamos a media voz, brindando, olvidando los prejuicios que habíamos traído puestos junto con los vestidos. Esteban nos miraba como un hombre que no termina de creerse su suerte.

—Brindo por las dos que más quiero —dijo.

—Y nosotras por que sigas siendo el jefe siempre —contesté, levantando la copa—. Adentro mandas tú. Afuera, también.

Para cuando pedimos las tapas, lo único que queríamos ya no estaba en la mesa. Esteban llamó a un taxi que nos llevó a un hotel donde tenía una suite contratada por la empresa. Subimos por un ascensor privado, los tres riéndonos de nada, las manos buscándose ya dentro del elevador.

***

Lucía ganó la carrera al baño. Esteban y yo nos quedamos solos un momento, acariciándonos contra la pared, todavía vestidos a medias. Me bajó el cierre del vestido despacio, lo admiró, lo extendió sobre la cama con cuidado, como si valiera más que nosotras.

Cuando salió Lucía, aproveché para entrar yo, y me tomé mi tiempo a propósito. Los espiaba desde la puerta entreabierta, dejando que se fueran encontrando solos. Verlos así de impacientes me gustaba más que participar. Entre las dos lo desnudamos, le quitamos los pantalones, la camisa, todo lo que estorbaba.

—Esta vez es tuya —le dije a Lucía, empujándola con suavidad hacia él—. Dale todo lo que tengas.

—¿Y tú?

—Yo miro. Gózalo y hazlo gozar.

Estaba excitadísima, mucho más de lo que esperaba. Esteban tiró de mí hasta sentarme con las piernas abiertas frente a su boca mientras se hundía en Lucía. La lengua firme, paciente, atenta a cada respingo mío. Abracé a Lucía, que tenía la cabeza echada hacia atrás, y la besé en el cuello para sentir de cerca cada uno de sus gemidos.

—¿De verdad no te molesta que esté con tu amiga? —jadeó él entre embestidas.

—Al contrario. Era mi fantasía, y se está cumpliendo. Sigue, hazlo bonito y acuérdate de mí.

Lucía soltó un grito agudo, el suyo de siempre, el que anuncia que está acabando. Él la siguió un segundo después, y yo, con su boca todavía pegada a mí, me dejé ir al mismo tiempo. Nos quedamos los tres enredados, respirando fuerte, riéndonos sin saber bien de qué.

***

Lucía se durmió contra su pecho. Esteban me miró con una ternura que no esperaba.

—También te deseo a ti, Marina. Quiero que sepas que esto no termina aquí.

—Lo sé. Y me da más placer haberte visto con ella de lo que crees.

—¿Puedo llamar a Gerardo? Para que ninguna de las dos quede a medias.

Dudé. Gerardo no era santo de mi devoción; tenía fama de acelerado, de terminar antes de empezar. Pero la noche estaba lejos de apagarse y yo seguía encendida.

—Llámalo —dije al fin—. A lo mejor le enseño un par de cosas.

Gerardo llegó pronto, acalorado, como si hubiera venido corriendo. Apenas saludó. Me dio una nalgada que me ardió incluso a través del vestido.

—Tenía muchas ganas de encontrarte libre —dijo.

—Tendrías que merecértelo —le contesté, quitándole la camisa—. Sin dejarme a medias, como dejabas a las otras.

Surtió efecto. Cambió el tono, se puso serio, casi vulnerable. Lo recosté y empecé despacio, con la boca, atenta a cada señal. En cuanto noté que estaba demasiado cerca, me detuve, lo apreté en la base y esperé a que la urgencia se le pasara.

—Me gustan los hombres que aguantan —le dije al oído—. Los que duran. Los apurados no me sirven.

Lo torturé así varias veces, frenando justo en el límite, hasta que aprendió a contenerse. Cuando por fin lo dejé entrar, su orgasmo fue largo, a tiempo, distinto. Se quedó mirándome como si le hubiera revelado un secreto.

—Hazlo siempre así y serás campeón —le dije, y los dos nos reímos.

***

Llevamos a Lucía a su casa de madrugada y volvimos los tres a la mía. Apenas cruzamos la puerta, Esteban y Gerardo se apoderaron de mí entre risas y manos por todas partes. Me dejaron ir un momento al baño para prepararme, y cuando salí, con apenas una bata, protestaron.

—No, así no. Te queremos con el vestido.

Me lo volvieron a poner, y me acariciaron por encima de la tela sedosa antes de levantármelo a tirones. Uno me entró por detrás, despacio, con cuidado; el otro por delante. Los sentía a los dos a la vez, en un ritmo que íbamos encontrando entre los tres, sin que ninguno se saliera.

—Más presión, los dos —les pedía, con la cara hundida en el hombro del que tenía enfrente—. Bien adentro.

Me mordían, me arañaban, me jalaban de las caderas con una fuerza que yo devolvía clavándoles las uñas. Mordí el pecho del que tenía delante sin saber cuál era, y dejé que el otro me marcara la espalda. Separé las piernas y los dos ganaron ese centímetro que me faltaba. Los detuve un instante, quietos, y eso bastó para que se desbocaran y me bombearan hasta vaciarse a la vez, dentro de mí, con un empujón tremendo que me arrancó un grito.

Nos derrumbamos los tres sobre la alfombra, deshechos, riéndonos de los moretones y los rasguños como si fueran trofeos de guerra.

—Perdona por las marcas —dijo Esteban, besándome cada arañazo—. Tómalas como medallas de la batalla.

—Ustedes también tendrán algunas que explicar —contesté, recorriéndoles a besos sus propias heridas.

Preparé un café y nos quedamos hablando hasta que clareó, recordando cómo había empezado todo en aquel despacho, con una secretaria desabotonándome la blusa y un director que decía solo querer mejorar el ambiente de la empresa.

—¿Te sientes completa? —me preguntó Esteban antes de dormirse, con mi pecho cerca de su boca.

—Por ahora —le dije, acariciándole el pelo—. Una siempre quiere un poco más.

Y el viernes en la oficina, con el cuello tapado y una sonrisa que Carmela me miró de reojo sin atreverse a preguntar, supe que la idea de Ingrid iba a tener un futuro mucho más largo del que ella jamás imaginó.

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Comentarios (4)

Roxana_73

Increible relato, me dejo sin palabras!!! Sigan escribiendo asi

MorboContenido

Por favor que haya segunda parte, termino demasiado rapido. Quede con ganas de saber como siguio todo despues entre ellas tres.

SilviaMdq

Me recuerda a una situacion que viví hace tiempo, aunque mucho menos dramatica jaja. Muy bien narrado, se siente autentico.

JuanDiego_91

buenisimo!!! de lo mejor que lei en esta categoria

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