Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche en que mi esposa quiso volver a compartirse

Aquel invierno en Valencia las facturas se acumulaban en un rincón de la cocina como un reproche silencioso. Habíamos comprado la casa demasiado pronto, con las dos niñas todavía pequeñas, y cada mes la cuenta corriente nos recordaba que el sueldo no daba para tanto. Marina y yo hablábamos poco del dinero, casi siempre en voz baja, después de acostar a las crías, como si nombrarlo en voz alta lo hiciera más real.

No éramos una pareja convencional, y eso conviene decirlo desde el principio. Antes de las hijas, cuando la vida era una habitación de hotel y un fin de semana sin planes, habíamos jugado. Otras parejas, intercambios, noches en las que ella se iba a una habitación contigua y yo me quedaba escuchando, con el pulso en la garganta, la oreja pegada al tabique, oyéndola gemir con la polla de un desconocido dentro. Lo dejamos cuando llegó la primera niña. No por culpa, sino por falta de tiempo y de cuerpo. Pero el deseo no se había ido a ninguna parte. Solo dormía.

Esa noche, Marina se abrazó a mí en la cama. Llevaba la camiseta vieja de mi equipo de baloncesto, esa que le queda enorme y que apenas le tapa los muslos. Sin nada debajo, como siempre en casa. Me besó el cuello despacio, una, dos veces, y noté que tomaba aire antes de hablar.

—¿Te acuerdas de Reyes? —preguntó.

Tardé un segundo en ubicar el nombre. Reyes era una mujer que Marina había conocido en otra vida, mucho antes de mí. Una intermediaria. La que, cuando éramos novios, le había conseguido alguna que otra cita que solucionó más de un apuro económico. Yo lo sabía. Lo había sabido siempre. Y nunca me había molestado.

—Me acuerdo —dije, con cuidado.

—He pensado en llamarla.

Lo dijo así, sin rodeos, con la barbilla apoyada en mi pecho para verme la cara. Y lo que más me sorprendió no fue la propuesta. Fue darme cuenta de que no me sorprendía en absoluto. Y, peor todavía, de que se me había secado la boca y la polla se me había puesto dura como una piedra bajo las sábanas, traicionándome.

No debería estar excitándome con esto.

Pero lo estaba.

—Necesitamos el dinero —añadió, malinterpretando mi silencio—. Y no se me da mal. Lo sabes. Sé mamar como pocas y sé abrir las piernas cuando toca.

—No es por el dinero —respondí, y era verdad a medias.

Marina se incorporó sobre un codo. La luz de la farola entraba por la rendija de la persiana y le cruzaba la cara en una franja delgada. Tenía esa expresión que conozco demasiado bien: la de quien ya ha decidido y solo espera que el otro lo alcance.

—Entonces, ¿por qué tienes la polla así? —murmuró, y deslizó la mano por mi vientre hacia abajo, sin prisa, hasta rodearme la verga con los dedos y apretarla despacio—. Mírate. Estás empapado de líquido preseminal solo de imaginármelo. No me mientas.

Le aparté la mano porque si seguía tocándome me iba a correr como un crío. Le pedí tiempo para pensarlo. Ella asintió, comprensiva, se subió encima de mí a horcajadas y me plantó el coño desnudo justo encima de la polla, sin metérsela, solo restregándose despacio, empapándome la piel con lo mojada que estaba.

—Piénsalo mientras me follas —susurró, y se levantó apenas lo justo para agarrarme la verga y guiársela adentro de una sola sentada.

Gimió bajito cuando la sintió entrar entera, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta. La camiseta se le había subido hasta el ombligo y le vi las tetas balancearse cuando empezó a cabalgarme, primero lento, apretándome el coño con esos músculos que ella sabe controlar, después más rápido, con las manos apoyadas en mi pecho y las uñas clavadas.

—Imagínatelo —jadeaba—, imagíname mañana con otro encima, otra polla dentro, un desconocido reventándome…

—Cállate —le pedí, pero ya me sentía subir.

—No me callo. Imagínate cómo vuelvo a casa, con el coño lleno de otro, y me abro de piernas para ti otra vez, y me lames toda entera, y me follas encima de lo que ese cabrón me haya dejado.

La agarré por las caderas y la clavé sobre mí con toda mi fuerza, embistiendo desde abajo, escuchando el ruido húmedo de nuestros cuerpos chocando. Ella se mordía el dorso de la mano para no despertar a las niñas y me miraba desde arriba con los ojos entornados, sudorosa, cabalgándome como si le fuera la vida. Me corrí dentro de ella con un gruñido ronco, descargando chorro tras chorro, sintiendo cómo se contraía a mi alrededor porque se estaba corriendo casi a la vez, con el coño apretándome la polla en oleadas hasta la última gota.

Después la ternura. Bajé la boca por su vientre pegajoso, la lamí despacio entre los muslos, recogiendo con la lengua la mezcla de los dos, y ella me arqueó la espalda y se dejó hacer, gimiendo bajito, hasta que le arranqué un segundo orgasmo con la lengua en el clítoris y dos dedos dentro. Me dejó despierto mucho rato, mirando el techo, mientras ella dormía con la mejilla en mi hombro y su semen mezclado con el mío secándose todavía sobre mi vientre.

***

Pasaron tres días en los que no volvimos a mencionarlo. Tres días en los que pensé en poco más. Imaginarla con otro hombre debería haberme dolido, debería haber encendido algún resorte de orgullo herido. En cambio, la imagen volvía una y otra vez, y cada vez me la encontraba un poco más cómoda, un poco más mía justamente porque era capaz de prestarla y recuperarla.

La cuarta mañana, antes de irme al trabajo, mientras ella aún dormía con las niñas, dejé una nota pegada en la puerta del frigorífico. Dos palabras. Llámala.

Pasé el día entero inútil. No fui capaz de concentrarme en una sola reunión. Cada vez que el móvil vibraba, daba un respingo, pero ella no escribió. Lo agradecí. Era un tema para hablarlo cara a cara, mirándonos, no por mensajes que se quedan flotando en una pantalla. A media tarde inventé una excusa y salí antes de la oficina, con una mezcla de nervios y anticipación que no sentía desde hacía años.

Cuando llegué a casa, Marina estaba dando de cenar a las niñas. Me recibió con un beso húmedo, demasiado largo para ser inocente, y se separó con una media sonrisa antes de que las crías nos vieran.

—Venga, a la cama —les dijo a las pequeñas—, que papá y yo tenemos mucho de qué hablar.

El ritual de cada noche se me hizo eterno. Dientes, pijama, un cuento corto, dos besos en cada frente. Cuando por fin las puertas de su habitación quedaron cerradas y la casa se sumió en ese silencio espeso de las casas con niños dormidos, nos sentamos juntos en el sofá grande del salón. Marina pegó su muslo al mío y me cogió la mano.

—Hablé con ella —dijo—. Nos alegramos las dos. Mañana tomamos un café.

—¿Mañana? —se me escapó—. Si todavía no hemos hablado nosotros.

—Tenemos toda la noche —contestó ella, y me apretó los dedos—. Y esto solo es un café. Si tú dices que no, no pasa nada. Pero antes hay que poner las reglas. Las de los dos.

Y así fue como, a oscuras, con una sola lámpara encendida y dos copas de vino que se quedaron casi sin tocar, negociamos algo que ninguna pareja debería negociar con tanta calma.

Marina puso las suyas primero. Las había pensado, se notaba.

—Solo entre semana, y solo por las mañanas. Así llevo a las niñas al colegio y podemos comer juntos casi todos los días. —Contaba con los dedos—. Reyes me asegura que los clientes son gente de confianza, discretos. La recompensa depende del tiempo y de lo que pidan, pero casi siempre son citas cortas. Y si alguna petición es especial, me la consulta a mí antes, y yo te la consulto a ti. Sin excepciones.

—¿Especial cómo? —pregunté.

—Anal, dos a la vez, sin condón, grabar, esas cosas —soltó ella con una naturalidad que me erizó la nuca—. Cada extra tiene su precio. Y su permiso.

La escuché sin interrumpir. Había algo hipnótico en verla tan dueña de la situación, tan serena, mientras hablaba de venderse y de protegernos en la misma frase.

—Me toca —dije al fin—. Y voy a poner las mías.

—Adelante.

—Solo en hoteles o en casa de Reyes. Nunca en domicilios particulares, nunca sola en un sitio que no controlemos. —Ella asintió—. Los fines de semana son nuestros, intocables. Nada de pasar noches fuera; como mucho, una mañana. —Otro asentimiento—. Y lo más importante: me lo cuentas todo. Todo. Lo bueno y lo incómodo. No quiero que esto sea tu secreto. Es de los dos, o no es.

—Es de los dos —repitió ella, y su voz se ablandó—. Siempre lo fue.

—Una última. —La miré a los ojos—. El día que alguno de los dos se sienta mal, de verdad mal, se acabó. Sin reproches, sin discusiones. Se acabó y ya está.

Marina dejó la copa en la mesa baja y se giró hacia mí. La franja de luz le caía ahora sobre la clavícula, sobre el cuello de la camiseta enorme que se le había deslizado por un hombro.

—Trato hecho —susurró.

***

No sé quién se movió primero. Creo que fui yo, pero ella ya venía. Su boca encontró la mía con una urgencia que no tenía nada de teatral, la lengua metida hasta el fondo, mordiéndome el labio inferior, y de pronto la negociación, las reglas, las facturas del rincón de la cocina, todo se disolvió en el calor de su lengua.

Le subí la camiseta despacio, saboreando el momento en que la tela le dejaba al descubierto la cintura, el vientre, las tetas pesadas con los pezones ya erectos y oscuros. Marina levantó los brazos para ayudarme y se quedó desnuda sobre el sofá, iluminada a medias, con el pelo revuelto, las piernas abiertas y el coño depilado brillante de lo mojada que ya estaba. La miré como si fuera la primera vez. Y, de alguna manera, lo era: porque la miraba sabiendo que pronto otros la mirarían así, que pronto otros hombres verían esas mismas tetas rebotar, ese mismo coño abrirse, y eso, lejos de quitarme algo, lo hacía todo más intenso.

—¿En qué piensas? —preguntó, leyéndome la cara, como siempre.

—En que mañana vas a gustarle a alguien —dije, y la voz me salió ronca—. Y en que después vas a volver aquí, conmigo, y me vas a contar todo lo que te ha hecho, con qué polla te ha follado, cómo te ha corrido y dónde.

Algo brilló en sus ojos. Me agarró de la nuca y me atrajo hacia sus tetas. Le chupé un pezón, después el otro, los mordí con cuidado hasta hacerla gemir, y ella arqueó la espalda y me guió la cabeza hacia abajo con las dos manos, ansiosa. La besé despacio, recorriéndole la piel con los labios, sintiendo cómo se le erizaba todo el cuerpo bajo mi boca. Bajé por su vientre, por la curva de la cadera, mientras ella enredaba los dedos en mi pelo y arqueaba la espalda contra los cojines.

Cuando llegué entre sus piernas, el coño ya estaba empapado, brillante, con los labios hinchados y el clítoris asomando. Le pasé la lengua entera de abajo arriba, saboreándola, y ella me recibió con un gemido contenido, atenta al silencio de la casa, mordiéndose el dorso de la mano para no despertar a las niñas. Le abrí los labios con dos dedos y le trabajé el clítoris con la punta de la lengua, círculos lentos, después rápidos, después chupándoselo entero con los labios. Le metí dos dedos y se los curvé buscando ese punto de dentro que la vuelve loca, sin dejar de lamerla. Escuchaba cómo la respiración se le quebraba en pequeños jadeos, cómo las caderas se le movían buscando más, cómo apretaba el coño alrededor de mis dedos cuando estaba cerca. La conozco. Sé exactamente cuándo está al borde, y la dejé suspendida ahí más tiempo del que ella habría querido, retirando la lengua justo antes, sacándole los dedos empapados y lamiéndoselos delante.

—Por favor —pidió, y esa palabra en su boca valía más que cualquier copa de vino—. Fóllame ya, por favor, no aguanto más.

—Dime cómo lo quieres.

—Duro. Como si fueras uno de ellos. Como si me estuvieras pagando.

Se me endureció aún más al oírlo. Le di la vuelta, la puse de rodillas sobre el sofá, con las manos apoyadas en el respaldo y el culo levantado, ofrecido. Le clavé la polla entera de una embestida y ella tuvo que hundir la cara en un cojín para no gritar. La follé así, agarrándola de las caderas, sacándosela casi entera y metiéndosela hasta el fondo cada vez, escuchando cómo mis huevos le chocaban contra el clítoris con cada empujón. Le pasé el pulgar por el ojete y se lo mojé con la saliva que le caía del coño chorreando.

—Ahí también —jadeó ella—, mételo, un dedo, por favor.

Se lo metí despacio hasta el nudillo y la sentí apretarse por dentro por los dos lados. Empezó a temblar y a decir guarradas contra el cojín, cosas que no repetiré, promesas, fantasías a medias sobre lo que contaría al volver, sobre cuántas pollas iba a mamar por mí, sobre cómo iba a volver a casa con el culo lleno de leche ajena y me iba a rogar que se la limpiara con la lengua.

La levanté, la giré, la tumbé de espaldas y le puse las piernas sobre mis hombros. Le volví a meter la polla y me quedé quieto un segundo, con ella clavada, mirándola.

—Cuéntamelo todo cuando vuelvas —le pedí entre embestidas cada vez más profundas—, no quiero que te guardes nada. Cada polla, cada gemido, cada corrida.

—Todo —jadeó ella—, te lo prometo, todo, cada detalle, cada centímetro que me metan, todo para ti.

Le froté el clítoris con el pulgar mientras la reventaba a base de embestidas y ella se corrió primero, apretándome la polla en espasmos y ahogando el grito contra mi hombro cuando la abracé para amortiguárselo. Yo aguanté hasta el último instante, se la saqué justo antes y me corrí sobre sus tetas y su vientre, chorro tras chorro, marcándola de leche mía la noche antes de que otro la marcara suya. Ella se pasó los dedos por encima, recogiendo, y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme.

Nos quedamos enredados en el sofá, sudados, riéndonos en voz baja como dos adolescentes que han hecho una travesura, con la lámpara todavía encendida y el vino intacto sobre la mesa.

—Sellado —dijo Marina, dándome un beso en la barbilla y otro en la polla todavía húmeda.

—Sellado —repetí.

***

A la mañana siguiente la vi vestirse para el café con Reyes. Eligió un vaquero y una blusa sencilla, nada de provocación; solo iba a verse con una vieja conocida, me dijo, a recordar viejos tiempos y a escuchar qué tenía que ofrecer. La acompañé a la puerta después de dejar a las niñas en el colegio. La besé y le retiré un mechón de la cara.

—Si en algún momento no quieres, das media vuelta y te vienes a casa —le dije—. No tienes que demostrar nada.

—Lo sé —contestó ella, y me guiñó un ojo—. Pero quiero.

La vi alejarse calle abajo, con ese paso suyo de mujer que sabe lo que vale, y volví a entrar en casa con el corazón desbocado. No di pie con bola en todo el trabajo. A mediodía me escapé antes de hora para comer con ella, para que me contara, palabra por palabra, gesto por gesto, cómo había ido el reencuentro con Reyes y qué nos esperaba a partir de ahora.

Pero esa comida, y lo que vino después, es ya otra historia.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios(7)

RogelioBA

tremendo relato, me atrapo desde la primera linea hasta el final!!!

Vero_Parana

Por favor necesito una continuacion, quede con demasiadas ganas de saber que paso despues. No me dejes asi jaja

NocturnoX

Muy bien escrito, se nota la tension entre los dos antes de que pase todo. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno del monton.

DiegoSur

¿y vos tardaste en decidirte o fue algo que aceptaste al toque? esa parte me genero intriga jaja

SilviaMdp

buenisimo!!!! sigue escribiendo por favor

MarianoBA

Me gusto como construiste el momento previo, esa tension se siente real. Excelente narrativa.

RaquelMza

El excerpt me engancho desde el primer momento y el relato cumple con lo que promete. Se hace corto pero eso tambien habla bien del ritmo que tiene. Espero que haya mas historias de esta pareja, tienen mucho por contar todavia.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.