El club donde mi mujer dejó de ser solo mía
Lo habíamos hablado tantas veces en la cama, a oscuras, con esa voz baja que uno reserva para lo que da miedo desear, que cuando por fin cruzamos la puerta del club ninguno de los dos necesitó decir nada. Lucía me apretó la mano una vez, fuerte, y la soltó. Era su manera de recordarme el trato: yo podía detenerlo todo con una palabra, ella también, y mientras esa palabra no se pronunciara, la noche era suya.
El sitio estaba a las afueras, sin cartel, detrás de una puerta de hierro que solo se abría con cita previa. Dentro olía a madera encerada y a algo dulzón, como a vainilla quemada. Las luces eran bajas, de un ámbar espeso, y la música llegaba amortiguada desde un punto que no alcanzaba a ver. Una mujer nos recibió, recogió los abrigos y nos condujo a un reservado con sofás de cuero gastado.
—Rubén os espera —dijo, y se esfumó tras una cortina.
Yo conocía a Rubén de nombre antes que de cara. Lucía lo había mencionado una noche, meses atrás, como quien suelta algo prohibido para medir la reacción del otro. Un hombre que llevaba aquel lugar, que tenía fama de leer a las mujeres mejor de lo que ellas se leían a sí mismas. Y yo había dicho que sí. Había dicho que sí a todo, porque eso era lo mío: consentir y quedarme después a mirar las consecuencias.
No te enamores de tu propia cobardía, pensé. Lo que sientes no es miedo, es ganas.
Rubén entró sin prisa. Alto, de espaldas anchas, con esa calma de quien nunca tiene que levantar la voz. Saludó a Lucía con un beso lento en la mejilla, demasiado cerca de la boca, y a mí con un apretón de manos firme y una sonrisa que lo decía todo.
—Así que tú eres el marido —dijo, sin soltarme la mano.
—Soy yo.
—Me han contado que te gusta mirar.
Noté el calor subiéndome por el cuello. Lucía me observaba de reojo, esperando a ver si me derrumbaba o si aguantaba el envite. Aguanté.
—Me gusta —respondí.
—Entonces vamos a pasarlo bien los tres.
***
Nos sentamos. Una camarera trajo una botella de vino tinto y tres copas, y se marchó cerrando la cortina. Rubén sirvió y le tendió la suya a Lucía rozándole los dedos, mirándola como si yo no estuviera. Y ella le sostuvo la mirada, esa mirada que yo conocía de memoria y que casi nunca era para mí.
—Estás más guapa de lo que decían —dijo él.
—Y tú hablas demasiado —contestó ella, divertida.
Rubén soltó una risa grave. Le puso una mano en la rodilla, sobre la media negra que le subía hasta la mitad del muslo, y empezó a acariciar despacio, sin urgencia, dibujando círculos que avanzaban un centímetro y retrocedían dos. Lucía bebió un sorbo de vino sin apartar los ojos de él. Yo estaba sentado enfrente, en el filo del sofá, con la copa olvidada en la mano.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —me preguntó Rubén sin volverse.
—Voy a quedarme aquí toda la noche —dije.
—Bien. Quiero que veas a tu mujer como nunca la has visto.
Lucía dejó la copa en la mesa. Se levantó, se alisó la falda con un gesto lento, y en lugar de volver a sentarse en su sitio cruzó el reservado y se acomodó en las rodillas de él, de cara a mí. No me miró. Le echó un brazo al cuello, solo uno, y dejó el otro suelto a lo largo del cuerpo. Y entonces sí me buscó con los ojos, un segundo apenas, lo justo para asegurarse de que la estaba viendo.
Lo estaba viendo. No podía hacer otra cosa.
Él la besó. Fue un beso largo, de los que empiezan suaves y se vuelven hambre. Le subió la mano por el muslo hasta el borde de la media, jugó con el elástico, y ella respondió con murmullos cortos que yo no alcanzaba a oír del todo. Esto es lo que querías, me dije. Mírala bien, no te pierdas nada.
***
—Quítate el vestido —le dijo Rubén contra el cuello.
Lucía se incorporó, se llevó las manos a la espalda y bajó la cremallera con una lentitud que era pura provocación. El vestido cayó. Debajo no llevaba casi nada: un conjunto de encaje oscuro, las medias, los tacones. Se quedó de pie en medio del reservado, iluminada de medio lado por la luz ámbar, y por un momento pareció una mujer que no necesitaba a nadie y los necesitaba a todos a la vez.
—Date la vuelta —ordenó él.
Ella obedeció, despacio, contoneándose, y yo reconocí cada lunar, cada curva, cada centímetro de una piel que era mía hasta esa noche y que esa noche estaba decidiendo no serlo. Rubén la recorrió con la mirada sin tocarla, prolongando la espera, y cuando por fin la atrajo de la cintura ella ya temblaba un poco.
—¿Lo ves? —me dijo él—. No tiene vergüenza. La tenía guardada para alguien que supiera quitársela.
Quise responderle algo, defenderla, defenderme, pero la verdad es que no había nada que defender. Lucía se arrodilló frente a él sin que se lo pidiera. Le soltó el cinturón, le bajó la cremallera y lo liberó con una soltura que me dejó sin aire. Y empezó.
La conocía de sobra y aun así me costaba reconocerla. La forma en que lo tomaba con la boca, sin prisa, mirando hacia arriba para no perderse la cara de él; la mano que subía a acariciarle, la otra que se apoyaba en su muslo. Rubén echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gruñido bajo.
—Joder —dijo—. No mentían.
Yo tenía el corazón golpeándome en la garganta y una presión insoportable bajo la ropa. Esto es absurdo, pensé. Debería estar furioso. Pero no lo estaba. Estaba clavado al sofá, con las manos crispadas sobre las rodillas, pendiente del más mínimo detalle: el brillo de saliva, el vaivén de su pelo, el sonido húmedo que llenaba el silencio del reservado.
***
La cortina se abrió. Entró un hombre de la edad de Rubén, más delgado, con una camisa abierta y una sonrisa fácil. Rubén ni se inmutó.
—Llegas a tiempo, Marco —dijo—. Te presento a la madrileña.
Lucía levantó la vista sin soltarlo, miró al recién llegado y volvió a lo suyo, como si la interrupción no fuera con ella. Marco se acercó, me saludó con un gesto de cabeza, y se sentó en el reposabrazos a observar.
—¿Y este? —preguntó.
—El marido —dijo Rubén—. Le gusta mirar.
—Buen plan —rio Marco.
Me ardía la cara. No de humillación, o no solo de eso; ardía de algo más confuso, una mezcla de celos y deseo que no sabía separar y que tampoco quería separar. Lucía soltó a Rubén, se irguió un poco y giró la cabeza hacia Marco. Le bastó una mirada para entenderlo. Le bastó un gesto de los dedos de Rubén sobre su nuca para saber qué se esperaba de ella.
—Ven —le dijo a Marco, con una voz que yo no le había oído nunca.
***
Se tendió sobre la alfombra, entre los dos hombres. Marco se desnudó deprisa, sin la calma de Rubén, y se arrodilló a su lado. Lucía los atendió a la vez, una mano para cada uno, la boca yendo de uno a otro, el cuello arqueado, los ojos entornados. Rubén marcaba el ritmo con la palma apoyada en su frente; Marco, más impaciente, le sujetaba el pelo. Y ella se dejaba manejar entre ambos con una entrega que me hizo apretar los dientes.
—Mírala —me dijo Rubén, buscándome con los ojos—. ¿A que nunca la habías visto así?
—Nunca —admití, y la palabra me salió ronca.
—Pues mira bien. Esto solo acaba de empezar.
La cortina volvió a moverse. Esta vez entró una mujer, morena, de melena rizada, con un vestido mínimo que se quitó antes incluso de saludar. Daniela, la llamó Rubén. Lucía la recibió con una sonrisa cómplice, de las que se reservan para alguien con quien ya se ha compartido algo, y cuando Daniela se inclinó a besarla en la boca fue evidente que entre ellas no había trabajo ni ceremonia: había fuego.
Las dos se enredaron en el suelo, riéndose, mordiéndose, mientras los hombres las observaban. Lucía le bajó el encaje a Daniela, le recorrió los pechos con la lengua, descendió por su vientre. Daniela echó la cabeza hacia atrás y me miró a mí, a los ojos, mientras mi mujer le abría las piernas. Fue la cosa más obscena y más hermosa que había visto en mi vida.
***
—Ahora —dijo Rubén.
Y se colocaron. Lucía se puso a cuatro patas sobre la alfombra, con la cara hundida entre los muslos de Daniela y el resto del cuerpo ofrecido. Rubén se afianzó detrás de ella, le sujetó las caderas, esperó un instante eterno —un instante en el que me miró a mí, no a ella, como preguntándome si seguía dentro del juego— y entró.
Lucía soltó un gemido que se ahogó contra Daniela. Empezaron a moverse los cuatro a la vez, en una coreografía que nadie había ensayado y que sin embargo encajaba: Rubén embistiendo despacio, Daniela arqueándose bajo la boca de Lucía, Marco arrodillado a un lado esperando su turno con la respiración acelerada. Y yo, en el filo del sofá, espectador único de un reparto en el que yo mismo la había puesto.
—Cámbiate —le dijo Rubén a Marco al cabo de un rato, retirándose.
Marco ocupó su sitio sin pausa. Lucía levantó la cabeza un segundo, jadeante, el pelo pegado a la cara, y me buscó. ¿Estás bien?, me preguntaban sus ojos. Asentí. No podía hablar. Tenía la garganta cerrada y una emoción que no sabía nombrar atravesándome el pecho. Ella sonrió, una sonrisa breve y feroz, y volvió a bajar la cabeza entre los muslos de Daniela.
***
Duró lo que dura este tipo de cosas cuando uno pierde la noción del tiempo. Cambiaron de postura varias veces, se turnaron, se rieron, se buscaron. Daniela acabó tendida boca arriba con Lucía encima, las dos besándose mientras los hombres terminaban; primero Marco, con un bramido contenido, y después Rubén, que se tomó su tiempo, que siempre se tomaba su tiempo, y que al acabar le acarició la espalda a mi mujer con una ternura que no esperaba de él.
Lucía quedó tendida entre los tres, recuperando el aliento, la piel brillante de sudor. Daniela le susurró algo al oído que la hizo reír. Marco se dejó caer en un sillón. Rubén se sirvió otra copa y me la ofreció a mí primero.
—Bebe —dijo—. Te lo has ganado.
Acepté la copa. Me temblaba un poco la mano.
—¿Y bien? —me preguntó, sentándose enfrente—. ¿Ha sido como lo imaginabas?
Miré a Lucía. Se había incorporado y me observaba desde el suelo, despeinada, desnuda, con esa expresión imposible de descifrar que pone después de cruzar una frontera. No vi vergüenza. No vi culpa. Vi algo parecido al alivio, y debajo, muy hondo, un destello que era para mí y solo para mí.
—Mejor —dije, y era verdad.
***
Volvimos al hotel de madrugada, en silencio, con las manos entrelazadas sobre el asiento del taxi. No nos hizo falta hablar. A veces el deseo abre puertas que luego cuesta cerrar, y los dos sabíamos que esa noche habíamos abierto una. La diferencia entre nosotros y tanta gente es que la habíamos abierto juntos, de la mano, con una palabra de seguridad que ninguno tuvo que usar.
Ya en la habitación, Lucía se sentó en el borde de la cama y se quitó las medias despacio. Me miró.
—¿No estás celoso? —preguntó, y por primera vez en toda la noche sonó insegura.
—Estoy celoso —respondí, sentándome a su lado—. Estoy muerto de celos. Por eso me gusta tanto.
Se rio. Apoyó la cabeza en mi hombro, y noté que olía a otros hombres, a otra mujer, a una noche entera que ya era nuestra y de nadie más.
—Eres muy raro —dijo.
—Lo sé.
—Yo también.
La besé. Y mientras la tumbaba en la cama y por fin la reclamaba para mí, entendí que no la había perdido en aquel club. Al contrario: nunca la había sentido tan mía como cuando la dejé ser, durante unas horas, de todos.