Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Creí que estábamos solos en aquella habitación

Ilustración del relato erótico: Creí que estábamos solos en aquella habitación

Klaus había alquilado una casa enorme en una de las zonas más exclusivas de la costa, con seguridad privada y un muro alto que aislaba el jardín del resto del mundo. Allí, le aseguró, nadie podría molestarlos.

Eran casi tres mil metros cuadrados de parcela, con una piscina que parecía sacada de una revista y un césped tan perfecto que daba reparo pisarlo. Marina lo miraba todo con la copa de champán temblándole apenas en la mano.

—¿No es demasiado pronto para descorchar champán? —preguntó ella.

—Para la gente con clase no hay horarios, Cielo. Se disfruta cuando apetece.

Y vaya si apetecía. Mientras él hablaba, Marina notó que su biquini, ya casi seco después del baño, volvía a humedecerse por dentro de una forma que no tenía nada que ver con la piscina.

Klaus le enseñó la casa entera. Estaba decorada justo como a ella le habría gustado decorarla: con gusto, sin recargar, dejando espacio para imaginar. La última estancia fue el dormitorio, y allí Marina se quedó sin palabras. Una habitación inmensa, con ventanales hacia el este por donde entraba la luz del amanecer, una cama de dos metros por dos y cuatro sillones colocados en círculo alrededor de ella. Era un detalle extraño, pensó. Elegante, pero extraño.

Pese a los sillones, Klaus se sentó en el borde de la cama y Marina lo acompañó para no parecer descortés. Estaba lejos de imaginar lo que podía ocurrir allí.

Vaciaron las dos copas y se quedaron mirándose un buen rato sin decir nada. Aquello la descolocó. Había perdido sus armas de seducción, no solo en los siete años que llevaba divorciada, sino en todos los anteriores, cuando se dedicó a trabajar, trabajar y trabajar hasta casi perderlo todo.

Marina solo llevaba puesto el pareo anudado a la nuca y la parte de abajo del biquini. Estaba nerviosa, y se le notaba. Klaus aprovechó para acariciarle el pelo con suavidad, como quien calma a una gata asustada.

—Eres preciosa. Me quedé prendado desde la tarde de aquella reunión. Qué suerte tendrá quien disfrute de cada centímetro de ti…

—No hay nadie, Klaus. Llevo siete años sola. Ni siquiera he estado con alguien en todo este tiempo.

—¿Cómo puede ser? Una mujer como tú no debería pasar un solo día sin que la aprecien.

Ella se dejó llevar por la voz pausada del alemán. Con un gesto casi distraído, él tiró del nudo del pareo y la tela cayó al suelo.

—No creo que esté preparada… —intentó decir.

Pero los labios de Klaus silenciaron los suyos con un beso lento, sin prisa, pensado solo para tranquilizarla. Nada de brusquedad.

La tuvo atrapada en aquel beso varios minutos. Y era apenas el principio. Bajó por la barbilla y el cuello, la recostó con cuidado sobre la cama y alcanzó sus pezones con una calma que la hizo estremecer.

Marina se llevó las dos manos a la cabeza. Joder, qué hago, qué estoy haciendo. No conseguía ordenar sus pensamientos.

Con los brazos de ella estirados hacia atrás, Klaus exploró sus pechos con la lengua, recorriendo los costados, dibujando círculos. Por el rabillo del ojo vio que ella empezaba a relamerse sin darse cuenta. Aprovechó para abarcarle el pecho con la palma de la mano y trabajar el pezón con la yema de los dedos. Aunque Marina siempre los había considerado pequeños, él los hacía sentir magníficos, y le arrancó los primeros gemidos del día.

Le gustaba acariciarla con un roce casi imperceptible. Sabía que a una mujer como ella, con todo lo que arrastraba, había que dejarla disfrutar poco a poco, sin asaltos.

Tras dedicar un buen rato a esa zona, descendió despacio hacia el centro, besando con la lengua todo el torso y el vientre. No tenía ninguna prisa. Quería calentarla con paciencia, exprimir cada sensación.

Llegó a la zona que Marina no quería mostrar de ninguna manera, pero para entonces ya estaba lo bastante excitada como para cederle el protagonismo. Tan suavemente que apenas lo notó, él deshizo los lazos de la braguita. Ella no quiso detenerlo. O no supo. Sintió la respiración del alemán justo sobre su sexo y, por primera vez en mucho tiempo, fue como si esa parte de su cuerpo cobrara vida propia.

La lengua de Klaus no era afilada, sino ancha y gruesa, como si tuviera dos. La movió por la cara interna de los muslos, cerca de las ingles, rozando apenas el vello rojizo. Marina no aguantó más y le sujetó la cabeza, cerrando las piernas en torno a su cuello, apretándole el rostro contra el clítoris.

Y suspiró. Vaya si suspiró. Un espasmo, dos, tres. Su cuerpo empezó a temblar mientras él la sorbía con calma, sin darle tregua, retorciéndole los pezones con la otra mano. Marina dejó caer la cabeza por el borde del colchón, con la boca entreabierta, a punto de perder la conciencia entre oleadas de electricidad. Jamás había imaginado que una lengua pudiera moverse así, ser tan sensible, tan atrevida.

Cuántos años perdidos.

Su mente no sabía gestionar a la vez la culpa del pasado y el placer del presente. Un hormigueo le recorrió las plantas de los pies, subió por las pantorrillas, trepó por los muslos e inundó su sexo. Presintió, allá a lo lejos, que se acercaba su primer orgasmo con un hombre en años.

—Espera, espera… quiero saborearte mejor. Déjate, Cielo, déjate.

—Por favor… —suplicaba ella—. Por favor…

Klaus dio un último lametón y luego empezó a jugar con los dedos. Acarició el clítoris, lo presionó poco a poco. Marina gimió, y por fin se abandonó del todo. Incluso intentó guiar aquella mano hacia la entrada de su sexo, pero él, todo un maestro, apartó la suya con dulzura para hacerla esperar.

El orgasmo la sacudió de pies a cabeza. Cuando aún vibraba bajo los últimos fogonazos, Klaus alzó la mirada. Tenía el rostro empapado, como recién salida de la ducha.

—No me puedo creer que esto esté pasando… —murmuró ella.

***

Pero aquello no podía terminar así. Klaus seguía completamente vestido y ella desnuda, justo al revés de lo que había ocurrido un rato antes junto a la piscina. Empezó a desnudarse despacio. Marina, todavía aturdida, asentía, intrigada por descubrir el torso ancho y blanco que se escondía bajo la camisa.

Cuando él se bajó el bañador, Marina contempló con descaro lo que antes apenas se había atrevido a mirar. Era grueso, largo y firme, más de lo que esperaba para un hombre de su edad. Lo tomó entre los dedos, sopesó sus testículos y, antes de que pudiera llevárselo a la boca, Klaus le sujetó la melena pelirroja y tiró de ella hacia arriba mientras le comía los labios.

—Zorra, eso para el postre —le susurró—. Todavía te quedan platos por degustar.

Y la lanzó sobre la cama de un empujón firme, dejándola con las piernas abiertas y la cabeza colgando hacia atrás.

—Joder, Klaus… ¿en qué me estás convirtiendo?

El alemán se tumbó sobre ella y la recorrió de los pies a la boca, besando y succionando cada centímetro de piel, con una parada entre las caderas. Le acarició los senos, le pellizcó los pezones. Marina ardía por ir más allá. Ya no tenía miedo de nada. Solo quería sentirlo dentro.

—¡Qué mojada estás! —le susurró él—. Eso quiere decir que te gusta, ¿verdad?

—Te deseo —respondió ella, casi sin poder pensar.

Algo grueso y suave forcejeó entre los labios de su sexo, que se abrieron para recibirlo. Marina tuvo un instante de miedo por la penetración, después de casi una década sin nada, pero Klaus entró con tanto cuidado que, cuando quiso darse cuenta, él ya bombeaba con ritmo y sus testículos golpeaban contra ella.

Ella se aferró con las piernas para que no se le escapara, con los ojos casi en blanco, saboreando cada segundo de aquel encuentro con el que llevaba años soñando.

—Grita —le dijo él lamiéndole la oreja—. Aquí nadie va a oírnos.

La diferencia de tamaño entre ambos hacía que Marina pareciera una pluma en brazos de un oso. Ya no le importaba el daño. Apretaba con fuerza, y eso la enloquecía todavía más.

—Lléname entera —le pidió—. Quiero todo.

Pero correrse no entraba en los planes de Klaus. Aún quedaba lo mejor. De un tirón sacó su miembro, le dio la vuelta y la dejó boca abajo.

Sin que ella lo notara, sacó de entre las sábanas un tubo de lubricante y se colocó un preservativo. Marina recuperaba el aliento cuando sintió su peso aplastándola contra el colchón. Él la sujetó del cuello para impedir que se girara mientras, con la otra mano, masajeaba su trasero empapado.

—¡No, Klaus, por ahí no! —gritó ella al comprender—. ¡Por ahí no!

Pero el alemán no aflojó la presión. La tenía atrapada bajo su cuerpo. Tras dilatarla despacio con los dedos, fue abriéndose paso milímetro a milímetro. Los gemidos de protesta de Marina, lejos de detenerlo, parecían encenderlo más. Con la mano libre buscó de nuevo el clítoris, expuesto pese a la resistencia de ella, y lo acarició sin tregua. Así estuvo varios minutos, hasta que el llanto se convirtió en otra cosa.

—¿Ves cómo entra? ¿Ves qué placer? —le susurró al oído.

Y Marina, casi tartamudeando, empezó a emitir gemidos suaves al principio, mucho más sonoros después.

—Eres… un hijo de puta —le reprochó entre jadeos—. ¿Por qué no me has avisado?

—Porque mi trabajo es darte placer. Cómo lo consiga es asunto mío. Y tú estabas cerrada en todos los sentidos.

Con otro golpe de timón, y sin dejar de penetrarla, la giró hasta dejarla encima de él. Marina cabalgó sobre el alemán, gritando ahora de puro placer, con los pequeños pechos atrapados por una de sus manos. Cuando intentó incorporarse, descubrió que estaba completamente empalada, y él tiró de su melena para intensificar las embestidas.

—Ahora sí —dijo Klaus al fin, extrayéndose de ella—. Ahora empieza de verdad la fiesta.

La obligó a arrodillarse en el suelo. Marina, mareada, le quitó el preservativo y se lanzó a chupársela con tan poca destreza que él tuvo que frenarla con un gesto firme.

—Cielo, así no. No muerdas. ¿Qué prisa tienes?

Avergonzada, ella retiró la boca con los ojos llenos de lágrimas.

—Estoy demasiado excitada… Han pasado tantos años que creo que ya no sé hacerlo bien.

—Tranquila, pequeña. Te voy a enseñar a dar placer como nunca lo has dado. ¿Habías hecho un anal antes? No, ¿verdad? Y has gozado como nadie. Ahora aprende lo demás.

Con unas pocas instrucciones, que Marina captó al vuelo como quien estudia una buena inversión, Klaus se recostó. Ella empezó de nuevo, esta vez con calma. Lamió los testículos, envolvió la base con la mano, jugó con el frenillo, usó su propia saliva para que todo fuera suave y húmedo. El alemán empezó a gemir, acompasado, rendido a aquella boca que aprendía deprisa.

—Dios, sí que coges las cosas a la primera —jadeó él.

Cuando estuvo a punto, Klaus le puso las manos sobre la nuca.

—No aguanto más. Me voy a correr.

Marina respondió hundiéndoselo hasta el fondo. El primer golpe casi la hizo atragantarse; el segundo le cayó sobre el labio. Volvió a metérselo para recibir el resto en el paladar. Cuando abrió los ojos, le regaló una sonrisa con un hilo de semen resbalándole por la mejilla.

—¿Qué tal he estado? He aprendido rápido, ¿no?

Klaus le devolvió una sonrisa extraña, casi divertida.

—Excepcional. Pero esto no es todo. El juego no ha terminado.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, aún saboreando el glande.

***

Y, de repente, sonaron unos aplausos.

Marina alzó la cabeza de golpe. Los cuatro sillones que rodeaban la cama, los que tan extraños le habían parecido al entrar, ya no estaban vacíos. Cuatro siluetas la observaban desde la penumbra, aplaudiendo despacio, sin ninguna prisa, exactamente igual que había hecho Klaus con ella toda la tarde.

El alemán le acarició el pelo pelirrojo y se inclinó hasta rozarle la oreja con los labios.

—Te dije que era un juego, Cielo —murmuró—. Y acabas de pasar la primera prueba.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

Cande_88

que sorpresa al final!!! no me lo esperaba para nada. muy bien escrito

ElMiradorDeLuz

Increible giro. Necesito la continuacion ya, no puede terminar asi

Gaston_BA

Me quede con la boca abierta con ese detalle de los sillones... impresionante como lo construiste. Se siente real

RosarioN

Buenisimo!!! sigue escribiendo que tienes talento

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.