Mi novio fantaseaba con un intercambio de parejas
Me llamo Carolina y llevo casi dos años con Damián. Soy delgada, de piernas firmes y pelo negro lacio que me llega a la mitad de la espalda. Él no es mucho más alto que yo; nos sacamos apenas tres centímetros. Trabaja en un taller de repuestos para autos y yo atiendo en una tienda de ropa deportiva, así que nuestros horarios nunca coinciden del todo. Quizá por eso, cuando lográbamos vernos, no perdíamos un solo minuto.
Lo nuestro siempre fue intenso. Salíamos a bailar, tomábamos unas copas y terminábamos en su departamento devorándonos. Teníamos esa confianza rara de poder hablar de cualquier cosa sin que nadie se incomodara, también del sexo. Nos mandábamos fotos, videos, cosas que a otra pareja le costaría confesar. Yo creía que esa apertura era lo que nos hacía fuertes.
Todo empezó una noche de copas. Volvimos a su casa entre risas y él me propuso ver una película porno. Le dije que sí, encantada, porque hacía dos semanas que no nos tocábamos y yo venía con ganas acumuladas. Nos acostamos en su cama y él puso el video. No era una escena cualquiera: eran dos parejas que, en medio de una reunión, decidían intercambiarse.
Yo miraba la pantalla más por curiosidad que por excitación, hasta que Damián deslizó la mano entre mis piernas. Lo busqué a mi vez y lo encontré durísimo.
—Estás muy caliente —le dije al oído.
—Imaginate que los de la pantalla somos nosotros —me respondió.
No le presté demasiada atención. Estaba más concentrada en lo que sus dedos me hacían que en sus palabras. Pero él insistió. En cada postura me repetía la misma idea: que él estaba con otra, que yo estaba con otro. Cada vez que lo decía algo se me bloqueaba por dentro, una mezcla de rechazo y de morbo que no terminaba de entender. Seguí, igual, hasta que sentí el orgasmo subir.
—¿Te animarías a estar con otro hombre? —me susurró justo en ese momento.
Yo estaba jadeando, al borde, y de mi boca solo salió un sonido largo que él interpretó como un sí. No fue un sí. Fue mi cuerpo cerrándose alrededor de un placer que no me dejaba pensar.
***
Los días siguientes el tema volvió por mensaje. Damián me mandaba videos de intercambios, de tríos, de parejas compartiéndose sin culpa. Al principio los pasaba rápido, sin darles mucha importancia, pero la insistencia hace su trabajo silencioso. Para la segunda semana ya recibía esos videos sin sobresaltarme, como si fueran parte normal de nuestra conversación.
Un sábado salimos a bailar y, después de varias copas, me lo preguntó de frente: si era capaz de acostarme con otro hombre mientras él miraba. Le dije que no lo sabía, que me daba miedo sentir que lo traicionaba.
—No sería traición si yo hago lo mismo —contestó—. Es una fantasía que tengo desde hace tiempo. Verte disfrutar con otro y disfrutar yo con otra.
—Me da vergüenza que me veas así —admití—. Y no sé qué voy a sentir cuando te vea a vos con otra.
—Dejame todo a mí. Si te incomoda que estemos en el mismo cuarto, lo hacemos en habitaciones separadas.
Hablamos hasta tarde. Él lo deseaba con una claridad que a mí me faltaba, y yo, que siempre quise complacerlo, terminé diciéndole que sí. Que haría todo por verlo feliz. A veces el amor se confunde con ceder.
***
No pasaron ni tres días cuando me escribió emocionado: había encontrado una pareja con experiencia. Me sorprendió la rapidez. Me mandó las fotos y descripciones de los dos. Ella se llamaba Lorena, rondaba los treinta, rubia con reflejos castaños, ojos claros, un cuerpo más voluptuoso que el mío. Él era Esteban, cuarenta y pico, macizo, de gimnasio, con algunas canas asomando. Damián remarcó, casi con orgullo ajeno, que Esteban estaba muy bien dotado.
Esa frase me quedó dando vueltas. Mi novio no es grande y nunca me había importado, pero algo en cómo lo dijo me incomodó. No le respondí nada sobre Esteban. Solo le comenté que Lorena me parecía hermosa.
Durante esa semana Damián no paró. Me mandaba fotos y videos de la otra pareja, sobre todo de Esteban, desnudo, mostrándose. Me decía que los mirara, que me imaginara con él, que Esteban se los había enviado para darme confianza. Una noche me llegaron cinco videos suyos. Al principio los abrí por compromiso. Después, ya en mi cama, los miré de verdad.
Y algo cambió. En la oscuridad de mi cuarto empecé a imaginar lo que mi novio tanto repetía. Cómo sería sentir a ese desconocido, dejarme llevar, ser deseada por alguien que no me conocía de nada. Sin darme cuenta mi mano bajó sola. Terminé masturbándome hasta quedar sin fuerzas, sorprendida de mí misma. Esa fue la primera vez que la fantasía dejó de ser de Damián para empezar a ser un poco mía.
***
El sábado acordado llegó rápido. Me puse una falda negra de tablas, mi ropa interior más cómoda, una blusa rosada y un sostén de encaje. Quería gustarme a mí antes que a nadie. Damián y yo llegamos a la discoteca a las ocho y, a los pocos minutos, aparecieron Lorena y Esteban.
La conversación fluyó sola. Esteban tenía labia, contaba historias que nos hacían reír, y entre copa y copa la confianza se fue armando como si nos conociéramos hacía años. Salimos a bailar. En un momento Damián propuso cambiar de pareja y Lorena aceptó encantada. Bailé con Esteban mientras veía cómo mi novio se perdía entre la gente con ella.
Esteban no me soltaba la atención. Me hablaba al oído, me elogiaba, me sostenía la cintura con una seguridad que yo no estaba acostumbrada a sentir. Cuando volvimos a la mesa, Damián llegó de la mano de Lorena, los dos riendo. Algo en mi pecho se apretó, pero me dije que era lógico, que para eso estábamos ahí. Si él disfrutaba, ¿por qué yo no?
Cerca de las once, Esteban propuso seguir la fiesta en su casa. Damián aceptó al instante, feliz. Yo no dije nada, pero el alcohol ya había aflojado mis defensas y las palabras de Esteban habían hecho lo suyo.
—Esta noche espero cumplirte esa fantasía —me dijo mientras subíamos al auto—. Y no te preocupes por tu novio. Lorena se va a encargar de él.
***
En la sala de su casa nos sirvieron unas copas más. Esteban se sentó a mi lado; Damián quedó en el otro sillón con Lorena. Vi a mi novio relajado, sonriente, y me convencí de que estaba bien. Esteban puso una mano en mi pierna y empezó a acariciarla. Yo apoyé la mía sobre la suya, como diciéndole que tenía mi permiso. Con cada caricia y cada palabra al oído, un calor fue subiendo por mi cuerpo.
Del otro lado, Damián y Lorena ya se besaban. Lo vi apretarle el pecho, recorrerla entera. Esteban aprovechó ese instante para buscarme la boca. Nos fundimos en un beso largo, su lengua enredándose con la mía, su mano abriéndose paso entre mis piernas hasta encontrarme ya húmeda. Mis dedos fueron a su entrepierna y comprobé lo que las fotos prometían.
—Vamos a una habitación —me dijo.
En mi estado, con todo el cuerpo pidiendo, le dije que sí. Esteban avisó que nos retirábamos y Lorena, sin separarse de mi novio, comentó que en los cuartos había preservativos. Caminé hacia la habitación sin mirar atrás.
***
Apenas cerramos la puerta, Esteban me besó como si quisiera comerme entera. Le respondí igual de desesperada. Le desabotoné el pantalón con manos torpes por la urgencia mientras él me sacaba la blusa y la falda. Me agarró del trasero, me apretó, y yo quería que pasara ya, sin demoras.
Me arrodillé frente a él. Quería verlo de cerca, comprobar en persona lo que tantas noches había visto en una pantalla. Lo tomé con la mano, lo acaricié, me lo llevé a la boca. Lo escuché gemir, soltar el aire de golpe, y eso me prendió todavía más. La habitación se llenó de sonidos que yo no reconocía como míos.
Por un segundo pensé en Damián, en que del otro lado de la pared estaría haciendo lo mismo con Lorena, cumpliendo al fin su fantasía. Esa idea, lejos de frenarme, me empujó.
Esteban me levantó, me tiró sobre la cama y bajó. Me abrió las piernas y empezó a recorrerme con la lengua, paciente, hasta arrancarme un orgasmo que me dobló la espalda. Nunca había sentido algo tan intenso. Mi cuerpo temblaba en espasmos y los gritos que me salieron debieron escucharse en toda la casa.
No me dio respiro. Me subió las piernas a sus hombros y fue entrando despacio, llenándome de a poco, hasta que me tuvo entera. Después empezó a moverse con una fuerza que me hacía gritar sin pudor.
—Así, no pares —le pedía sin reconocerme la voz.
Lo monté después, cabalgándolo con todo mi peso, dejándome caer hasta el fondo en cada movimiento. Vino otro orgasmo, y otro, uno encima del otro, hasta que perdí la cuenta. Me puso en cuatro al borde de la cama y embistió de pie, y yo gemía sin que me importara quién pudiera oírme. En algún momento lo sentí endurecerse aún más y terminar con un grito ronco, hundiéndose hasta el final.
No sé cuántas horas pasaron. Caí rendida sobre su pecho, sin fuerzas, mientras él me acariciaba la cara. Recién entonces volví a acordarme de Damián, en el otro cuarto, viviendo su propia noche.
***
Cuando Esteban miró el reloj eran casi las nueve de la mañana. Nos vestimos en silencio cómplice. Salimos de la habitación y ahí estaba mi novio, sentado en la sala junto a Lorena, con una cara que no le había visto nunca. Pálido, descompuesto, como si quisiera desaparecer. Me quedé sin saber qué decir.
—Quiero que nos vayamos de acá ahora mismo —soltó con voz dura—. Nunca debimos venir. Y no quiero volver a verlos en mi vida.
Me tomó del brazo con brusquedad y me arrastró hacia la salida. Le pregunté qué pasaba, por qué reaccionaba así, pero no me respondió hasta que llegamos a su casa. Ahí se quebró. Empezó a llorar y me llamó descarada, infiel, me dijo que no había pensado en lo que él podía estar sintiendo.
—No entiendo de qué hablás —le respondí—. Fue tu idea. Fue tu fantasía. Y a medianoche estabas feliz con Lorena.
—Feliz —repitió con desprecio—. Me pasé toda la noche frente a la puerta de tu cuarto, escuchando cómo gemías, cómo le pedías más, cómo le decías que no parara. Cada grito tuyo lo tuve clavado acá.
Me quedé helada. Entonces le saqué la verdad de a poco. Después de que Esteban y yo nos encerramos, él se fue con Lorena al otro cuarto. Se puso el preservativo, se subió sobre ella con toda la ansiedad acumulada y terminó casi de inmediato. La excitación se le transformó en vergüenza y ya no pudo recuperarse. Lorena, viéndolo derrumbarse, le pidió que esperara afuera mientras ella dormía. Y él pasó el resto de la madrugada del otro lado de mi pared, escuchándolo todo.
—Damián —le dije, agotada—, no tengo la culpa de lo que te pasó. Esta fantasía no era mía. Vos la armaste, vos los buscaste, vos insististe hasta que cedí. No me cargues a mí lo que no supiste sostener.
Junté mis cosas y me fui. Él se quedó llorando, repitiendo que yo lo había traicionado, sin reconocer que había sido su propio deseo el que se le volvió en contra.
Soy Carolina, y esta fue la noche que pedí no haber vivido y, a la vez, no termino de lamentar. Damián y yo seguimos hablando, tratando de entender qué quedó de nosotros después de esa madrugada. Ya les contaré cómo sigue todo.