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Relatos Ardientes

Damián volvió y no vino solo esa noche

El correo de Damián me dejó de un humor imposible de disimular. Llegaba el jueves, después de meses sin vernos, y yo no pude evitar contárselo a Lorena y a Carolina en la oficina como una adolescente. Ellas entendieron por mi cara que esa visita significaba mucho para mí.

—¿Otro de tus amores? —preguntó Carolina con esa sonrisa pícara que le conozco de memoria.

—Otro de mis amores, sí. Pero este no es cualquiera —le contesté—. Es de los que dejan huella.

El jueves le pedí a Tomás que me acompañara al aeropuerto en su camioneta. Caía una lluvia tremenda, de esas que inundan media ciudad en una hora. Las calles eran ríos y los semáforos parpadeaban inútiles bajo el agua.

Carolina se había quedado atrapada bajo el toldo de la entrada, recargada en su moto, esperando a que escampara. Cuando Tomás arrimó la camioneta hasta la puerta, yo corrí los pocos metros que me separaban y aun así llegué empapada. Me dio lástima dejarla ahí, así que le ofrecí llevarla camino al aeropuerto.

Carolina aventó su mochila al asiento de atrás y se acomodó adelante, junto a mí. Estaba totalmente mojada, la blusa pegada al cuerpo. Para hacerle lugar me trepé a la consola del centro, con la falda subida y las piernas abiertas, al alcance de las manos de Tomás, que sin ningún disimulo me separó más la pierna izquierda. Solo lo miré y él sonrió.

—Vámonos, que se hace tarde —dije, fingiendo que no había pasado nada.

Las avenidas hacia la casa de Carolina estaban cerradas por la inundación. Ella misma propuso seguir hasta el aeropuerto y que la dejáramos después, si se podía. Me pareció buena idea, porque de todos modos íbamos retrasados.

—Voy a cambiarme, traigo otra ropa en la mochila —dijo, y se estiró entre los asientos para alcanzarla.

La falda la limitaba, así que se la sacó por debajo, entre las piernas, y nos regaló sin pudor la vista de su trasero. Tomás la miraba embelesado por el espejo. En un alto le tomé la mano y la apoyé sobre el muslo húmedo de Carolina. Él no se hizo de rogar y alargó la pausa del tránsito para sobarla con las dos manos.

—Viejo caliente —le dijo ella, riéndose.

—Si tú eres la que se desnuda en mi camioneta —contestó él.

Carolina ya se había puesto el pantalón cuando llegamos. Recogimos a Damián, que no venía solo: lo acompañaba Bruno, un muchacho de unos veinte años, callado y bien parecido. Damián me pidió, casi en voz baja, que aceptara que el chico se quedara también.

—Los dos se vienen conmigo —dije, mirando a Damián a los ojos.

Llegar a casa nos tomó más de dos horas entre el tráfico y las calles cortadas. Para entonces ya estaba claro que Tomás tampoco se iría: invitarlo a quedarse era lo natural. Le indiqué que metiera la camioneta de reversa en mi cochera para que la puerta quedara bajo techo. Yo bajé antes, abrí la reja bajo el aguacero y volví a empaparme.

Adentro les ofrecí café y té para entrar en calor. Damián nunca toma alcohol, así que respeté su costumbre. Mientras tanto, llamé a Mónica para avisarle que esa noche tenía la casa llena.

—Te quedas con ese, ya entendí. Que la pases bien, condenada —me dijo, divertida.

—No creas, van a ser tres hombres los que se quedan.

—¡Tres! A ver cuándo me invitas a mí también.

—Cuando quieras, te guardo tu complemento —le prometí, y colgué riéndome.

***

Pasé a mi recámara a ponerme ropa seca y le presté algo a Carolina, porque lo suyo seguía mojado. Le quedó un suéter ajustado que le marcaba los pechos y le dejaba el vientre al aire. No tenía pantalón de su talla, así que improvisamos con una falda vieja mía, delgada y estrecha, que le acentuaba las caderas. Se veía preciosa y ella lo sabía.

En voz baja, Carolina me preguntó si me molestaría que ella provocara a los hombres en caso de que la cosa avanzara. Yo ya había notado el coqueteo entre Bruno y ella, así que entendí el reparto sin necesidad de palabras: Bruno sería para ella, Damián y Tomás quedarían para mí.

Damián no me soltaba. Me besaba, me acariciaba, me tocaba como si quisiera recuperar cada mes que habíamos estado lejos. Tomás solo nos miraba desde el sillón, con el vaso en la mano.

—¿Se imaginan cuánto hace que somos amantes Damián y yo? —pregunté, para explicar tanto cariño.

—Cuéntales —dijo él, orgulloso.

—Empezó hace años, cuando él era un muchacho recién llegado a la ciudad y yo ya era una mujer hecha. Subía a mi departamento por cualquier excusa, y un día se atrevió a decirme lo que quería. No lo tomé en serio al principio, pero su empeño me conquistó. Con el tiempo aprendí a disfrutar muchísimo de ese empeño. Y miren cómo se ha puesto.

Todos rieron. Noté que Carolina lo medía con la mirada, deteniéndose en el bulto que se le marcaba bajo el pantalón.

—Entre Bruno y yo nos preguntamos algo —soltó ella—. Si tanto presumes a tu amante, Damián, ¿por qué no nos dejas ver?

Damián se puso de pie, cohibido, y yo misma le bajé el pantalón. Su pene quedó a la vista, todavía sin endurecerse del todo, con esa curvatura suya tan particular.

—Esa curva es lo que más satisface a una mujer —dije—. No se imaginan lo efectiva que es.

Carolina, la única otra mujer presente, calló. No hizo ninguna observación, pero los ojos le brillaban.

***

Le asigné la recámara de visitas a Carolina, aunque los dos sabíamos cómo terminaría la noche. Bruno se quedó sentado, esperando instrucciones. Tomás seguía en la sala. Damián y yo nos retiramos a mi cuarto sin pensar demasiado en los otros.

—¿Me dejas pedirle a Bruno que pase la noche conmigo? —vino a preguntarme Carolina, humilde, desde la puerta.

—Claro que puedes. Aprovéchenlo, gócenlo —le contesté, y me acomodé en los brazos de Damián.

—¿Y Tomás? ¿Lo vas a dejar solo en el sillón? —me preguntó Damián—. Se nota que te desea. Consiéntelo un poco.

Me sorprendió que él mismo lo propusiera. Después me recordó, con la voz baja contra mi oído, aquella vez en que tres hombres me tuvieron a la vez. Nunca lo olvidé. Hasta hoy no sé bien cómo lo hicieron, pero fue de lo más intenso que he vivido.

—Podríamos repetirlo esta noche —murmuró—. Pero déjame ser yo el primero.

—Tomás, ven —llamé—. Quítate la ropa mojada y métete con nosotros. ¿Te animas?

—Gracias, muchas gracias —dijo, y tras una ducha rápida no tardó en deslizarse bajo las sábanas.

Damián y yo ya estábamos desnudos, jugando con esa curva suya. Tomás se acomodó a un lado, observando, esperando a comprobar si era verdad lo que tanto presumía.

—Sí que es largo, aunque curvo —dijo Tomás—. Le va a dar mucho gusto a Renata.

—Damián de mi vida, ¿qué me vas a hacer? —le pregunté—. Sabes que necesito sentirte bien adentro.

—Renata, lo tendrás todo adentro —respondió—. Pero quiero recordar cómo terminamos aquella vez. Déjame repetirlo.

—Recuerdo perfecto lo que me hicieron entre los tres. Fue hermoso. Cualquier mujer lo guardaría para siempre. Pero ahora solo quiero sentirte. De verte ya me estoy viniendo.

***

Me concentré en su pene, en esa curvatura que prometía llegar donde nadie más llega. Lo acaricié, me lo metí a la boca lo más profundo que pude, midiendo el ritmo para no acercarlo demasiado pronto al límite. Quería que durara toda la noche.

Damián me jaló de las piernas, me las abrió y bajó la boca hasta mi sexo. Su lengua se movía dentro de mí mientras yo intentaba acomodarme su pene entre los labios. La desesperación crecía con cada segundo.

—¿Esta vez me dejas terminar dentro? —me preguntó al oído.

—Te dejo. Quiero sentirte sin nada en medio, sentir todo lo tuyo dentro de mí y guardarlo mucho tiempo —le respondí, y lo dije en serio.

Nos acomodamos. Me la fue metiendo despacio, por delante, con cara de absoluta felicidad. Entraba con algo de dificultad, pero entraba, dejando a su paso esa sensación que solo su curva provoca. La sacaba entera, respiraba, y volvía a empujar. Mis manos lo aferraban, quizá rasguñándolo, pero ninguno de los dos se quejaba.

Hicimos una pausa para recuperarnos. Yo no lo dejaba terminar.

—¿Estás bien? ¿Se siente rico? —me preguntó.

—Muy rico, como aquella vez. Solo nos falta el tercero —contesté.

—¿Le decimos a Tomás que se una y le enseñamos cómo cogerte? Así de él también te queda algo.

Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda.

—Sí, pero recuerda que es a ti a quien más deseo —dije, ya casi sin palabras, con el cerebro completamente nublado de placer.

Damián me volteó boca abajo. Antes de seguir, le pedí que me dejara disfrutar un rato más su sexo con la boca. Después me untó toda la saliva posible y empezó a abrirse paso por detrás. Costó al principio, hasta que Tomás fue al baño por algo que sirviera de lubricante. Con eso, Damián entró por fin, y yo sentí un rayo de placer atravesarme entero.

No llevé la cuenta de cuántas veces me vine. Cada empujón era un orgasmo nuevo. Pensé en aquella otra noche lejana, en lo poco que entonces supe aprovecharla; hoy, en cambio, lo entendía todo.

Con él dentro de mí, me hizo girar sin salirse, acomodándome sobre su pubis. Me metía los dedos por delante y yo sentía cómo rozaban su propio pene a través de la pared, transmitiéndome vibraciones que me volvían loca.

—Tomás, únete —ordenó Damián—. Cógela fuerte y bien adentro. ¿Podrás?

—Ven, Tomás —le pedí—. Métemelo y siente el pene de Damián contra el tuyo.

Tomás se abalanzó sobre nosotros. Entró fácil; ya estaba todo resbaladizo. Disfrutábamos el trío más hermoso que recuerdo haber tenido. Los dos terminaron dentro de mí casi al mismo tiempo. Tomás fue el primero; sentí su semen escurrir por un costado de mi vientre. Damián salió después, y yo les tomé los dos penes y me los llevé a la boca para saborear lo que quedaba.

Carolina apareció en la puerta, como siempre, de repente.

—¿Se quieren mucho? —preguntó.

—Mucho, ¿por qué lo dices? —contesté.

—Porque te tragaste lo de los dos —dijo, riéndose, antes de volver con Bruno.

***

Estábamos agotados. Al día siguiente todos teníamos compromisos, así que cada quien se acomodó como pudo en esas pocas horas que quedaban de la noche. Carolina, tramposa, se metió a mi cama dispuesta a disfrutar ella ahora de Damián. Lo entendí: yo quería probar con Bruno y terminar con Tomás, como suele pasar.

Y así fue. Bruno me dejó su semen adentro, caliente y abundante. Tomás cerró conmigo; entre los dos nos conocemos bien y sabemos qué nos gusta. Quedamos dormidos donde caímos, repartidos por la casa.

Carolina se levantó más temprano. La encontré planchando su falda para irse al trabajo. Yo me puse a planchar también un pantalón, en pantis y blusa, las piernas al aire. De pronto sentí que alguien me abrazaba por detrás, me bajaba los calzones y me empinaba sobre el burro de planchar. Creí que era Tomás, pero resultó Damián, que me bombeó largo y rico hasta arrancarme un orgasmo a la carrera.

—Gracias, mi vida. Más fuerte, vente —jadeé.

Carolina, detrás de nosotros, miraba excitada. Cuando Damián terminó, se acercó y lamió el semen que me escurría.

—Me encanta verte así —me dijo, antes de que corriéramos las dos al baño a lavarnos y a terminar la una con la otra, deprisa, porque ya llegábamos tarde.

***

En la oficina llegué con minutos de retraso. Lorena me esperaba con cara de querer saberlo todo.

—Traes una cara de desvelo tremenda. ¿Dormiste en tu casa siquiera? —dijo.

—El aguacero los dejó a todos en mi casa —le conté, a medias, todavía aturdida—. La reunión se salió de control y cada quien encontró pareja. Sobraba uno, y por eso terminé yo con dos.

—¿Con dos a la vez? —Lorena bajó la voz—. ¿Te animaste a un doble? ¿Uno por delante y otro por detrás?

—Algo así —admití, sintiendo aún las manos de Damián sobre mi piel—. Y no me arrepiento de nada.

—Condenada suerte la tuya —suspiró ella, y volvió a su escritorio muerta de envidia.

Damián se iba el sábado por la tarde. Me sentía traqueteada, sin ganas de otra desvelada, pero sabía que esa noche con él la recordaría mucho tiempo. Algunas visitas dejan huella. La suya, siempre.

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Comentarios (4)

Gonzalo_95

Tremendo relato, uno de los mejores de la categoría que lei en mucho tiempo!!

MikeReader23

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de mas

Rocko

excelente!!!

SolMorales

Que morbazo... lo lei dos veces jaja. Me encantó como lo narraste, se siente real sin ser burdo. Sigue así!

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