Acampar con mi padrastro terminó en algo prohibido
Esa noche, después de que Marcos me dejara la piel ardiendo en la bañera, nos fuimos a la cama sin nada encima. Yo había tomado el lugar que alguna vez fue de mi madre, y lo había hecho mía. Esa noche yo era su mujer, y sabía perfectamente cómo hacerlo sentir bien.
—Mi cielo, hoy no quiero que terminemos rendidos —me dijo, acariciándome la espalda con la punta de los dedos—. No es que no quiera, créeme que quiero, estás demasiado provocadora para mi gusto. Pero necesito reservar energía para mañana.
—¿Y qué hay mañana? —pregunté, apoyando la barbilla en su pecho.
—Ya te dije, vamos a acampar. Acuérdate que tu papi ya no es ningún jovencito.
Solté una risa contra su piel. De jovencito no tenía nada, pero de cansado tampoco. Marcos tenía una resistencia que me volvía loca, y él lo sabía.
—Hace un calor horrible —murmuré—. Me voy a tener que poner un short chiquito y una blusa de tirantes, sin nada debajo. Si no, no aguanto.
—Ya no digas más o no voy a aguantar yo —respondió, dándome una nalgada suave—. Duérmete, mi amor. Mañana nos vamos a divertir.
***
Nos levantamos temprano y nos bañamos juntos, como siempre. Hubo besos, hubo manos donde no debían estar, pero esa vez logramos contenernos. Manejamos hasta el bosque de los pinos, cerca de la sierra, ese al que casi nadie sube entre semana. Como no era temporada de vacaciones ni fin de semana largo, no había un alma. El silencio era total, apenas roto por el viento entre los árboles.
Buscamos un sitio cerca de un arroyo pequeño y empezamos a montar la carpa. Cada vez que podía, me restregaba contra Marcos: le arrimaba el trasero, le pasaba los pechos por el brazo, encontraba cualquier excusa para rozarle el bulto que ya empezaba a notársele bajo el pantalón.
—Si sigues así, no vamos a terminar de armar esto nunca —me advirtió entre dientes.
Estaba acomodando las cosas dentro de la carpa cuando escuché una voz desconocida saludarlo. Asomé la cabeza. Era una chica, sola, con una mochila al hombro.
—Hola —dijo ella, sonriendo—. ¿No me diga que vino solito a acampar? A mí me encanta, pero no tengo carpa.
—Pues deberías comprarte una —respondió Marcos, divertido—. Y no, solo no vengo. Vengo con mi…
—Conmigo —lo interrumpí, saliendo de la carpa. Me acerqué y le di a la chica un beso pequeño, rozándole apenas los labios y la mejilla—. Mucho gusto, soy Camila. Y él es Marcos.
Ella se quedó congelada un segundo, con las cejas levantadas, y después se rió.
—Me agarraste por sorpresa —admitió—. Aunque no me molestó para nada, eh. Soy Daniela.
—No sé qué está pasando aquí —dijo Marcos, fingiendo desconcierto—, pero tampoco me desagrada. Un gusto, preciosa.
—¿Y qué hacen aquí tan solitos? —preguntó Daniela, mirándonos de reojo—. No me digan que era una escapada romántica y yo me metí donde no me llamaban. Qué pena, mejor los dejo.
La estudié de arriba abajo sin disimular. Llevaba unos shorts deportivos diminutos, rosados, que dejaban adivinar la tanga debajo. El top blanco era tan fino que se le marcaban los pezones. Y aunque dijo que mejor se iba, no se movió ni un centímetro. Buscaba algo, y yo sabía qué.
—Mira, Daniela, te voy a ser sincera porque así soy yo —le dije, cruzándome de brazos—. Sí, vinimos a escaparnos un rato. Somos una pareja muy caliente y siempre andamos buscando cosas nuevas. Eres preciosa, y la verdad es que yo vengo con muchas ganas. ¿Te quieres quedar con nosotros esta noche? Sin rodeos: me encantaría que te metieras en la carpa con los dos.
A Marcos casi se le cae la mandíbula al suelo. Daniela abrió mucho los ojos y después sonrió de lado.
—Vaya, qué directa —dijo—. Me gusta la gente así. Y la verdad, los dos son guapísimos. Claro que me quedo.
***
Dejó su mochila junto a la carpa y nos pasamos las siguientes horas hablando, conociéndonos, riéndonos de tonterías como si nos conociéramos de toda la vida. Cuando el sol pegó más fuerte, nos metimos al arroyo a refrescarnos.
Fue ahí, con el agua hasta la cintura, donde empezó todo de verdad. Daniela y yo nos besamos primero, despacio, mientras Marcos nos miraba apoyado en una roca. Después fue ella la que se acercó a él, y yo la que observaba. Luego él me buscó a mí. Terminamos los tres pegados, yo de un lado y ella del otro, Marcos en el medio. Mientras yo lo besaba, Daniela le acariciaba por debajo del agua; cuando yo bajaba la mano, ella subía a besarme la boca. Nos turnábamos sin ponernos de acuerdo, como si lleváramos años haciéndolo.
—Uff, mis niñas —jadeó él, con la voz ronca—. No tienen idea de cómo me tienen. Me muero por llevármelas a las dos a la carpa.
—Ya casi anochece —dije, mordiéndome el labio—. Salgamos, quitémonos lo mojado y metámonos a la casita.
Para cuando salimos del agua ya estaba oscuro. Nos desnudamos los tres a la intemperie y dejamos la ropa colgada para que se secara. No había nadie, ni un ruido, ni una luz a kilómetros. Aun así, algo en ese silencio nos obligaba a movernos despacio, a contener cada sonido.
***
Apenas entramos a la carpa, Daniela se sentó y abrió las piernas para mí. No hizo falta que dijera nada. Me arrodillé entre sus muslos y bajé la boca hasta ella. Estaba empapada, suave, caliente. Gemía bajito, conteniéndose, y eso me encendió todavía más. Cuanto más callado era su placer, más mojada me ponía yo.
Y entonces sentí a Marcos detrás de mí. No me penetró por donde esperaba. Sus manos me abrieron y su miembro buscó otro camino, uno que yo nunca había probado. Me tensé.
—Papi, ahí no —susurré, girando apenas la cabeza—. Por ahí me duele.
—Ahora te aguantas, mi amor —respondió él, sujetándome de las caderas—. Andabas toda provocadora. Ahora aguantas.
Salió, me penetró primero por delante para humedecerse, y después volvió atrás. Esta vez entró despacio, sin avisar del todo, y yo apreté los dientes para no gritar. El dolor se mezcló con algo que no supe nombrar. Se quedó quieto un momento, dándome tiempo a acostumbrarme, y lo agradecí en silencio.
Cuando empezó a moverse, lo sentí estirarse hacia un costado y sacar algo de la mochila de Daniela. Me pasó un consolador. Lo tomé y se lo deslicé a ella, que arqueó la espalda. A partir de ahí entramos en un ritmo: cada embestida de Marcos contra mí se convertía en un empujón mío contra Daniela.
—No puede ser —jadeó ella, con los ojos cerrados—. Qué rico cogen ustedes. No los quiero dejar nunca.
Marcos me levantó sin salir de mí y se sentó conmigo encima. Daniela quedó frente a nosotros y, sin perder el ritmo, me llenó por delante con el consolador mientras él me hacía rebotar. Estaba colmada por todos lados, sin poder gemir ni gritar ni decir una sola palabra. Marcos y Daniela se besaban por encima de mi hombro, y verlos así, tan entregados, era casi tan bueno como todo lo demás.
—Ahora yo —dijo ella, separándose—. Quiero que me cojas tú también. Tengo todo listo para ti.
Marcos me bajó con cuidado y me recostó en el suelo de la carpa, boca arriba. Puso a Daniela en cuatro patas y empezó a tomarla por detrás mientras ella se inclinaba sobre mí y bajaba la boca entre mis piernas.
—Así, papito —murmuré, hundiendo los dedos en su pelo—. No pares. Cógete a esta perra, quiero verlo.
—Están deliciosas las dos —gruñó él, con la respiración entrecortada—. Me encanta tenerlas así.
—Ay, sí —gimió Daniela contra mí—. Así me vengo, no aguanto más.
Se corrió con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, y el roce de su boca me arrastró a mí justo detrás. Marcos terminó dentro de ella un instante después. Cuando salió, la cargó y la dejó caer suavemente encima de mí. Quedamos las dos enredadas, sudadas, agotadas, riéndonos sin fuerzas.
Nos acostamos los tres apretados en la carpa, sin importarnos el calor. Yo con la cabeza apoyada en el pecho de Marcos, Daniela abrazada a mi espalda. Afuera, el arroyo seguía sonando.
***
—Daniela —dije al rato, cuando el corazón se me había calmado—. Nos encantaste. No queremos dejar de verte. Pero para eso tienes que saber algo.
Ella levantó la cabeza, curiosa.
—Cada vez que le digo papi a Marcos, lo digo en serio —solté—. Es mi padrastro. Es familia. Por eso estamos aquí, escondidos de todo el mundo.
El silencio duró apenas un segundo, pero se me hizo eterno.
—Espero que esto quede entre nosotros —agregó Marcos, con cautela—. Y que podamos seguir viéndonos sin que te dé asco.
Daniela parpadeó, procesando. Después se rió, una risa franca, sin maldad.
—No me lo esperaba, lo admito —dijo—. Pero se entregaron con unas ganas que ni yo me lo creo. ¿Y saben qué? Yo no soy quién para juzgar a nadie. A mí me gusta buscar con quién pasar la noche, y no le pongo etiquetas a lo que me hace sentir bien. Lo suyo es lo suyo.
Nos besamos los tres, nos abrazamos desnudos y nos quedamos dormidos así, hechos un nudo. Por la mañana recogimos todo y llevamos a Daniela de regreso. No vivía cerca, pero no le importó acompañarnos. Fue en casa, viendo las fotos familiares colgadas en la pared, donde terminó de creernos.
Se quedó con nosotros los pocos días que le quedaban de descanso, y Marcos no podía estar más feliz, con sus dos mujeres a su entera disposición.
Hasta el día de hoy, Daniela sigue siendo mi mejor amiga. Y no solo comparto a mi padrastro con ella: comparto también a Nicolás, a Lucía y a mi querido esposo Bruno. Entre nosotros, todo se comparte. Por eso seguimos tan unidas.