Mi marido llegó antes y me encontró con un desconocido
Cumplimos diez años de casados un martes cualquiera, y lo celebramos cenando frente al televisor sin apenas hablar. Diego no levantó la vista del móvil más que para felicitarme con un beso seco en la frente. Llevábamos casi un año en blanco, y yo había empezado a contar los días.
No es que me faltara nada material. Vivíamos en un ático precioso en el centro de Valencia, con una terraza desde la que se veía media ciudad, y él ganaba más dinero del que jamás podríamos gastar. Pero sus inversiones le importaban infinitamente más que yo. Viajaba sin parar, y cuando estaba en casa me hablaba de porcentajes y de cuentas a nombre de uno o del otro, nunca de nosotros.
—¿Subes pronto a la cama? —le pregunté esa noche.
—Tengo unas llamadas con Asia —respondió sin mirarme.
Y yo tenía treinta y seis años, no setenta. Siempre fui de sangre caliente, de las que disfrutan del sexo sin pedir permiso. Al principio, cuando empezamos a salir, todo era distinto: me bastaba verlo desnudarse para encenderme. Ahora, en cambio, lo hacíamos de pascuas a ramos, deprisa y sin ganas, como quien rellena un formulario.
Aprendí a apañármelas sola casi por accidente. Una madrugada me desperté con la mano metida entre las piernas, frotándome dormida, y terminé corriéndome antes de estar del todo despierta. Fue un descubrimiento. Durante semanas aquello me bastó: vídeos a oscuras, los dedos, la imaginación. Pero el plástico nunca tiene deseo. No te mira, no jadea, no te desea. Y a mí lo que me faltaba era exactamente eso.
La cosa cambió una tarde de junio, sin que yo lo planeara. Había ido al gimnasio como cada semana: una clase de cuerpo, un rato de bicicleta y, al final, un masaje. Hacía meses que no me daba uno, y solo entonces caí en la cuenta de cuánto lo necesitaba.
—Madre mía, qué tensa estás —murmuró Lorena, la masajista, hundiéndome los pulgares en los hombros.
—Ya… ha sido una semana larga —contesté con la voz más firme que pude.
Fue empezar a untarme de aceite y sentí que me encendía por dentro. Tuve que morderme el labio para no gemir. Cada vez que sus manos bajaban hacia los muslos, que se acercaban al vientre, me clavaba las uñas en la camilla para no mover las caderas. Me pareció que reparaba en cómo se me endurecían los pezones, pero no dijo nada. Muy profesional, Lorena. Los treinta minutos más largos de mi vida.
Salí de allí ardiendo. Pensé en encerrarme en el vestuario y darme un repaso rápido, pero me corté: solo me faltaba que me pillaran con los dedos dentro. Diego estaba de viaje en Fráncfort —no creo haber dicho que mi marido se llama Diego y yo Carla—, así que no tenía prisa por llegar a una casa vacía.
De camino, recién duchada, en mallas y sudadera, me detuve frente a una cafetería de las de toda la vida que tenía cierta fama. Decían que era sitio de ligue para mujeres como yo. Fue un impulso, una travesura, me dije para convencerme de que no iba en serio. Me senté en un taburete frente a la barra y pedí un gin-tonic. La simple idea de plantearlo, aunque jurara que no lo haría, me dejó empapada.
El ambiente, contra lo que había imaginado, era elegante y discreto. A mi alrededor había mujeres de mi edad y mayores, muy arregladas, y circulaban hombres más jóvenes, casi todos atractivos. Cuando una entraba sola y aguantaba un rato, tarde o temprano se le acercaba alguien. Algunas parejas terminaban saliendo juntas. Nada sórdido. Una cafetería como cualquier otra, salvo por lo que latía debajo.
—Disculpe que la moleste —dijo una voz a mi espalda.
—¿Sí? —me giré.
—No quisiera entrometerme, pero la he visto sola y no me he resistido a ofrecerle mi compañía.
Era alto, atlético sin exagerar, moreno de piel y de pelo, vestido con un cuidado que no parecía esfuerzo. De mi edad, quizá algo mayor. Mi primera respuesta debió de sonarle hostil, porque hizo amago de retirarse, y tuve que apresurarme a frenarlo. Estaba decidida, y aquel hombre me parecía una opción más que buena.
—No, perdóneme usted a mí —dije—. No acostumbro a… bueno…
—Entiendo. ¿Le apetece otra copa?
—Sí, claro.
—Me llamo Adrián, por cierto.
—Carla —respondí, y noté que me ardían las mejillas.
Charlamos casi una hora. Se movía con una soltura que me fue relajando, normalizando lo que estábamos haciendo sin nombrarlo. Pronto nos tuteábamos, como si nos conociéramos de siempre. Una conversación ligera, ingeniosa, sin contenido, que solo servía para sostener la tensión que crecía entre los dos.
—Parece que van a cerrar —comentó él.
—Se me ha ido el santo al cielo —reí.
—Cuando se está a gusto… ¿Quieres que te acompañe?
—Me encantaría.
Pagó y salimos. Hacía fresco para ser junio. Me pasó el brazo por los hombros y yo me agarré a su cintura, y caminamos así hasta mi portal. Cuando llegamos, fingió despedirse.
—Ha sido un placer, Carla.
—¿Ha sido? —tiré suavemente de su mano.
En el ascensor nos besamos como si llevásemos toda la noche conteniéndonos, que era exactamente lo que había pasado. Abrí la puerta y lo hice pasar.
—Espera, siéntate y te preparo una copa —le dije.
—No sé si voy a poder esperar.
Reímos. Abrí el mueble bar del salón, saqué hielo, tónica, ginebra. Mientras servía, vi de reojo el bulto considerable que se marcaba bajo su pantalón, y se me secó la boca. Dejé las copas en la mesa, me arrodillé en la alfombra frente a él y, mirándolo a los ojos, empecé a desabrocharle el cinturón. Me tomó la cara entre las manos y se inclinó a besarme.
—Llevo toda la noche esperando esto —susurró.
Lo desnudé despacio mientras él me quitaba la sudadera. Cuando la tuve delante, comprobé que era casi el doble que la de Diego. La rodeé con la mano, sintiendo su dureza, esa tensión que apenas me dejaba mover la piel. Me pesó los pechos, me acarició los pezones, deslizó las yemas entre mis labios ya húmedos y abiertos, y guio mi cabeza hacia abajo. Abrí la boca y lo recibí entero. Era la primera vez que se la hacía a alguien que no fuera mi marido, y me sorprendió cuánto me gustaba.
—Despacio… despacio —jadeó, recostándose para mirarme.
Reduje el ritmo. Me excitaba sentirlo palpitar contra el paladar, notar cómo se estremecía cuando lo apretaba con fuerza. Sus dedos pellizcándome los pezones me terminaban de enloquecer. No recordaba haber estado nunca tan caliente. Me aparté un momento, me puse a cuatro patas sobre la alfombra y apoyé las manos en el asiento de uno de los sillones.
—Méteme ya —pedí.
Gemí cuando sus manos me agarraron las caderas, y casi chillé cuando entró de un solo empujón. Empezó un vaivén lento, sacándola casi del todo, una lentitud que en lugar de calmarme me desesperaba. A veces se inclinaba sobre mí para amasarme los pechos o morderme el cuello.
—Más fuerte —supliqué.
—Eso quieres, ¿eh? —murmuró, y un azote sonó en mi cadera.
Empezó a embestirme rápido, sin tregua. Yo me ahogaba en mis propios gemidos, con la cara hundida en el sillón. Su cuerpo chocaba contra el mío una y otra vez. Cada azote, cada palabra sucia que me decía al oído, me funcionaba como un acelerador. Estaba tan perdida en ello que no oí la cerradura.
—Más… así —jadeé, sin saber que ya no estábamos solos.
***
Después de seis horas de aeropuerto y otra de taxi, llegué a casa pasada la medianoche, con la noticia de que me habían cancelado el vuelo de vuelta a Fráncfort. Me extrañó ver la luz del salón encendida. Carla solía acostarse temprano, con esa manía suya de la vida sana.
Al cruzar el recibidor empecé a oír un inconfundible chasquido de palmadas, jadeos, algún grito ahogado. Se me aceleró el corazón y me zumbaron los oídos. Tuve que detenerme un momento en la penumbra, con las manos temblando, intentando entender lo que mi cabeza se negaba a aceptar.
Cuando me recompuse, caminé hasta la puerta del salón y me asomé. Carla, a cuatro patas, con la frente apoyada en mi sillón preferido, recibía las embestidas de un hombre que no había visto en mi vida. Y las disfrutaba. Nunca la había oído gemir así, ni con esa entrega. Me quedé allí, no sé cuánto tiempo, viendo cómo aquel tipo le daba un azote y la llamaba cosas que ella le devolvía pidiendo más.
Pensé en marcharme a un hotel y fingir que no había vuelto. Pensé en gritar, en interrumpirlo todo. Pensé en mil cosas a la vez. Pero no me moví, y entonces me di cuenta de que estaba empalmado, con una mancha de humedad extendiéndose en el pantalón. Hacía meses que no la deseaba así. En realidad, no recordaba haberla deseado nunca tanto.
Con los dedos torpes, sin pensarlo demasiado, empecé a desabrocharme la camisa. Crucé el salón hacia ellos. Tardaron en reparar en mí, y cuando lo hicieron solo se detuvieron un instante. Levanté a Carla apenas, sujetándola por las axilas, y ocupé el sillón sentándome frente a ella. Me miró con una mezcla de vergüenza y desafío que jamás le había visto.
—Puto cornudo —me escupió, casi sin aliento.
—Lo sé —respondí, y no supe ni por qué.
***
Verlo allí, sentado, mirándome con la polla dura en la mano, me cortocircuitó algo dentro. Tendría que haberme muerto de vergüenza. En cambio, estaba más caliente que nunca. Adrián no paró de embestirme. Apoyó una mano en mi nuca y, con una sonrisa cómplice dirigida a mi marido, guio mi cabeza hasta él.
—Vamos —murmuró Adrián—, dale lo que nunca le has dado.
Abrí la boca y recibí a Diego mientras el otro seguía clavándose en mí desde atrás. Nunca, en diez años, se la había chupado así. Lo oí gemir, sorprendido, como si fuera otra mujer la que lo hacía. Y de algún modo lo era. Adrián marcaba el ritmo por detrás, yo me balanceaba entre los dos, y por primera vez en mucho tiempo me sentí absolutamente deseada por dos hombres a la vez.
—Joder, Carla… —jadeó Diego, agarrándome el pelo con una delicadeza impropia de la escena.
El compás de los azotes, los empujones, mi propio cuerpo sacudiéndose entre los dos: era la imagen más brutal que jamás había imaginado, y la estaba viviendo en mi salón. Me corrí gritando, con la cara hundida contra Diego, mientras Adrián me sujetaba las caderas y se vaciaba dentro de mí con un gruñido largo.
Quedé temblando, deshecha sobre la alfombra, con la respiración entrecortada y una sonrisa idiota que no podía borrar. Adrián se incorporó, recuperó su ropa con calma y encendió un cigarrillo.
—¿Tienes un cenicero? —le preguntó a Diego, como si se conocieran de siempre.
—Sí, claro… —contestó mi marido, todavía aturdido.
***
Me serví otra copa y encendí también un pitillo, sin saber muy bien qué hacer con las manos. Adrián se vistió sin prisa y, antes de irse, se acercó a mí.
—Oye, esto, si lo enfocas bien, no es ningún drama —dijo bajando la voz—. Ahora ya sabes lo que le gusta.
—Ya… —murmuré.
—Un poco más de atención, un poco más de marcha. Ya me entiendes.
—Claro.
—Si alguna vez os apetece repetir, tenéis mi teléfono —añadió guiñándome un ojo—. La próxima no será gratis, eso sí.
—Lo que sea —contesté, y ni yo me reconocí.
Cuando la puerta se cerró, me quedé a solas con Carla, que descansaba boca arriba en el sofá con los ojos entornados. Hacía tiempo que no la miraba de verdad. En realidad, nunca la había visto así: rendida, sonrojada, con las huellas de unas manos que no eran las mías marcadas en la piel blanca. En lugar de odiarla, la deseé con una urgencia nueva.
Me acerqué, le separé los muslos y la encontré todavía húmeda, abierta, esperando. Gimió antes incluso de que la tocara.
—Así que esto era lo que querías —le dije, deslizándome dentro de ella.
—Diego… —murmuró, abrazándome el cuello.
La follé despacio al principio, y después con una rabia que tenía más de hambre que de reproche. Ella me mordía los labios, me jadeaba en la boca, se acariciaba mientras yo empujaba. Por primera vez en años estábamos los dos en el mismo sitio, sin pantallas, sin cuentas, sin viajes.
—No pares —pidió—. Así.
Me corrí dentro de ella sujetándola con fuerza, y nos quedamos quietos, enredados, recuperando el aire. Le aparté un mechón de la cara y la besé en la frente, esta vez sin prisa, sin sequedad.
—Las cosas van a cambiar —le dije.
—Por fin —respondió ella, y se quedó dormida sobre mi pecho.