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Relatos Ardientes

El juego de los retos se nos fue de las manos

Ilustración del relato erótico: El juego de los retos se nos fue de las manos

El piso de Lucía olía a pizza recalentada, a cerveza tibia y a la vela de jazmín que ella había encendido «para dar ambiente». Éramos cuatro, repartidos en un círculo torcido sobre la alfombra del salón: Lucía, con el pelo negro corto y unos ojos verdes que siempre parecían esconder una travesura; Noa, de piel morena y curvas que la timidez intentaba disimular, hasta que llegaba el alcohol; Bruno, flaco, de sonrisa fácil y un tatuaje en el antebrazo que nunca explicaba; y yo, Mateo, el callado del grupo, siempre a medio camino entre pasar desapercibido y seguirles el juego.

Nos conocíamos desde la facultad, pero esa noche había algo distinto en el aire. Los padres de Lucía estaban fuera todo el fin de semana, la casa entera era nuestra, y esa libertad pesaba de un modo que me ponía los nervios de punta.

Habíamos pasado la tarde jugando a las cartas y riéndonos de tonterías, pero cuando la conversación se agotó, Lucía hizo lo de siempre: buscar la forma de sacudirlo todo.

—Vamos a jugar a algo más… subido —dijo, recostándose en el sofá con una cerveza en la mano. Sus ojos brillaban con esa mezcla de diversión y peligro que me hacía sudar.

—¿Subido cómo? —preguntó Noa, mordiéndose el labio. La camiseta ajustada le marcaba el pecho, y aparté la mirada deprisa, sintiendo el calor trepándome por el cuello.

—Verdad o reto —respondió Lucía—. Pero con reglas. El que no contesta o no cumple, chupito de tequila. Y los retos no van a ser para niños.

Bruno soltó una risa nerviosa y se pasó la mano por el pelo.

—Esto se va a descontrolar, ¿verdad? —dijo, aunque su tono tenía más curiosidad que miedo.

Yo no dije nada. El pulso ya se me había acelerado y una parte de mí quería inventar una excusa para irme a casa. Pero la cerveza, el calor de la habitación y la forma en que Lucía me sostuvo la mirada me dejaron clavado al suelo.

***

Empezamos con cosas ligeras. «¿Cuál fue tu peor cita?». «¿Qué harías si te pillaran desnudo en un ascensor?». Reíamos, nos pinchábamos, fingíamos que aquello no iba a ninguna parte. Pero el juego escaló rápido. A Noa le tocó quitarse la camiseta y se quedó en un sujetador rojo que apenas la contenía. Bruno y yo intentamos no quedarnos mirándola fijo, sin demasiado éxito. El ambiente ya estaba cargado, el olor a piel y alcohol mezclándose con el jazmín de la vela.

Llegó mi turno y Lucía me miró con una sonrisa que me erizó la nuca.

—Mateo, reto: dale un beso a Noa. Pero un beso de verdad, despacio.

El silencio cayó como una losa. Noa se quedó quieta, los ojos marrones muy abiertos, y Bruno soltó un «uf» que no ayudó. El estómago me dio un vuelco. La idea me puso duro al instante, y el miedo a que alguien lo notara me hizo apretar los puños. ¿Y si esto iba demasiado lejos? ¿Y si mañana no podíamos mirarnos a la cara?

—¿En serio? —pregunté, con la voz temblándome.

—O chupito —dijo Lucía, levantando la botella con una ceja arqueada.

Noa respiró hondo y se le encendieron las mejillas.

—Vale —murmuró, casi inaudible—. Hazlo.

Me incliné hacia ella sintiendo todas las miradas sobre mí. Su perfume, algo afrutado mezclado con el calor de su piel, me golpeó de cerca. Dudé un segundo, mis labios temblando sobre los suyos, y entonces ella acortó la distancia. El beso empezó lento, tímido, hasta que su lengua buscó la mía y todo el aire de la habitación pareció evaporarse. La oí soltar un suspiro contra mi boca, y mi cuerpo respondió de una forma que ya no pude disimular.

—Joder, qué fuerte —murmuró Bruno, con la voz más ronca de lo normal.

Noa se separó despacio, sonriendo con los labios húmedos.

—Te toca, Lucía —dijo, como si quisiera desviar el foco de sí misma.

***

El juego siguió escalando. A Lucía le tocó lamerle el cuello a Noa, dejándole un rastro húmedo que la hizo estremecerse entera. Bruno tuvo que quitarse la camisa y enseñar el pecho flaco y el tatuaje que le serpenteaba por el brazo. El aire estaba espeso; el deseo se palpaba en cada ronda y nadie hacía nada por bajarlo.

Cuando le tocó a Noa, Bruno habló con una sonrisa que intentaba ser despreocupada y no lo lograba.

—Reto: déjate acariciar el pecho por Lucía. Diez segundos.

Noa dudó, con las manos temblándole un poco, pero asintió. Lucía se acercó, sus dedos rozando primero la tela del sujetador y deslizándose después por la piel morena. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración pesada de los cuatro. Yo notaba la erección dura contra los vaqueros y una punzada de culpa, pero era incapaz de apartar la vista.

—Tu turno, Mateo —dijo Lucía, girándose hacia mí.

—Verdad —contesté rápido, con la esperanza de esquivar otro reto.

—¿Con quién de los presentes has fantaseado? —preguntó, inclinándose hacia mí.

Se me incendió la cara. No podía mentir, no después de las cervezas y el tequila. Miré al suelo, sintiendo sus ojos encima.

—Con… los dos —admití, apenas un hilo de voz. El silencio que siguió fue peor que cualquier reto.

—Interesante —dijo Lucía, y su sonrisa me dio un escalofrío que me recorrió la espalda.

***

El juego se volvió más oscuro. Lucía y Noa se besaron, un beso lento, profundo, las lenguas enredándose mientras Bruno y yo mirábamos hipnotizados. El sonido húmedo de sus labios, sus cuerpos tan cerca, me tenía al borde. Y entonces llegó el reto que lo cambió todo.

—Noa —dijo Lucía, con una voz que era veneno dulce—. Reto: deja que Mateo te quite los pantalones. Con la boca.

El aire se cortó. Noa se quedó congelada, y a mí un sudor frío me bajó por la espalda. Bruno dejó escapar una risita nerviosa, pero nadie más se rió. Mi erección dio un tirón, y la vergüenza me golpeó como un martillo. Era morboso, sucio, y me excitaba tanto como me daba pánico.

—¿Qué? —susurró Noa, mirando primero a Lucía y luego a mí. Vi el miedo en sus ojos, pero también algo más, algo que me hizo tragar saliva.

—O chupito —insistió Lucía, levantando la botella.

Noa se mordió el labio y asintió despacio.

—Está bien… pero con cuidado —dijo, casi sin voz.

Se tumbó sobre la alfombra y yo me acerqué temblando. Enganché el borde de sus leggings con los dientes y tiré despacio, centímetro a centímetro, notando cómo se le erizaba la piel a mi paso. El olor de su excitación me llenó los pulmones cuando llegué a la cadera. Ella levantó las caderas para ayudarme, y entre los dos los dejamos caer al suelo. Noa jadeó, y ese sonido me hizo estremecer entero.

—¿Estás segura de esto? —pregunté, con la voz ronca, partida entre el miedo y el deseo.

—Sí —respondió, aunque le temblaba la respiración—. No pares.

***

A partir de ahí, el juego dejó de tener reglas claras. Lucía propuso que nos metiéramos todos en la ducha, «para refrescarnos», y nadie se opuso. Nos miramos, el miedo y las ganas peleándose en cada gesto, y empezamos a quitarnos lo que quedaba de ropa con manos torpes. Bajo el agua caliente, el vapor envolviéndolo todo, las inhibiciones terminaron de disolverse.

Lucía y Noa volvieron a besarse, sus cuerpos mojados resbalando uno contra el otro, el agua corriéndoles por la espalda. Bruno se acercó a Lucía por detrás, ella lo dejó hacer, y yo me quedé con Noa, mi boca recorriéndole el cuello mientras ella echaba la cabeza atrás. La línea entre quién hacía qué con quién se borró por completo. Éramos cuatro cuerpos buscándose bajo el chorro, manos por todas partes, gemidos rebotando contra los azulejos.

—Salgamos —jadeó Lucía contra mi oído—. La cama es más grande.

***

Volvimos a la habitación con la piel todavía mojada, dejando un rastro de huellas por el pasillo. Caímos sobre la cama hechos un nudo de brazos y piernas. Lucía empujó a Noa de espaldas y se inclinó entre sus muslos; la lengua de una contra el sexo de la otra, mientras Noa arqueaba la espalda y enredaba los dedos en el pelo corto de Lucía.

Bruno y yo nos quedamos un instante a un lado, mirando, los dos respirando con dificultad, conscientes de que aquello también era parte del morbo: ser vistos, ver. Luego Noa estiró el brazo y me atrajo hacia ella.

—Ven —dijo, con los ojos vidriosos—. Te quiero a ti.

No hizo falta más. Me coloqué sobre ella mientras Lucía seguía con la boca entre sus piernas, y la primera embestida nos arrancó un gemido a los dos a la vez. Noa estaba caliente, mojada, apretada, y la sensación de su cuerpo cediendo bajo el mío casi me hace terminar al instante. Me obligué a ir despacio, marcando un ritmo que la hacía clavarme las uñas en los hombros.

A nuestro lado, Bruno se hundía en Lucía, que se mordía el dorso de la mano para ahogar los gemidos. La cama entera se movía con nosotros, los cuatro perdidos en el mismo compás, el aire denso de jadeos, de piel contra piel, del olor a sexo que ya lo impregnaba todo.

—Mírame —me pidió Noa, y le sostuve la mirada mientras me movía dentro de ella. Esa conexión, sentirla observándome mientras gemía, fue lo que terminó conmigo. Apreté los dientes, intenté aguantar, pero ella enroscó las piernas en mi cintura y me empujó más adentro, y me corrí con un temblor que me recorrió de la nuca a los talones.

Bruno terminó casi a la vez, derrumbándose sobre la espalda de Lucía con un gruñido sordo. Por un segundo no se oyó más que nuestras cuatro respiraciones entrecortadas y el goteo de la ducha que habíamos dejado abierta.

***

Nos quedamos tumbados en la cama deshecha, los cuerpos pegajosos, las sábanas húmedas bajo nosotros. Nadie hablaba. Noa apoyó la cabeza en mi pecho, Lucía buscó la mano de Bruno, y durante un rato largo solo existió el sonido de la respiración volviendo poco a poco a la normalidad.

—¿De quién es el turno? —preguntó Bruno al fin, medio en broma, y los cuatro nos echamos a reír.

Nadie respondió. No hacía falta. Sabíamos que esa noche nos había cambiado de una forma que no tenía vuelta atrás. Seguíamos siendo amigos, los mismos de la facultad, los de las tardes de cartas y cervezas. Pero ahora también éramos otra cosa, algo sin nombre, atrapados los cuatro en un juego que ninguno tenía intención de dar por terminado.

Cuando por fin nos dormimos, amontonados como cachorros en la cama de Lucía, todavía me rondaba la misma idea: lo más peligroso no había sido el primer reto, ni el segundo. Lo más peligroso era saber que, en cuanto despertáramos, ninguno iba a querer volver atrás.

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Comentarios (4)

Wolf1122

increible como termino todo, no me lo esperaba para nada!!!

SoldeNoche

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues con todos

Pablito_VG

Los juegos de botella siempre terminan igual jajaja, excelente relato

Marce_BA

Me recordo a una noche parecida que tuve hace años, esas situaciones se te quedan grabadas para siempre. Muy bien contado, se siente real

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