Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cambié mi disfraz para seducir a mi esposa esa noche

Carolina y yo teníamos esa costumbre que tienen algunas parejas de jugar con fuego sin acercar nunca la mano a la llama. En la cama, entre susurros, fantaseábamos con acostarnos con otros. Inventábamos escenas, nos imaginábamos a desconocidos entrando en la habitación, y todo aquello nos calentaba muchísimo. Pero era teatro, palabras para excitarnos. Ninguno de los dos pensaba realmente en cumplirlo.

Por aquella época, mi empresa organizaba cada año una macrofiesta de disfraces. Era vox pópuli que en esas fiestas se follaba bastante, aunque a nosotros nunca nos había preocupado ni tentado demasiado. Íbamos en pareja, nos divertíamos con otras parejas igual de tranquilas y dejábamos que el resto hiciera lo que quisiera. La única norma estricta era el anonimato: disfraz completo y máscara total, de manera que reconocer a alguien fuera casi imposible. Eso, claro, facilitaba que la gente terminara enredándose sin saber siquiera con quién.

Marcos, un compañero y amigo de toda la vida, había caído en esa trampa el año anterior. Folló con una desconocida y desde entonces no paraba de darme la lata con el misterio.

—¿Y si fue Valeria? —me decía, refiriéndose a una directiva guapísima de la planta de arriba—. O peor, ¿y si fue Daniela? Solo de pensarlo se me pone dura.

Valeria y Daniela eran las dos candidatas obvias: solteras, desinhibidas, las dos preciosas. Daniela, además, se había hecho íntima de Carolina, y por eso también amiga mía. Lo curioso era que mucha gente las confundía a ella y a mi mujer con hermanas. De cuerpo eran casi idénticas; de cara, algo menos.

Una noche, hablando de la fiesta que se acercaba, aprovechamos para calentarnos con la idea.

—Como nadie sabe quiénes somos —murmuró Carolina—, podrías aprovechar para follarte a una compañera anónima. O a la pareja de alguno.

—¿Lo dices por mí o porque te apetece a ti? —contesté—. ¿Le has echado el ojo a algún compañero mío?

—Por mucho ojo que le eche, ¿cómo voy a saber quién es quién bajo la máscara?

—Tendrías que dejarte llevar por la intuición. Quizás te tocaría aquí. —Le pasé la mano por encima de la ropa, entre las piernas.

—Mmm, qué morbo. ¿Y dónde más?

—Seguramente aquí. —Le colé la mano por el escote, por debajo del sujetador, y le acaricié el pezón con el pulgar.

—Qué sinvergüenza eres. Y tú la tendrás dura, seguro. A lo mejor te animarías con Valeria, que está buenísima.

—Valeria está muy buena, pero tú lo estás igual y me vuelves loco. —Esa conversación la terminamos follando contra el colchón, sin más palabras.

***

En el postcoito, sin embargo, volví a tirar del hilo. Lo hacía para tranquilizarme, esperando que ella negara cualquier interés real.

—La verdad es que no te atreverías —solté, fingiendo desdén.

—¿A qué no me atrevería?

—A follar en la fiesta con alguien anónimo.

—Me lo dices para que te diga que no, mientras eres tú el que se muere de ganas. El ladrón cree que todos son de su condición. —Me había pillado a medias. La primera parte era cierta; la segunda no. No tenía ningún interés en acostarme con otra que no fuera Carolina, pero los celos no me dejaban reconocerlo ante la sospecha de que a ella sí le apeteciera—. Es fácil, además. Como sabremos qué disfraz lleva cada uno, basta con esquivarnos. Yo iré de Pierrot. Tú busca a cualquiera que no sea un Pierrot. ¿De qué te vas a disfrazar?

—Todavía no lo sé. Ya me verás.

Salimos a comprar los disfraces por separado. Yo elegí uno de payaso siniestro, con una máscara a juego, y antes de pagarla comprobé una cosa: a través de los ojos translúcidos yo veía perfectamente, pero desde fuera nadie podía verme la mirada. Carolina se compró el de Pierrot, tal como había dicho.

—Vaya, a mí se me ven los ojos —se quejó frente al espejo—. Voy a arreglarlo. —Buscó un papel que parecía blanco por fuera pero dejaba ver desde dentro, y lo pegó en los huecos de su máscara.

Yo había escogido la mía precisamente porque ocultaba los ojos, porque tenía un plan retorcido a la altura del disfraz. Esa misma semana hablé con Marcos.

—La idea es que cambiemos los disfraces —le expliqué—. Como Carolina no sabrá cómo vas vestido tú, igual te la follas sin que ninguno de los dos lo sepa, porque creerá que eres yo. Eso sí, solo si ella te busca. Cambia un poco la voz, hagas lo que hagas. No tienes que ir a por ella, pero si surge…

Marcos aceptó, fuera por las ganas de follarse a Carolina o por hacerme el favor. Pero ese no era mi verdadero plan. El mío era más rebuscado: yo me pondría el disfraz de Marcos y buscaría a mi propia mujer para seducirla como un anónimo. Si ella aceptaba acostarse conmigo creyendo que era un extraño, yo la habría cazado follando con su marido sin saberlo, y de paso me aseguraba de que no terminara en brazos de nadie más. Algún día se lo contaría y nos reiríamos juntos.

El plan no era malo. Funcionó en apariencia. Solo años después supe que había salido al revés.

***

Porque resulta que Carolina, igual que yo, había aceptado lo del intercambio solo de boquilla. Y, para mi desgracia, se le ocurrió exactamente la misma jugada que a mí. Cambió su disfraz de Pierrot con Daniela, con idéntica intención: encontrarme a mí y cazarme follando con ella. La diferencia es que ella descubrió el fracaso de su plan mucho antes que yo.

Nada más intercambiar el disfraz con Marcos, me lancé a buscar el Pierrot entre la multitud de máscaras. Tardé, pero lo encontré junto a una mesa, llenando un vaso de una especie de sangría. Me puse en la cola, justo detrás, y empecé a hacerme el simpático. Ligué con descaro, cambiando la voz; la máscara ayudaba a deformarla. Charlamos, bebimos, repetimos varias veces, y yo trataba de achisparla un poco para llevármela. Luego la saqué a bailar.

La acerqué a mí y se dejó. Bailamos pegados, hablando de mil cosas. Y mientras bailábamos crecía dentro de mí una mezcla absurda de excitación y celos, porque me estaba resultando demasiado fácil. Aquello significaba que mi mujer estaba más que dispuesta a entregarse a un extraño. No me detuve. En un momento dado retiré la mano de su cintura y, al volver a posarla, la deslicé directamente sobre su culo, sabiendo que ese era un punto débil suyo.

Ella me miró. Ahora, al escribirlo, evito decir Carolina, porque hoy sé que aquella mujer era Daniela y no mi esposa. Supongo que sonrió, aunque la máscara me lo ocultaba, y aceptó la mano sin apartarla. Comprobé hasta qué punto estaba lista para acostarse con un desconocido y, con algo de rabia, presioné para juntar nuestras caderas. Funcionó. La tenía caliente.

—Date por besada —le dije al oído—. La máscara me lo impide, pero me encantaría hacerlo.

—Ja, a mí también me habría encantado.

—¿Buscamos una habitación?

La fiesta era en un hotel entero a nuestra disposición, con las puertas abiertas.

—Me encantará follar con mi anónimo compañero —respondió, y un nuevo pinchazo de celos me atravesó al ver lo sencillo que resultaba.

Nos cogimos del hombro y la cintura y recorrimos el pasillo buscando un cuarto libre. Muchas puertas estaban cerradas; otras, abiertas, dejaban ver a parejas enredadas. En una de ellas reconocí mi propio disfraz de payaso siniestro: Marcos follaba de pie con una Cenicienta a la que había levantado el vestido y le había quitado las bragas, un culo precioso recortado en la penumbra. Parecían pasárselo bien y me alegré por él. La mujer que yo creía Carolina me miró un instante al verlos, y años después entendí que reconocía algo en aquella escena. Cerramos la puerta para dejarlos tranquilos y seguimos hasta la siguiente, vacía.

***

Entramos y nos desnudamos a oscuras, a petición de ella. Desde la habitación contigua llegaban los gritos de Marcos y su pareja, y no pude evitar sonreír.

—¿Te importa si apagamos del todo? —susurró—. Así podemos quitarnos la máscara y besarnos sin reconocernos. Pero sin la máscara se nos nota más la voz, así que mejor no hablemos.

Me pareció una idea estupenda. Nos quitamos las máscaras en plena oscuridad y nos lanzamos el uno sobre el otro. Follé con una brusquedad que no es la mía, a propósito, para que "Carolina" no me reconociera por las maneras. La besé con la boca abierta, la recosté en el borde de la cama y entré en ella despacio, escuchando su respiración entrecortada contra mi cuello.

Luego, con mucha saliva, la giré boca abajo y me hundí en su culo. Estaba seguro de que me frenaría, porque a mi mujer eso nunca le había gustado, y contaba con ello para reforzar mi disfraz de desconocido. Pero, ante mi sorpresa y mis renovados celos, no solo no me rechazó: arqueó la espalda y empujó hacia atrás buscándome. Los gemidos eran distintos, todo resultaba un poco raro, pero lo atribuí a que estábamos follando de otra manera, ella creyéndome un extraño.

Cuando terminamos, reposamos un rato disfrutando del cuerpo desnudo del otro en la penumbra. Se hacía tarde. Yo había quedado con Marcos a las tres menos cuarto para devolvernos los disfraces, y mi acompañante también parecía tener prisa. Nos vestimos a tientas, nos colocamos las máscaras y salimos cada uno por su lado.

Encontré a Marcos donde habíamos quedado y recuperamos nuestra ropa.

—¿Qué tal tu Cenicienta? —pregunté.

—Ya te contaré mañana con calma. Estaba buenísima y follaba como los ángeles. Lo único, no me dejó ni acercarle un dedo al culo, pero por lo demás, espectacular. Uno de los mejores polvos de mi vida, te lo juro. Follaba como si me conociera de toda la vida.

—Me alegro. Gracias por el cambio.

—Tú tampoco ibas mal acompañado. Te reconocí cuando abristeis la puerta.

—No me quejo —dije, sin querer entrar en detalles sobre lo que creía mi intimidad con Carolina.

Mientras volvía a buscar a mi mujer, noté que el disfraz de payaso olía intensamente a sexo. Me pareció lo más normal del mundo; el de Marcos olería igual.

***

Cuando me reuní con Carolina, la encontré esquiva.

—¿Qué tal lo has pasado? —pregunté.

—Bien.

—¿Te ha gustado follar con un desconocido?

—Mira, prefiero no hablar de eso, si no te importa. Creo que es mejor para nosotros. —Respeté su silencio, convencido de que estaba celosa y un poco arrepentida por haberse acostado con otro, sin saber, según yo creía entonces, que ese otro había sido yo.

Pasó bastante tiempo hasta que un día me decidí a confesarle mi estratagema.

—¿Te acuerdas de la fiesta en que follamos con otros? —empecé, sonriente—. No sé si me deja en buen lugar, pero lo hice por amor: no fue con otro. Cambié mi disfraz con Marcos y ligué contigo. El desconocido era yo. Por cierto, no te importó nada que te la metiera por detrás.

Carolina se quedó muy quieta un segundo. Luego se echó a reír de una forma extraña.

—¿Te acuerdas de la fiesta? Pues sí, follamos con otros. Concretamente yo con Marcos, acabo de entenderlo ahora que me dices con quién cambiaste el disfraz. Y tú con Daniela. Resulta que se me ocurrió lo mismo que a ti: cambié mi Pierrot con ella para cazarte. Así que cuando me buscaste, encontraste a Daniela vestida de Pierrot, y cuando yo te busqué, encontré a Marcos con tu disfraz de payaso. Creyendo que eras tú… lo siento… follé con él.

Me quedé sin aire. Ella siguió, mirando al suelo.

—Supe que no eras tú cuando ya no había marcha atrás. Después de tantos preliminares, en cuanto me penetró noté que la tenía más gruesa y más corta que tú. No tuve valor para apartarme. Fingí un orgasmo y lo forcé a correrse rápido. Los hombres sois muy fáciles. Solo ahora, contigo contándomelo, he entendido la doble jugada. Por eso nunca quise hablar del tema. No lo estaba pasando mal… hasta que descubrí que no eras tú.

—Ja, ja, ja. Perdona que me ría —dije, decidiendo tomármelo bien—. Yo intenté ser distinto y te lo metí por el culo justamente pensando que no me dejarías, para parecer otro. Y me dejaste. Bueno, tú no: Daniela. Pero yo creí que eras tú, y me puse celosísimo de que con un desconocido sí y conmigo no.

—Lo sé, me lo contó Daniela, aunque ella no sabe que fuiste tú. Ni siquiera yo lo sabía. Dice que su amante, o sea tú, era buenísimo.

—Pues Marcos me habló maravillas de su Cenicienta. Uno de los mejores polvos de su vida, dijo. Te comparó con los ángeles.

Hubo una pausa larga, y entonces estallamos los dos en una carcajada que no terminaba nunca. Reímos hasta que se nos saltaron las lágrimas, y de la risa pasamos a los besos, y de los besos a la cama, donde follamos como descosidos, como si necesitáramos borrar aquella noche y reescribirla.

—Si vas con muchísimo cuidado —me susurró después, todavía agitada—, te dejo entrar por detrás. Pero si me duele de verdad, lo paramos. Ya veremos si repetimos… incluso si me gusta.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

LectoFan92

Excelente!!! Me encanto la idea del disfraz, tremendo relato

PatriMolina

que creatividad!! nunca me hubiera imaginado algo asi

Gaston_lee

Buenisimo, espero que haya segunda parte. Se me hizo corto!

TrepidanteBA

Me hizo pensar en una vez que mi pareja y yo jugamos algo parecido en carnaval, pero nada tan elaborado jaja. Un caño el relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.