El último día de mar terminó en una orgía
Nos encontramos con el resto del grupo de camino al puerto. Después de los saludos de rigor seguimos juntos hasta el muelle, donde íbamos a embarcar para pasar el último día de las vacaciones en el mar. Carla me apretaba la mano, excitada como una niña, y Diana y Rubén caminaban detrás riéndose de cualquier tontería.
Cuando llegamos nos sorprendió el barco que habían alquilado. No era pequeño ni mucho menos. Hugo lo había conseguido a través de un conocido que trataba con el patrón, y nos lo había dejado por un precio razonable para el día entero.
Nada más subir nos presentaron a la tripulación. El dueño y patrón era Frank, un belga de cincuenta y tantos, alto, en forma, con el pelo blanqueado por el sol y una calma de hombre que lo ha visto todo. Su ayudante, Toni, rondaba los treinta, moreno y fibroso, con esa timidez de quien todavía se sonroja.
Nos enseñaron la embarcación: cuatro camarotes bajo cubierta, un salón amplio en la cubierta principal y un altillo desde donde se gobernaba el timón. Mientras Toni soltaba amarras y Frank maniobraba para salir del puerto, bajamos a cambiarnos. Carla, Diana, Rubén y yo ocupamos un camarote; el resto se repartió por los demás.
Carla y Diana se pusieron unos bikinis que dejaban más bien poco a la imaginación. Los hombres, en cambio, unos bañadores corrientes.
Cuando salimos a cubierta, las demás ya lucían igual. Aquello parecía una pasarela: todos los tamaños, todos los colores, una colección de cuerpos al sol con una copa en la mano que Toni iba rellenando sin levantar la vista del suelo.
No habíamos salido del puerto ni diez minutos cuando Greta se quitó la parte de arriba del bikini, y el resto la siguió como si fuera una señal acordada. Los pechos pequeños de Noa, los redondos de Carla y Diana, los grandes y morenos de Sandra y, coronándolo todo, los enormes y blancos de Greta, con esos pezones rosados que parecían pedir atención.
Toni servía las copas y sus ojos se posaban una y otra vez donde no debían. Las chicas se dieron cuenta enseguida y, lejos de taparse, lo provocaban. Greta cruzó los brazos bajo el pecho para elevarlo; Diana se pasaba las manos por los suyos como si se sacudiera una arena que no existía.
—Mirá que sois malas —se rió Diana cuando el pobre Toni se dio la vuelta tartamudeando.
—¿Nosotras? —respondió Greta con cara de inocente—. No sé a qué te refieres.
—¿Le habéis visto el bulto del bañador? Eso ya no le baja en todo el día.
Nos reímos mientras Frank fondeaba en una cala a la que solo se podía llegar desde el mar. Toni preparó la lancha auxiliar con unas neveras de bebida, y fuimos bajando con las toallas. Frank se ofreció a llevarnos y quedarse con nosotros; Toni se ocuparía del barco y de la comida.
La lancha botaba contra las olas y, con cada salto, los pechos de las mujeres hacían lo mismo. Frank fingía mirar el horizonte, pero de vez en cuando aceleraba un poco más solo para verlas saltar. Ellas no podían soltarse para sujetarse, así que yo, ni corto ni perezoso, pasé un brazo por los hombros de Sandra y le sostuve un pecho.
—Tú tranquila, que este ya no se mueve —le dije.
Llegamos a la cala entre risas. Mientras Frank ordenaba las cosas, los demás tendimos las toallas sobre la arena. Carla fue la primera en quitarse también la parte de abajo del bikini.
—Después de la playa nudista de ayer, aquí no vamos a ser menos —dijo, y se quedó completamente desnuda al sol.
El resto la imitó sin pudor. Solo Frank permaneció con el bañador puesto, hasta que Noa se acercó a él con una voz que era pura miel.
—¿Y usted, capitán? ¿No se lo quita? ¿Nos va a hacer ese feo?
Frank la miró un instante, calculando, y acabó cediendo. Cuando se bajó el bañador dejó ver una polla larga, no demasiado gruesa, marcada por las venas. Noa se la quedó mirando sin disimulo y se mojó los labios con la lengua.
—Eso ya es otra cosa. Así estamos todos igualados.
Empezamos a darnos crema unos a otros con una lentitud que no tenía nada de inocente. Greta untaba a Bruno por las piernas y dejó que su mano se demorara mucho más arriba de lo necesario. Yo cubrí a Carla y a Diana sin dejar un centímetro sin atender. Frank lo observaba todo, de pie, sin pestañear.
Noa le lanzó el bote y él lo atrapó al vuelo.
—Yo te doy a ti si después me das tú a mí —le dijo ella, ya de rodillas.
Sin esperar respuesta, le extendió la crema por los hombros y la espalda, bajando despacio hasta quedar arrodillada detrás de él, deslizando las manos generosamente entre sus nalgas antes de continuar por los muslos. Desde donde estábamos veíamos cómo la polla de Frank crecía hasta ponerse completamente dura.
—Date la vuelta —ordenó ella.
Al girarse, con Noa todavía agachada, la tuvo a la altura de la cara. Ella la agarró, le dio un poco de crema con una caricia que no venía a cuento, y siguió subiendo por su pecho como si nada hubiera pasado. Después le ofreció su propia espalda. Frank empezó por los hombros, llegó al culo, lo agarró con las dos manos y restregó su erección contra él mientras ella echaba las caderas hacia atrás.
—Ahora por delante —pidió Noa, girándose.
Frank fue bajando por el cuello y los costados, esquivando los pechos pequeños hasta que ella le sujetó las manos y se las llevó directamente.
—Que no se te olviden. Son muy sensibles —murmuró.
Él le frotó los pezones con las palmas, notándolos endurecerse, y bajó por el vientre hasta el sexo. Pasó el pulgar entre los labios, buscó el clítoris, y Noa empezó a jadear, adelantando las caderas para que llegara mejor.
***
Para entonces ninguno de nosotros seguía mirando con las manos quietas. Diana ya me había agarrado la polla y me la masturbaba mientras yo acariciaba a Carla, que tenía las piernas abiertas y los ojos clavados en la escena. Nos habíamos olvidado del resto del grupo hasta que oímos los gemidos de Greta y Bruno, que a unos metros se devoraban en un sesenta y nueve, la lengua de él hundida en ella sin tregua.
Frank ya tenía la cara entre los muslos de Noa, lamiéndola mientras ella le apretaba la cabeza contra sí. Diana decidió que quería lo mismo: se sentó a horcajadas sobre mi cara y se inclinó para metérsela en la boca. Yo lamía y notaba cómo su humedad iba en aumento, mientras con la otra mano seguía abriendo a Carla, que gemía sin parar.
Cuando Diana se levantó, se dejó caer sobre mi polla de un solo golpe y empezó a cabalgarme. Desde ahí podía ver más: Bruno tenía a Greta a cuatro patas, penetrándola desde atrás y haciendo bambolear aquellos pechos enormes; Noa estaba tumbada con las piernas alrededor de Frank, recibiéndolo entero. Carla, de rodillas, tenía la polla de Hugo en la boca, y Sandra hacía lo propio con Rubén.
Bruno fue el primero en correrse, dejando a Greta a medias. Ella se levantó, vino hacia nosotros y se sentó sobre mi cara para que la terminara con la lengua mientras se besaba con Diana. Notaba su sabor y su temblor con las manos clavadas en sus caderas, hasta que se corrió encima de mí con un grito ronco.
—Por fin pruebo la polla de mi maduro favorito —dijo después, bajando a sentarse sobre mí.
Se dejó caer despacio hasta tenerme entero dentro y empezó a moverse. Alrededor, la cala devolvía el eco de los gemidos. Frank acabó sobre la cara de las chicas, que se lo siguieron lamiendo entre risas antes de llevárselo de la mano hasta el agua. Carla, para mi sorpresa, estaba de rodillas disputándose la polla de Hugo con la boca de Bruno, los dos hombres más sueltos de lo que yo imaginaba.
Cuando noté que iba a correrme, Greta se puso de pie y se metió mi polla entre los pechos, moviéndolos arriba y abajo hasta que terminé entre ellos. Se relamió mirándome a los ojos.
—Pues sí que se te da bien. Tenían razón las demás. Vamos al agua.
***
Nos bañamos todos para quitarnos la sal y volvimos a las toallas. Frank repartía bebidas y acabó sentándose con nosotros, entre Diana y Sandra, que no le quitaban las manos de encima. Nos contó que era belga, jubilado, que se había mudado a la zona con su difunta mujer y montó una pequeña inmobiliaria, y que Toni era su cuñado. Mientras hablaba, las chicas jugaban con su polla, que volvió a despertar sin que él perdiera el hilo.
Llegó la hora de regresar al barco a comer. Nadie se molestó en vestirse, y volvimos todos desnudos para desconcierto de Toni, que nos ayudó a subir con los ojos como platos. En la popa había una manguera de agua dulce; las chicas se agruparon a enjuagarse y Sandra le pidió la manguera para mojarnos a todos, a Toni incluido, cuyo pantalón ya delataba lo que pasaba debajo.
Por decoro, los hombres nos pusimos los bañadores para comer. Frank y Toni sirvieron una parrillada de pescado de la que no quedó nada, y al terminar pusieron café y algún licor. El pobre Toni, sentado entre Sandra y Greta, no se atrevía ni a moverse: cada gesto le rozaba un pecho desnudo.
—Por las vacaciones —brindó Hugo—. De las mejores que recuerdo. Y por los nuevos amigos.
—Ya hemos comido —cortó Sandra—. Así que fuera bañadores, que vamos a jugar a un juego.
Los hombres nos desnudamos, Frank incluido. Toni dudó, miró a su cuñado, y este le hizo un gesto para que lo hiciera. Cuando se quitó el bañador dejó ver una polla gruesa, ya erecta, de cabeza fina.
—Las chicas con los ojos cerrados —explicó Diana—. Los chicos pasáis por delante y tenemos que adivinar de quién es cada una.
Fueron pasando. Acertaron las mías y la de Rubén. Cuando le tocó a Toni, Greta lo agarró y, fingiendo no reconocerlo, se inclinó para metérselo en la boca un rato largo «para asegurarse». Hubo una segunda ronda, y luego la invertimos: nosotros con los ojos cerrados, ellas pasando para que adivináramos por los pechos. No acertamos casi ninguna, y entre las risas el juego se fue convirtiendo en otra cosa.
—Ahora os sentáis y nosotras encima —propuso Noa—. A ver si adivináis quién es.
Una a una se fueron sentando de espaldas, guiando nuestras pollas dentro de ellas. Abrí los ojos y vi a Carla cabalgando despacio a Toni, llevándole las manos a sus pechos; yo tenía a Sandra encima; Diana montaba a Hugo. A esas alturas nadie cerraba ya los ojos. Rotamos, cambiamos, y el juego quedó del todo olvidado: estábamos todos mezclados, sin reglas ni turnos.
Greta se arrodilló entre Carla y Hugo para lamerlos a la vez mientras Toni la penetraba desde atrás, por fin perdido el miedo. Noa tumbó a Rubén, se sentó sobre él e indicó a Frank que la tomara por detrás; cuando lo tuvo a los dos dentro empezó a moverse despacio, ganando velocidad sin dejar de gemir.
Diana seguía cabalgándome cuando Hugo se acercó, le lubricó el culo con la lengua y, sin que a ninguno nos sorprendiera ya, se colocó detrás de ella. Yo notaba sus embestidas a través de Diana, que me besaba con la boca abierta mientras Toni le ofrecía su polla por un lado. Más allá, Frank tenía a Carla a cuatro patas y Noa cabalgaba a Rubén con Greta sentada sobre su cara.
Uno tras otro nos fuimos corriendo. Greta y Noa se sentaron y nos hicieron señas; nos fuimos acercando para terminar entre sus pechos y sus bocas hasta dejarlas completamente cubiertas, satisfechas y riéndose de su propio papel.
***
Acabamos desperdigados por la cubierta, sin ganas de movernos, hasta que Frank volvió a sacar la manguera y nos roció a todos, sobre todo a las dos que más lo habían disfrutado. Entre empujones y agarrones acabamos otra vez en el agua, donde nadie sabía muy bien qué mano era de quién.
El sol empezaba a caer y tocaba volver a puerto. Frank levó el ancla y emprendimos el regreso mientras los demás nos repartíamos por la cubierta. Carla y yo nos quedamos sentados, agotados, mirando la estela.
—Joder, qué cuadrilla —dijo ella.
—Y qué vacaciones. Las queríamos tranquilas —me reí.
—Para eso, tú y yo solos. Sin Diana ni Rubén.
—¿No te vas a quejar, después de cómo lo has disfrutado?
Me dio un cachete en el muslo y se levantó. La vi dirigirse hacia la cabina donde Frank gobernaba el timón, y Diana fue tras ella. Cuando me asomé un rato después, las dos estaban de rodillas disputándose su polla con las lenguas hasta que el capitán se vació.
—Esto, de agradecimiento al capitán —dijo Diana, relamiéndose.
Sandra y Noa le daban el mismo trato a Toni en la popa. Una vez atracados, recogimos todo y nos despedimos de la tripulación entre abrazos y caricias que ya no escondían nada. Caminamos juntos hasta el hotel y allí nos separamos del resto del grupo. Mi última despedida fueron los pechos de Greta y un par de lametones a esos pezones rosados.
Ya en la habitación nos duchamos y bajamos a cenar antes de hacer las maletas, porque al día siguiente madrugábamos para volver a casa. Esa noche estábamos tan cansados que a ninguno de los dos se nos pasó por la cabeza otra cosa que no fuera dormir. Habíamos venido buscando unas vacaciones tranquilas y nos íbamos con el cuerpo molido y una sonrisa que no se nos borraba.