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Relatos Ardientes

Los bailarines del resort nos llevaron a la playa

Ilustración del relato erótico: Los bailarines del resort nos llevaron a la playa

Cenamos en la terraza del hotel mientras un grupo de artistas ofrecía un espectáculo de bailes típicos de la isla. Entre los bailarines reconocí a varios miembros del personal: la camarera que nos había atendido toda la semana y un par de chicos que habíamos visto manejando las barcas de excursión.

Ellos llevaban pantalones blancos ceñidos que dejaban poco a la imaginación. Ellas, faldas largas y un top corto del mismo color, con el abdomen al aire y los pechos perfectamente marcados.

Las chicas no les quitaban ojo de encima. Mientras Tomás miraba a todas por igual, yo concentré la mirada en la camarera, que en más de una ocasión giró la cabeza hacia mí y me sonrió sin disimulo.

Terminada la cena, el espacio se transformó en una pista de baile y el personal empezó a animar a los huéspedes a salir. Los dos chicos de las barcas se acercaron a nuestra mesa y, muy educados, pidieron permiso para sacar a bailar a nuestras mujeres, como si hiciera falta.

—Por mí encantada —respondió Lara al instante.

Noa miró a Tomás, que se encogió de hombros con una sonrisa, y se levantó también. Yo decliné la invitación de una de las bailarinas y Tomás hizo lo mismo. Nos quedamos sentados, viendo cómo nuestras mujeres se movían en la pista.

Al principio fue todo bastante inocente. Les enseñaban los pasos y los practicaban entre risas. Pero poco a poco la cosa empezó a calentarse: ellas se frotaban contra ellos, los rozaban, apoyaban los pechos en aquellos torsos desnudos como si fuera parte de la coreografía.

Un rato después las dos volvieron a la mesa, sofocadas, con la respiración entrecortada. Disimuladamente metí una mano bajo el vestido de Lara y le acaricié el sexo por encima del tanga. Lo tenía empapado.

—¿Qué tal el baile? —pregunté, fingiendo inocencia.

—Ya lo ves —se rió ella—. ¿No os animáis vosotros?

—De momento prefiero mirar.

—Estás esperando a la camarera, ¿a que sí? —me clavó una mirada burlona.

—Qué bien me conoces.

Noa, mientras tanto, le susurraba algo al oído a Tomás, que la escuchaba sonriendo y asentía despacio con la cabeza. Lara se levantó de nuevo.

—Yo vuelvo a la pista.

Las dos regresaron al centro y enseguida los dos chicos se pegaron a ellas. Tomás se inclinó hacia mí.

—¿Qué te ha dicho Lara?

—Nada con palabras. Pero está muy húmeda.

—¿Y no te importa?

—No —respondí sin apartar la vista—. ¿Por qué iba a importarme?

—Noa también lo está. Me ha pedido permiso. Y la verdad es que no hace ninguna falta que se lo dé.

Los miramos. Los dos las sujetaban desde atrás, frotándose contra sus nalgas, y ellas se reían echando la cabeza hacia atrás. Estaba tan oscuro que costaba distinguir los detalles, pero habría jurado que el que bailaba con Lara tenía una mano metida bajo el vestido.

En ese momento dos bailarinas se acercaron a nuestra mesa. Una era la camarera; la otra, más alta y delgada, con el pelo rizado y una sonrisa enorme.

—¿De verdad no os animáis? —dijo la camarera—. Yo soy Yamila y ella es Daniela.

Daniela cogió a Tomás de la mano, le colocó una palma en la cintura y se lo llevó a la pista. Yamila hizo lo mismo conmigo, pero al girarse dio un paso atrás y apoyó las nalgas contra mi entrepierna.

—¡Huy! Perdón —dijo, sin perdón ninguno.

Bajó la mirada hacia mi bulto, que empezaba a marcarse en el pantalón, y aquello le sacó una sonrisa todavía más amplia. Una vez en la pista intentó enseñarme algún paso. Y digo intentó porque fue imposible, entre risas y manos que se me iban solas.

Busqué con la vista a Tomás y lo encontré muy pegado a las nalgas de Daniela, que se reía y se apretaba contra él. A un lado tenía a Lara bailando con su chico, que ya confirmaba sin disimulo las manos bajo la falda. Al otro, Noa frotaba el culo contra el paquete del segundo.

Yamila también los miró. Entonces se dio la vuelta, volvió a pegar las nalgas contra mí y me cogió las manos para llevárselas hasta el abdomen, justo debajo de los pechos. Como quien no quiere la cosa, subí un poco más y rocé los pezones con los pulgares a través de la tela.

Su única respuesta fue apretarse contra mí y mover las caderas en círculos lentos.

Yo ya tenía una erección que costaba esconder. Cuando de reojo vi que Lara salía de la pista con su chico pegado a la espalda, en dirección a la playa, seguida de Noa y el otro, busqué con la mirada a Tomás. Él seguía con Daniela, pero no dejaba de mirar hacia donde desaparecían las mujeres. Me localizó, sonrió y señaló con la barbilla. Le devolví la sonrisa y asentí.

***

Dejamos pasar un rato. Entonces noté que Yamila y Daniela se miraban entre ellas y señalaban también hacia la playa. Llevé a Yamila a una zona más oscura de la pista y le pregunté qué pasaba.

—Los que se han ido con vuestras mujeres son nuestros novios —dijo, sin rodeos—. Y no es la primera vez que se lían con alguna huésped. Así que hemos pensado que nosotras podríamos hacer lo mismo con vosotros. Si queréis, claro.

No llegué a contestar. Bajé la cabeza y la besé. Ella me devolvió el beso y llevó la mano directa a mi entrepierna.

—¿Vamos fuera? —murmuró con la voz ronca.

Me cogió de la mano y tiró de mí hacia la salida. De camino pasamos junto a Tomás y Daniela, que se sumaron sin decir nada. Una vez en la arena, Yamila se giró hacia nosotros.

—Venid por aquí. Os vamos a enseñar una cosa.

Nos metimos entre los árboles que bordeaban la playa y, tras unos minutos, empezamos a oír ruidos. Salimos a un pequeño claro y la escena nos dejó clavados.

Noa estaba de rodillas frente a uno de los chicos, que tenía los pantalones bajados hasta los tobillos. Le lamía el sexo mientras con la otra mano le sostenía los testículos. Lara, también de rodillas, había bajado el vestido hasta la cintura y se pasaba el otro miembro entre los pechos, lamiendo la punta cada vez que asomaba entre ellos.

—¿Veis? —dijo Daniela en voz baja—. Esos son nuestros novios. El que está con tu mujer es Bruno; el otro es Kevin. Pues nosotras haremos lo mismo con vosotros.

Mientras hablaba, Yamila ya me había metido la mano por dentro del pantalón y me acariciaba despacio, pasando el pulgar por la punta. Daniela se colgó del cuello de Tomás y empezó a besarlo, levantándole la falda inexistente para agarrarlo de las caderas y pegarlo a ella.

Yo tiré del top de Yamila hacia abajo para liberarle los pechos. Eran generosos, justos para llenarme la mano, con los pezones grandes y duros apuntando hacia arriba. Agaché la cabeza, atrapé uno entre los labios y le pasé la lengua despacio.

Estaban firmes, pero noté cómo se endurecían aún más en mi boca. Bajé la otra mano bajo su falda hasta llegar al sexo. Lo tenía completamente rasurado y tan húmedo que metí un dedo sin la menor resistencia, arrancándole un gemido. Busqué el clítoris con el pulgar y empecé a frotarlo en círculos suaves.

Estaba tan encendida que en pocos segundos noté los primeros espasmos. Se corrió empapándome la mano, y no fue precisamente silenciosa. Cuando levanté la vista, Bruno y Kevin se habían quedado quietos, mirándonos.

Las chicas no les dieron tregua y reclamaron de nuevo su atención. Lara se tumbó en la arena, se subió el vestido y Bruno se arrodilló entre sus piernas para hundir la cara en ellas. Daniela, de rodillas frente a Tomás, se la metía entera en la boca mientras él le apoyaba una mano en la cabeza.

Yo terminé de desnudar a Yamila, que se agachó, me liberó del pantalón y empezó a lamerme la punta antes de tragarme entero. Pasó una mano entre mis piernas y me masajeó los testículos sin dejar de chupar.

Tomás ya tenía a Daniela vuelta contra un árbol. Le levantó una pierna y la penetró desde atrás mientras ella se acariciaba el clítoris sin parar de gemir. En el claro no se oía nada salvo nuestros suspiros, los gruñidos y el roce de la arena.

Cuando volví a mirar, Bruno se movía sobre Lara con fuerza, como queriendo clavarla en la arena, y ella respondía con gemidos cada vez más altos. Noa cabalgaba sobre Kevin, que le sujetaba los pechos y empujaba las caderas hacia arriba para llegar más profundo.

Hice que Yamila se levantara y la guie hasta donde estaban Lara y Bruno. La tumbé a su lado y me coloqué a horcajadas sobre su cabeza. Al principio se sobresaltó al tener tan cerca a su novio, pero enseguida me agarró y empezó a chupar. Yo me incliné sobre ella y le devolví el favor con la lengua.

Tenía los labios carnosos. Me entretuve en ellos antes de buscar el clítoris con la punta de la lengua. Noté unas manos que se deslizaban entre nosotros: eran las de Lara, que sin dejar de moverse bajo Bruno había encontrado un pecho de Yamila y le pellizcaba el pezón.

Yamila se corrió otra vez, frotando con fuerza el sexo contra mi cara. Era su segundo orgasmo en pocos minutos, y se quedó un rato tumbada, recuperando el aliento.

***

Me levanté y me acerqué a Noa, que seguía cabalgando a Kevin. Sin que Yamila dejara de observarme, le acerqué el miembro a la boca. Noa lo cogió enseguida y empezó a lamerlo, hasta que Yamila se arrastró hasta nosotros y se lo empezó a disputar con ella.

Me coloqué detrás de Yamila y dirigí mi sexo hacia su entrada. Cuando apenas apoyé la punta, ella misma echó las caderas hacia atrás y se ensartó de un solo movimiento. Empecé a bombear, agarrándola firme de la cintura. Noa le levantó la cara y le dio un beso en los labios que Yamila, tras una pequeña duda, le devolvió.

Tomás se acercó con Daniela. La puso a cuatro patas frente a Noa y Kevin y empezó a penetrarla con fuerza. Al poco se sumaron Lara y Bruno en la misma posición. Quedamos formando una especie de cruz, con las cuatro mujeres con las cabezas juntas, besándose entre ellas.

El primero en correrme fui yo. Me abrí paso entre Yamila y Lara para colocar el sexo entre sus bocas, que se pelearon por recibir la descarga. Terminé en la boca de Yamila, aunque Lara le pasaba la lengua por el tronco. Me aparté del grupo y me limité a mirar, recuperando el aliento.

Detrás de mí oí un ruido. Al girarme distinguí una silueta entre la penumbra, alguien que nos observaba sin acercarse. No hice ningún amago de levantarme.

El siguiente fue Kevin, que repartió su corrida entre las bocas de Noa y Daniela. Luego Bruno se arrodilló frente a las tres mujeres y se acabó con la mano sobre sus caras. El que más aguantó fue Tomás, que seguía montando a Daniela como si la noche no fuera a terminar nunca.

Me acerqué y le ofrecí mi sexo a Daniela, que lo aceptó con gusto. Kevin le hizo una seña a Tomás para que se tumbara y colocó a Daniela encima. Luego se situó detrás de ella y, con cuidado, fue entrando por el otro lado. Daniela no se quejó; al contrario, soltó un gemido largo y agradecido.

Terminamos todos sobre la arena, agotados, hasta que fuimos a refrescarnos al agua. Cuando volvimos al claro, Yamila me dio un beso mientras me sujetaba el sexo y Lara hizo lo mismo con Bruno.

—Ha estado muy pero que muy bien —dijo Yamila—. Aún quedan días. Repetimos cuando queráis.

—Por mí no hay problema —contestó Lara—. Además, creo que Noa también quiere su ración.

Noa se estaba despidiendo de Kevin y Daniela entre risas.

—Los cuatro somos masajistas —añadió Yamila guiñándonos un ojo—. Si pasáis por el spa, nos veremos. Y también hacemos servicio en las cabañas. Es solo una observación.

Se marcharon juntos y nos dejaron allí, recomponiéndonos la ropa antes de salir a la playa rumbo a las cabañas. En el camino nos cruzamos con una pareja de la excursión de buceo. Se nos quedaron mirando, y al recordar la silueta del claro sospeché que habían sido ellos los que nos observaban.

Cuando llegamos a la primera cabaña nos derrumbamos en los sofás, sin fuerzas para nada.

—¿Qué tal tu primer interracial? —le preguntó Lara a Noa.

—Bestial —contestó ella, todavía con la respiración agitada—. Con lo largo que la tenía me llegaba hasta el fondo.

—Joder —saltó Tomás—. Hace veinticuatro horas no me imaginaba oír hablar así a mi mujer.

—Ese otro lo dejamos para otro día —dijo Tomás—. Que algo me dice que esto se va a repetir.

—Pues Daniela es una máquina —añadió—. Y ese culo redondo… madre mía.

—Y luego los cuatro acabando sobre ella —saltó Noa—. Eso sí que me ha puesto. Tengo que probarlo. ¡Llegamos aquí sin haber hecho nada y vamos a volver habiéndolo probado todo!

Lara y yo los mirábamos riéndonos. Estábamos cayéndonos de sueño, así que Tomás y Noa se fueron a su cabaña y nosotros nos preparamos para meternos en la cama.

***

Ya acostados, Lara se acurrucó contra mí y deslizó una mano hacia mi entrepierna.

—¿Todavía te quedan ganas? —pregunté—. ¿No tuviste suficiente?

—Sabes que para ti siempre hay una más —murmuró, y se agachó para metérsela en la boca.

Tenía prisa. En cuanto la notó dura, se sentó encima de mí y empezó a cabalgarme con los pechos balanceándose sobre mi cara. Se los sujeté, pellizcándole los pezones mientras ella gemía. Luego hice que se tumbara, le coloqué las piernas sobre mis hombros y la fui penetrando despacio por detrás hasta tenerla entera. Bombeé sin que dejara de gemir, hasta que los dos nos corrimos a la vez. Nos quedamos abrazados sobre las sábanas y caímos dormidos sin darnos cuenta.

Nos despertaron unos golpes en la puerta. Lara se levantó a abrir y reconocí la voz de Yamila. No me molesté en taparme cuando entró.

—Buenos días —saludó con una sonrisa—. Vengo a traer las toallas.

Lara, que se había cubierto con una al abrir, se la tendió y se quedó desnuda delante de ella. Yamila nos repasó a ambos con la mirada.

—Qué pena que no tenga tiempo —dijo, y se acercó a la cama para acariciarme. Mi sexo dio un respingo en su mano—. Lo de ayer estuvo genial. Nuestros chicos también lo disfrutaron. Aunque ellos ya lo habían hecho antes, nosotras nunca con gente del hotel.

Su mano seguía apoyada en mí, que ya estaba erecto a más no poder. Lara se acercó.

—¿Seguro que no tienes tiempo? —preguntó, y le cogió un pecho mientras con la otra mano se sumaba al movimiento.

Yamila me miró un segundo, bajó la vista y, sin perder más tiempo, se agachó para rodearme con los labios. Lara se colocó detrás de ella, le bajó los pantalones y la ropa interior, y empezó a lamerla desde atrás. Yo aproveché para quitarle la blusa y el sujetador.

Mientras le acariciaba los pechos, ella seguía chupándome, gimiendo cada vez más alto porque Lara ya le había metido dos dedos. Al rato se separó y se puso a cuatro patas sobre la cama.

—Métemela ya —pidió—. Por favor.

Me coloqué detrás y la penetré. Estaba tan húmeda que entró de una sola vez. Lara se sentó delante con las piernas abiertas y, mientras yo bombeaba, Yamila se dedicó a lamerla hasta hacerla gemir. Empecé a pasar un dedo por la entrada trasera de Yamila, lubricándolo con sus propios jugos, y poco a poco fui hundiéndolo.

Cuando Lara terminó, se levantó, se puso a mi lado y empezó a humedecer ella misma con la lengua aquella zona. En cuanto la tuvo bien preparada, Yamila me cogió y me guio hasta la entrada.

—Despacio, por favor.

Empujé poco a poco hasta que pasó la cabeza, y me detuve. Lara la besaba y le acariciaba los pechos mientras yo hacía pequeños movimientos. Cuando por fin la tuve entera dentro, la agarré de las caderas y marqué un ritmo cada vez más firme.

—Qué gusto —gimió ella—. Sigue.

Lara le buscó el clítoris con los dedos y la hizo correrse otra vez. Sacó la mano empapada y se la ofreció a Yamila, que se la lamió como si fuera otra cosa.

—No te salgas —me pidió Yamila con la voz quebrada—. Termina dentro.

Ya no aguantaba más. Entre espasmos y gruñidos me corrí en su interior. Cuando me aparté, ella se levantó con una sonrisa y se fue a asear antes de empezar a vestirse.

—Qué vitalidad para estar recién despiertos —dijo— y después de lo de anoche.

—Es que tienes un cuerpo que invita —contestó Lara.

Yamila se rió, nos dio un beso a cada uno y salió. Nos estábamos duchando cuando llegaron Tomás y Noa.

—¡Huy, huy! —olfateó Noa—. Aquí huele a sexo. Os habéis despertado con ganas, ¿eh? Podíais haber avisado, que este marido mío se levanta vago.

Lara le contó el despertar que habíamos tenido y Noa soltó una carcajada.

—Por eso venía tan contenta a traer las toallas. ¿Ves, Tomás? Esta noche duermo aquí, que son más divertidos que tú.

Tomás le dio una palmada en el culo y le agarró un pecho.

—Si a mí me despiertan así, también lo haría. Y no a bocinazos como haces tú.

—Vale, lo acepto —se rindió ella entre risas—. Mañana te despierto con cariño.

Nos fuimos a desayunar todavía riéndonos. Después, ellas decidieron que el día sería de relax y masajes, y se encargaron de pedir cita en las cabañas. Pero lo que pasó aquella tarde es imposible de resumir en unas pocas líneas, así que prefiero dejarlo para otra ocasión. Solo diré que fue muy, muy intensa.

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Comentarios (4)

PilardeNoche

que relato!! quede sin palabras al llegar al final. muy bueno de verdad

vikingo_sur

Por favor que haya continuacion, esto no puede quedar ahi. Excelente

LeoNocturno

Hay algo en los resorts de playa que desata todo... me recordo a unas vacaciones en Brasil hace años, aunque no tan locas como esta jaja. Muy bueno el relato, se lee de un tirón.

GabyR_23

Como no sospechastes antes?? La camarera fue bastante obvia desde la cena jajajaja. De todas formas me encanto como lo fuiste contando, uno no puede parar de leer

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