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Relatos Ardientes

La arquitecta que cedió ante todos sus obreros

Ilustración del relato erótico: La arquitecta que cedió ante todos sus obreros

A medida que la luz de Vaeldris se extendía por las cavernas sin fondo, cada camino antiguo debía ser pavimentado de nuevo. Era la única forma de asegurar el paso de soldados, suministros y mensajes entre los puestos que la ciudad clavaba en la oscuridad. Donde antes solo había roca húmeda, ahora se levantaban túneles con faroles de luz jade y pequeñas capillas dedicadas a Aurelia, la mártir que había unido a las criaturas de las profundidades bajo una sola bandera.

En el borde de un acantilado sin fondo, donde un camino moría y otro debía empezar, se desplegó una cuadrilla modesta de constructores. Sátiros y aracnes, dirigidos por una sola mano.

Esa mano era la de Mirena, una ninfa arquitecta. Su cuerpo recordaba al de una célula vegetal, color aguamarina, casi translúcido en el interior y opaco en los bordes. Vestía ropa formal: una capa que le cubría la espalda hasta arrastrarse por el suelo y unos lentes oscuros que escondían sus ojos de esclerótica negra. Su cabello era un tumulto de pared celular, recogido en una trenza larga y amarilla. Nadie habría adivinado, bajo aquella figura solemne, el cuerpo joven que ocultaba.

Los sátiros obreros eran chaparros y rechonchos, de pelaje pardo, con placas de queratina por casco natural y cuernos cortos sobre cabezas redondas. Las aracnes, en cambio, doradas y enormes, tenían torso de mujer sobre un cuerpo de araña, cuatro pares de patas y brazos raptoriales que tejían seda de sostén entre las vigas. Veinte obreros, cinco tejedoras. Con eso debía Mirena salvar el abismo.

—¿Más vino, arquitecta? —no había. Solo raciones secas y plazos imposibles.

El trabajo empezó con el Ciclo. Los sátiros tallaban ladrillos de la roca; las aracnes colgaban las vigas con su hilo. Mirena dibujaba los planos en su tienda de campaña, calculando el peso, la distancia, los veinte metros de vacío que la separaban de la otra orilla.

Entonces llegó el emisario, un sátiro corredor de pelaje anaranjado, con una orden seca: el puente debía estar listo cuanto antes. De lo contrario, la guardia que los protegía sería enviada a otro frente, y la cuadrilla quedaría a merced de la fauna de las cuevas: los ciempiés abisales, los kric, las banshees que aullaban en la oscuridad.

***

El capitán de aquella guardia compartía su tienda esa noche, y la discusión sobre los plazos se torció pronto hacia otra cosa. Él tenía el poder de quedarse o de marcharse; ella tenía una sola moneda con la que negociar, y ambos lo sabían.

—Una ninfa hace esto gratis —dijo él, mientras la obligaba a arrodillarse.

Mirena trabajó con la boca lo que la lengua no había logrado. Lo tomó entero, hasta el fondo de la garganta, hasta que él se vació entre maldiciones y la dejó con los labios temblando. Cuando terminó, ella levantó la cara y preguntó si reconsideraría. La respuesta fue una bofetada que la hizo salpicar contra el suelo. El sátiro se sacudió las ropas y se marchó sin guardias.

Sola en su escritorio, Mirena no lloró. La indignación le encendió la cabeza. Repasó el presupuesto, las horas, los activos y los pasivos, y encontró un margen para terminar antes. Enviaría a sus exploradores más lejos por una ruta alterna. Y a sus obreros les pediría seis horas más de jornada.

Los obreros se negaron. Discutieron, alzaron la voz, le recordaron que sin carne apenas moverían un ladrillo. Las aracnes observaban desde el techo, colgadas en sus propias redes, ajenas a la disputa. Mirena descubrió, con frío en el estómago, que no tenía autoridad real sobre ninguno de ellos.

Esa noche cinco de los más ruidosos entraron a su tienda. Querían carne; ella no la tenía. Lo que sí podía darles era lo de siempre. Se arrodilló contra la pared y los felló a los cinco, uno tras otro, con los demás esperando turno y las armas a la vista. Cuando el último se vació en su boca pequeña, se retiraron amenazando con amotinarse si no cumplía. La ninfa quedó a solas con la vergüenza y el sabor amargo, repitiéndose que ningún título la libraba de su antiguo oficio.

***

Al Ciclo siguiente llegó una comitiva inesperada: treinta soldados escoltando a cuatro sacerdotisas acorazadas en exotrajes que las cubrían como campanas, sin un solo trozo de piel a la vista. Cada una portaba un báculo de luz esmeralda. Las llamaban las Hermanas del Ojo Único, y eran las únicas con potestad para manipular la tecnología arcana enterrada en la piedra, herencia de los Antiguos que Aurelia había estudiado.

Mirena las admiraba. Eran la prueba viviente de que una ninfa podía aspirar a algo más que a complacer. Las vio cruzar el abismo sobre las telarañas a medio tender, entrar al túnel angosto y perderse hacia la sala donde, según se decía, dormía un motor del tamaño de una montaña.

La líder clavó su báculo en el suelo y recitó palabras en una lengua perdida. Las ruinas despertaron, los circuitos esmeralda se encendieron, y por un instante el lugar entero vibró al borde de lo peligroso. Luego se apagó todo de golpe, como objetos que caen de una repisa. El sargento que las escoltaba se negó a permitir más experimentos. Y a Mirena se le prohibió la entrada y se le acortó otra vez el plazo.

Los obreros trabajaron más allá de sus fuerzas, y el malestar creció con cada parón. La comida empezó a escasear. Cuando Mirena pidió suministros y no bastaron, los cinco ruidosos volvieron a exigir sus servicios. Esta vez ella se negó y los encaró: eran trabajadores, no niños caprichosos. La respuesta fue una patada en el estómago.

En el suelo, frente a los demás obreros, los cinco se cobraron el desplante. La molieron a golpes, le arrancaron la ropa entre jalones y desprecio, y la dejaron semidesnuda y temblando ante veinte machos. Bajo la capa de dama solemne quedó a la vista el cuerpo de una muchacha, joven incluso para los largos años de su especie.

Y justo entonces volvieron las Hermanas. «Mantenimiento», dijeron, aunque nadie las había avisado. Los obreros, recelosos, solo las dejaron pasar si las vigilaban de cerca. Las sacerdotisas aceptaron con prisa sospechosa y se internaron de nuevo en las ruinas.

***

Alguien acercó a Mirena unas prendas tejidas con seda de araña. Ella las tomó con sorpresa; no esperaba amabilidad. Pero los quince obreros que quedaban se acercaron como corderos hacia su pastora, y ella conocía de sobra ese hambre. No deseaba revivirlo. Pero del otro extremo del túnel llegaban luces y estruendos, y le impidieron el paso «por su seguridad». A menos que pagara un peaje.

Decretó un descanso y se desnudó por completo, porque las prendas nuevas ya no le servían de nada. Quince sátiros la rodearon con los miembros al aire. La sensación que le subió por dentro era la misma de sus años de estudiante, cuando pagaba sus libros con el cuerpo. La avergonzaba hasta el alma, y aun así mentiría si dijera que no hubo momentos de placer.

Empezó por la boca. Los felló en grupos de cinco, todos probando sus labios sin dientes, todos terminando dentro de ella o sobre su cuerpo esbelto. Sació a la mayoría, pero por supuesto querían más. Un sátiro se tendió en el suelo y ella se montó encima, dejando que la llenara entera mientras lo cabalgaba, rogando que fuera el único, con la cabeza puesta en lo que harían las Hermanas allá adentro.

Cuando lo sintió cerca, recordó un truco de sus días de servidora: a los sátiros les enloquece que les rasquen el cuello. Lo hizo, y él se sacudió y golpeó el suelo como un perro agradecido, embistiendo más rápido hasta vaciarse antes de tiempo. Otros seis quisieron lo mismo. Acabada la sesión, Mirena se vistió con sus prendas provisionales y marchó hacia el otro extremo del acantilado, con la entrepierna dolorida y el placer extendiéndose dentro de ella como tinta en un vaso de agua.

***

Llegó a la entrada de las ruinas en silencio, y se encontró con una decepción. Las herederas del legado de Aurelia no estudiaban nada: tres de ellas tenían un encuentro con los sátiros de su escolta. Las armaduras se habían replegado en bikinis metálicos que dejaban ver sus cuerpos de hada. Una cabalgaba a un soldado, subiendo y bajando la pelvis; otra recibía por delante y por detrás, suspendida en el aire; la tercera, en cuatro, atendía a dos a la vez.

Conté tres. ¿Dónde está la cuarta?

Trató de pasar sin que la vieran, pero falló. En cuanto todas las miradas se volvieron hacia ella, corrió hacia la sala. Los sátiros quisieron retenerla, pero las sacerdotisas mostraron su verdadera cara: de sus exotrajes brotaron tenazas y cables que se movían como serpientes para silenciar a sus amantes.

Dentro, la cuarta Hermana, la líder, trabajaba sola en el extremo más lejano, recitando para devolver la vida al motor sepultado. El metal rompía la piedra y la transmutaba. Los derrumbes empezaron, y desde afuera sus exploradores la llamaban a gritos. Justo entonces un mensajero llegó con la noticia que lo cambiaba todo: las Hermanas del Ojo Único habían caído en traición.

Ninguno de sus hombres quería entregar la vida por detener a las sacerdotisas, aunque fuera lo justo. Mirena, harta de que nadie respetara su cargo, les recordó que eran los únicos que podían actuar; cualquier otra fuerza llegaría tarde. Los obreros se miraron entre sí. Nadie se movió.

—¿Cómo se gana la lealtad de quien no te debe nada? —se preguntó, y conocía la única respuesta que ellos aceptarían.

***

Le retiraron con cuidado el atuendo de seda, difícil de rasgar, y la pusieron de rodillas. La penetraron por detrás mientras otro le pedía la boca, y ella, resignada a todo, accedió. Pronto los demás se desvistieron para tener su rato con la ninfa empalada. Pasó por varias posturas: uno dentro de ella y tres atendidos con boca y manos; luego boca abajo, con la misma cuenta, terminando siempre llena por dentro y manchada por fuera.

El punto más alto de aquella sesión fue cuando la tomaron tres a la vez: dos por detrás, uno en la garganta, un falo en cada mano y el resto bañándola en chorros. Creyó que sería suficiente. Pero entonces las aracnes bajaron del techo por sus hilos. Habían sido espectadoras demasiado tiempo y juraban seguirla hasta el infierno, con un precio. Mirena puso los ojos en blanco. Era justo lo que faltaba.

La tendieron en el suelo, le sujetaron los brazos y le abrieron las piernas. Una de las cinco se colocó entre ellas, atrapó sus muslos con los brazos raptoriales y cerró sus mandíbulas sobre su entrepierna. La sensación de mil apéndices separando sus labios y succionando hizo que se retorciera entera, y hubo que sujetarla con más fuerza. El orgasmo le llegó en espasmos y gemidos largos. La aracne se apartó dejándola empapada, y la reemplazó la siguiente, y la siguiente, hasta las cinco. Algunas la besaban en la boca, otras en los senos, todas explorando cada rincón de su cuerpo joven.

En un frenesí sin freno, todos sus colaboradores la tomaron sin excepción: cargada por una aracne mientras un sátiro la penetraba por detrás; colgada del techo y amarrada de mil formas con tela de araña mientras no le dejaban un solo hueco libre. Y en medio de aquel placer empezó a sentir miedo. Aquel interés repentino tenía algo de hambre real, como si las bocas y los dientes quisieran abrirse paso para devorarla. Solo pudo rezarle a Aurelia para no morir entre ellos.

Cuando terminaron, todos cayeron exhaustos, dormidos como cadáveres. Solo el último seguía moviéndose contra ella, hasta que su descarga se mezcló con su citoplasma y le acarició los órganos desde dentro, una sensación morbosa que le desbordó cada poro de la piel. Después se acurrucó en su pecho, y cuando ella le acarició la cabeza, respondió como un perrito contento. Se había ganado su lealtad. Ahora sí.

***

En las ruinas, la líder traidora preparaba el ritual definitivo, decidida a despertar la reliquia sin importar las consecuencias. Pero sus tres hermanas vieron que su ascensión las dejaría atrás, y abrieron fuego con los blásters de sus hombros.

Una telaraña jaló a Mirena fuera de la línea de tiro. Sus aracnes saltaron sobre las predicadoras; los sátiros corrieron a romper los nodos que rodeaban la reliquia. En el caos, la arquitecta avanzó hacia la conjuradora, que seguía recitando mientras el motor volvía a la vida.

—¿Quieres la ascensión? —preguntó la sacerdotisa con voz de seda—. Te llevaré a un plano donde nadie te denigre. Tendrás por fin lo que más deseas: respeto.

Mirena se quedó quieta un segundo. Luego apuntó su bengala.

—Mi lealtad es de Vaeldris, de la visión de su fundadora.

El proyectil reventó contra el escudo de rayos y la reacción se desató. El ritual se rompió, el lugar entero comenzó a mutar sin control, y un rayo alcanzó a Mirena de lleno: sus paredes cedieron y su citoplasma salpicó la piedra. La traidora no se enojó; solo sonrió con ironía antes de que las luces verticales la atravesaran y la hicieran desaparecer junto a las suyas. El techo empezó a caer, y los que quedaban huyeron llevándose a quien pudieron.

***

El puente quedó terminado, sólido como la roca de la que estaba hecho. A Mirena no le dieron premios ni reconocimientos, pero algo había cambiado: aquel equipo ya no solo la obedecía, la apreciaba, y le ofrecía lealtad y protección. Aunque no sin un último precio.

La habían rescatado casi muerta, sostenida apenas por seda y costuras que impedían que su contenido vital se derramara. Y entonces llegaron arrastrándose los cinco canallas que la habían humillado, salvados de milagro, rogando perdón. Mirena solo tenía una cosa en mente. Las aracnes los rodearon, el resto esperó ansioso, y ella dijo, con la voz tranquila:

—A los míos les prometí carne.

De un movimiento, las aracnes los despedazaron, y aquellos cuerpos sirvieron de raciones para los que sí la habían defendido.

Mirena empacó sus bocetos, puso la muleta bajo su único brazo y salió de la tienda hacia su próxima obra, una plaza en la ciudad donde había crecido. Caminó hacia la luz jade repitiéndose en voz baja, como una oración:

—Por Vaeldris, por Aurelia… por mí.

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Comentarios (3)

CarlosMdz

Increible relato!!! uno de esos que no podes dejar a la mitad

Valeria_oc

Me encanto la historia, la arquitecta es un personaje que da para mucho mas. Segunda parte???

RodrigoSalta

La tension del relato esta muy bien construida. Cuando empieza a ceder uno ya sabe para donde va pero igual te engancha, eso es lo que mas me gusto

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