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Relatos Ardientes

La arquitecta que cedió ante todos sus obreros

A medida que la luz de Vaeldris se extendía por las cavernas sin fondo, cada camino antiguo debía ser pavimentado de nuevo. Era la única forma de asegurar el paso de soldados, suministros y mensajes entre los puestos que la ciudad clavaba en la oscuridad. Donde antes solo había roca húmeda, ahora se levantaban túneles con faroles de luz jade y pequeñas capillas dedicadas a Aurelia, la mártir que había unido a las criaturas de las profundidades bajo una sola bandera.

En el borde de un acantilado sin fondo, donde un camino moría y otro debía empezar, se desplegó una cuadrilla modesta de constructores. Sátiros y aracnes, dirigidos por una sola mano.

Esa mano era la de Mirena, una ninfa arquitecta. Su cuerpo recordaba al de una célula vegetal, color aguamarina, casi translúcido en el interior y opaco en los bordes. Vestía ropa formal: una capa que le cubría la espalda hasta arrastrarse por el suelo y unos lentes oscuros que escondían sus ojos de esclerótica negra. Su cabello era un tumulto de pared celular, recogido en una trenza larga y amarilla. Nadie habría adivinado, bajo aquella figura solemne, el cuerpo joven que ocultaba.

Los sátiros obreros eran chaparros y rechonchos, de pelaje pardo, con placas de queratina por casco natural y cuernos cortos sobre cabezas redondas. Las aracnes, en cambio, doradas y enormes, tenían torso de mujer sobre un cuerpo de araña, cuatro pares de patas y brazos raptoriales que tejían seda de sostén entre las vigas. Veinte obreros, cinco tejedoras. Con eso debía Mirena salvar el abismo.

—¿Más vino, arquitecta? —no había. Solo raciones secas y plazos imposibles.

El trabajo empezó con el Ciclo. Los sátiros tallaban ladrillos de la roca; las aracnes colgaban las vigas con su hilo. Mirena dibujaba los planos en su tienda de campaña, calculando el peso, la distancia, los veinte metros de vacío que la separaban de la otra orilla.

Entonces llegó el emisario, un sátiro corredor de pelaje anaranjado, con una orden seca: el puente debía estar listo cuanto antes. De lo contrario, la guardia que los protegía sería enviada a otro frente, y la cuadrilla quedaría a merced de la fauna de las cuevas: los ciempiés abisales, los kric, las banshees que aullaban en la oscuridad.

***

El capitán de aquella guardia compartía su tienda esa noche, y la discusión sobre los plazos se torció pronto hacia otra cosa. Él tenía el poder de quedarse o de marcharse; ella tenía una sola moneda con la que negociar, y ambos lo sabían.

—Una ninfa hace esto gratis —dijo él, mientras la obligaba a arrodillarse de un tirón de trenza que le arrancó un quejido.

Le abrió la capa y le partió la blusa a la altura del pecho para dejarle los senos pequeños al aire, dos gotas aguamarina coronadas por pezones oscuros que se le endurecieron con el frío de la cueva. Después se soltó el cinturón, se bajó los pantalones de cuero y le sacó a la cara una polla gruesa, de raíz peluda y glande morado, que ya goteaba una perla espesa desde antes de tocarla.

—Abrí la boca, arquitecta. Sin dientes. Como sabés.

Mirena obedeció. Le pasó la lengua desde los huevos hinchados hasta la punta, chupó la gota que colgaba y se metió el glande entero de un solo bocado. El sátiro gruñó, la agarró de la trenza como si fuera una rienda y empezó a metérsela hasta el fondo. Ella trabajó con la boca lo que la lengua no había logrado. Lo tomó entero, hasta el fondo de la garganta, hasta que la nariz se le hundió contra el pelaje áspero de la ingle y las lágrimas le corrieron por debajo de los lentes. La verga latía dentro de ella, gruesa, marcándole la garganta con cada embestida, mientras él la mecía adelante y atrás como si fuera un juguete.

—Mamá bien, puta. Chupá, chupá que para eso naciste.

La saliva empezó a caer en hilos gruesos sobre sus tetas desnudas. Él le apretó el cráneo con las dos manos y se la clavó hasta el fondo tres, cuatro, cinco veces, hasta que ella sintió los huevos golpearle el mentón. Cuando lo notó a punto de correrse, quiso apartarse para negociar; el sátiro se lo impidió cerrando los muslos alrededor de su cabeza. Se vació entre maldiciones dentro de la garganta, una descarga larga y pastosa que le llenó la boca hasta hacerla toser semen por la nariz, y la dejó con los labios temblando y la barbilla goteando espeso.

Cuando terminó, ella levantó la cara, tragó lo que le quedaba dentro y preguntó, con la voz rota, si reconsideraría. La respuesta fue una bofetada que la hizo salpicar contra el suelo. El sátiro se sacudió las ropas y se marchó sin guardias.

Sola en su escritorio, Mirena no lloró. La indignación le encendió la cabeza. Repasó el presupuesto, las horas, los activos y los pasivos, y encontró un margen para terminar antes. Enviaría a sus exploradores más lejos por una ruta alterna. Y a sus obreros les pediría seis horas más de jornada.

Los obreros se negaron. Discutieron, alzaron la voz, le recordaron que sin carne apenas moverían un ladrillo. Las aracnes observaban desde el techo, colgadas en sus propias redes, ajenas a la disputa. Mirena descubrió, con frío en el estómago, que no tenía autoridad real sobre ninguno de ellos.

Esa noche cinco de los más ruidosos entraron a su tienda. Querían carne; ella no la tenía. Lo que sí podía darles era lo de siempre. Se arrodilló contra la pared, con la trenza cayéndole por delante del hombro, y ellos formaron media luna alrededor, cinco pollas al aire, todas gruesas, todas rojas de tanto restregarlas antes de entrar. Empezó por el primero, un sátiro barrigón que ya se le vaciaba en el prepucio. Le agarró la verga con la mano pequeña, se la metió a la boca y la chupó de raíz a punta con lametones largos, escupiendo saliva sobre la cabeza para lubricar el vaivén. El sátiro la agarró de las orejas y la usó como una funda, entrando y saliendo hasta que ella sintió el sabor amargo del semen inundándole el paladar.

—Trágalo, ninfa. Todo. Sin desperdiciar.

Apenas terminó, el segundo la agarró del mentón, le abrió la boca a la fuerza y le clavó la suya de una embestida. Mirena tuvo que respirar por la nariz mientras él la garganteaba sin piedad, con los cojones golpeándole la barbilla. Los otros tres no aguantaron esperar: uno se acercó por un lado y le puso una polla en la mano, otro por el otro con lo mismo, y ella empezó a masturbarlos con las dos manos mientras el del centro seguía cogiéndole la boca. Los cinco se la felló uno tras otro, uno tras otro, cada uno terminando en la boca o sobre la cara. El tercero le llenó las mejillas de semen espeso. El cuarto le apuntó al pecho y le regó los senos con chorros largos que le corrieron por el vientre. El quinto se le sacó de la boca en el último segundo y le manchó los lentes y la frente. Cuando el último se vació en su boca pequeña, ella quedó con la cara pegajosa, la trenza salpicada y el sabor amargo en cada rincón de la lengua. Se retiraron amenazando con amotinarse si no cumplía. La ninfa quedó a solas con la vergüenza y el sabor amargo, repitiéndose que ningún título la libraba de su antiguo oficio.

***

Al Ciclo siguiente llegó una comitiva inesperada: treinta soldados escoltando a cuatro sacerdotisas acorazadas en exotrajes que las cubrían como campanas, sin un solo trozo de piel a la vista. Cada una portaba un báculo de luz esmeralda. Las llamaban las Hermanas del Ojo Único, y eran las únicas con potestad para manipular la tecnología arcana enterrada en la piedra, herencia de los Antiguos que Aurelia había estudiado.

Mirena las admiraba. Eran la prueba viviente de que una ninfa podía aspirar a algo más que a complacer. Las vio cruzar el abismo sobre las telarañas a medio tender, entrar al túnel angosto y perderse hacia la sala donde, según se decía, dormía un motor del tamaño de una montaña.

La líder clavó su báculo en el suelo y recitó palabras en una lengua perdida. Las ruinas despertaron, los circuitos esmeralda se encendieron, y por un instante el lugar entero vibró al borde de lo peligroso. Luego se apagó todo de golpe, como objetos que caen de una repisa. El sargento que las escoltaba se negó a permitir más experimentos. Y a Mirena se le prohibió la entrada y se le acortó otra vez el plazo.

Los obreros trabajaron más allá de sus fuerzas, y el malestar creció con cada parón. La comida empezó a escasear. Cuando Mirena pidió suministros y no bastaron, los cinco ruidosos volvieron a exigir sus servicios. Esta vez ella se negó y los encaró: eran trabajadores, no niños caprichosos. La respuesta fue una patada en el estómago.

En el suelo, frente a los demás obreros, los cinco se cobraron el desplante. La molieron a golpes, le arrancaron la ropa entre jalones y desprecio, y la dejaron semidesnuda y temblando ante veinte machos. Bajo la capa de dama solemne quedó a la vista el cuerpo de una muchacha, joven incluso para los largos años de su especie.

Y justo entonces volvieron las Hermanas. «Mantenimiento», dijeron, aunque nadie las había avisado. Los obreros, recelosos, solo las dejaron pasar si las vigilaban de cerca. Las sacerdotisas aceptaron con prisa sospechosa y se internaron de nuevo en las ruinas.

***

Alguien acercó a Mirena unas prendas tejidas con seda de araña. Ella las tomó con sorpresa; no esperaba amabilidad. Pero los quince obreros que quedaban se acercaron como corderos hacia su pastora, y ella conocía de sobra ese hambre. No deseaba revivirlo. Pero del otro extremo del túnel llegaban luces y estruendos, y le impidieron el paso «por su seguridad». A menos que pagara un peaje.

Decretó un descanso y se desnudó por completo, porque las prendas nuevas ya no le servían de nada. Quince sátiros la rodearon con los miembros al aire, quince pollas de distintos tamaños apuntándole desde todos los ángulos, un bosque de vergas curvadas que goteaban ansiedad. La sensación que le subió por dentro era la misma de sus años de estudiante, cuando pagaba sus libros con el cuerpo. La avergonzaba hasta el alma, y aun así mentiría si dijera que no hubo momentos de placer. Bajo su piel translúcida el citoplasma empezó a moverse por cuenta propia, calentándose por la ingle, y sintió las paredes internas de su coño humedecerse de un jugo espeso, aguamarina como su savia.

Empezó por la boca. Los felló en grupos de cinco: se arrodilló en el centro del círculo y fue pasando la lengua de una verga a la otra, chupando cabezas, lamiendo huevos, dejando que le empujaran a la boca al ritmo que quisieran. Los sátiros la agarraban de la trenza, de las orejas, del cuello, y la turnaban como una copa que va de mano en mano. Todos probando sus labios sin dientes, todos terminando dentro de ella o sobre su cuerpo esbelto. Los primeros cinco se corrieron uno en la garganta, dos en la lengua, uno sobre la mejilla y otro en las tetas. Los segundos cinco quisieron más juego: la pusieron en cuatro y le penetraron la boca desde arriba, la hicieron chupar dos vergas a la vez, se la corrieron sobre la nuca y la trenza hasta dejarla goteando por todos lados. Sació a la mayoría, pero por supuesto querían más.

Un sátiro se tendió en el suelo con la polla enhiesta como un mástil y ella se montó encima. Se la acomodó con la mano, se abrió los labios y se dejó caer despacio, dejando que la llenara entera. El grosor la abrió por dentro con un ardor dulce y ella gimió sin poder controlarse, sintiéndose partida en dos. Empezó a cabalgarlo, subiendo y bajando la pelvis en un vaivén largo, con las tetas rebotando y la trenza golpeándole la espalda, rogando que fuera el único, con la cabeza puesta en lo que harían las Hermanas allá adentro. El sátiro la agarró de las caderas y la impulsó a un ritmo más rápido, embistiendo desde abajo cada vez que ella bajaba, hasta que las nalgas aguamarina resonaban contra su vientre peludo.

Cuando lo sintió cerca, recordó un truco de sus días de servidora: a los sátiros les enloquece que les rasquen el cuello, justo detrás de la base del cuerno. Se inclinó sobre él sin dejar de cabalgar, le clavó las uñas en ese punto exacto y le rascó con firmeza. Él se sacudió y golpeó el suelo como un perro agradecido, embistiendo más rápido, con los ojos en blanco, hasta vaciarse antes de tiempo. Mirena sintió el chorro caliente inundándola por dentro, una descarga larga y pulsante que le llenó el vientre y le empezó a escurrir por los muslos apenas él se aflojó.

Otros seis quisieron lo mismo. Se le trepó otro debajo, se ensartó y ella volvió a cabalgar, esta vez con la mano de un tercero acariciándole los pechos por detrás y un cuarto pidiéndole la boca. Fue pasando de verga en verga, siempre montada, siempre rascándoles el cuello para hacerlos correrse rápido, dejando que cada uno se vaciara dentro de ella o sobre su vientre. Al quinto lo tuvo por detrás, en cuatro, mientras dos más le usaban las manos. El sexto se corrió sobre sus nalgas. El séptimo, ya sin fuerza, apenas alcanzó a derramarse en su ombligo. Cuando terminó, tenía la entrepierna dolorida y una capa espesa de semen mezclado con su propia savia aguamarina corriéndole por dentro de los muslos.

Acabada la sesión, Mirena se vistió con sus prendas provisionales y marchó hacia el otro extremo del acantilado, con la entrepierna dolorida y el placer extendiéndose dentro de ella como tinta en un vaso de agua.

***

Llegó a la entrada de las ruinas en silencio, y se encontró con una decepción. Las herederas del legado de Aurelia no estudiaban nada: tres de ellas tenían un encuentro con los sátiros de su escolta. Las armaduras se habían replegado en bikinis metálicos que dejaban ver sus cuerpos de hada, de piel blanquísima y pechos redondos coronados por pezones rosa pálido. Una cabalgaba a un soldado tendido de espaldas, subiendo y bajando la pelvis con la polla enterrada hasta el fondo, cada descenso arrancándole un gemido agudo que rebotaba en las paredes. Otra recibía por delante y por detrás, suspendida en el aire entre dos sátiros que la sostenían por los muslos y las axilas mientras la embestían con sincronía, empalándola por el coño y el culo al mismo tiempo, gritando algo entre placer e insulto en cada envestida. La tercera, en cuatro, atendía a dos a la vez: uno le clavaba la verga por detrás y le agarraba las caderas para follarla con fuerza, mientras el otro se la metía en la boca hasta el fondo, sujetándola de la cabeza mientras ella tragaba y babeaba a partes iguales.

Conté tres. ¿Dónde está la cuarta?

Trató de pasar sin que la vieran, pero falló. En cuanto todas las miradas se volvieron hacia ella, corrió hacia la sala. Los sátiros quisieron retenerla, pero las sacerdotisas mostraron su verdadera cara: de sus exotrajes brotaron tenazas y cables que se movían como serpientes para silenciar a sus amantes.

Dentro, la cuarta Hermana, la líder, trabajaba sola en el extremo más lejano, recitando para devolver la vida al motor sepultado. El metal rompía la piedra y la transmutaba. Los derrumbes empezaron, y desde afuera sus exploradores la llamaban a gritos. Justo entonces un mensajero llegó con la noticia que lo cambiaba todo: las Hermanas del Ojo Único habían caído en traición.

Ninguno de sus hombres quería entregar la vida por detener a las sacerdotisas, aunque fuera lo justo. Mirena, harta de que nadie respetara su cargo, les recordó que eran los únicos que podían actuar; cualquier otra fuerza llegaría tarde. Los obreros se miraron entre sí. Nadie se movió.

—¿Cómo se gana la lealtad de quien no te debe nada? —se preguntó, y conocía la única respuesta que ellos aceptarían.

***

Le retiraron con cuidado el atuendo de seda, difícil de rasgar, y la pusieron de rodillas sobre una manta echada en el suelo de la tienda. Ya estaba mojada antes de que la tocaran. Uno se colocó detrás, le abrió las nalgas con las dos manos y le hundió la polla en el coño de una sola embestida, arrancándole un jadeo largo. Otro le agarró la trenza y le puso el glande en los labios; ella, resignada a todo, accedió y abrió la boca. Empezó el vaivén doble: la penetraron por detrás mientras otro le pedía la boca, y ella se dejó mecer entre los dos ritmos, con el culo empujado hacia atrás cada vez que el de la boca le hundía la verga hasta la garganta.

Pronto los demás se desvistieron para tener su rato con la ninfa empalada. Se formó un círculo de pollas duras alrededor de ella. Los que esperaban se le pegaban a los costados y le ponían las vergas en las manos para que los masturbara mientras la cogían por los dos extremos. Pasó por varias posturas: uno dentro de ella y tres atendidos con boca y manos, ella arrodillada con la lengua en un glande, los dedos apretando dos vergas, y las caderas empujadas rítmicamente por el que le clavaba el coño por detrás. Cuando el primero se vació dentro de ella con un rugido, otro lo reemplazó sin darle tregua, penetrándola en cuanto la anterior descarga empezaba a escurrirle por los muslos.

Luego la pusieron boca abajo, con las tetas aplastadas contra la manta, la cara de lado, con la misma cuenta: uno cabalgándola por detrás, un tercero cogiéndole la boca desde abajo, dos vergas en las manos. Cada sátiro que terminaba dejaba paso al siguiente, y ella siguió recibiendo descargas dentro del coño, sobre las nalgas, en la boca, en la espalda, terminando siempre llena por dentro y manchada por fuera. La savia y el semen ajeno se mezclaban en su piel translúcida hasta formar dibujos que se movían con cada embestida.

El punto más alto de aquella sesión fue cuando la tomaron tres a la vez. Uno se tendió en el suelo y ella se dejó bajar sobre su verga con el coño, gimiendo al sentirla acomodarse hasta el fondo. Otro se puso detrás, le escupió sobre el culo apretado para lubricarlo y le hundió la polla en el ano con una embestida lenta que le arrancó un grito ahogado. El tercero le agarró la cabeza y le empujó la suya a la garganta, hasta que Mirena quedó atravesada por tres pollas al mismo tiempo, la doble penetración estirándola por delante y por detrás mientras la de arriba le tapaba la boca. Un falo en cada mano —dos sátiros más se le habían pegado a los costados a pedirle sus dedos— y el resto bañándola en chorros desde el círculo. Cuando los tres se corrieron casi al unísono, ella sintió tres descargas simultáneas: una llenándole el vientre, otra escaldándole el culo, la tercera desbordándose por las comisuras de la boca. Los demás se derramaron sobre su pelo, sus pechos, su espalda, en una lluvia caliente que la dejó cubierta de arriba abajo.

Creyó que sería suficiente. Pero entonces las aracnes bajaron del techo por sus hilos. Habían sido espectadoras demasiado tiempo y juraban seguirla hasta el infierno, con un precio. Mirena puso los ojos en blanco. Era justo lo que faltaba.

La tendieron en el suelo, le sujetaron los brazos con hilos de seda que la ataron por las muñecas, y le abrieron las piernas hasta casi el límite. Una de las cinco se colocó entre ellas, atrapó sus muslos con los brazos raptoriales y bajó la cabeza. Mirena vio, a un palmo de su coño, unas mandíbulas complejas que se abrieron mostrando cientos de pequeños apéndices, palpos vibrátiles y una lengua bífida. La aracne cerró sus mandíbulas sobre su entrepierna. La sensación de mil apéndices separando sus labios y succionando el clítoris con una precisión imposible hizo que se retorciera entera, y hubo que sujetarla con más fuerza. Los palpos se movían dentro de ella como dedos pequeños, uno a uno, explorando cada pliegue del interior, mientras la lengua bífida trabajaba el capuchón con un ritmo de vibración constante. El orgasmo le llegó en espasmos y gemidos largos, un temblor que le sacudió las paredes celulares y la hizo empapar la boca de la aracne con su propio jugo aguamarina.

La aracne se apartó dejándola empapada, con los labios hinchados y palpitando, y la reemplazó la siguiente. Esta empezó a lamer más lento, con la lengua entera dentro del coño abierto, y le succionó el clítoris entre dos palpos como si lo ordeñara. Mirena se corrió otra vez, arqueándose contra la seda. La tercera prefirió abrirle las nalgas y trabajar entre las dos entradas a la vez, la lengua en el ano y los palpos en el coño. La cuarta la puso en cuatro y le devoró la vulva desde atrás, mordisqueando sin dañar. La quinta se subió encima, en un sesenta y nueve invertido, y le enterró la cara en el sexo mientras le ofrecía a Mirena su propia entrepierna arácnida, unos labios verticales y jugosos que la ninfa aprendió a lamer entre gemidos ahogados. Algunas la besaban en la boca con lenguas largas y frías; otras en los senos, succionándole los pezones aguamarina hasta ponerlos duros y morados; todas explorando cada rincón de su cuerpo joven.

En un frenesí sin freno, todos sus colaboradores la tomaron sin excepción. Una aracne la levantó por la cintura, sujetándola contra su propio torso, mientras un sátiro se acomodaba detrás y la penetraba por el coño colgando en el aire, embistiendo desde abajo con la verga hasta el fondo. Otro se subió y le puso la suya en la boca desde arriba. La colgaron del techo con hilos de seda que le rodeaban los muslos abiertos, las muñecas atadas por encima de la cabeza, y en esa posición no le dejaron un solo hueco libre: dos sátiros a la vez, uno por el coño, otro por el culo, mientras un tercero se corría en su cara desde el suelo. La amarraron de mil formas con tela de araña, siempre con las piernas abiertas y algún orificio en uso, siempre con la piel translúcida empapada de savia y semen. Ella pasó horas empalada, chupando cuando no tenía a nadie dentro, corriendo por el coño una y otra vez hasta perder la cuenta.

Y en medio de aquel placer empezó a sentir miedo. Aquel interés repentino tenía algo de hambre real, como si las bocas y los dientes quisieran abrirse paso para devorarla. Los palpos de las aracnes se demoraban demasiado dentro de ella; las mandíbulas se cerraban con demasiada fuerza sobre sus muslos. Solo pudo rezarle a Aurelia para no morir entre ellos.

Cuando terminaron, todos cayeron exhaustos, dormidos como cadáveres. Solo el último seguía moviéndose contra ella, dentro de ella, embistiendo despacio, casi en trance. Su descarga se mezcló con su citoplasma, penetró la pared celular en el punto más fino y le acarició los órganos desde dentro, una sensación morbosa que le desbordó cada poro de la piel. Mirena tuvo un último orgasmo, silencioso y profundo, un temblor que le nació desde el núcleo mismo. Después él se acurrucó en su pecho, y cuando ella le acarició la cabeza, respondió como un perrito contento. Se había ganado su lealtad. Ahora sí.

***

En las ruinas, la líder traidora preparaba el ritual definitivo, decidida a despertar la reliquia sin importar las consecuencias. Pero sus tres hermanas vieron que su ascensión las dejaría atrás, y abrieron fuego con los blásters de sus hombros.

Una telaraña jaló a Mirena fuera de la línea de tiro. Sus aracnes saltaron sobre las predicadoras; los sátiros corrieron a romper los nodos que rodeaban la reliquia. En el caos, la arquitecta avanzó hacia la conjuradora, que seguía recitando mientras el motor volvía a la vida.

—¿Quieres la ascensión? —preguntó la sacerdotisa con voz de seda—. Te llevaré a un plano donde nadie te denigre. Tendrás por fin lo que más deseas: respeto.

Mirena se quedó quieta un segundo. Luego apuntó su bengala.

—Mi lealtad es de Vaeldris, de la visión de su fundadora.

El proyectil reventó contra el escudo de rayos y la reacción se desató. El ritual se rompió, el lugar entero comenzó a mutar sin control, y un rayo alcanzó a Mirena de lleno: sus paredes cedieron y su citoplasma salpicó la piedra. La traidora no se enojó; solo sonrió con ironía antes de que las luces verticales la atravesaran y la hicieran desaparecer junto a las suyas. El techo empezó a caer, y los que quedaban huyeron llevándose a quien pudieron.

***

El puente quedó terminado, sólido como la roca de la que estaba hecho. A Mirena no le dieron premios ni reconocimientos, pero algo había cambiado: aquel equipo ya no solo la obedecía, la apreciaba, y le ofrecía lealtad y protección. Aunque no sin un último precio.

La habían rescatado casi muerta, sostenida apenas por seda y costuras que impedían que su contenido vital se derramara. Y entonces llegaron arrastrándose los cinco canallas que la habían humillado, salvados de milagro, rogando perdón. Mirena solo tenía una cosa en mente. Las aracnes los rodearon, el resto esperó ansioso, y ella dijo, con la voz tranquila:

—A los míos les prometí carne.

De un movimiento, las aracnes los despedazaron, y aquellos cuerpos sirvieron de raciones para los que sí la habían defendido.

Mirena empacó sus bocetos, puso la muleta bajo su único brazo y salió de la tienda hacia su próxima obra, una plaza en la ciudad donde había crecido. Caminó hacia la luz jade repitiéndose en voz baja, como una oración:

—Por Vaeldris, por Aurelia… por mí.

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Comentarios(8)

CarlosMdz

Increible relato!!! uno de esos que no podes dejar a la mitad

Valeria_oc

Me encanto la historia, la arquitecta es un personaje que da para mucho mas. Segunda parte???

RodrigoSalta

La tension del relato esta muy bien construida. Cuando empieza a ceder uno ya sabe para donde va pero igual te engancha, eso es lo que mas me gusto

GonzaLP

jajaja el titulo ya lo dice todo, demasiado directo y por eso me encanto

RiojaFranco

Excelente, sin vueltas. De lo mejor que lei en la categoria en mucho tiempo

CuriosaBA_77

Me pregunto si la arquitecta del relato existe en la vida real jaja. Muy creible la historia, se siente autentica desde el primer parrafo

SilviaK_

buenisimo!!! me dejo sin palabras

LectorNocturno

Me lo lei de un tiron y cuando termino quede queriendo mas. Eso es señal de que esta muy bien escrito, felicitaciones

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