El masaje compartido en la cabaña frente al mar
Después de comer decidimos echarnos un rato hasta que llegara la hora de los masajes. El calor pegaba fuerte y el camino de arena entre las cabañas todavía quemaba bajo los pies descalzos.
Fue Teo quien nos acompañó de vuelta, y antes de marcharse nos preguntó si queríamos el masaje juntos o por separado.
Carla y yo nos miramos y, casi a la vez, contestamos que en conjunto. Sería en la cabaña de Damián y Lucía, un poco más amplia que la nuestra y, por qué no decirlo, más discreta: era la última de la fila, pegada a los árboles.
Teo asintió con una sonrisa demasiado larga. Antes de irse, repasó sin disimulo los cuerpos de nuestras mujeres, como si recordara la noche anterior y adivinara lo que se venía.
—De acuerdo —dijo—. Descansen, que los masajes pueden ser muy intensos.
Nos reímos los cuatro y entramos en la cabaña. La distribución era la misma que la nuestra, pero su porche era más grande y bajaba directo a la playa, a pocos metros del agua.
—Uf. Solo de acordarme de ayer y pensar en lo de luego, ya me estoy poniendo nerviosa —soltó Lucía.
Las dos se quitaron el bikini y se quedaron desnudas sin el menor pudor.
Era un placer puramente visual tenerlas así, una al lado de la otra.
Las dos llevaban la piel tostada por el sol. Carla, con sus pechos grandes y los pezones tensos; Lucía, más menuda, con las nalgas firmes y depiladas, una provocación de pies a cabeza. Y eso que era la más inexperta del grupo: parecía decidida a recuperar todo el tiempo perdido de una sola vez.
La convencimos, de mala gana, de descansar un poco antes de la hora acordada. Nos tumbamos a tomar el sol, aunque ella no paraba de moverse y resoplar.
—¡Qué despacio pasa el tiempo aquí! —protestó.
Nos reíamos con ella cuando llamaron a la puerta y salió disparada a abrir.
***
Volvió acompañada de Daniela, Sofía e Iván, además de Teo, que venían cargados con un par de camillas plegables. Las montaron en un momento y las colocaron de dos en dos.
Mientras las chicas lo preparaban todo, Iván nos llevó a Damián y a mí a un lado.
—Después de lo de ayer no creo que haga falta, pero igual tengo que preguntarlo… —empezó.
—Ningún problema —cortó Damián.
—Bien. Entonces les traje algo. Con lo ardientes que son sus mujeres, igual les viene bien un empujón.
Abrió la mano. Tenía tres de esas famosas pastillas azules.
Se tomó una y nos pasó otra a cada uno.
—Aquí las usamos a diario —dijo—. Y les aseguro que si las suyas vienen calientes, las nuestras no se quedan atrás. No nos gusta dejarlas a medias.
Yo nunca había necesitado nada parecido, pero la verdad es que me notaba un poco flojo, así que la tragué sin pensarlo demasiado.
Volvimos al grupo. Lucía y Carla ya estaban tumbadas en las camillas, listas para empezar. Damián y yo nos acostamos boca abajo en las otras dos. Daniela se colocó conmigo; Teo, con mi mujer.
El masaje arrancó de forma normal. Daniela paseaba sus manos aceitadas por mi espalda, subía a los hombros, bajaba por los costados hasta las piernas y los pies. Yo tenía los brazos pegados al cuerpo, y cuando ella se situó a un lado, mis dedos rozaron sus muslos.
Ella no se apartó. Al contrario: apretó su entrepierna contra mi mano. A través de la tela noté lo empapada que estaba, y todavía se pegó más.
Tras unos segundos en los que dejé que mis dedos se entretuvieran, se separó, rodeó la camilla y siguió por los hombros, bajando hasta la cintura mientras apoyaba el pecho contra mi espalda. Sentía sus pezones rozándome la piel.
Desde un lado empezaron a oírse los primeros suspiros. Giré la cabeza y vi a Lucía boca arriba, con las piernas abiertas y la cara de Iván hundida entre ellas.
Al otro lado, Damián disfrutaba de las manos de Sofía recorriéndole el sexo con una lentitud calculada.
Justo enfrente, Teo se dedicaba a amasar los pechos de Carla mientras ella dejaba caer la cabeza por el borde de la camilla y se llevaba su miembro a la boca.
Incómodo boca abajo, hice ademán de darme la vuelta, pero Daniela me detuvo y me susurró al oído.
—No tengas prisa. Déjame un rato más. No te vas a arrepentir.
***
Me dejé hacer. Se colocó a mis pies y deslizó las manos por mis nalgas, bajando entre los muslos. Abrí las piernas y noté su contacto agarrándome desde atrás.
Echó más aceite y siguió, subiendo y bajando, abriéndome con las manos para pasar el pulgar muy cerca de la entrada sin llegar a forzarla.
—Levanta y ponte a cuatro patas —pidió.
Obedecí. Con una mano me masturbaba despacio; con la otra seguía acariciándome, presionando apenas sin entrar. Después noté su lengua, primero rodeándome con los labios, luego deslizándose hacia atrás para juguetear un instante y volver al frente.
En poco rato me hizo tumbar de nuevo y, alzándome las piernas, empezó una felación tan voraz que perdí la cuenta de los minutos, mientras introducía un dedo con una suavidad que contrastaba con todo lo demás.
A mi alrededor solo se oían gemidos y jadeos. Yo mismo gemía sin el menor pudor.
Terminé en su boca, y fue tan abundante que la hice toser. Cuando se recuperó, siguió lamiendo hasta dejarlo todo limpio.
—Mmm. Veo que sí lo has disfrutado —dijo.
Era evidente que sí.
Ella empezó a desnudarse del todo, y aproveché para mirar al resto.
Iván tenía a Lucía cabalgándolo al revés, mientras Sofía le lamía el sexo y Damián la penetraba por detrás. Carla rodeaba con las piernas la cintura de Teo, y yo veía perfectamente cómo entraba y salía de ella.
Mientras observaba, una mano volvió a buscarme.
—No te preocupes por tu mujer, que está bien atendida —murmuró Daniela—. Ahora eres todo mío.
***
Me giré hacia ella y, poniéndome de pie, empecé a besarla mientras buscaba sus pezones y los pellizcaba. Bajé una mano por la espalda hasta el final, la colé entre sus piernas y encontré una humedad que no admitía dudas.
No esperé más. La tumbé en la camilla y me coloqué entre sus muslos, admirando su pubis depilado. Empecé a lamerla de arriba abajo sin dejar un solo rincón, buscando el clítoris hasta hundir la lengua en ella.
Me agarró la cabeza, apretándome contra su cuerpo, y no tardó en correrse sin dejar de mover las caderas.
—¡Joder, el calladito! —dijo entre risas—. Qué bien usa la lengua. Ahora quiero ver qué hace con lo demás.
La hice voltearse y apoyarse en la camilla, dejando las caderas en pompa. Sin preámbulos la penetré desde atrás, sujetándola por la cintura.
Enseguida noté una presencia a mi lado: eran Carla y Teo, que se colocaron justo enfrente en la misma postura. Mientras Teo embestía, Daniela alargó una mano hacia uno de los pechos de mi mujer y, bajando la cabeza, empezó a lamerle los pezones. No tardaron en fundirse en un beso mientras nosotros seguíamos.
Busqué a los demás. Lucía estaba en el suelo, debajo de Sofía, en un sesenta y nueve, mientras Iván la penetraba a ella y Damián entraba en Sofía, que gemía a cada empuje sin despegar la boca del sexo de Lucía.
***
Carla y Daniela quisieron hacer lo mismo y bajaron al suelo. Mi mujer abajo, Daniela encima. Mientras Iván se acomodaba, yo le ofrecí mi miembro a Carla, que abrió la boca para recibirlo, y a la vez metía los dedos en Daniela.
Cuando entré en Daniela noté la lengua de Carla deslizándose más abajo, así que salí y volví a llevárselo a la boca antes de regresar. Estuve un rato repartiéndome entre las dos hasta que me centré en Daniela.
La tenía sujeta por las caderas, y su trasero parecía pedir más. Pasé un dedo, empezando a tantear mientras seguía dentro de ella.
—Deja de dudar y dame por ahí —dijo sin rodeos.
Salí, apunté y de un solo movimiento entré en su culo. Quedó claro que no era la primera vez: no soltó ni una queja y empezó a moverse rápido. Entre eso y la lengua de Carla, no tardó en correrse. Mi mujer la siguió casi al instante, y el tercero fui yo, sin salir de ella.
Teo aguantó un poco más, hasta que se retiró y terminó sobre el vientre y la cara de Daniela.
Los otros cuatro ya habían acabado y se recuperaban tirados sobre las toallas.
***
Damián se levantó a buscar algo fresco para beber y me hizo una seña para que lo acompañara. Entramos en la cabaña y, mientras servía, me dijo en voz baja:
—Oye, ¿te acuerdas de aquel vídeo que me enseñaste? Me gustaría tener uno de hoy, de recuerdo. ¿Te importaría que grabe un poco?
—Por mí no hay problema —contesté—. Pero no sé si a estos les hará gracia.
—No se lo pregunto. Escondo la cámara, que es pequeña, y ni se enteran.
—Tú mismo.
La preparó y, al salir, la colocó con disimulo apuntando hacia el grupo, ya grabando.
Repartimos las bebidas y nos sentamos con el resto. Lucía estaba entre Iván y Teo, acariciando sus miembros, que ya volvían a estar firmes.
—¡Hora del segundo asalto! —exclamó—. Me pido a estos dos.
Dicho y hecho: se agachó sobre Iván para lamerlo y le ofreció el trasero a Teo, que empezó a acariciarlo.
El resto contemplábamos la escena. Al oído le conté a Carla lo de la cámara y dónde estaba escondida. Se levantó, nos tomó de la mano a Damián y a mí y nos puso al lado de los otros.
***
Se arrodilló entre los dos y empezó a alternar nuestros miembros en su boca. Sofía y Daniela miraban hasta que decidieron unirse. Daniela fue hacia Damián y empezó a besarlo, acariciándole el pecho; Sofía se puso junto a Carla, disputándole mi sexo.
Carla le dijo algo y, mientras ella se ocupaba de mí, Sofía se colocó detrás. Noté cómo pasaba la mano entre mis piernas y, con la otra, me abría para llegar con la lengua hasta donde quería.
Lucía seguía con Iván mientras Teo, de rodillas detrás, la lamía sin que dejara de gemir. Cuando él se incorporó y se apoyó contra ella, Lucía soltó el miembro de Iván y lo miró.
—Despacito, pero hazlo ya.
Con suavidad fue entrando poco a poco hasta el fondo, y entonces fue ella la que tomó el ritmo, cada vez más rápido, sin sacarse a Iván de la boca.
Damián ya tenía a Daniela cabalgándolo al revés mientras le sujetaba los pechos desde atrás. Me di cuenta de que se había colocado justo en el ángulo de la cámara, a propósito.
A mí me hicieron tumbar. Sofía se sentó encima para recibirme, y Carla se acomodó sobre mi cara para que la lamiera. Mientras lo hacía, las manos de ellas no dejaban de buscarse, y Sofía bajaba una al sexo de Carla, donde mi lengua y sus dedos coincidían.
—Ahora quiero las dos cosas a la vez —pidió Lucía desde el otro lado.
Teo tiró de ella hasta tumbarse, e Iván se montó encima entrando sin contemplaciones. El gemido de Lucía debió de oírse desde la otra punta de la playa.
***
Yo no aguanté mucho y terminé dentro de Sofía, que se levantó. Fue Carla quien se agachó a limpiarme con la boca mientras yo seguía lamiéndola. Sofía se puso detrás de mi mujer y, por señas, llamó a Damián, que se colocó a su espalda y entró en Carla mientras Sofía jugaba con él.
El primero en rendirse fue Iván, que salió de Lucía y terminó sobre sus pechos mientras ella lo acababa con la mano. Era increíble verla acercar la boca para recoger los últimos restos. Teo no tardó en seguirlo, y permaneció pegado a ella hasta que Lucía se corrió entre espasmos.
Carla ya lo había hecho. Solo faltábamos Damián y yo. Me coloqué entre las piernas de Sofía y, aunque no estaba del todo recuperado, lo intenté; Carla se arrodilló al lado y, con la boca, me devolvió la firmeza suficiente para entrar. Damián terminó casi a la vez, y a mí aún me costó un poco más.
Quedamos agotados, tirados sobre la arena del porche, sin fuerzas para nada.
—Madre mía. No me lo puedo creer —murmuró Lucía.
Iván y Teo se rieron mirándola mientras le acariciaban los pechos.
***
Permanecimos así un buen rato, hasta que los cuatro empezaron a recoger sus cosas para marcharse. Antes de irse se despidieron de nosotros. Ellos besaron a las chicas, y ellas aprovecharon para acariciarles por encima de la ropa. Lo mismo hicieron ellas, con la diferencia de que nosotros seguíamos desnudos.
Cuando se fueron, Damián se acercó con disimulo a apagar la cámara y se sentó con nosotros.
—¿Y eso? —preguntó Lucía.
—Una sorpresita para vosotras.
Conectó la cámara a la tele. Cuando empezaron a verse las imágenes y Lucía se reconoció, le pegó un puñetazo en el brazo.
—¿No habrás tenido el valor de grabarnos sin decir nada?
—Está claro que sí —contesté yo, riéndome—. Mírate.
La grabación empezaba con ella entre los dos hombres. Lucía no apartaba los ojos de la pantalla, hasta que se vio agacharse para lamer a Iván.
—¿Tú estás mal de la cabeza? ¿Cómo se te ocurre? Cualquiera que lo vea…
—¿De verdad crees que voy a enseñarlo por ahí? —respondió Damián—. Es un recuerdo de las vacaciones, nada más.
—Carla y yo ya tenemos varios de esos recuerdos —intervino mi mujer—. Es más, creo que Damián vio uno.
—Digamos que fue así como se enteró —añadí—. Cuando se lo enseñé.
Lucía no se quedó conforme, pero tampoco despegaba la mirada de la pantalla.
—Bueno. Pero como me entere de que lo ve alguien, te juro que te mato.
Damián se echó a reír y, todavía bromeando, propuso mandarles una copia a Iván y a Teo, que al fin y al cabo también salían. Lucía aceptó a regañadientes, con la condición de que solo fuera para ellos.
Los cuatro, entre risas, nos fuimos a bañar al mar para quitarnos el aceite y la arena antes de volver a nuestra cabaña.
Ya de regreso, cerca de la nuestra, vimos a dos personas alejándose entre los árboles. Me pareció reconocer a la pareja mayor del bungaló de al lado, pero no le di mayor importancia.
Al menos no hasta esa noche.