La pareja me invitó a algo que nunca había probado
Habían levantado por fin las restricciones y la ciudad volvía a respirar. Después de meses encerrado entre cuatro paredes, cada contacto que había hecho durante aquel largo confinamiento empezaba a materializarse. Era martes, llevábamos apenas unos días de vuelta a la oficina y el trabajo se acumulaba. Justo cuando apagaba la lámpara de la mesita, el móvil vibró sobre la madera con un brillo azulado.
Desbloqueé la pantalla y abrí la aplicación. Era un mensaje de una pareja con la que había cruzado algunas palabras durante el encierro, sin pasar nunca de la coquetería a distancia. El nombre de ella aparecía en la conversación, y debajo, un texto breve.
—Buenas noches. ¿Te apetece participar en algo especial con nosotros mañana al mediodía? Seríamos varios.
La propuesta me gustó de inmediato, aunque hacer un hueco en el trabajo con tan poca antelación era casi imposible. Acababan de levantar el confinamiento y nadie estaba para favores. Aun así, la novedad de aquello pudo más que la prudencia.
—Buenas. Ahí estaré —respondí, sin pensármelo demasiado.
No sabía con qué me iba a encontrar, ni cómo se desarrollaría la escena, ni cuántas personas seríamos. La sola idea de probar algo que nunca había vivido me bastó para aceptar sin más preguntas.
—Perfecto. Mañana te paso la ubicación. Será sobre las once y media —contestó ella casi al instante.
En mi mente empezaron a formarse imágenes a medio enfocar: una boca abierta esperando una polla, un coño chorreando entre manos ajenas, chorros de semen resbalando por unas tetas desconocidas. Apoyé la cabeza en la almohada con la verga tan hinchada que me palpitaba contra el elástico del bóxer, la punta ya húmeda de líquido preseminal. Bajé una mano y me la apreté entera con el puño, apretando los dientes. Me aguanté. Quería llegar al día siguiente con los huevos cargados a reventar, sin desperdiciar ni una gota de la corrida que pensaba descargarle a esa mujer.
***
Me despertó la misma tensión con la que me había dormido: la polla dura pegada al vientre, mojando de nuevo la tela. Y la misma imagen fija en la cabeza: una mujer arrodillada en el centro de un círculo de vergas, con la boca abierta, pasando de una a otra, dejándose follar la garganta mientras los demás esperaban turno con la mano en el rabo. Tuve que ignorar el bulto otra vez y meterme bajo el agua fría unos segundos para que se me bajara lo suficiente como para poder salir de casa.
Fui directo al trabajo y, nada más llegar, busqué a mi jefe. Le conté una mentira pequeña y conveniente sobre una revisión médica que no podía aplazar. No puso ningún reparo; en aquellos días, cualquier asunto de salud abría todas las puertas. Salí del edificio con el corazón acelerado y una sensación rara, como si hiciera novillos de adolescente.
Eran las diez y media cuando llegué a casa. Me metí en la ducha sin perder un minuto. La noche anterior me había rasurado entero —los huevos, el pubis, el perineo—, así que al salir solo necesité perfumarme un poco y elegir la ropa. Algo cómodo, fácil de quitar. Me miré en el espejo del pasillo más tiempo del necesario y me toqué la polla por encima del pantalón, comprobando que seguía respondiendo como me hacía falta.
A las once recibí dos mensajes seguidos. El primero traía la ubicación; el segundo, una disculpa y un cambio de hora: el encuentro se retrasaba una hora más. Como invitado, no estaba en posición de protestar, así que acepté y puse rumbo a la dirección que el navegador marcaba al otro lado de la ciudad. Tardé un buen rato en aparcar y, aun así, me sobró tiempo. Lo maté en el coche, repasando la conversación de los últimos meses y mirando una vez más las fotos de ellos dos, las tetas de ella asomando por un escote, el bulto de él marcado bajo unos calzoncillos.
***
Eran las doce y media en punto cuando pulsé el botón del portero automático. Me abrieron sin preguntar quién era, como si me esperaran. Segundo piso. Subí por las escaleras, ignorando el ascensor para gastar los nervios, y al llegar al rellano comprobé que la puerta del fondo estaba entornada.
Empujé despacio y entré. Me recibió ella, Marisol, con un salto transparente que dejaba adivinar un conjunto de lencería oscura debajo. La tela se ceñía a un cuerpo que el confinamiento no había estropeado en absoluto: tetas grandes apretadas contra el sujetador de encaje, caderas anchas, un culo redondo que asomaba por la tanguita negra cuando se giró para cerrar la puerta. Tenía los ojos grandes, negrísimos, y una sonrisa que asomaba apenas por la comisura de los labios, la sonrisa de una mujer que ya se estaba imaginando con la boca llena.
—Hola —le dije casi al oído.
—Hola —respondió en voz baja—. Pasa y siéntate ahí.
Me cogió de la mano y me condujo hasta un sillón junto a la ventana. En el salón había otros tres hombres, de pie, repartidos por la estancia con cierta torpeza de extraños que aún no se atreven a hablarse. Por las miradas de expectación deduje que para más de uno también era la primera vez en algo así.
Marisol no tardó en venir a sentarse a mi lado. Lo hizo con una naturalidad desconcertante, como si nos conociéramos de toda la vida, y antes de que pudiera decir nada me desabrochó el pantalón, tiró del elástico del bóxer y me sacó la polla al aire de un solo tirón. Se la quedó mirando un segundo, sopesándola en la palma, y cerró el puño alrededor del tronco apretando bien.
—Joder, qué polla tienes. Vamos a pasarlo bien contigo —murmuró rozándome la oreja con los labios, mientras me la meneaba despacio de la base a la punta. Con el pulgar me esparció la gota que ya asomaba por la ranura.
Su mirada estaba cargada de un morbo sereno, el de quien sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo. Lejos de intimidarme, aquella seguridad me puso todavía más duro. Se agachó sin dejar de mirarme a los ojos y me lamió la punta, un lametón lento, plano, que recogió el hilillo de líquido preseminal antes de escupir un poco de saliva y volver a subírmela y bajármela con la mano, ya bien resbaladiza. Quería estar a la altura, quería dejarla follada y satisfecha.
No habían pasado ni diez minutos cuando llamaron de nuevo. Entró un quinto hombre que, por la familiaridad con la que la saludó, ya la conocía de antes. Poco después llegó el sexto y último. Ese no se anduvo con rodeos: se presentó como su pareja, se bajó la mascarilla, la besó en la boca mientras le sujetaba la cintura y le apretaba una nalga por encima de la tanga, y luego desapareció en la cocina para volver con una cerveza en la mano.
Uno de los chicos consultó el reloj y, con visible fastidio, anunció que el cambio de hora lo había dejado sin margen y tenía que marcharse. Se despidió de todos y le pidió a la pareja que lo avisaran en otra ocasión. Marisol lo acompañó a la puerta. Cuando volvió al salón, ya solo quedábamos cuatro alrededor de ella, y su chico, desde la entrada del pasillo, levantó la cerveza como quien da una orden.
—Es toda vuestra —dijo—. Follársela como os pida. Que no le falte polla en la boca.
***
La llevó del brazo hasta una silla apartada, se sentó y se quedó allí, mirando, con la mano ya sobre su propio paquete, mientras ella se deshacía del salto y quedaba en sujetador y tanga en medio del salón. Se llevó las manos a la espalda, se soltó el broche y dejó caer el sujetador. Aquellas tetas grandes rebotaron un instante antes de asentarse, pesadas, con los pezones oscuros ya duros de punta. Se bajó la tanga por las caderas, la dejó caer al suelo y se arrodilló en el centro de la alfombra con las piernas separadas, el coño depilado y brillante ya a la vista, los labios menores hinchados, entreabiertos, mojados.
Los demás formamos un semicírculo a su alrededor casi sin darnos cuenta, como atraídos por un imán. Nos fuimos desnudando en silencio, con las pollas por delante, todas duras, todas apuntando a la misma boca.
Me quité los pantalones y las zapatillas y quedé completamente en pelotas, la polla pegada al vientre. A mi lado, el que ya la conocía hizo lo mismo, sacudiéndose el rabo grueso en la mano. El tercero apenas se desabrochó el vaquero y se lo bajó un poco, indeciso, con la verga a medio empalmar asomando por la abertura. Marisol empezó a alternar entre nosotros, cogiéndonos las pollas de dos en dos, chupándonos la punta a uno mientras masturbaba a otro, pasando la lengua de un glande a otro, escupiendo saliva sobre los rabos para poder pajearnos mejor. Nos metía en la boca hasta el fondo, se atragantaba un poco, sacaba la polla babeada y saltaba a la siguiente. Repartía su boca y sus manos con una calma que volvía la espera deliciosa y salvaje a la vez.
Yo estaba duro como una piedra. La punta me palpitaba cada vez que sentía sus labios cerrarse alrededor y su lengua trabajarme el frenillo. Toda la situación me tenía al borde: una semana antes seguíamos encerrados en casa, contando los días con la mano en la polla frente a una pantalla, y ahora estaba aquí, en el salón de unos desconocidos, con una mujer chupándome la verga entre otros dos hombres. El tercer chico se retiró al poco rato; murmuró una excusa, dijo que estaba algo resfriado y que no lograba ponerse a tono, y se vistió en silencio dejándonos.
Los dos que quedábamos seguimos atendiéndola sin distraernos. Se notaba lo encendida que estaba Marisol, la respiración entrecortada, la piel ardiendo, los pezones tiesos, los muslos apretándose el uno contra el otro cada vez que se los rozaba con el aire. Y entonces me pareció injusto. No podía ser que solo nosotros disfrutáramos de su boca y sus manos sin devolverle nada. Me arrodillé a su lado, le rodeé una teta con la mano —pesaba, llenaba la palma entera— y le pellizqué despacio el pezón, tirándoselo, rodándoselo entre los dedos, mientras con la otra mano le bajaba por el vientre hasta el coño.
Estaba empapada. La raja entera chorreaba, los muslos brillaban de flujo. Le pasé dos dedos por los labios menores, arriba y abajo, y noté cómo se abría sola, ofreciéndose. Su pareja se levantó entonces de la silla, se desnudó sin prisa —la tenía dura, gorda, curva hacia arriba— y se acercó para que fuera a él a quien ella atendiera con la boca. Se la metió entera de una embestida y le empezó a follar la cara despacio, sujetándola por la nuca. Yo seguí a lo mío, sintiendo cómo crecía su humedad bajo mis dedos. Hundí dos en su interior, hasta los nudillos, y noté las paredes calientes cerrándose alrededor. Empecé a bombeárselos con la muñeca mientras con el pulgar buscaba el clítoris hinchado y le trazaba círculos justo del tamaño y la presión exactos que la hacían temblar. Ella me lo agradeció bajando una mano, buscándome la polla, y me la empezó a menear al mismo ritmo que su marido le empujaba en la garganta, sin dejar de sacar la lengua para lamerle los huevos entre embestida y embestida.
De repente la noté cerrarse, apretando mis dedos con una fuerza brutal, y un jadeo largo, ahogado por la polla que tenía metida hasta el fondo, le subió por la garganta. Se estaba corriendo, follada por la boca y con mis dedos dentro, y aun así no se detuvo. El coño le chorreó sobre la palma de mi mano, me empapó la muñeca. Siguió con su tarea, más intensa, sorbiendo, tragando saliva mezclada con líquido preseminal, hasta que su chico le sacó el rabo de la boca de un tirón para no correrse todavía. Ella jadeó, tomó aire y se acercó a mi oído.
—Gracias. Ahora te toca a ti. Ponte de pie y méteme esa polla hasta el fondo.
***
Me levanté sin dudar y quedé a la altura de su boca. Se apartó el pelo de la cara, me miró desde abajo con los ojos ya llorosos del ahogo anterior, y no tardó ni cinco segundos en envolverme por completo. Me tragó la polla entera del primer intento, los labios apretados contra mi pubis, la nariz pegada a mi vientre, la garganta cerrándose y abriéndose alrededor del glande. Sacó la verga babeada, se la escupió encima y me la volvió a meter, esta vez marcando el ritmo con la mano en la base y la boca subiendo y bajando en la mitad superior. Me chupaba mirándome, se sacaba la polla para lamerme los huevos uno por uno, y volvía a engullirme entera.
Su pareja ocupó el sitio que yo había dejado entre sus piernas. Le abrió los muslos de par en par, se agachó y le hundió la lengua en el coño con la habilidad que solo da la costumbre. Le lamió la raja entera de abajo arriba, se cebó en el clítoris con la punta de la lengua, le metió dos dedos y se los curvó buscándole el punto. En cuestión de minutos la hizo correrse de nuevo, y esta vez el orgasmo se lo tragó ella misma con un gemido largo que vibró alrededor de mi polla, mientras las caderas se le sacudían solas contra la cara del marido. Ella seguía repartiéndose entre el otro hombre y yo, pasando de un rabo al mío, chupándonos por turnos, dejando hilillos de baba que le colgaban de la barbilla y le caían a las tetas.
Cuando él terminó de comérsela, se incorporó con la boca brillante y se puso a mirar la escena de pie, pajeándose despacio la polla curva, esparciéndose el flujo de ella por toda la verga. Duró poco. Nos apartó con un gesto, se colocó frente a Marisol y fue el primero en dejarse ir sobre el pecho de su mujer. Le disparó cuatro, cinco chorros gruesos de semen que le cayeron uno tras otro entre las tetas, en la barbilla, en el escote. Una corrida abundante, blanca, espesa, que le resbaló desde el mentón por el cuello hasta chorrearle por los pezones. Marisol sacó la lengua para recoger lo que le llegaba a los labios y se relamió mirándonos.
Cuando su marido se vació, nos recuperamos nuestro lugar, y mientras ella volvía a mi boca —a mi polla, a mi glande, chupándome como si me la fuera a arrancar— aproveché para extenderle aquel calor por la piel, masajeándole las tetas con el semen ajeno, jugando con los pezones resbaladizos, pellizcándoselos entre el pulgar y el índice hasta que se le escapaba un gemido con la boca llena.
El otro chico me buscó la mirada y, con un leve movimiento de cabeza, me avisó. Entendí. Me retiré justo a tiempo para dejarle el sitio frente a ella, y enseguida soltó su descarga sobre el mismo punto que su antecesor. La suya fue todavía más generosa; le disparó tanto semen que el rastro le bajó por el vientre casi hasta el ombligo, formando regueros que se fueron mezclando con lo que ya tenía encima. Ella se pasó los dedos por las tetas, se los llevó a la boca y los chupó uno a uno mirándome fijo, con la clara intención de que me corriera ya.
Yo era el único que faltaba. Volví a meterle la polla en la boca y empecé a follársela yo, agarrándole la nuca con las dos manos, empujando con las caderas, notando el fondo de la garganta contra el glande. Ella se dejaba, con los ojos entrecerrados, tragando saliva a mi ritmo, dejándome usar su boca como quisiera. Y aun así me costaba llegar, como si la cabeza me jugara una mala pasada por la novedad de todo, por la sobrecarga de estímulos. Marisol se dio cuenta de que tardaba y decidió echarme una mano. Me sacó la polla de la boca, la sostuvo pegada a su mejilla mientras me miraba desde abajo, y con la otra mano me deslizó una caricia por la cara interna del muslo, subiendo despacio. Cuando llegó arriba me acunó los huevos, me los sopesó, tiró un poco de la piel del escroto, y un dedo curioso siguió el camino hacia atrás y me buscó un lugar donde no me esperaba el contacto. Empujó apenas la yema, justo lo suficiente para colarme la punta del dedo y presionarme por dentro mientras volvía a tragarse la polla entera de un envite.
Aquella presión inesperada, la lengua trabajándome el frenillo y la garganta cerrándose alrededor de la punta mandaron una señal directa al cerebro, y me corrí de golpe, sin previo aviso, con un gruñido que no pude aguantar. El primer chorro se lo tragó entero; sacó la polla justo a tiempo para que el resto le saliera a chorros gordos sobre las tetas, sumando mi semen al de los otros dos, empapándole del todo el escote. Me vacié entero, chorro tras chorro, hasta que las últimas gotas le cayeron entre los pechos y solo pude sostenerme apoyándome en su hombro. Quedé exhausto, sudoroso, con las piernas flojas y los huevos vacíos, pero con la certeza de que cada minuto había merecido la pena.
Marisol se llevó una mano al pecho, recogió con dos dedos parte del semen espeso que le chorreaba y se lo llevó a la boca. Se lo tragó mirándonos, y se lamió los labios.
—Gracias, chicos —dijo, sosteniéndonos las pollas ya blandas a los dos a la vez—. Voy a darme una ducha, que me habéis dejado el coño y las tetas para el arrastre.
Lo dijo con una sonrisa entre el morbo y la travesura, una mezcla de mujer bien follada y de niña que sabe que ha hecho algo prohibido.
—Gracias a ti —le contesté a modo de despedida—. Hasta otra —añadí mirando al otro, mi único compañero de aquella tarde.
Me vestí despacio, con la polla todavía chorreando los últimos restos por el muslo, y salí del piso con una sonrisa torcida escondida bajo la mascarilla, todavía incrédulo de lo que acababa de pasar.
***
Bajé las escaleras de dos en dos y caminé hasta un bar cercano. Pedí una jarra bien fría y algo de comer, y me senté junto a la ventana a rememorar cada detalle, como quien repasa una película que aún no termina de creerse: la boca de ella tragándome entera, los chorros de semen bajándole por el escote, el dedo colándose donde no me lo esperaba justo cuando me corría. El móvil vibró sobre la mesa.
—Nos has gustado mucho. Nos encantaría verte a solas, los tres, sin nadie más. Con más tiempo y con más ganas de follarte bien.
La sonrisa torcida me volvió a la cara, esta vez sin disimulo. Releí el mensaje dos veces antes de responder, notando cómo la polla me daba otra sacudida bajo la mesa.
—Será un placer. Vosotros también me habéis gustado, y mucho.
—Perfecto. Estaremos en contacto. Un beso.
Dejé el teléfono boca abajo, le di un trago largo a la cerveza y me quedé mirando la calle, la gente que volvía a llenar las aceras después de tantos meses de silencio. El mundo entero parecía estrenar otra vez la libertad, y yo, sin haberlo planeado, acababa de estrenar la mía de una forma que jamás habría imaginado.





