Tres desconocidos y yo en una playa del Caribe
Me llamo Carmen y siempre fui de las que se aburren rápido. A los cuarenta y tantos sigo teniendo un cuerpo que hace girar cabezas, y lo sé porque los hombres no disimulan cuando paso, aunque vean el anillo en mi mano. Llevo doce años casada con Esteban, un hombre bueno, ordenado, casi diez años mayor que yo, de esos que se duermen a las once y creen que la pasión es algo que se programa los sábados.
Nunca le había sido infiel. No por falta de oportunidades, que las tuve de sobra, sino porque me daba pereza el lío que viene después. Pero hay cosas que una arrastra por dentro durante años, fantasías que se guardan en un cajón y que un día, sin avisar, piden salir.
Esteban me sorprendió con un regalo por mi cumpleaños: un crucero por el Caribe y diez días en un resort sobre una isla paradisíaca. Me emocioné de verdad. Sabía que ese tipo de viaje no era lo suyo, que lo hacía solo por verme contenta, y se lo agradecí con el corazón. También supe, desde el primer momento, que iba a tener mucho tiempo para mí.
El crucero fue exactamente lo que imaginaba. Esteban dormía la siesta cada tarde y se acostaba antes de medianoche, mientras yo me quedaba en el casino o en algún bar con música en vivo. Más de un caballero me invitó una copa y me susurró cosas al oído. Los rechacé a todos, pero confieso que volvía al camarote con la piel encendida.
El resort era otro mundo. Playas de arena blanca, piscinas infinitas, palmeras que se mecían con la brisa. El conserje, al darnos las llaves, nos advirtió con una sonrisa amable que más allá de quinientos metros del complejo, siguiendo la costa, ya no respondían por la seguridad de los huéspedes. Asentí como una turista obediente. Por dentro, algo se me despertó.
El segundo día Esteban se fue a la cabaña a dormir y yo bajé a la playa. Tomé sol, me metí al mar, y al salir caminé en dirección contraria al resort, hacia donde la vegetación se espesaba y el complejo quedaba atrás. Tengo ese defecto: siempre tomo el camino que no debo.
Fue ahí donde los vi por primera vez. Tres hombres jóvenes, altos, de hombros anchos, sentados a la sombra de unos arbustos. Pasé cerca, sin pensarlo demasiado, y uno de ellos me sonrió. Yo le devolví la sonrisa antes de darme cuenta de lo que hacía. Otro inclinó la cabeza en una especie de saludo cortés. Seguí caminando con el corazón golpeándome el pecho, y al rato volví sobre mis pasos solo para pasar de nuevo frente a ellos.
Esa noche no pude dormir. Me toqué entre las piernas pensando en sus miradas, en lo que habría pasado si me hubiera detenido. Me sentí ridícula, una mujer casada fantaseando como una adolescente. Pero la fantasía no se fue. Al contrario, fue creciendo durante dos días enteros, hasta que tomé una decisión.
***
La tarde siguiente convencí a Esteban de que no hacía falta que me acompañara, que solo iba a caminar un rato. Me puse un pareo fino sobre la bikini y enfilé por la playa con el rumbo grabado en la memoria. A los quince minutos los divisé a lo lejos, y algo en mi pecho se aceleró. Esta vez no iba a dar la vuelta.
Cuando estuve a pocos metros, el más alto se levantó y me dijo algo en una mezcla de inglés y un idioma que no entendí. No importaba. Le sonreí, dejé que la sonrisa hablara por mí, y me acerqué hasta quedar entre los tres. El sol caía fuerte, no había nadie más en kilómetros, solo nosotros cuatro y el rumor del mar.
—Hola —dije, y me reí de mi propio atrevimiento.
Uno de ellos me rozó el brazo con la yema de los dedos, despacio, midiéndome. Otro me apartó un mechón de pelo de la cara. No había prisa, ni torpeza. Había la certeza compartida de que yo había caminado hasta ahí por una razón, y de que ninguno de nosotros iba a fingir lo contrario.
Dejé caer el pareo a la arena. El gesto los encendió. El más corpulento posó una mano enorme y cálida sobre mi cintura y me atrajo hacia él, mientras los otros dos se acercaban por los costados. Sentí tres cuerpos rodeándome, tres respiraciones distintas en mi cuello, y me dejé llevar por primera vez en años.
Me besaron el cuello, los hombros, la curva de los pechos por encima de la tela. Cerré los ojos. Una mano desató el nudo de la bikini y mis pechos quedaron libres bajo el sol. Sentí bocas calientes en mis pezones, dedos que recorrían mi vientre, y un calor que subía desde abajo y me nublaba todo pensamiento sensato.
Me llevaron hacia un claro entre la vegetación, donde la sombra y un lecho de hierba suave los esperaban como si todo estuviera dispuesto de antemano. Me recostaron con un cuidado que no esperaba. El más joven se arrodilló entre mis piernas y separó la tela de mi tanga con los dientes, mirándome a los ojos, pidiéndome permiso con esa mirada. Le abrí las piernas como respuesta.
Su lengua me encontró y arqueé la espalda de golpe. No recordaba la última vez que Esteban se había tomado ese tiempo conmigo. Mientras uno me lamía sin tregua, los otros dos me acariciaban los pechos, me mordían los labios, me llenaban la boca con la lengua. Tres pares de manos sobre mi cuerpo al mismo tiempo, y yo desbordada, gimiendo sin ningún pudor en aquel rincón perdido de la isla.
El primer orgasmo me llegó así, con la boca de un desconocido entre las piernas y las manos de los otros dos amasándome los pechos. Grité tanto que ellos se rieron, complacidos, y la risa los volvió más tiernos, no menos.
***
Cuando se quitaron las bermudas entendí en qué me había metido. Me arrodillé frente a ellos y los tomé de a uno, probándolos, alternando, mientras ellos me sostenían el pelo con suavidad y murmuraban palabras que no entendía pero que sonaban a aprobación. Me gustó tener ese poder, sentir cómo se tensaban bajo mi boca, cómo perdían el control conmigo arrodillada en la arena.
El más corpulento me recostó de nuevo y se acomodó sobre mí. Cuando entró, lo hizo despacio al principio, dejándome sentir cada centímetro, y después con un ritmo profundo y constante que me hizo gritar contra su hombro. Nunca me habían tomado así, con esa mezcla de fuerza y atención. Mientras me embestía, giraba la cabeza para besar a los otros dos, que esperaban su turno acariciándome donde podían.
Pasé del primero al segundo y del segundo al tercero, sin descanso, perdiendo la cuenta de las veces que me corrí. Eran incansables, generosos, atentos a cada reacción de mi cuerpo. En algún momento dejé de pensar por completo. Solo existían las manos, las bocas, el sudor que nos pegaba la piel, el calor del claro y mi propia voz repitiendo que sí, que más, que no pararan.
Uno de ellos me hizo girar y me puso en cuatro. Sentí su lengua trazar un camino desde mi espalda hacia abajo, demorándose donde nunca había dejado que nadie se demorara. Me tensé, dudé un instante, y él lo notó: aflojó, esperó, me acarició hasta que me relajé y fui yo quien empujó hacia atrás buscándolo. Entró con paciencia, deteniéndose cada vez que me oía contener el aire, hasta que el dolor se transformó en una pulsación distinta, intensa, que me arrancó un gemido largo desde el fondo.
Mientras me tomaba así, alcancé mi propio clítoris con la mano y me llevé a otro orgasmo que me sacudió entera. Los otros dos miraban y esperaban, y antes de que pudiera recuperarme ya estaban acomodándome de nuevo, repartiéndose mi cuerpo entre los tres. Yo era el centro de todo, el plato principal de aquel festín improvisado, y nunca me había sentido tan deseada.
El final llegó en una marea. Tenía a uno en la boca, a otro debajo y al tercero detrás, los tres moviéndose a ritmos distintos, y mi cuerpo era el nexo entre ellos. Cuando se vinieron, casi al mismo tiempo, un último orgasmo me inundó de pies a cabeza y me dejó temblando sobre la hierba, sin aire, riéndome y llorando un poco de pura descarga.
***
Después me llevaron de la mano hasta el mar para refrescarme. El más joven me acariciaba la espalda, me hacía muecas que me sacaban una sonrisa, me oprimía apenas los pezones con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Nos quedamos un rato flotando, riéndonos sin entendernos, como si fuéramos viejos cómplices y no tres extraños y una mujer casada que acababa de cumplir la fantasía de su vida.
Recogí mi pareo y mi malla de la rama donde habían quedado colgados y regresé a la cabaña con las piernas todavía flojas. Esteban estaba preocupado, me preguntó dónde había estado tanto tiempo. Le dije que me había perdido caminando y que me había quedado dormida en una playa apartada. Me creyó, porque siempre me cree, y yo me metí a la ducha con el cuerpo dolorido y una sonrisa que no podía borrar.
Esa noche fuimos a cenar a uno de los restaurantes del complejo. Levanté la vista de la copa y casi se me cae de la mano: ahí, en la otra punta del salón, con un pantalón blanco impecable y una camisa elegante, estaba el más corpulento de los tres. Tardé un segundo en reconocerlo vestido. Él me sostuvo la mirada, sonrió apenas, e inclinó la cabeza en el mismo saludo cortés de la playa.
Un rato después un camarero se acercó a nuestra mesa con una botella de champán y dos copas.
—Es una atención especial de la casa —dijo.
—¿De parte de quién? —pregunté, sabiendo perfectamente la respuesta.
—Solo me pidieron que la trajera, señora.
Esteban no le dio importancia, contento con la sorpresa. Yo brindé mirando hacia el otro extremo del salón, y él levantó su copa desde lejos. Mañana vuelvo a la playa, pensé mientras el champán me bajaba fresco por la garganta. Y esta vez no pienso perderme.