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Relatos Ardientes

Seis hombres y yo en una sola noche

Hoy tengo veintisiete años y una vida bastante ordenada, pero hubo una época en la que el deseo me manejaba sin pedirme permiso. Lo que les voy a contar pasó hace unos años, cuando todavía me creía capaz de cualquier cosa con tal de sentir. Me llamo Mariana, aunque esa noche no importaba demasiado cómo me llamara. Esa noche me convertí en un agujero con nombre.

Todo empezó en la fiesta de cumpleaños de una amiga. Me había puesto un vestido negro, ajustado y más corto de lo que mi madre habría tolerado, justo para que se notara cada curva. Soy delgada, de cara dulce, tetas chicas pero paradas y un culo redondo que se marca aunque no quiera. Sé bien qué efecto tiene esa combinación cuando me lo propongo.

La música, el calor, los tragos. A medida que avanzaba la madrugada me fui soltando, y empecé a besar a los chicos con los que bailaba. No me daba vergüenza. Me gustaba la forma en que me miraban, esa tensión que se acumulaba cada vez que uno me apretaba contra la pared del pasillo y yo sentía la verga dura marcada contra mi panza.

Esa noche terminé con tres de ellos, de a uno, robando momentos en el baño mientras la fiesta seguía afuera. Al primero le bajé el cierre, le saqué la polla y se la chupé de rodillas hasta que me llenó la boca de semen tibio que tragué mirándolo a los ojos. Al segundo lo dejé cogerme apoyada contra la pila del baño, con el vestido subido hasta la cintura y la bombacha corrida a un lado, mientras me tapaba la boca para que no me escucharan gemir. Al tercero le hice una paja rápida y le dejé que se corriera sobre mis tetas antes de volver a la fiesta como si nada. Me fui a casa de madrugada, agotada, con la concha ardiendo y con una idea clavada en la cabeza que no me dejaba dormir.

¿Y si los hubiera tenido a todos al mismo tiempo?

Esa pregunta me persiguió toda la semana. La imaginaba mientras me bañaba con dos dedos metidos en el coño, mientras viajaba en el colectivo apretando los muslos, mientras intentaba concentrarme en cualquier otra cosa. No era culpa lo que sentía. Era curiosidad. Una curiosidad caliente, impaciente, que me humedecía la bombacha en los momentos más inoportunos.

El sábado siguiente ya no pude más. Les escribí a los tres con los que había estado y les propuse juntarnos. Uno de ellos, Tomás, tenía la casa sola ese fin de semana. Dijo que invitaría a un par de amigos más, «para que sea una buena junta». Yo sabía perfectamente qué significaba eso, y la idea de no saber con cuántas pijas terminaría adentro me encendió todavía más.

Me puse la ropa más provocativa que tenía —un vestidito corto, sin corpiño, y una tanga finita que sabía que iba a durar poco— y me fui sin pensarlo dos veces.

***

Cuando llegué, ya estaban Tomás y otros dos chicos que conocía de la fiesta. Pero también había tres caras nuevas. Seis en total. Me presentaron con bromas y miradas que no disimulaban nada, y enseguida me ofrecieron algo de tomar.

Charlamos un rato, nos reímos, y poco a poco la conversación se fue cargando de doble sentido. Yo dejaba que mis rodillas rozaran las de quien tenía al lado, que mi mano se demorara más de lo necesario sobre un brazo, sobre un muslo, sobre el bulto que ya se les marcaba en el pantalón. La temperatura del living subía sola.

Uno de los nuevos, un morocho alto al que llamaban Bruno, fue el primero en perder la paciencia. Se acercó, me corrió el pelo de la cara y me besó sin preguntar, metiéndome la lengua hasta el fondo mientras me apretaba una teta por encima del vestido. Fue la señal que todos estaban esperando.

De pronto sentí manos por todas partes. Una en mi cintura, otra subiendo por mi muslo hasta encontrarme la tanga empapada, otra apartando el tirante del vestido para dejarme una teta al aire y morderme el pezón. No me resistí; al contrario, me dejé caer hacia atrás en el sillón y disfruté de la sensación de ser el centro absoluto de la habitación, con seis pares de ojos y seis vergas duras dedicadas exclusivamente a mí.

—Saquen todo —les pedí, con la voz más ronca de lo que esperaba—. Quiero verlas.

No tuvieron que escucharlo dos veces. Los pantalones cayeron al piso uno tras otro y me encontré rodeada de pijas duras, todas distintas, todas para mí. Me arrodillé en el suelo, en el centro del semicírculo, y empecé a ocuparme de ellos de a uno y de a dos, sin apuro. Agarré la de Tomás con la mano derecha y me la metí en la boca hasta la garganta, mientras con la izquierda le hacía una paja al que tenía al lado. Cuando cambié de una a la otra, sentí el gusto salado del pre-semen mezclarse en mi lengua.

Me gustaba tener el control aun estando de rodillas, decidir a quién dedicarle más tiempo, escuchar cómo se les cortaba la respiración cuando les chupaba los huevos o cuando me tragaba la verga entera. Iba de una a otra, dejándolas brillar de saliva, sacándolas de la boca solo para pasarme el glande por los labios y mirarlos desde abajo con cara de puta.

Mientras yo seguía con la boca ocupada, Tomás se ubicó detrás de mí y empezó a desnudarme del todo. Me bajó la tanga por las piernas, me abrió las nalgas con las dos manos y hundió la lengua en mi coño desde atrás, lamiéndome de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris hasta hacerme temblar. Cada vez que encontraba el punto exacto yo soltaba un gemido ahogado contra la pija que tenía en la boca, y eso parecía volverlos a todos un poco más locos.

—Está chorreando —dijo alguien, divertido, metiéndome dos dedos en el coño de un saque—. Miren cómo le entran.

Era verdad. Estaba al borde sin que nadie me hubiera cogido todavía, solo de la anticipación, del olor a macho, de tener tantas manos encima.

***

No aguanté mucho más. Le pedí a Tomás que dejara de jugar y me la metiera de una vez. Se puso en cuclillas detrás mío, me agarró de las caderas y me clavó la verga hasta el fondo de un solo empujón. Lo hizo despacio al principio, midiendo cada movimiento, hasta que el ritmo se volvió firme y yo me agarré del borde del sillón para no perder el equilibrio. El sonido de sus huevos golpeándome el culo se mezclaba con mis gemidos y con las risas de los otros que esperaban su turno con la pija en la mano.

Los demás no esperaron con paciencia. Se fueron acomodando, turnándose, y yo seguía con la boca ocupada para no quedarme nunca quieta. Uno se paró frente a mí y me agarró del pelo para guiarme el ritmo, cogiéndome la boca mientras Tomás me cogía por atrás. Cuando Tomás se corrió adentro mío soltó un rugido y se quedó quieto, vaciándose, y yo sentí cada latido de su pija contra las paredes de mi coño. Apenas salió, ya había otro esperando para reemplazarlo, metiéndomela con la corrida del anterior chorreándome por los muslos.

Había perdido la cuenta de quién estaba dónde, y eso era exactamente lo que había venido a buscar. Ser un cuerpo abierto, disponible, un hueco para que descargaran.

Bruno, el morocho, fue el que más me intimidó. La tenía más grande y más gruesa que los demás, tan gruesa que cuando la vi de cerca dudé un segundo. Cuando llegó su turno tuve un instante de miedo, pero él me tranquilizó con una caricia y entró despacio, empujando de a poco, dándome tiempo a acostumbrarme centímetro a centímetro. Me sentí abierta como nunca. Después subió el ritmo hasta que dejé de pensar, cogiéndome tan hondo que golpeaba algo adentro que me hacía ver puntos blancos. Me dolía un poco y me gustaba a la vez, esa mezcla rara que nunca había sentido con tanta intensidad.

—No pares —le pedí, con la boca babeada y los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza—. Rompeme, dale.

Y él me rompió. Me agarró de las muñecas, me las cruzó atrás de la espalda y me usó como si yo fuera un juguete, embistiéndome con todo hasta que sentí el orgasmo subirme desde las plantas de los pies y explotarme entre las piernas. Grité tan fuerte que me tapé sola la boca, y en ese instante otro aprovechó para meterme la pija hasta el fondo de la garganta y hacerme tragar mientras seguía convulsionando.

En algún momento dejé de contenerme del todo. Quería más, quería sentirlos a varios al mismo tiempo. Me trepé encima de uno que se había recostado en la alfombra, me clavé su verga en el coño de un movimiento y dejé que otro se acomodara detrás. Sentí un dedo con saliva abrirme el culo, después dos, y después la punta de otra pija forzando la entrada. La sensación de estar tomada por dos a la vez, uno en el coño y otro en el culo, me arrancó un grito que no reconocí como mío.

Estaba entre el dolor y el placer, perdida en una niebla en la que solo existían las manos, las bocas, las vergas duras y el calor de tantos cuerpos encima del mío. Me bombeaban duro, se reían, me susurraban cosas al oído —«qué puta que sos», «así, abrite», «tomá todo»—, y yo respondía con gemidos que se ahogaban cada vez que volvían a llenarme la boca con otra pija chorreada. Cuando el que me cogía el culo se corrió adentro y salió, sentí el semen tibio bajarme entre las nalgas, y otro se apuró para ocupar el hueco todavía dilatado.

***

Pasaron horas, o eso me pareció. Había perdido por completo la noción del tiempo. En un momento les pedí lo que ni yo misma creía que iba a pedir: que probáramos los tres a la vez, uno en cada hueco. Me acomodaron con cuidado: uno abajo, acostado, con la verga metida en el coño; Bruno detrás, presionando con esa polla enorme contra mi culo ya usado; y otro parado frente a mi cara, con la pija a un centímetro de mis labios. Cuando Bruno empujó y me la clavó entera, entre la presión y el ardor solté un quejido que rápidamente me callaron metiéndome la tercera hasta la garganta.

Al principio quise frenar. Era demasiado. Me sentía atravesada por tres lados, sin un solo agujero libre, sin poder ni respirar bien. Pero algo en mí se rindió a ese exceso, y empecé a disfrutar incluso de la incomodidad, del ardor, de la sensación de estar tan llena que no cabía nada más. Los tres se movían coordinados, entrando y saliendo con ritmo, y yo con las manos atendía a los otros dos que esperaban al costado, haciéndoles paja mientras me cogían. No quedaba un solo centímetro de mi cuerpo sin tocar, sin lamer, sin coger.

Me sentía la dueña de la noche y, al mismo tiempo, completamente entregada, un pedazo de carne compartida entre seis. Esa contradicción era lo más excitante de todo. Ellos se turnaban sin descanso —cuando uno terminaba adentro mío otro tomaba su lugar caliente— y yo solo quería que durara, que no se terminara nunca esa sensación de ser deseada, usada, cogida por todos a la vez.

Cuando ya no pudieron más, me pidieron que me arrodillara en el centro del living. Obedecí enseguida, todavía agitada, con el pelo pegado a la cara por el sudor, la corrida chorreándome entre las piernas y una sonrisa idiota que no podía disimular. Se acomodaron a mi alrededor haciéndose la paja, y me pidieron que abriera la boca y sacara la lengua. Lo hice. Cerré los ojos y dejé que terminaran sobre mí, uno tras otro. El primer chorro me cayó en la mejilla y me resbaló hasta la boca. El segundo directo en la lengua. El tercero en las tetas, el cuarto en el pelo, el quinto otra vez en la cara. Bruno fue el último y descargó tanto que me llenó la boca hasta rebalsarme. Los recibí a todos como si fuera lo más natural del mundo, tragando lo que podía y dejando que el resto me chorreara por el mentón hasta el pecho.

Después me quedé un rato sentada en el suelo, cubierta de semen, riéndome sola, sin poder creer del todo lo que acababa de pasar. Me limpié con una toalla que alguien me alcanzó, me vestí con calma —sin bombacha, porque la había perdido en algún momento— y me despedí de cada uno con un beso en la boca, todavía con gusto a leche. Ninguno dijo demasiado. No hacía falta.

***

Salí a la calle con las piernas todavía flojas, el coño y el culo palpitando, y el cuerpo zumbando. Pensé que la noche había terminado, pero el destino tenía otra idea.

Al llegar a mi edificio me crucé con Damián, un vecino que siempre me había mirado de más. Estaba en la puerta, fumando, y me saludó con esa sonrisa torcida que tantas veces había ignorado. Esa madrugada, sin embargo, yo todavía tenía el cuerpo encendido, la concha inflamada y ninguna intención de frenar.

—¿Querés subir a tomar algo? —me preguntó, casi sin esperanza.

—Dale —le respondí, y vi cómo se le iluminaba la cara.

Apenas cerramos la puerta de su departamento me besó como si llevara meses imaginándolo. Y seguro que así era. Le bajé el pantalón ahí mismo, en el pasillo, me arrodillé y le saqué la pija con la boca. Estaba dura antes de que se la tocara. Se la chupé despacio, mirándolo desde abajo, disfrutando de ver la cara que ponía después de tantos años de fantasearme. Cumplí cada cosa que adiviné que tenía guardada en la cabeza, sin reservas, dejándome llevar por las ganas que todavía me sobraban.

Me llevó a su cama y me arrancó lo poco que me quedaba puesto. Me abrió las piernas de par en par y se quedó mirándome el coño ya usado, brillante, todavía marcado por lo que había pasado un rato antes. No dijo nada. Se agachó y me lamió entera, sin asco, como si le gustara justamente encontrarme así. Cuando me la metió lo hizo de un solo golpe y solté un gemido de alivio, porque después de todo lo anterior necesitaba más, no menos.

Me puso las piernas sobre sus hombros y me cogió con una intensidad que no esperaba de él, hundiéndomela hasta los huevos, agarrándome de las tetas, mordiéndome el cuello. Me dio vuelta y me la clavó de perrito, agarrándome del pelo y tirándome la cabeza hacia atrás. Después me hizo montarlo y me dejó marcarle el ritmo hasta que sintió que se le venía. Lo dejé acabar adentro, sintiendo cómo se vaciaba en mí con una serie de embestidas cortas y profundas, y recién entonces me permití a mí misma ese último cierre que la noche entera me había estado prometiendo, apretando su pija con el coño mientras me venía por enésima vez.

Me quedé a dormir en su casa, con las piernas todavía abiertas y su semen escapándoseme despacio sobre la sábana. A la mañana siguiente me desperté, se la chupé una vez más de regalo hasta hacerlo acabar en mi boca, me despedí con un beso lleno de leche y volví a mi departamento como si nada. Con Damián seguimos viéndonos cada tanto, cuando la vida nos lo permite. Cada uno hizo después su propio camino, pero todavía nos buscamos de vez en cuando.

De aquellos seis nunca volví a saber gran cosa, y quizás esté mejor así. Aquella noche fue exactamente lo que necesitaba en ese momento de mi vida: una rendija abierta hacia algo que jamás me había animado a imaginar en voz alta. Pero esa, como tantas otras, ya es una historia para otro día.

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Comentarios(8)

MatiRivero

Increible!!! me dejo sin palabras

Roxana_Arg

La valentía de volver una semana despues lo dice todo jajaja. La protagonista sabe exactamente lo que quiere y no se hace la difícil. Me encantó ese detalle!

SofiaLN_Bsas

Por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber como termino todo

PlayeroOk

Muy buen ritmo, se lee rapido y te engancha desde el principio. Seguí así!

DieguiMdp

Bien escrito y sin vueltas innecesarias. Me gustan los relatos que van al grano sin perder el toque sensual. Esperando el próximo!

ValentinaF

Se hizo cortísimo quería mas!!! jaja

MatiasCordo

¿Es una historia real? porque se siente muy autentica, los detalles son demasiado buenos para ser inventados

tomas_norte

Relato genail, sin rodeos y muy entretenido. Bien ahí

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