Seis hombres y yo en una sola noche
Hoy tengo veintisiete años y una vida bastante ordenada, pero hubo una época en la que el deseo me manejaba sin pedirme permiso. Lo que les voy a contar pasó hace unos años, cuando todavía me creía capaz de cualquier cosa con tal de sentir. Me llamo Mariana, aunque esa noche no importaba demasiado cómo me llamara.
Todo empezó en la fiesta de cumpleaños de una amiga. Me había puesto un vestido negro, ajustado y más corto de lo que mi madre habría tolerado, justo para que se notara cada curva. Soy delgada, de cara dulce, y sé bien qué efecto tiene esa combinación cuando me lo propongo.
La música, el calor, los tragos. A medida que avanzaba la madrugada me fui soltando, y empecé a besar a los chicos con los que bailaba. No me daba vergüenza. Me gustaba la forma en que me miraban, esa tensión que se acumulaba cada vez que uno me apretaba contra la pared del pasillo.
Esa noche terminé con tres de ellos, de a uno, robando momentos en el baño mientras la fiesta seguía afuera. Me fui a casa de madrugada, agotada, pero con una idea clavada en la cabeza que no me dejaba dormir.
¿Y si los hubiera tenido a todos al mismo tiempo?
Esa pregunta me persiguió toda la semana. La imaginaba mientras me bañaba, mientras viajaba en el colectivo, mientras intentaba concentrarme en cualquier otra cosa. No era culpa lo que sentía. Era curiosidad. Una curiosidad caliente, impaciente.
El sábado siguiente ya no pude más. Les escribí a los tres con los que había estado y les propuse juntarnos. Uno de ellos, Tomás, tenía la casa sola ese fin de semana. Dijo que invitaría a un par de amigos más, «para que sea una buena junta». Yo sabía perfectamente qué significaba eso, y la idea de no saber con cuántos terminaría me encendió todavía más.
Me puse la ropa más provocativa que tenía y me fui sin pensarlo dos veces.
***
Cuando llegué, ya estaban Tomás y otros dos chicos que conocía de la fiesta. Pero también había tres caras nuevas. Seis en total. Me presentaron con bromas y miradas que no disimulaban nada, y enseguida me ofrecieron algo de tomar.
Charlamos un rato, nos reímos, y poco a poco la conversación se fue cargando de doble sentido. Yo dejaba que mis rodillas rozaran las de quien tenía al lado, que mi mano se demorara más de lo necesario sobre un brazo. La temperatura del living subía sola.
Uno de los nuevos, un morocho alto al que llamaban Bruno, fue el primero en perder la paciencia. Se acercó, me corrió el pelo de la cara y me besó sin preguntar. Fue la señal que todos estaban esperando.
De pronto sentí manos por todas partes. Una en mi cintura, otra subiendo por mi muslo, otra apartando el tirante del vestido. No me resistí; al contrario, me dejé caer hacia atrás en el sillón y disfruté de la sensación de ser el centro absoluto de la habitación.
—Saquen todo —les pedí, con la voz más ronca de lo que esperaba.
No tuvieron que escucharlo dos veces. En segundos me arrodillé en el suelo, rodeada, y empecé a ocuparme de ellos de a uno y de a dos, sin apuro, saboreando la urgencia de cada uno. Me gustaba tener el control aun estando de rodillas, decidir a quién dedicarle más tiempo, escuchar cómo se les cortaba la respiración.
Mientras yo seguía con la boca ocupada, Tomás se ubicó detrás de mí y empezó a desnudarme del todo. Me acariciaba despacio, me recorría con los dedos, y cada vez que encontraba el punto exacto yo soltaba un gemido que parecía volverlos a todos un poco más locos.
—Está temblando —dijo alguien, divertido.
Era verdad. Estaba al borde sin que nadie me hubiera hecho casi nada todavía, solo de la anticipación.
***
No aguanté mucho más. Le pedí a Tomás que dejara de jugar y terminara lo que había empezado. Lo hizo despacio al principio, midiendo cada movimiento, hasta que el ritmo se volvió firme y yo me agarré del borde del sillón para no perder el equilibrio.
Los demás no esperaron su turno con paciencia. Se fueron acomodando, turnándose, y yo seguía con la boca ocupada para no quedarme nunca quieta. Había perdido la cuenta de quién estaba dónde, y eso era exactamente lo que había venido a buscar.
Bruno, el morocho, fue el que más me intimidó. Cuando llegó su turno tuve un instante de duda, pero él me tranquilizó con una caricia y entró despacio, dándome tiempo a acostumbrarme. Después subió el ritmo hasta que dejé de pensar. Me dolía un poco y me gustaba a la vez, esa mezcla rara que nunca había sentido con tanta intensidad.
—No pares —le pedí, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza.
En algún momento dejé de contenerme del todo. Quería más, quería sentirlos a varios al mismo tiempo. Me senté sobre uno de ellos y dejé que otro se acomodara detrás. La sensación de estar tomada por dos a la vez me arrancó un grito que no reconocí como mío.
Estaba entre el dolor y el placer, perdida en una niebla en la que solo existían las manos, las bocas y el calor de tantos cuerpos encima del mío. Me bombeaban duro, se reían, me susurraban cosas al oído, y yo respondía con gemidos que se ahogaban cada vez que volvían a llenarme la boca.
***
Pasaron horas, o eso me pareció. Había perdido por completo la noción del tiempo. En un momento les pedí lo que ni yo misma creía que iba a pedir: que probáramos los tres a la vez. Bruno se acomodó detrás, y entre la presión y el ardor solté un quejido que rápidamente me callaron con otro de ellos.
Al principio quise frenar. Era demasiado. Pero algo en mí se rindió a ese exceso, y empecé a disfrutar incluso de la incomodidad. Tenía a tres ocupándose de mí mientras con las manos atendía a los otros dos que esperaban. No quedaba un solo centímetro de mi cuerpo sin tocar.
Me sentía la dueña de la noche y, al mismo tiempo, completamente entregada. Esa contradicción era lo más excitante de todo. Ellos se turnaban sin descanso, y yo solo quería que durara, que no se terminara nunca esa sensación de ser deseada por todos a la vez.
Cuando ya no pudieron más, me pidieron que me arrodillara en el centro del living. Obedecí enseguida, todavía agitada, con el pelo pegado a la cara y una sonrisa que no podía disimular. Se acomodaron a mi alrededor y dejé que terminaran sobre mí, uno tras otro, recibiéndolos como si fuera lo más natural del mundo.
Después me quedé un rato sentada en el suelo, riéndome sola, sin poder creer del todo lo que acababa de pasar. Me limpié, me vestí con calma y me despedí de cada uno con un beso. Ninguno dijo demasiado. No hacía falta.
***
Salí a la calle con las piernas todavía flojas y el cuerpo zumbando. Pensé que la noche había terminado, pero el destino tenía otra idea.
Al llegar a mi edificio me crucé con Damián, un vecino que siempre me había mirado de más. Estaba en la puerta, fumando, y me saludó con esa sonrisa torcida que tantas veces había ignorado. Esa madrugada, sin embargo, yo todavía tenía el cuerpo encendido y ninguna intención de frenar.
—¿Querés subir a tomar algo? —me preguntó, casi sin esperanza.
—Dale —le respondí, y vi cómo se le iluminaba la cara.
Apenas cerramos la puerta de su departamento me besó como si llevara meses imaginándolo. Y seguro que así era. Cumplí cada cosa que adiviné que tenía guardada en la cabeza, sin reservas, dejándome llevar por las ganas que todavía me sobraban.
Me acostó en su cama, me puso las piernas sobre sus hombros y terminó lo que había empezado con una intensidad que no esperaba de él. Lo dejé acabar y, recién entonces, me permití a mí misma ese último cierre que la noche entera me había estado prometiendo.
Me quedé a dormir en su casa. A la mañana siguiente me desperté, me despedí con un beso y volví a mi departamento como si nada. Con Damián seguimos viéndonos cada tanto, cuando la vida nos lo permite. Cada uno hizo después su propio camino, pero todavía nos buscamos de vez en cuando.
De aquellos seis nunca volví a saber gran cosa, y quizás esté mejor así. Aquella noche fue exactamente lo que necesitaba en ese momento de mi vida: una rendija abierta hacia algo que jamás me había animado a imaginar en voz alta. Pero esa, como tantas otras, ya es una historia para otro día.