La noche que los tres me reclamaron en la piscina
La noche caía sobre Valencia con esa pereza húmeda de los veranos junto al mar. Desde la terraza de la suite, las luces de la ciudad temblaban sobre la superficie de la piscina privada, y cada reflejo parecía moverse al ritmo de lo que estaba a punto de pasar. Yo llevaba puesto el bikini negro que ellos me habían pedido esa misma tarde, por mensaje, como una orden disfrazada de favor.
Eran apenas dos triángulos de tela y una tira fina que se anudaba a la espalda. Las sandalias de tacón hacían que cada paso resonara contra las baldosas mojadas. Me detuve un instante en el borde del agua, sintiendo cómo el aire cálido me erizaba la piel, y supe que ya no había marcha atrás.
Mateo estaba sentado en el escalón sumergido, con el agua a la altura de la cintura. Sus ojos claros me siguieron desde que aparecí, y reconocí esa mirada: la misma de aquella tarde, semanas atrás, cuando todo había empezado entre nosotros dos. Esta vez, sin embargo, no estábamos solos.
—Llegas tarde —dijo, con una media sonrisa.
—Quería que me esperaran —respondí.
Bruno apareció por detrás antes de que terminara la frase. Lo intuí por el calor de su cuerpo y por los dedos que rozaron mi cintura, trazando una línea lenta hasta mi cadera. Era el más físico de los tres, todo hombros y manos grandes, y su aliento contra mi nuca me arrancó un escalofrío que no pude disimular.
—Te estábamos describiendo a Damián —murmuró—. No nos creía.
Damián era el invitado de esa noche, el único al que no conocía. Estaba apoyado contra la pared, con una copa en la mano y unos ojos oscuros que me recorrieron sin ninguna prisa. No dijo nada. Solo dejó la copa sobre el borde y caminó hacia mí, y esa quietud suya me puso más nerviosa que cualquier palabra.
—Ahora te creo —dijo al fin, y su voz era grave, tranquila.
La primera caricia llegó de Mateo. Se levantó del agua, me tomó de la cara con las dos manos y me besó despacio, como si tuviéramos toda la noche, que la teníamos. Sentí su lengua buscar la mía, el sabor a vino tinto, la presión de su cuerpo mojado contra el mío. Esto es lo que querías, me dije, y me dejé caer en el beso.
—Ah… —se me escapó contra su boca.
Las manos de Bruno bajaron por mi espalda y desataron el lazo del bikini con una facilidad que me hizo sonreír. La tela cedió y mis pechos quedaron expuestos al aire de la noche. Damián, frente a mí, me miraba sin tocarme todavía, y esa espera era casi peor que cualquier roce.
—No tengas prisa —le dije, sosteniéndole la mirada.
—No la tengo —contestó, y recién entonces apoyó la palma abierta sobre mi vientre.
Cerré los ojos. Tres pares de manos empezaron a moverse sobre mí a la vez, y cada una buscaba un territorio distinto. Los labios de Bruno se deslizaron por mi cuello y bajaron hasta mi pecho. Mateo me sujetaba las caderas. Damián trazaba círculos lentos sobre mi piel, como midiéndome, como si tuviera todo el tiempo del mundo para llegar adonde quería llegar.
—Más —pedí, y mi propia voz me sonó desconocida.
El agua nos llamó a todos. Bajé los escalones con Mateo sosteniéndome la mano, y el frescor me cubrió hasta la cintura mientras los otros dos me seguían. La piscina apenas tenía profundidad en esa zona, lo justo para estar de pie y sentirlo todo. Me rodearon. Estaba atrapada entre los tres, y nunca me había sentido tan dueña de una situación.
***
Bruno fue el primero en perder la paciencia. Me giró con suavidad pero sin pedir permiso, hasta dejarme de espaldas a él, y sentí cómo apartaba la última tira de tela que me quedaba. Sus manos abarcaron mis caderas. Mateo, frente a mí, volvió a besarme, y mientras lo hacía, los dedos de Damián encontraron el lugar exacto entre mis piernas.
—Estás temblando —dijo Damián al oído.
—No pares —fue lo único que pude responder.
Me incliné un poco hacia adelante, apoyándome en los hombros de Mateo, y esa postura lo dijo todo. Bruno entendió el mensaje. Lo sentí presionar contra mí, lento al principio, dándome tiempo, hasta que cedí y dejé escapar un gemido largo que se mezcló con el rumor del agua. El calor de su cuerpo detrás del mío, sus manos firmes en mi cintura, todo me empujaba a un sitio del que no quería volver.
—Así —jadeé—. Despacio… así.
Mateo no se quedó quieto. Bajó la mano entre mis muslos y empezó a acariciarme al ritmo de las embestidas de Bruno, y la combinación me arrancó un sonido que ni yo reconocí. Tenía dos hombres ocupándose de mí a la vez, y mi propia mano libre buscó a Damián, que se había acercado a mi costado.
—Ven —le dije, y lo atraje hacia mí.
Lo tomé con la mano y lo guié hacia mi boca. Damián enredó los dedos en mi pelo mojado, sin forzar, solo acompañando, mientras yo lo recibía y lo sentía endurecerse contra mi lengua. El sabor salado, la respiración entrecortada de los tres a mi alrededor, el agua lamiéndonos las piernas: todo era demasiado y al mismo tiempo no era suficiente.
Había imaginado esa escena tantas veces en las semanas previas que casi no podía creer que estuviera ocurriendo de verdad. En mi cabeza siempre había sido un juego de sombras, algo que confesaba a media voz en la oscuridad del dormitorio. Ahora era piel real, peso real, tres voces distintas diciendo mi nombre. La fantasía se había vuelto tan concreta que apenas me dejaba pensar, y eso era exactamente lo que yo había buscado.
—Dios, Lorena —murmuró Damián, y oírlo decir mi nombre así me encendió todavía más.
Encontré un ritmo propio entre los tres. Bruno marcaba el compás detrás de mí, profundo y constante. Mi boca atendía a Damián, subiendo y bajando, mientras mi mano libre apretaba a Mateo, que se había acercado para no quedar afuera de nada. Tenía a los tres a la vez, y la sensación de poder que me daba eso era casi tan intensa como el placer físico.
—No te detengas —jadeó Bruno detrás de mí—. Eres increíble.
Me solté de Damián apenas un instante, lo justo para tomar aire.
—Salgamos del agua —pedí—. Quiero sentirlos mejor.
Subimos por los escalones entre risas roncas y manos que no se despegaban de mi cuerpo. Había una tumbona amplia, de esas dobles, junto al borde, y allí me llevaron. Me recosté de costado, con la piel todavía húmeda y la noche entera por delante. Mateo se acomodó frente a mí; Bruno volvió a colocarse detrás; Damián quedó a mi alcance, de pie junto a la tumbona.
—Quiero verte disfrutar —dijo Mateo, repitiendo casi las mismas palabras de aquella primera tarde.
—Entonces no me hagas esperar —respondí.
Y no me hicieron esperar. Bruno volvió a entrar en mí desde atrás, esta vez con la tumbona sosteniéndonos, más profundo, más firme. Mateo se inclinó y atrapó uno de mis pezones entre los labios, mordiéndolo apenas, lo justo para hacerme arquear la espalda. Yo había vuelto a tomar a Damián con la mano, llevándolo hacia mi boca, alternando entre él y los suspiros que no lograba contener.
—Sí… así… no paren —rogué, y la frase salió rota, entre jadeos.
Damián cambió de lugar entonces, arrodillándose junto a mi cabeza para que yo pudiera seguir atendiéndolo sin esfuerzo, y la nueva postura me permitió mirarlo a los ojos mientras lo hacía. Le sostuve la mirada a propósito. Quería que viera todo: el placer, el descaro, las ganas. Bruno, detrás, ajustó su ritmo al mío, y Mateo deslizó la mano de mi pecho hacia abajo, hasta encontrar de nuevo el punto exacto que me hacía perder la cabeza.
El calor empezó a acumularse en el centro de mi cuerpo, esa presión inconfundible que anuncia que falta poco. Cada empuje de Bruno, cada caricia de Mateo, cada gemido de Damián contra mi mejilla, todo se sumaba a una ola que crecía sin pausa. Me aferré a la tela de la tumbona con la mano que tenía libre. Mis muslos temblaban.
—Estoy cerca —avisé—. Muy cerca.
—Déjate ir —susurró Mateo, mirándome a los ojos—. Estamos aquí.
Y me dejé ir. El orgasmo me golpeó de lleno, una corriente que me recorrió de la nuca a los pies y me hizo gritar sin ningún pudor, sin importarme la ciudad entera dormida más allá del muro de la terraza. Mis músculos se tensaron alrededor de Bruno, que gimió mi nombre y me sujetó con más fuerza, sosteniéndome mientras yo me deshacía entre los tres.
Por un instante el mundo entero se redujo a esa tumbona, a esos cuerpos, a la respiración agitada de los cuatro mezclándose con el rumor del agua. Abrí los ojos despacio. Mateo me apartó un mechón húmedo de la frente con una ternura que contrastaba con todo lo demás.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Mejor que bien —dije, y me reí, todavía temblando.
Damián seguía a mi lado, sin prisa, esperando. Bruno me besó el hombro. Y yo, lejos de sentirme saciada, me incorporé apoyándome en los codos y los miré uno a uno, a los tres, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—La noche acaba de empezar —les dije.
Ninguno discutió. Las luces de Valencia seguían temblando sobre el agua, indiferentes, mientras yo volvía a buscar a Mateo con la boca y dejaba que Bruno me acomodara de nuevo entre sus manos. No había reloj que valiera ahí dentro. Solo nosotros cuatro, la piscina, y el deseo que aún nos quedaba por gastar.
(Continuará)