La orgía que coronaba a la verdadera reina de belleza
El fallo del jurado fue unánime: la ganadora era Daniela. La muchacha lloró de emoción, abrazó a sus rivales y dio un paso al frente para que le colocaran la corona. Todos aplaudieron, incluso Romina, que hasta el último segundo había creído que el título sería suyo.
Ver a Daniela coronada fue como si le clavaran una estaca de hielo en el pecho. Pero había que saber perder. No podía negar que su rival era preciosa: un rostro de ángulos perfectos, la nariz fina, los pómulos altos. Seguramente esas facciones tan delicadas le habían dado el primer puesto.
Con un nudo en la garganta, Romina observó cómo la corona se asentaba sobre el largo cabello castaño de Daniela. La ganadora seguía llorando, pero sonreía de un modo tan limpio que hasta ella se conmovió. Las perdedoras dejaron el escenario para que los aplausos le pertenecieran solo a una. Era su momento, y nadie podía arruinárselo.
Romina sabía encajar una derrota justa. Se prepararía mejor para el certamen del año siguiente. No era el fin del mundo. Además, el reglamento prohibía que una ganadora volviera a competir: pasaba a formar parte del jurado durante dos ediciones. Sin Daniela en la pista, estaba segura de que podría llevarse el título.
Confiaba en su rostro, herencia de una madre de raíces nórdicas, y en la simpatía que despertaba en la gente. Para los jueces debió de ser una decisión muy ajustada. A ella le dieron el segundo premio, que no significaba demasiado. Había perdido por poco, pero había perdido.
Al menos le había ganado a Brenda. Le fastidiaba esa chica de pecas y ojos enormes, con esa sonrisa espontánea que ponía en aprietos a cualquiera en el escenario. Tierna y sexy al mismo tiempo, era una rival dura. Pero esta vez se había tenido que conformar con el tercer lugar.
***
Pasó un año entero preparándose, física y mentalmente. La confianza creció mes a mes, y a dos semanas del nuevo certamen Romina estaba convencida de que la victoria sería suya. Tenía elegida cada prenda, colores que hacían resaltar su melena rubia, más larga que nunca. Durante meses había practicado una forma de caminar sutil, felina.
Esta vez voy a ganar. Lo siento en el pecho.
Todo marchaba de maravilla. Estaba haciendo pruebas de maquillaje frente al espejo de su cuarto cuando el teléfono vibró con la notificación de un correo. No reconoció al remitente; ni siquiera era un nombre pronunciable, apenas una hilera de letras y números. Lo abrió por pura curiosidad.
No podía creer lo que veían sus ojos. Al principio pensó que era una broma, fotos trucadas con algún programa de edición. Sí, eso tenía que ser. Pero todo se veía tan real que ni el mejor retoque digital habría conseguido algo tan convincente.
El correo estaba lleno de imágenes de Daniela en situaciones más que comprometedoras. Aquella chica dulce y angelical parecía, de pronto, una estrella del cine porno. La primera foto fue la que más la golpeó. Venía acompañada de una frase: «A esta princesita le encanta que la bañen en leche, como a una diosa».
En la imagen, Daniela aparecía muy serena, con la corona sujeta sobre la cabeza para que no se le cayera y le arruinara el peinado. Tenía las mejillas encendidas, los labios apenas curvados en una sonrisa, y sobre la nariz y la boca unas líneas espesas de semen que provenían de una verga erecta a pocos centímetros de su cara. Detrás de ella, una joven estiraba la mano para acariciarle los testículos al hombre.
Romina revisó las fotos siguientes y reconoció a esa joven: era Carolina, una de las juezas, ganadora del año anterior al de Daniela.
El jurado lo formaban cuatro hombres y dos mujeres, estas últimas reinas de ediciones pasadas. Con la corona, Daniela también se había ganado el derecho a sentarse en esa mesa. Y ahora Romina sabía lo que su rival había tenido que hacer para alzarse con el premio.
—Esa hipócrita —murmuró—. Se dejó coger por todo el jurado.
No podía tolerarlo. No había sido una victoria limpia.
Examinó cada imagen sin entender quién se las había enviado ni por qué. Pero allí estaban, sin lugar a dudas, los cuatro jueces y las dos juezas. Daniela posaba sujetando dos pijas, sonriendo, como si fueran trofeos. Las chupaba con un entusiasmo que a Romina no le pareció propio de alguien que jamás hablaba de sexo. ¿Cómo podía una chica tan recatada terminar en el centro de una orgía?
«Claro», se dijo. «Lo hizo para ganar».
Estaba asqueada. No concebía que una mujer tan hermosa se rebajara así, ni siquiera por un título tan importante. Sabía que Daniela venía de buena familia, la había visto rechazar a los hombres que se le insinuaban. A las concursantes les pasaba a cada rato, también a ella. Justamente por eso no podía creer lo que veía.
Había decenas de fotos: Daniela chupando una verga mientras masturbaba otras dos, todavía con el vestido de la coronación; Daniela desnuda con la corona puesta, las piernas abiertas, una pija gruesa hundiéndose en su sexo perfectamente depilado. Y eso que una vez le había comentado que nunca se depilaba para los concursos, que le parecía innecesario. Era evidente que esa noche había llegado bien preparada.
Chupar pijas y recibir leche en la cara parecía ser apenas el comienzo. También había sexo entre mujeres, algo que la dejó descolocada. Jamás le había oído a Daniela manifestar el menor interés por otra chica. Se habían cambiado juntas mil veces y nunca la había sorprendido una mirada fuera de lugar.
Ahora la veía con la lengua entre los muslos de Carolina, que se ofrecía con las piernas bien abiertas. En las fotos no había movimiento, pero Romina entendió que aquello iba en serio: Daniela succionaba los labios y el clítoris mientras, según otra imagen, uno de los hombres la penetraba por detrás.
***
A pesar de la bronca, Romina empezó a acalorarse. Traicionando sus propios principios, no tuvo más remedio que desnudarse y empezar a tocarse. Llevaba más de una semana sin hacerlo, lo había reservado para aliviar la tensión antes del concurso. Pero esta vez era pura calentura, una calentura que le daba vergüenza admitir.
Se frotaba el clítoris mientras miraba cómo Daniela se llevaba a la boca una verga tras otra, o cómo abría las piernas para que la clavaran hasta el fondo. A veces alguna de las juezas se sumaba, lamiéndole el sexo o dejando que ella se lo lamiera. El morbo la fue arrastrando, y se sorprendió preguntándose qué se sentiría tener tantos hombres disponibles a la vez.
No era virgen, pero para ella el sexo siempre había estado ligado al cariño. Solo se había acostado con dos novios, y nada se parecía a lo que veía en esas imágenes. ¿Y las mujeres? ¿Por qué Daniela se ponía a comer otros sexos con semejante entrega?
«Al menos se la chupa a chicas muy lindas», pensó, encendida. Ella nunca se había imaginado lamiéndole el sexo a otra mujer. Pero si era tan hermosa como para ganar un concurso de belleza, quizá pudiera considerarlo. Solo por curiosidad. Admiraba la belleza femenina, como cualquiera que competía en aquello.
Apartó esas ideas de la mente. Si alguien le había mandado esas fotos, seguramente era para hundirla, para desconcentrarla antes del certamen. Una trampa. Decidió que nada de eso le impediría coronarse. Tal vez, ya con el título, usaría su influencia para mostrarle al mundo las sucias artimañas de Daniela. Pero por ahora se concentraría en ganar.
***
Llegó el día. Mientras se acomodaba el pelo en su pequeño camerino, Romina recibió una visita inesperada.
Era Daniela. La hipócrita de Daniela.
La recibió con los ojos chispeando de odio. La otra se limitó a sonreír, con su rostro angelical, como si fuera la criatura más pura del mundo.
—Me imagino que ya viste el correo que te mandé —dijo Daniela.
Romina se quedó boquiabierta.
—¿Qué correo?
—Ya sabés… el de las fotos. —Le guiñó un ojo.
—¿Lo mandaste vos? —Todo su mundo empezó a derrumbarse. No tenía sentido. ¿Por qué se inculparía a sí misma?
—Sí. Lo mandé yo. Y te estarás preguntando por qué.
Romina hizo una pausa. Necesitaba pensar, pero el cerebro se le había bloqueado.
—¿Por qué me mandaste eso? —preguntó al fin.
—Es una tradición.
—¿De qué hablás?
—Yo tampoco lo sabía. Me enteré el año pasado, igual que vos. Carolina me mandó un correo casi idéntico al tuyo, pero con fotos de ella.
—¿Ella hizo lo mismo? —Lo preguntó por reflejo, porque ya sabía que Carolina estaba metida en el asunto.
—Sí. Y como vos, me puse loca. Quería denunciarla. Creí que había ganado el concurso por acostarse con el jurado.
—¿Y no fue eso lo que pasó? ¿No fue lo que hiciste vos? —le soltó con rabia.
—No. Por más difícil que te resulte creerlo, no fue así. Sentate y te explico. —Romina se sentó solo para que la otra siguiera hablando—. El concurso es real, gana la chica más hermosa… pero no funciona como todos creen. ¿Nunca te preguntaste por qué insisten tanto en que las ganadoras vuelvan? ¿Nunca notaste que siempre se lleva el título alguna que ya participó antes?
—Pensé que era para premiar la experiencia.
—No exactamente. La ganadora se decide un año antes. Cuando coronaron a Carolina, esa misma noche me eligieron a mí para el año siguiente. Yo competí sabiendo que iba a ganar.
—Claro, porque te dejaste coger por todos.
—¿Sabés una cosa, Romina? Al principio reaccioné igual que vos. Pensé que Carolina era una cualquiera, y me creí incapaz de algo así. Acostarme con tanta gente, hombres y mujeres, todo a la vez. Y sin embargo lo amé. Cuando pasó, lo amé. Fue la mejor noche de mi vida. Nunca me sentí tan hermosa.
—Sos una puta.
—Puede que un poquito. Lo reconozco. —Sonrió sin pudor—. Y no fue la última vez. Después vinieron muchas fiestas, conocí a otras reinas de años anteriores. Llegué a meterme en celebraciones con más de cincuenta personas. Llega un punto en que ya no sabés quién te está cogiendo. Es una locura preciosa.
—Me das asco.
—A mí también me dio asco cuando Carolina me lo contó. Pero esas cosas te parecen una locura solo mientras crees que son irreales, imposibles. El día que alguien te asegura que vos podés vivirlas… ahí cambia todo. —Bajó la voz—. Decime, Romina, si te prometo la mejor noche de tu vida, con cuatro hombres y dos mujeres dedicados a vos, ¿aceptarías? Pensalo bien antes de contestar, porque la propuesta es muy real. Si decís que sí, esta misma noche sos la reina de una orgía, y todos vamos a estar para darte placer a vos.
Le apoyó una mano en el muslo y la deslizó hasta la entrepierna.
—Te voy a comer cada vez que me lo pidas.
Romina tragó saliva. Daniela era verdaderamente hermosa. Por más que negara cualquier interés, no podía decir que la idea de tenerla entre las piernas no la encendiera.
—Pero… ¿tengo que decir que sí para ganar?
—No —aseguró Daniela—. Esa es la mejor parte. Podés negarte y ganás igual. De hecho, ya ganaste. Yo te elegí el año pasado como la próxima reina. Todo lo que pase en el escenario es una puesta en escena. La entrega de la corona es ahora, nada más. Y vos vas a poder elegir a la ganadora del año que viene, que tendrá el mismo premio que tuve yo y que podés tener vos.
—¿Me elegiste a mí?
—Sí. —Se acercó tanto que sus labios casi se rozaron—. Porque me parecés muy sexy. Voy a ser sincera: quiero coger con vos. Desde hace rato. No te imaginás cuántas veces me toqué pensando en vos.
—No sabía que te gustaban las mujeres.
—No sé si me gustan en general. Hasta que probé a Carolina nunca había estado con una. Pero este año me acostumbré, y descubrí que las chicas que se dicen heterosexuales son las que más me calientan. El reto de convencerlas. Y vos sos la que más cachonda me pone.
Romina no lo ponía en duda. Daniela era tan bonita que cualquiera dudaría ante una invitación suya. Ni ella misma sabría qué responder.
—¿Qué decís, entonces? —insistió Daniela—. ¿Venís al festejo de esta noche? Es lo que toda reina se merece. Podés negarte, pero es la parte más linda.
Antes de irse, Daniela se inclinó y le dio un beso largo en la boca, con lengua. Romina se dejó llevar; hacía tiempo que nadie la besaba con tanta hambre.
—Sos hermosa —le dijo Daniela—. Te merecés la corona y mucho más. No tengas miedo de ser un poco puta. Acá nadie te juzga. Esta noche es tu bautismo. Carolina también va a estar para guiarte.
***
Cuando se quedó sola, el corazón de Romina latía con violencia. Le alegraba saber que sería la ganadora; solo tenía que sonreír y la corona sería suya. ¿Y después? Eso era lo que no se atrevía a decidir.
Subió al escenario y cumplió su papel a la perfección. Si la iban a coronar, quería que el público sintiera que lo merecía. Resolvió cada prueba con todo su carisma y mostró su mejor sonrisa.
Pero empezó a temer cuando vio cómo el jurado se deshacía ante Brenda, la pecosa, con un top blanco que le marcaba los pezones endurecidos. ¿Y si Daniela la había notado demasiado dubitativa? Ya la imaginaba diciéndoles a los demás: «Con Romina no hubo caso, no está dispuesta. Este año que gane otra». Y esa otra bien podía ser Brenda.
En las últimas instancias del certamen estaba desesperada. Aprovechó una pausa y, rompiendo la regla de no hablar con los jueces, se acercó a Daniela, que había ido a buscar un café.
—Quiero que sepas que voy a hacer todo —le dijo en voz baja—. Lo que haga falta. Chupo, me dejo coger, te la como a vos y a Carolina, a las dos juntas si quieren. Que me cojan los cuatro. No me importa. Yo quiero ganar. Mirá lo decidida que estoy.
Se arrodilló, le levantó la falda corta y no se sorprendió al ver que no llevaba ropa interior. Le pasó la lengua sin dudar, lamió entre los labios, le chupó el clítoris apenas un instante, lo justo para que nadie las descubriera. Cuando terminó, Daniela no dijo nada. Se alejó con su vaso de café y volvió a la mesa del jurado.
***
Romina regresó al escenario para la prueba final, con los nervios a flor de piel. Cuando los jueces anunciaron el nombre de la ganadora, creyó que dirían el de Brenda. Por eso su sorpresa fue genuina al escuchar el suyo.
El concurso podía ser una pantomima, pero su emoción convenció al público de que la victoria no estaba pactada. Lloró de verdad, abrazó a Brenda, que tuvo que conformarse con el segundo puesto, y saludó a la gente. Le pusieron la corona y, entre lágrimas y aplausos, agradeció a cada juez, en especial a Daniela. Después abrazó a todas las concursantes, y se demoró unos segundos de más en el cuerpo cálido de Brenda. Se excitó al rozar con las manos el nacimiento de sus nalgas.
Cuando el evento terminó, se presentó ante la puerta que Daniela le había indicado, con la tiara que la identificaba como reina. El pecho le latía con fuerza y las manos le sudaban. ¿De verdad iba a hacerlo? Algo que siempre había considerado impropio de una dama. Sí. Era el precio de la corona.
La hicieron pasar a una habitación donde los cuatro jueces la esperaban desnudos, con las vergas erectas. Le pareció un tributo a su belleza, como si dijeran: «Mirá cómo nos tenés».
Antes de darse cuenta, ya estaba de rodillas, esforzándose por meterse una pija hasta el fondo de la garganta. Fue tal como Daniela se lo había anticipado: una vez que empezó, perdió el control. Recibió la primera descarga en la cara y posó para una foto idéntica a la primera que había visto. Le explicaron que esa era la auténtica ceremonia de coronación.
Se quitó la ropa y mostró con orgullo su cuerpo desnudo, el sexo completamente depilado, prueba de que había considerado aquello desde antes. Daniela se arrodilló ante ella, como una reina ante otra, y empezó a lamerla. Era delicioso ver a una chica tan hermosa con la lengua entre sus muslos. Después se besaron con pasión.
—Qué bien la vamos a pasar juntas —le dijo Daniela—. Quiero hacer todo con vos. Quiero ser tu puta.
—Vas a ser mi puta —respondió Romina, devolviéndole el beso.
Minutos más tarde estaba acostada con las piernas abiertas y una verga gruesa entrando en su sexo, otras dos en las manos, mientras Daniela y Carolina le comían la pija al cuarto juez. Uno por uno fueron pasando por ella, y con cada hombre que la poseía se sentía más hermosa.
El mejor momento llegó cuando se puso en cuatro para comerle el sexo a Daniela. Entendió de inmediato que aquello sería normal por el resto de su vida; la experiencia era demasiado rica como para no repetirla. Uno de los jueces se colocó detrás y empezó a empujar. Romina se moría de ganas de probar la doble penetración, y supo que montaría dos vergas a la vez durante toda la noche.
—¿Quién va a ganar el año que viene? —le preguntó Daniela, mientras el segundo juez la tomaba por detrás.
—Brenda, por supuesto —jadeó Romina—. Pero solo si se anima a esto. Quiero verla entregarse igual que yo. Quiero que sea mi muñequita.
—Y lo va a ser —aseguró Daniela—. Ahora sonreí a la cámara. Tenemos que preparar las fotos para ella.
Romina mostró su sonrisa más dulce y volvió a tragarse una verga entera. La calentaba muchísimo saber que la próxima reina vería esas imágenes. Solo lamentaba tener que esperar un año entero para verla rendida, igual que ella, en su propia coronación.