El reparto de caramelos que desató la orgía electoral
Había esperado cuarenta años para vivir unas elecciones desde dentro, y por fin este domingo me tocó. Dos agentes municipales se presentaron en mi casa semanas antes, con el consiguiente sobresalto de mi mujer, sólo para entregarme la notificación: el azar me había elegido presidente de mesa. Lo recibí como un honor. Llevo toda la vida con la vocación literaria contenida, así que pensé que la jornada me serviría de material para algún relato de concurso, ahora que la jubilación me deja tiempo libre.
Tomé notas hora por hora en los largos huecos muertos de la votación, las guardé en el móvil como guión de mi futura obra. Pero nada salió como esperaba. De hecho, todo salió al revés, hasta el punto de que lo que iba a titularse «el día de las elecciones» merece ahora otro nombre que no me atrevo a escribir aquí. He suprimido casi toda la mañana, anodina y tediosa, para quedarme con la parte jugosa.
Que quede claro: yo sólo transcribo lo que viví.
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8:45. Se constituyó la mesa. Yo, presidente; mis dos vocales, dos mujeres a las que podría representar con las vocales «O» e «I». La primera, Renata, una profesora de instituto, señora cincuentona, soltera y de generosas formas, redonda y rotunda como esa «O». La segunda, Carla, una administrativa de treinta y pocos, devota del aeróbic y de las dietas verdes, delgada y recta como una «I».
9:12. Pasaron los apoderados de los partidos a presentarse y a dejar claro que nos vigilaban. Sólo cuatro: dos hombres y dos mujeres que cubrían todo el abanico ideológico. De un extremo, un sujeto de bíceps prominentes y mirada intensa aunque algo apagada. Del otro, una chica de rastas largas, sandalias gastadas, vaqueros raídos y un piercing en el ombligo que asomaba bajo la camisa anudada. En medio, una mujer cuarentona de gafas y rasgos asiáticos, bajita y nerviosa, y un hombre de barriga generosa y calva incipiente que reía un poco de más a cada votante.
El funcionario era un joven de aire intelectual y traje impecable, como salido de una escuela de negocios. Yo lo tenía catalogado de antemano: demasiado pulcro para fiarse.
(Salto aquí las treinta y dos notas de la mañana. No hay sustancia que rescatar.)
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14:35. Me tocó ir a comer. Llevábamos un veintidós por ciento de participación, lo cual no estaba nada mal con el calor que hacía y lo soporífero de las opciones a elegir. Al volver y sentarme, irrumpió en la sala un caballero vestido de forma estrafalaria pero con elegancia. Se identificó, quiso votar y no pudo porque no figuraba en el censo. Lejos de molestarse, sonrió y empezó a repartir, uno por uno, a todos los presentes —mis vocales, los apoderados, el funcionario y yo mismo—, puñados de caramelos de colores.
Hubo sonrisas hasta en los extremos. Desenvolvimos los dulces y nos comimos unos cuantos. Carla preguntó si debíamos llevarles un puñado a los guardias de la puerta. Decidí que no; fue la primera orden que di amparado en mi autoridad. Aquellos dos municipales malcarados no me caían bien. Que se aguantaran.
15:40. Los caramelos tuvieron un éxito inesperado. Nadie podía parar. Cada uno llevaba ya cinco o seis; Renata, la profesora, el doble, por lo que pude contar.
18:54. Llevaba media hora sin entrar nadie. Se acabaron los caramelos y empezamos a desfilar de uno en uno a beber agua y a deshacernos de ella. Al orinar noté una tumescencia inexplicable. No entendía qué me pasaba. Para mi desgracia, hacía mucho que eso había dejado de ser habitual.
19:28. A medida que se acercaba el cierre, llegaron algunos rezagados a ejercer su derecho. La última oportunidad de sumarse a la gran fiesta de la democracia.
Pero dentro de la sala las cosas se alteraban sutilmente. El musculoso de un extremo no paraba de soltar bromas a la mujer de las gafas, y ella reía como si le fuera la vida en ello. Se había desabrochado dos botones de la blusa y ahora todos contemplábamos un escote más que notable. Renata abandonó su puesto para salir a fumar a la puerta con el joven funcionario, que liaba su propio tabaco, rubio y de marca. La veía por la ventana, y su figura redondeada se me antojaba de pronto escultural, curvilínea, apetecible.
Mi atención, sin embargo, se fue clavando en Carla. Se había quitado la camisa para mostrar un top rosa de zumba que envolvía un par de pechos pequeños y firmes, los pezones marcados bajo la tela. Había puesto los pies sobre la mesa, junto a la urna, y me contaba chascarrillos cada vez más subidos de tono, riéndose sin motivo. Sentí el impulso de quitarme la americana, soltar la corbata y reacomodar los pantalones para disimular la erección que me incomodaba desde hacía rato. En uso de mis atribuciones, ejecuté mi deseo.
Para mi sorpresa, el barrigón del centro mostraba un repentino interés por el piercing de la chica de las rastas. Se inclinaba y hasta lo tocaba con admiración. Ella reía, se había librado de las sandalias y apoyaba un pie descalzo en el banco y otro en el muslo robusto de su inesperado admirador.
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20:00. Ya nadie pensaba en votos ni en urnas. Sólo yo caí en la cuenta de que la policía vendría a anunciar el fin de la jornada. Me adelanté, salí a la puerta, farfullé una excusa sobre el inicio del recuento, cerré con llave y volví a la sala.
Las cosas se habían salido de madre. Renata y el funcionario se revolcaban sobre las colchonetas. No había anotado que la mesa estaba montada en el gimnasio del colegio. Ahora veía a la profesora desnuda y me desdije de mi primera impresión: estaba magnífica. El muchacho se hundía entre aquel festín de carnes maduras. Veía alternarse su sexo abriéndose y cerrándose con el vaivén y la verga delgada y elegante del joven buscando la entrada. Una vez ella arriba, otra él. El coito ya era un hecho.
Han votado, pensé, y me reí solo.
El musculoso conservaba su erección y la mujer de gafas se encaramaba desnuda sobre sus caderas. Encajaban bien. Una unión improbable entre dos extremos que en cualquier otro contexto no se habrían dirigido la palabra, materializada ahora en aquel empuje rítmico y descarado sobre la colchoneta.
Vi también, asombrado, cómo el barrigón perdía toda su moderación con la chica de las rastas. Poco importaba que ella exhibiera un vello que la moda llevaba años proscribiendo, o que sendos aros le atravesaran los pezones grandes y oscuros. La visión de aquel pubis sin domar lo había trastornado, igual que a mí, viejo nostálgico de otras épocas que nunca terminó de hacerse a las modas depiladas.
Aunque reconozco que Carla, mi otra vocal, estaba más que seductora: desnuda del todo, abierta de piernas sobre la mesa, recostada contra la urna con una languidez que no admitía dudas. Vencí mi pereza y mis prejuicios y me arrodillé a comérmela con ansia de adolescente, la lengua trazando círculos lentos mientras ella me hundía los dedos en el pelo y arqueaba la espalda.
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21:00. Los guardias aporreaban la puerta y nosotros no les hacíamos caso. Corríamos desnudos por el colegio electoral como párvulos enajenados, persiguiéndonos entre risas por los pasillos. Conseguí atrapar a la chica de las rastas y volví a arrodillarme a sus pies, esta vez para oler, acariciar y besar aquella maraña de rizos, el clítoris rebelde, mientras la trabajaba con tres dedos como si quisiera recuperar de golpe toda la juventud que se me había escapado.
Carla se puso a cuatro patas y dejó que el musculoso la montara desde atrás, los dos jadeando como animales. Renata había derribado la mesa de las papeletas, que volaban por la sala en alegre algarabía, y ahora ponía tiesa la polla del barrigón con la pericia de una experta. La mujer de gafas —que de cerca, ahora que la miraba bien, no era asiática sino andina, y se llamaba Lucía— instruía al joven funcionario en los rudimentos del sesenta y nueve, con muy buena disposición por parte de él.
Éramos ocho cuerpos enredados, sudorosos, riéndonos de nada y de todo, ajenos por completo a las urnas, a los partidos y a las cuatro décadas de protocolo que yo había venerado esa misma mañana.
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22:06. Vi por una rendija que toda la guardia urbana, con cinco vehículos, otras policías de distintos cuerpos, una unidad de bomberos, la jueza de paz y una pequeña multitud de vecinos se habían congregado frente a la puerta. Entre ellos reconocí —ay— a mi mujer y a varios familiares. Amenazaban con derribarla, por más que yo les exhortara a no hacerlo invocando mi suprema autoridad como presidente de la mesa.
23:40. Todo fue inútil. Las fuerzas vivas irrumpieron con furia y encontraron el local sumido en el caos. Nos cubrieron con mantas, innecesarias por el calor, recogieron la urna caída y las papeletas desparramadas que anulaban cualquier intento de recuento, y nos condujeron, indignados, a los ocho al cuartelillo. Al llegar nos topamos con otra treintena de miembros de mesa, apoderados y funcionarios de la ciudad en idéntica situación: desnudos o a medio vestir, sudorosos y felices. Un intenso olor a sexo flotaba en las dependencias municipales. Por lo visto, el hombre de los caramelos había recorrido toda la circunscripción, dejando su turbador regalito a diestro y siniestro y boicoteando, dulce y carnalmente, las elecciones.
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Hoy. Pasó la terrible experiencia y no hubo sanciones, en vista de la evidencia del boicot, orquestado —según se supo después— por un anarquista experto en sustancias. Nada trascendió a la prensa ni a las redes; había que preservar la estabilidad democrática. Se probó mi inocencia en el lance y mi mujer se mostró comprensiva, más de lo que merecía.
De hecho, esta noche, a la hora de cenar, me he encontrado una bolsita de caramelos de la misma marca sobre la mesa. No sé quién la dejó. Y no sé, sinceramente, si voy a tener la fuerza de voluntad de no abrirla.