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Relatos Ardientes

La noche que me quedé con todo el grupo en aquel bar

Ilustración del relato erótico: La noche que me quedé con todo el grupo en aquel bar

Volví a escribir después de mucho tiempo, así que tenganme paciencia. Esto me pasó hace ya unos años, cuando todavía no había aprendido a decir que no a casi nada. Soy pelirroja natural, muy blanca y con la piel sembrada de pecas. No soy delgada, pero tengo las piernas largas, y siempre fue mi pelo lo que llamó la atención primero. Lo demás venía después.

En aquella época trabajaba como pasante de diseño en el área de marketing de una empresa de maquinaria agrícola. Llevaba unos meses ahí cuando mi jefa me llamó a su oficina y me dijo que iba a haber una feria del sector en Texas, y que me mandaban a mí a fotografiar el evento. Iría sola: casi nadie tenía la visa al día y la oficina estaba hasta el cuello de trabajo. En la feria estarían los representantes de la marca estadounidense, y yo debía reportarme directamente con ellos.

Llegó el día. Armé la maleta pensando en el clima extremo, porque me habían advertido que la temperatura pasaría de los treinta y ocho grados. Metí un sombrero, camisas de franela ligeras, pantalones cargo y botas de senderismo. Mucha gente cree que con ese calor conviene andar descubierta, pero es justo al revés. Para la noche, cuando no estuviera trabajando, llevé un vestido fino, un par de blusas y una falda corta. Como ropa interior, solo tangas y tops deportivos.

Volé toda la mañana. En el aeropuerto me esperaba una camioneta que me llevó a un hotel de cadena, de esos que no son lujosos pero cumplen, cerca de varios bares y restaurantes. Al día siguiente, muy temprano, me contactó la gente local y pasaron a buscarme. La jornada transcurrió tranquila, entre charlas de trabajo, fotos de los stands y de la gente recorriendo los productos.

Todo iba bien, salvo por un detalle que no pude ignorar: cada vez que me agachaba para encuadrar una toma, sentía cómo varios de los hombres me miraban el culo sin disimulo. No dijeron nada, pero esas miradas se me quedaron pegadas en la piel. Llegué al hotel más caliente de lo que quería admitir, sin saber si era por ellos o por el calor del desierto.

Me di una ducha larga y pedí algo al servicio de habitaciones. Al otro día, más de lo mismo: la feria duraba dos jornadas y la segunda fue casi una copia de la primera. La diferencia era que mi vuelo de regreso salía recién por la tarde, así que al terminar tenía toda la noche y parte de la mañana para mí.

***

Después de otro baño que me dejó floja y relajada, decidí salir a tomar algo a uno de esos bares de la zona. Me arreglé sin esfuerzo: me hice dos rodetes altos en el pelo, me puse una minifalda negra con vuelo, un top blanco corto, una de mis tangas, calcetines hasta debajo de la rodilla y unas zapatillas de lona. La verdad, me veía como una chica fácil, y eso me gustaba.

Salí a eso de las siete, con el cielo ya oscureciendo, y entré a un bar deportivo lleno de gente joven. Me senté en la barra y pedí una hamburguesa y una cerveza, pero el camarero me pidió la identificación. Yo, avergonzada, le confesé que me había dejado el pasaporte en la caja fuerte del hotel. Se rió, me dijo que sin documento no servía alcohol y me ofreció un refresco de cortesía en un vaso enorme, de esos descomunales que solo existen ahí. Me sentí ridícula, pero me lo tomé igual.

Cuando terminé la hamburguesa, pagué la cuenta y me llevé el vaso gigante a la terraza para respirar un poco de aire. A los pocos minutos, una mesa entera me llamó. Eran ocho chicos enormes, todos morenos, musculosos, y entre ellos una mujer muy blanca. Me hicieron señas para que me uniera y, sin pensarlo demasiado, fui. Me cedieron un asiento al lado de ella.

Eran descomunales. El más bajo medía cerca de uno noventa, y ella tampoco se quedaba atrás: alta, de piernas largas, un poco robusta y con un pecho enorme. Me sentí pequeña entre todos, casi diminuta, y esa sensación me gustó de un modo que no esperaba.

Empezaron a hablar conmigo enseguida. Les llamó la atención mi acento y se sorprendieron al saber de dónde venía. Me preguntaron por qué no estaba bebiendo y les conté lo del documento olvidado. Se rieron, me dijeron sus nombres, que no me molesté en retener, y sus edades: todos rondaban entre los veinticinco y los veintisiete. La mujer, que se presentó como Dakota, me miraba con una sonrisa que ya no era del todo amable.

—Si no podés tomar alcohol —dijo, inclinándose hacia mí—, igual podemos hacer algo por vos.

Antes de que entendiera, dio un trago largo de su cóctel, me tomó la cara con las dos manos y me pasó todo el líquido de su boca a la mía en un beso. Sus amigos gritaron de emoción. Yo debería haberme apartado con asco, pero lejos de eso, me dio un morbo que me sorprendió a mí misma. Tragué hasta la última gota y le devolví un beso con lengua que me dejó mojada al instante.

Esto se está saliendo de control, y no quiero que pare.

Al ver que no me espantaba, los demás se sumaron al juego. Uno tras otro tomaban un sorbo de su cerveza y me lo pasaban: algunos con un beso, otros escupiendo desde arriba hasta mi boca abierta. Empezamos a hacer tanto escándalo que uno de ellos propuso seguir en su departamento, a un par de calles caminando. Acepté, ya caliente y mareada de pura adrenalina. En el camino me iban metiendo mano, a mí y a Dakota, sin ningún disimulo.

***

El departamento era amplio y estaba sorprendentemente ordenado. Nos sentamos todos en la sala y trajeron más cerveza. Estuve a punto de tomar una, pero me la quitaron de la mano entre risas, repitiendo que no tenía edad para eso. El juego siguió hasta que uno de ellos se bajó el pantalón, se sacó la verga y me dijo que para eso sí tenía edad de sobra.

Era enorme. No me resistí: me la llevé a la boca casi por instinto, apenas pudiendo abarcar la punta. Eso terminó de encender a todos. Tres más se sacaron las suyas y empezaron a manosearme y a bajarme la tanga, mientras Dakota se arrodillaba a masturbar a los demás. A mí me desnudaron por completo, dejándome solo con las zapatillas puestas, expuesta en medio de la sala.

Cuando logré meterme un poco más de aquella verga en la boca, el más alto del grupo dijo que era su turno, y que primero se la dejara bien lubricada. Lo que se sacó era lo más grande que vi en mi vida: gruesa, oscura, cruzada de venas. Me emocioné de un modo casi vergonzoso y se me hizo la boca agua. La mamé con dedicación mientras otro se ponía detrás de mí y me penetraba de golpe. Grité como loca, y ese grito lo aprovechó el más grande para hundirse en mi boca. Me ahogaba, pero no me importó nada.

Los otros dos se masturbaban a los costados, agarrándome los pechos. Después de un rato de turnarse, los ocho decidieron repartirnos entre Dakota y yo al mismo tiempo. Ella se puso en cuatro patas y me ordenó que la lamiera. Obedecí sin chistar, me arrodillé también, y en ese momento el más grande aprovechó para bombearme por detrás mientras me metía un dedo en el culo. Dakota gemía y, a la vez, seguía atendiendo a los que esperaban.

De un momento a otro la sentí correrse contra mi boca, llenándome de un sabor intenso que tragué sin dudar. Se desplomó en el suelo, agotada y temblando. Yo ya había perdido la cuenta del tiempo y de los orgasmos que me habían arrancado uno tras otro. Estaba eufórica, fuera de mí, entregada a lo que vinera.

***

Dakota se recompuso como pudo y anunció que, como yo era la invitada, me merecía un regalo. La condición era absurda y deliciosa al mismo tiempo: ella se encargaría de recolectar el final de cada uno, y mi tarea era ordeñarlos a todos. Como si no hubieran estado encima de nosotras durante horas, se entusiasmaron de nuevo. Me tumbaron en el sofá: uno se metió en mi boca, otro entre mis piernas, y el más grande, que ya me había dilatado, me cargó y me penetró por detrás desde abajo, mientras los que no alcanzaban lugar tomaban mis manos y mis pies para usarme.

Uno a uno fueron terminando, pero ninguno lo hacía dentro de mí: corrían hacia Dakota, que esperaba de rodillas en el centro de la sala con la boca abierta. Cuando uno se apartaba, otro ocupaba su lugar de inmediato, en una rotación que parecía no acabar nunca. El más grande seguía sin soltarme, todavía hundido en mí, aguantando hasta el final.

Cuando ya todos habían terminado, me cargó y me pidió que se la mamara una vez más, dándome golpecitos en la cara con ella. Diez minutos después avisó que estaba por acabar. Fue hacia Dakota y vertió en su boca una cantidad enorme. Recién entonces vi, al lado de ella, una jarra de vidrio donde había ido escupiendo todo lo que había recolectado de los demás. Sentí algo parecido a la envidia.

Dakota levantó la jarra y me dijo que ahora venía mi regalo. Me arrodillé frente a ella. Tomó un sorbo y me lo pasó a la boca con la orden de tragar y de mostrarle a todos que lo había hecho. Encantada, obedecí una y otra vez, hasta que en la jarra quedó apenas un resto, con el que empapó mi ropa amontonada en una silla.

***

Después me llevó al baño, me metió bajo la ducha y me dijo que los chicos tenían ganas de orinar, y que eso sí me lo había ganado por ser tan buena. De a dos, fueron meándome el pelo, la cara, el cuerpo entero. Algunos me tomaban de la cabeza y se metían en mi boca para hacerlo directamente. Yo lo recibía todo, perdida en una mezcla de humillación y placer que no sabía nombrar.

Cuando terminaron, miré la hora: eran las siete de la mañana. Habíamos pasado la noche entera. Les dije que tenía que volver al hotel. El más grande se ofreció a llevarme, pero Dakota me ordenó que llegara así, como estaba, que solo me pusiera la ropa tiesa y usara el baño para acomodarme un poco, sin lavarme nada.

Me miré al espejo: un desastre, sudada, despeinada, con un solo rodete sobreviviente. Me veía fatal y, sin embargo, me encantaba. Salí con la ropa endurecida, pegada al cuerpo. Dakota se despidió con un beso largo de lengua y me entregó un frasco con lo que había recolectado de todos, como recuerdo.

El más grande insistió en acompañarme. Durante el trayecto se la mamé en agradecimiento, y cuando estábamos por llegar me avisó que estaba cerca. Saqué el frasco para sumar un poco más, y a cambio le di lo único que me quedaba sin manchar: mi tanga, empapada de sudor. Se fue feliz.

Entré al hotel casi a escondidas y dormí un par de horas antes del vuelo. Cuando desperté, me bañé por fin y pensé que, llegando a casa, lo primero sería hacerme todos los análisis posibles por la nula protección de aquella locura. Armé la maleta y me fui al aeropuerto con tiempo de sobra.

Aproveché para sentarme en uno de los restaurantes de la terminal. Pedí algo de comer y, como una forma íntima de revivir la noche, recordé el frasco que, de milagro, había pasado el control de seguridad. Sonreí para mis adentros. Esa fue, sin ninguna duda, la noche más salvaje de toda mi vida, y todavía hoy la recuerdo cada vez que cierro los ojos.

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Comentarios (3)

RogelioMDQ

tremendo relato!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

NocheInquieta

Por favor segunda parte, quede con ganas de mas. Como termino la noche despues de todo eso?

Tomas_V

La introduccion me engancho desde el primer renglon. Muy bien narrado, se nota que tenes talento para esto

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