Mi compañera de oficina y los tres desconocidos
El viernes me desperté sola. Esteban se había ido antes del amanecer, y en la pantalla del teléfono me esperaba su mensaje: había un daño en la planta de otra ciudad y no volvería hasta el sábado por la tarde, quizá el domingo. Sus viajes eran parte de la rutina desde que nos casamos; él revisaba las máquinas en cada planta del país, una vez al mes desaparecía dos días. Yo ya me había acostumbrado a esas casas vacías de fin de semana.
Me vestí con calma, disfrutando el viernes informal de la oficina. Una blusa que dejaba caer los hombros, una chaqueta corta encima, jeans ajustados y botines de charol. Me sentía bien, más linda de lo habitual. En la entrada me crucé con Daniela, la chica nueva del área de archivo, que me abrazó como si lleváramos años sin vernos y me reprochó haberla tenido abandonada toda la semana.
En el ascensor, sin que importara que hubiera más gente, se acercó a mi oído.
—¿Y cómo te fue con la ropa que te regalaron? ¿Probaste el… el cosito? —dijo, conteniendo la risa.
Esta chica no tiene filtro.
—Tenemos que almorzar juntas —le contesté, y las dos nos reímos hasta llegar a nuestro piso.
***
Los jefes estaban en un comité fuera de la empresa, así que la mañana fue floja. Al mediodía la busqué por todas partes y la encontré en el archivo, aburrida entre carpetas. La saqué de ahí a un restaurante cerca de la oficina, pedimos unos crepes y, antes de que llegaran los platos, ella ya había empezado su interrogatorio.
—¿Entonces sí te quedó la ropa?
—Obvio, mi niña. ¿Me estás diciendo gorda? —bromeé, y ella se puso colorada disculpándose.
—Para nada. Tienes un cuerpo lindísimo, envidio esas curvas. Yo soy plana por todos lados —dijo, tocándose con un puchero que me hizo reír.
Le aseguré que a su edad cualquiera querría tener su figura. Cuando le conté que Esteban había viajado y que pasaría el fin de semana sola, abrió los ojos como si le hubiera contado una tragedia.
—¿Sola todo el fin de semana? Eso es horrible. Si quieres, mañana me quedo a acompañarte.
Me pareció un gesto tierno, pero no quería arruinarle planes con algún novio.
—No tengo novio ahora —se rió—. Y, la verdad, me acabas de dar la excusa perfecta para no salir esta noche con un tipo que me invitó. Porque con dos tragos encima termino aflojando las piernas.
Lo dijo con tanta naturalidad que me dejó muda un segundo. Yo, que con Tomás había hecho algo de lo que tampoco podía presumir inocencia, no tenía ningún derecho a juzgarla.
—Mejor hagamos esto —propuso, ya con los ojos encendidos—. Estás vestida para salir. Salgamos las dos, en plan de chicas, unos cocteles, y después nos vamos a tu casa. Así de paso probamos el cosito.
***
A las cuatro nos escapamos de la oficina sin que nadie lo notara. Yo dejé un expediente abierto sobre el escritorio; Daniela, la luz del archivo prendida. Pasamos primero por su casa para que armara una maleta y luego por la mía a recoger el juguete: un vibrador con control remoto que Esteban ni siquiera sabía que existía.
En el trayecto volvió a interrogarme.
—¿Y al final te probaste la ropa?
Pensé en su confesión del almuerzo y decidí soltar la mía.
—Llegué a casa, no había nadie y me la medí frente al espejo. Nunca me habría comprado algo tan atrevido, pero me gustó cómo me veía. Después probé el vibrador. Lo puse en un modo que pulsa con la música y me agarró tan desprevenida que se me cayó el teléfono debajo de la cama. En eso entró Esteban y me encontró en el piso, retorciéndome. Le dije que era un cólico.
—No te creo —dijo, mordiéndose el labio.
—Apenas pude meterme al baño para taparme la boca, porque ese aparato me hizo llegar con las piernas temblando. Y cuando salí, Esteban me tiró sobre la cama y lo hicimos sin decir una palabra, como animales. Nunca lo había visto así.
Ella se frotaba las manos contra los muslos, claramente excitada con lo que escuchaba. No tardó en devolverme la jugada.
—¿Y con Tomás cómo terminaste? Sé que pasó algo, y que fue bueno.
Me quedé callada, midiendo si contarle o esquivarla. Pero era evidente que ella ya sabía algo, y me había abierto sus aventuras para que yo abriera las mías. Había caído en su trampa.
—Tomás es un amigo de la universidad. Jamás se me pasó tener algo con él. El día de mi cumpleaños me invitó a almorzar con su esposa y con Esteban, pero a Esteban le salió un problema y la mujer de Tomás había viajado por una emergencia familiar. Quedamos solos. Unas copas de vino, una charla que se fue poniendo cada vez más subida de tono, y una pregunta mía que no debí hacer.
—¿Qué pregunta? —saltó, agarrándome el muslo—. No te atrevas a parar en la mejor parte.
Sentí su mano apretando, subiendo y bajando despacio sin que ella pareciera darse cuenta.
—Le pregunté si a los hombres les gusta que su pareja quiera ser usada. Me pidió que se lo explicara. Cuando lo hice, me empujó contra la pared y me usó tal como yo le había descrito.
Daniela ya no disimulaba. Empezó a frotarse entre las piernas ahí mismo, dentro del carro detenido, sin importarle los autos al lado, hasta que se le escapó un orgasmo corto y rabioso, gimiendo bajito contra mi hombro.
—Yo también quiero que me traten así algún día —murmuró.
Seguimos calladas hasta mi casa. Recogimos el juguete, ella se refrescó en el baño y salimos de nuevo, esta vez en taxi y sin auto, para poder beber tranquilas.
***
El bar quedaba en la zona de moda, no muy lejos de mi casa. Daniela conocía al de la entrada y nos saltamos la fila. Adentro la música pegaba fuerte y conseguimos una mesa pequeña en un altillo desde donde se veía todo. Pedí un margarita; ella, por imitarme, otro, aunque por su cara entendí que nunca lo había probado.
Al rato me retó a ir al baño y ponerme el juguete. Le dije que no con la cabeza, pero insistió como una niña.
—¿Para qué lo trajimos, entonces?
Más por curiosidad que por valor, terminé encerrándome en el baño. Lo lubriqué, lo acomodé con cuidado y volví a la pista con el corazón a mil. Daniela ya bailaba con un chico. Apenas me vio, sonrió, y un segundo después sentí la primera vibración subirme por dentro. Tenía el control en el bolsillo, y desde la distancia me probaba: si reaccionaba, era que de verdad me lo había puesto.
—Tenía que confirmarlo —me dijo al oído cuando subió, mordiéndose el labio y dejándome un beso casi en la comisura.
Probamos todos los niveles. El modo de la música era el más fuerte; gemí sin querer, y por suerte el ruido del bar tapó mi reacción. Varios chicos la sacaban a bailar y, como ella siempre aceptaba, me tocaba aceptar también para no quedarme sola en la mesa. Eran muy jóvenes, veintipocos; yo, con mis años y pinta de mujer casada, me sentía fuera de lugar. Pero cada tanto Daniela activaba el juguete y me obligaba a abrazarme a mi pareja de baile más de la cuenta, sin que el pobre entendiera nada.
Hacia el quinto margarita ya estábamos en una mesa con tres de ellos. Uno alto y guapo, que Daniela había marcado como suyo desde el principio. Y dos amigos: uno robusto y simpático, de risa fácil, y otro fornido que se notaba que vivía en el gimnasio. Hablábamos, nos reíamos de cualquier cosa, bailábamos todos con todos.
—Ya cuadré, amiga —me dijo Daniela al oído—. Se vienen a tu casa a seguirla un rato.
Me asusté de verdad.
—Estás loca, son tres y nosotras dos.
—Por eso no te preocupes. Con lo borrachos que están, apenas podrán con una de las dos.
La miré pensando que no podía hablar en serio, pero algo en mí, tan empapado de alcohol y de aquel juguete encendido todo el día, había dejado de oponerse. Como una autómata, agarré mis cosas y la seguí hasta la calle.
***
El taxi tardó quince minutos. Nadie habló en todo el camino. Mientras tanto, por mi cabeza pasaban todas las cosas que podían salir mal: que nos robaran, que la situación se descontrolara, que después no supiera cómo explicarle a Esteban. Daniela notó mi duda al abrir la puerta y me quitó las llaves, dejándolos entrar como si la casa fuera suya.
Puso música suave, preguntó dónde había algo de tomar. Yo fui a la cocina por una botella y unas copas. Al salir, el chico robusto me esperaba con cara de quien mira su presa; me quitó la botella de las manos y me acompañó al living por la cintura, intentando bajar la mano más de la cuenta. Cuando llegué a la sala, la escena me clavó al piso.
Daniela ya estaba sin blusa, devorándose la boca del chico alto mientras él la manoseaba entera. No había mentido sobre cómo se ponía con unos tragos encima. La vi soltarse el sostén, dejar que le lamiera los pezones, arrodillarse y bajarle la ropa con desesperación. Me quedé contemplándola, sin poder moverme, descubriendo de golpe lo mucho que me excitaba mirar.
El robusto me sacó la blusa por la espalda y ni lo sentí, perdida como estaba en la escena. Una mano me guió a sentarme; me bajó los jeans hasta los tobillos y empezó a recorrerme desde atrás con la lengua, y yo, voyerista recién descubierta, me dejé hacer mientras seguía mirando a Daniela entregarse a un desconocido en mi propia sala.
Salí del trance cuando el placer me inundó por completo. El chico lamía y chupaba con una habilidad que me hizo gemir tan fuerte que Daniela, por primera vez, giró la cabeza para verme. Al descubrir el juguete me lo retiró con cuidado, sin dejar de mirarme, y siguió. Entonces el fornido se puso a mi altura ofreciéndome lo suyo, y yo, sosteniendo la mirada de Daniela, lo recibí en la boca como un desafío silencioso entre las dos.
***
Cuando el robusto se levantó para penetrarme, lo paré en seco. Me lo había metido apenas y ya entendí que no entraría sin lastimarme.
—Espera, me vas a partir en dos —le dije, y su sonrisa lo delató.
Le tomé entre las manos lo que tenía y, por puro instinto, le solté:
—¿Es tu primera vez, verdad?
Asintió, avergonzado, mientras sus amigos se reían.
—Ya quisieran ustedes lo que él tiene —los corté, y dejaron de reír.
Empujé al fornido hacia donde estaba Daniela y me dediqué a él. Lo lamí despacio, con las dos manos, escuchándolo gemir como quien nunca había sentido nada parecido. No aguantó mucho: terminó con un primer chorro tibio antes de que alcanzara a meterme su punta en la boca. Me dejé caer una mano hasta el clítoris y me froté mientras lo recibía, tragando cada gota, sintiéndolo temblar.
Al otro lado, Daniela ya era penetrada en cuatro por el chico alto, con la cabeza hundida en un cojín, gimiendo sin pudor. Le pedí a mi primerizo que se acostara en el suelo para montarlo y controlar yo el ritmo. Al principio entraba apenas; con cada bajada un poco más, hasta que el dolor se fue convirtiendo en algo profundo y delicioso. Lo miraba a los ojos, lo veía descubrir el sexo por primera vez, y eso me prendía más que cualquier otra cosa.
En algún momento tomó el control, me puso boca abajo y empujó con una urgencia que me hizo gritar. Yo le hacía señas a Daniela de que se viniera conmigo, de que probara aquello, pero ella negaba con la cabeza, riéndose, mientras el alto le terminaba encima del rostro. Crucé con ella una mirada cómplice, deseando por primera vez que intercambiáramos parejas como dos amigas sin frenos.
Cuando sentí que mi chico estaba por acabar, lo empujé para que no terminara dentro. Frustrado, se sentó sobre mi pecho y se descargó sobre mí, intentando que se lo limpiara. No pude negárselo. Después se acostó a mi lado y me susurró si podía tomarme por detrás.
—Hoy no —le contesté al oído—. Pero prometo que podrás volver, siempre que primero hagas algo por mí. Ahora ve y cógete a mi amiga sin piedad. Úsala como quieras, pero no la tomes por detrás, o no vuelves.
Se levantó como si fuera una orden. Daniela, por primera vez en la noche, contempló asustada lo que se le venía encima, y él la acostó en el sofá, le levantó las piernas y la penetró casi entera de una sola vez. Los demás mirábamos sin parpadear el ritmo de aquel muchacho que, con todo en contra, cogía como un poema.
***
El resto de la noche se volvió un solo cuerpo de manos, bocas y gemidos. Logré que el alto y el fornido me tomaran a la vez un buen rato, mientras mi primerizo se vengaba con Daniela por haberlo hecho esperar. Cuando mi propio orgasmo llegó, los aparté a tiempo: ninguno terminaría dentro de mí. Me acerqué a Daniela con la boca llena y, sin pensarlo, la besé, compartiéndolo, las dos relamiéndonos como un par de cómplices.
Ellos querían quedarse, pero Daniela, transformada de golpe en otra mujer, los fue sacando de la casa. En quince minutos se vistieron como pudieron y se fueron. El alto me dejó su número escondido entre la bandeja de los huevos en la cocina, donde solo yo lo encontraría; así supe que se llamaba Mateo.
Nos duchamos juntas. Daniela se quejaba de que le dolía, y al rato entendí por qué: el alto había desobedecido y la había tomado por detrás. Me molestó más de lo que esperaba, mitad por celos, mitad porque me había perdido la escena. Dejamos las ventanas abiertas para que el olor a sexo se fuera y nos dormimos abrazadas en mi cama.
A la mañana siguiente, mientras ella preparaba café y comentábamos entre risas la locura de la noche anterior, sonó el timbre. Palidecí pensando en Esteban. Las dos corrimos a recoger el desastre, y en piyama, todavía asustada, me asomé a la puerta.
Era Tomás. Y mi susto se transformó en una ansiedad distinta al verlo ahí parado: yo en piyama, Daniela detrás, la casa sola y Esteban a cientos de kilómetros.