Mi esposa convirtió la celebración en una orgía
Desde el primer día que conocí a Mariana supe que iba a ser un problema delicioso. No solo por su belleza —que la tenía, y de sobra—, sino por algo que se le notaba en la forma de mirar, en la manera en que se reía con la cabeza echada hacia atrás, en cómo se mordía el labio cuando algo le interesaba de verdad. Mariana nació con un apetito que no se llena nunca, y yo lo supe desde el principio.
Tiene treinta y dos años, la piel clara y el pelo castaño que le cae por la espalda como si pesara. Sus ojos son de ese marrón que parece dorado cuando le da la luz de costado. Tiene la boca hecha para decir cosas que no se deben decir, y un cuerpo que las cumple. No voy a fingir modestia: me casé sabiendo perfectamente quién era ella, y quién era ella incluía a otros hombres antes que yo, durante el noviazgo, y —lo digo sin vergüenza— probablemente después.
Algunos lo llamarían un defecto. Yo aprendí a llamarlo otra cosa.
Llevábamos poco más de un mes casados cuando me llamó al móvil una tarde de viernes.
—Amor, voy a llevar a unos compañeros a casa —dijo, con esa voz que ya tenía un brillo de alcohol—. Cerramos los números del trimestre y nos dieron el bono. Hay que celebrar.
—Tráelos —contesté, porque ya conocía el tono y sabía que no era una pregunta.
Aparecieron pasadas las ocho. Cuatro: Carla y Lucía, las dos casadas, y Hugo y Esteban, también casados, pero ninguno había venido con su pareja. Los conocía a todos de antes, de alguna cena, de algún asado. Llegaron ya entrados en copas, riéndose de algo que nadie terminó de explicar, con dos botellas de pisco bajo el brazo.
—Pasen, pasen —dije, abriendo la puerta del comedor—. Hay para picar.
Mariana me dio un beso rápido en la mejilla y se escapó hacia la escalera.
—Denme un minuto, chicos, que esta ropa de oficina ya no la aguanto.
Nos sentamos los cinco alrededor de la mesa. Serví el pisco, saqué unas aceitunas y un poco de queso, y los dejé que contaran cómo habían cerrado el trimestre. Esteban exageraba, Hugo lo corregía, las dos mujeres se reían de los dos. En algún momento los chistes empezaron a subir de tono, y noté que Carla y Lucía me miraban de un modo que no era del todo inocente. Les seguí el juego. No costaba nada.
Cuando Mariana volvió a bajar, la conversación se cortó en seco.
Se había puesto un top blanco sin tirantes que apenas le llegaba por encima del ombligo, sin nada debajo. Un short de mezclilla tan corto que costaba llamarlo short. Unas sandalias rojas de tacón. Las uñas de los pies pintadas del mismo rojo. Se quedó un segundo en el último escalón, sabiendo perfectamente el efecto que causaba, disfrutándolo.
—Guau, mi amor —dije—. Estás para comerte.
—Caramba, Mariana —soltó Esteban, levantando la copa—. Mis respetos. Hecha toda una diosa.
—Gracias, Estebancito —contestó ella, y se sentó a mi lado con una sonrisa de gata.
—Con ese cuerpo y eso que llevas puesto —dijo Hugo— resucitas a un muerto, te lo juro.
—Ay, qué coquetos los chicos —rió Mariana.
Carla dejó la copa en la mesa con un golpe seco, fingiéndose ofendida.
—¿Y nosotras qué? —dijo—. Claro, como Mariana se viste así, ustedes ya no ven a nadie más. Pandilla de descarados. A ver, miren esto. A ver qué les parece.
Y antes de que nadie respondiera, Carla se quitó la blusa y el pantalón y se quedó en sujetador y tanga. Tenía la piel bronceada, el vientre apenas suavizado por dos embarazos, las caderas anchas. Se puso de pie y giró despacio, dejándose mirar.
—Pucha, Carla —dije—. Tú tampoco te quedas atrás, eh.
—Mmm, sí, Carlita, te ves riquísima —murmuró Hugo, sin disimular nada.
—Carajo —dijo Esteban, removiéndose en la silla—. Entre las dos me van a matar. Falta Lucía.
—Ay, no —respondió Lucía, cruzándose de brazos—. Si estas locas salen desnudas, yo no tengo por qué.
—¡Que se saque, que se saque! —empezamos a corear todos, golpeando la mesa.
—¡No me provoquen! —dijo ella, riéndose ya—. No saben de lo que soy capaz.
Estábamos todos ebrios, y ellos cuatro más que yo, porque venían de un bar arrancando la celebración. La vergüenza se había ido hacía rato.
—Lucía —dije, porque la verdad quería verla, tiene un cuerpo precioso—, ¿qué tiene de malo? Aquí todos somos amigos. Si no tuvieras lo que tienes, ni te lo pediría.
Lucía me miró, suspiró, y se rindió.
—Bueno, ya que tú lo pides con educación, y no como estos dos sátiros —dijo, señalando a Hugo y Esteban—. Pero les advierto que se van a llevar una sorpresa.
Se quitó la ropa y se quedó solo con el sujetador. No llevaba nada más.
—Esta es la sorpresa —dijo, abriendo los brazos—. Por eso no quería. No uso ropa interior abajo. Me gusta ir cómoda.
Nos quedamos los cuatro en silencio un instante, mirándola. Lucía tenía la piel muy blanca, el sexo depilado, una seguridad en la postura que decía que esto no era ni de lejos la primera vez que dejaba a una sala sin palabras.
—No es justo para Lucía —dijo entonces Mariana, levantándose—. Yo me saco el short, así estamos parejas.
Se desabrochó el short y lo dejó caer. Debajo no tenía nada. Dio una vuelta completa, despacio, ofreciéndose a las miradas, y volvió a quedar de frente.
—¿Y bien, corazones? ¿Les gusta lo que ven?
—Qué barbaridad, Mariana —dijo Hugo, con la voz tomada—. Perdón, Diego.
—No te preocupes —contesté—. Mi mujer es un monumento por donde la mires. Amor, ya me tienes encendido.
—Bueno, para no ser la excepción —dijo Carla—, yo también me saco la tanga.
Carla repitió el giro de Mariana, mostrándose entera. Ya teníamos delante a tres mujeres prácticamente desnudas, solo con los sujetadores puestos, las tres encendidas, las tres mirándonos como si fuéramos el postre.
—Qué injusticia —dijo Mariana, plantándose con las manos en las caderas—. Nosotras casi desnudas y ustedes tres bien tapaditos. A ver, fuera la ropa. Queremos ver lo que esconden.
—Sí, fuera la ropa —se sumó Carla, eufórica—. Queremos ver quién la tiene más grande.
—Y no solo verla —añadió Lucía, con una ceja levantada—. Tocarla. ¿Estás de acuerdo, anfitrión?
Las tres se volvieron hacia mí. Le hice un guiño a Mariana.
—Por mí no hay problema —dije—. De los muchachos no creo que lo haya tampoco.
Y no lo había. Los tres nos pusimos de pie y nos desvestimos sin que nadie tuviera que insistir, hasta quedar completamente desnudos frente a ellas. El aire del comedor se había vuelto espeso, cargado.
—Vaya, vaya —dijo Mariana, paseando la mirada—. Qué buenas piezas se manejan, chicos. ¿Qué opinan, chicas?
—Mi marido no la tiene así —admitió Lucía, sin pudor—. Me quito el sombrero.
—Ustedes se llevan el premio mayor —rió Carla.
—Total, ya estamos todos desnudos —dijo Hugo—, pero a ustedes les falta algo. Fuera los sujetadores.
—Tiene razón Hugo —dijo mi mujer.
Mariana se quitó el top y sus amigas el sujetador. Ahora sí, los seis estábamos como vinimos al mundo, en medio del comedor, con las copas a medio terminar y la música de fondo sonando para nadie.
—Bueno, como quedamos —dijo Mariana, tomando el mando con esa naturalidad suya—. Vamos a tocarlas. Chicos, contra la pared. Primero mi marido, que es el anfitrión. Hugo, a su izquierda. Esteban, al lado de Hugo.
Nos colocamos los tres de espaldas a la pared, como tres reclutas esperando órdenes. Y las órdenes llegaron.
Mariana se acercó a mí primero. Me tomó con una mano, apretó suave, y pasó al siguiente sin demorarse, como una inspectora. Con Hugo se entretuvo más. Lo agarró, lo movió despacio, observándolo de cerca.
—Mmm, Hugo —dijo—. Qué buena pieza. Y ya está mojada la puntita. La tienes dura, dura. Bonita, cariño.
Le pasó el pulgar por el glande, recogió la gota que asomaba y se llevó el dedo a la boca, mirándome a mí mientras lo hacía. Después siguió con Esteban.
—Estebancito, qué gruesa —dijo—. Parece un mango. También está preciosa.
—Vamos, chicas, no sean tímidas —llamó a sus amigas—. No se desperdicia una oportunidad así.
Carla y Lucía se acercaron, primero una y después la otra, recorriéndonos con las manos. Se notaba que las tres estaban al borde, que ya no era cuestión de si pasaría algo, sino de cuándo. Y nosotros igual.
—Esto no alcanza —dijo Esteban, con la voz rasposa—. Queremos que nos las chupen. Servicio completo.
—Apoyo la moción —dijo Hugo—. A ver quién es la más experta. ¿Tú qué dices, Diego?
—Totalmente de acuerdo —contesté—. Con la práctica que tienen, esto va a ser de campeonato.
Las tres se miraron entre ellas, esa mirada de "¿lo hacemos o no?" que dura un segundo y se resuelve sola. Mariana, como siempre, fue la que decidió por todas.
—Así que nos retan, ¿eh? —dijo—. Bien. Vamos a darles el gusto. Pero con orden, que para eso soy la dueña de casa.
Fue hasta la vitrina y sacó tres dados. Los dejó caer en la mesa.
—Cada una tira uno. La que saque el número más alto empieza con Esteban, que está por reventar. Esa lleva la batuta y marca el tiempo. La segunda, con Hugo. La última, con mi marido. Después vamos rotando. Si hay empate, se vuelve a tirar. ¿Está claro?
Tiraron. Lucía sacó el número mayor, Mariana el segundo, Carla el último.
—Perfecto —dijo Mariana—. Lucía con Esteban, yo con Hugo, Carla con mi marido. Manos a la obra. No: bocas a la obra.
Las tres se arrodillaron frente a nosotros al mismo tiempo.
No sé cómo describir lo que sentí cuando Carla me tomó en la boca. Tenía los labios calientes, la lengua atenta, una mano sosteniéndome mientras la otra me acariciaba. A mi izquierda, de reojo, veía a Mariana entregada a Hugo, devorándolo, sacándolo brillante de saliva para volver a metérselo entero. Hugo tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la pared.
—Ay, Mariana, qué bien lo haces —jadeaba—. Por Dios.
Yo sabía de lo que era capaz mi mujer. Lo había vivido tantas veces. Y aun así me ponía verla hacérselo a otro, ahí, a un metro de mí, sin pudor, mojándose ella sola mientras lo hacía. Más allá, Lucía se ocupaba de Esteban con la garganta entera, lamiéndolo de la base a la punta, sin prisa.
—Nunca había probado una así de grande —decía entre lamida y lamida—. Me encanta cómo se curva.
Después de un buen rato, Lucía dio la orden de rotar.
—Cambio, chicas. Ahora yo voy con el anfitrión. Mariana, no sabes cuánto esperé esto. Perdón la sinceridad, amiga.
—Tranquila —rió mi mujer, pasando a Esteban—. Para eso están. Disfrútala.
Y la disfrutó. Lucía sabía lo que hacía, se notaba el oficio. Mientras tanto, escuchaba a Esteban hablándome desde el otro lado.
—Diego, hermano, tu mujer chupa como nadie.
—No solo eso —le contesté, apenas pudiendo hablar—. También lo demás lo hace mejor que nadie.
Rotaron una vez más. Cada una tenía su estilo, y todas tenían su mérito, pero no es por presumir: Mariana se llevaba el trofeo, y no lo digo solo yo. Más tarde, cuando ellas no escuchaban, tanto Hugo como Esteban me lo confirmaron entre risas y envidias.
Seguimos así hasta que ninguno de los tres aguantó más.
—Chicas, nada de tirarlo al piso —dijo Mariana sin soltar a Esteban—. Esto se traga. ¿Estamos?
Carla y Lucía levantaron el pulgar sin dejar lo que hacían.
El primero fui yo. Las bocas de Mariana no perdonan, y la de Lucía tampoco. Le avisé apenas pude, jadeando, y ella no se apartó. Después se relamió mirándome a los ojos, como diciéndome que le había gustado.
Hugo y Esteban siguieron, en ese orden, descargando en las bocas de Carla y de Mariana. Lucía, que había terminado conmigo, tosió un poco a un costado, riéndose.
—Carajo —dijo, secándose la comisura—. Casi me ahogan. Un poco más y necesito boca a boca.
Nos reímos todos, agotados, encendidos, sin nada de vergüenza ya. Mariana se puso de pie, todavía desnuda, y me buscó con la mirada. La conocía. Esa mirada no era de final. Era de apenas estamos empezando.
—Bueno, chicos —dijo, pasándose la lengua por los labios—. Esto fue el aperitivo. ¿Quién dijo que ya terminamos?
***
Pero esa segunda parte de la noche, la que vino después, merece contarse aparte. Y la voy a contar.