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Relatos Ardientes

Siete desconocidos y la promesa que le hice a Bruno

Ilustración del relato erótico: Siete desconocidos y la promesa que le hice a Bruno

Me temblaban las piernas y tenía las manos húmedas mientras observaba la puerta cerrada del dormitorio. Del otro lado, en el living, estaba Bruno, mi «amigo» de hacía años, el único que sabía exactamente qué me gustaba y hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Él se había encargado de todo: citar a los otros seis hombres, cobrarles, organizar la noche como si fuera un evento privado al que solo yo podía faltar. Ya estaban reunidos. Yo seguía adentro, terminando de prepararme.

Me había puesto un plug grande, lo suficiente para que cualquiera que quisiera pudiera tomarme sin esperar. Tenía lubricante de efecto frío entre las piernas, pinzas en los pezones unidas por una cadena fina, y encima un disfraz de colegiala a cuadros rojos que me quedaba ajustado en todos los lugares correctos. Me miré en el espejo del placard. La chica que me devolvía la mirada no parecía nerviosa. Parecía impaciente.

Tres golpes en la puerta y salgo. Esa es la señal.

Habíamos planeado cada detalle durante semanas. Cuántos serían, qué se permitía, qué palabra usaría yo si quería que todo se detuviera. Bruno me la había hecho repetir tres veces antes de que llegaran. «Si decís esa palabra, se acaba, sin discusión», me había prometido. Saber que ese límite existía era justamente lo que me permitía dejarme ir sin reservas.

Escuché voces apagadas filtrándose por debajo de la puerta, risas, el tintineo de unos vasos. Me imaginé sus cuerpos esperando, la tensión acumulándose en el living como antes de una tormenta. Respiré hondo dos veces.

Cuando por fin sonaron los tres golpes, sentí un espasmo subirme desde el vientre. Abrí despacio.

***

Siete hombres desnudos me esperaban de pie, distintos entre sí: altos, anchos, algunos con barba, otros lampiños, todos mirándome como si yo fuera lo único que importaba en el mundo esa noche. Bruno dio un paso al frente, me tomó de las dos coletas que me había hecho a los costados y me bajó hasta dejarme de rodillas sobre la alfombra.

—Tranquila —dijo, casi con dulzura—. Tenemos toda la noche.

No me dio tiempo a responder. Me metió la verga en la boca y yo lo miré desde abajo mientras sentía cómo me llenaba hasta el fondo. Me ahogué, me corrió una lágrima, y aun así no me aparté. Él escupió hacia mis labios, aunque parte fue a parar a mis lentes, así que me retiré un segundo y saqué la lengua para que apuntara mejor. Volvió a empujar. Su saliva resbalaba por mi mentón mientras yo trataba de respirar entre embestida y embestida.

Pronto se sumaron los demás. Dejé de saber qué mano me tocaba el culo y cuál me apretaba los pechos. Eran tantas que la sensación se volvía una sola, un manoseo continuo que me ponía tan caliente que sentía la humedad bajándome hasta las rodillas. Alguien tiró de la cadena de las pinzas y un latigazo de placer me recorrió la espalda. Me fui alternando, chupándole a uno y después a otro, abriendo la boca para el que tuviera más cerca.

Tenía tal urgencia que las arcadas dejaron de molestarme. Agarré dos vergas a la vez, una en cada mano, y me las llevé turnándolas a la boca mientras un tercero se masturbaba sobre mis tetas. Podría haberme corrido ahí mismo, solo de la situación, solo de saberme rodeada y deseada por todos a la vez.

El piso bajo mis rodillas estaba frío, pero yo ardía. Cada vez que levantaba la vista encontraba un par de ojos distintos clavados en mí, y eso me prendía más que cualquier caricia. Uno me agarró del mentón y me obligó a abrir bien la boca; otro me acomodó las coletas para tener mejor agarre. No había prisa entre ellos. Sabían que tenían tiempo y se lo tomaban, y esa calma deliberada me ponía al borde de la desesperación.

***

Dos de ellos me levantaron en el aire y me cargaron al dormitorio. Me dejaron caer sobre la cama y, antes de que pudiera acomodarme, sentí que me sacaban el plug. Me pusieron en cuatro patas. Se formaron en fila detrás de mí, ordenados, casi pacientes, y empezaron a turnarse de a uno.

Cada vez que sentía el orgasmo acercándose, el de turno salía y le cedía el lugar al siguiente. Era una frustración deliciosa, una cuerda que se tensaba sin llegar a romperse nunca. Aprendí a reconocer a cada uno por el ritmo: el primero embestía lento y profundo, el segundo era impaciente, el tercero me sostenía de las caderas con una firmeza que casi me hacía suplicar. Cuando alguno estaba por terminar, se retiraba y me llevaba la verga a la boca, sosteniendo la cadena de mis pezones hacia arriba para estirarlos mientras se vaciaba sobre mi cara y mi pecho. El que seguía ya estaba listo detrás.

—Mírense lo bien que se porta —dijo uno, y los demás se rieron.

No me molestaba que hablaran de mí como si no estuviera. Al contrario, cada comentario me recordaba que estaba ahí para eso, que durante esas horas mi único trabajo era recibir y entregarme. Me gustaba la manera en que se coordinaban entre ellos, cómo uno me sostenía la cadera mientras otro me corría el pelo de la cara, cómo se turnaban sin pelearse, casi con una cortesía absurda que contrastaba con lo que me estaban haciendo. Cuando los dos últimos me tomaron al mismo tiempo, uno detrás y otro en la boca, el cuerpo me reaccionó solo: un chorro tibio salió de mí sin aviso. No fue el orgasmo completo, pero me dejó todavía más al borde, todavía más necesitada.

***

Hicieron una pausa. Fumaron, tomaron algo, recuperaron el aire. Hablaban entre ellos en voz baja, riéndose de algo que yo no alcanzaba a escuchar, y de a ratos alguno me miraba de reojo, como midiendo cuánto más aguantaría. Yo seguía tirada en la cama, con la cara cubierta y la respiración agitada, y ninguno me dejó limpiarme. Las manos volvían a mí entre risas y comentarios, palpándome, recordándome que la noche no había terminado. Yo casi rogaba que siguieran.

Y siguieron. Me acomodaron boca arriba. Dos se ubicaron a los costados de mi cabeza y me usaron la boca por turnos. Otro se metió entre mis pechos, los juntó con sus manos y se movió entre ellos. Dos más me tomaron a la vez, uno por arriba y otro por abajo, y justo cuando sentía que esta vez sí iba a llegar, Bruno se abrió paso y me penetró el sexo con una sola embestida profunda.

Me encanta sentirme tan tomada que el cuerpo ni siquiera responde. Solo recibir. Solo dar.

El séptimo me agarró los pies, me los juntó y empezó a frotarse contra ellos, despacio, mirándome a los ojos. Esa imagen fue la que me terminó de empujar. Por fin me corrí. El sexo me palpitaba, me chorreaba, y Bruno terminó dentro de mí en ese mismo instante. Fue como una señal: los demás se vinieron casi en cadena, sobre mi cara, mis pezones, mi vientre, mis muslos.

***

Me arrastraron de las coletas hasta el living y me rodearon. Lo que pasó después lo había hablado con Bruno de antemano, era parte del trato, y aun así me tomó por sorpresa la intensidad con la que me golpeó. Me dejé caer al piso, abrí la boca y empecé a tocarme mientras ellos me empapaban. Apuntaban a mi lengua, a mis pezones, a mi clítoris. Me corrí otra vez, con otro chorro que se mezcló con todo lo demás, sintiéndome como un animal en celo que pedía más en lugar de pedir que pararan.

Cuando terminaron, Bruno los despidió uno por uno en la puerta, dándoles la mano como si volvieran de una reunión cualquiera. Yo escuchaba desde el suelo, agotada y todavía vibrando.

***

Él volvió, me ayudó a levantarme y me llevó al baño. Abrió la ducha, me sentó en el borde de la bañera y dirigió el chorro de agua tibia justo entre mis piernas. La presión sobre mi clítoris me dejó otra vez al borde en cuestión de segundos.

—No te vas a correr todavía —me dijo al oído.

Me dio vuelta, me alzó en sus brazos sin dejar de sostener la ducha contra mi sexo y empezó a alternar, entrando y saliendo, jugando con el agua y con su cuerpo al mismo tiempo. Tiró de las cadenas de mis pezones, me mordió el cuello, y yo encadené un orgasmo con otro y con otro, sin pausa, hasta perder la cuenta. Me aplastó contra el vidrio de la mampara y empujó con todas sus fuerzas, sin tregua, hasta venirse una vez más dentro de mí.

Me arrodillé y lo limpié con la boca, despacio, mirándolo igual que al principio de la noche. Él me acarició la cabeza, fue a buscar su ropa y me dejó sola bajo el chorro tibio.

Encendí un cigarrillo, agarré la ducha otra vez y volví a tirar de las pinzas de mis pezones mientras me tocaba. La noche había terminado para ellos. Para mí, todavía no.

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Comentarios (3)

Ricky_pba

Tremendo relato!!! de los mejores que lei en esta categoria en mucho tiempo. Sigue subiendo por favor.

SantiagoBaires

Se hizo corto... quede con ganas de mas. Una segunda parte???

DarioGom

La tension antes de tocar la puerta esta muy bien lograda. Se siente el nervio del momento. Muy bueno.

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