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Relatos Ardientes

Tres desconocidos se escondían en mi casa de invitados

Cuando me casé con Damián, supe que mi vida quedaba resuelta. Él era el heredero de una cadena de hoteles, y podría haber elegido a cualquiera de las mujeres que se le acercaban. Sin embargo, me eligió a mí, una camarera de barrio que se pagaba sus propias copas y volvía al bar cuando le tocaba el turno. Nunca me importó su dinero. Me enamoré de él antes de saber siquiera quién era su familia.

Tengo treinta y tres años, el pelo castaño y unos ojos tan claros que, según Damián, parecen de cristal. Sé que algunos hombres giran la cabeza cuando paso. También sé que eso nunca me hizo sentir tan deseada como me sentí aquella semana de la que nadie sabe nada.

Tras la boda, su padre nos regaló una casa enorme a las afueras: jardín, piscina cubierta, tres plantas y, al fondo del terreno, una casa de invitados con entrada propia desde la callejuela trasera. A mí me pareció un exceso. Venía de compartir piso con tres amigas y, de pronto, tenía una mansión para dos. Acepté solo con la condición de que algún día buscáramos algo más pequeño y normal.

Ahora que conocéis el escenario, puedo contaros lo que de verdad importa.

Todo empezó una noche de finales de invierno, de esas en las que el tiempo enloquece sin motivo. Damián estaba fuera del país cerrando un negocio con su padre y yo, aburrida, leía en el sofá bajo la luz de una lámpara. El móvil sonó y reconocí su foto en la pantalla.

—Buenas noches, mi amor —respondí.

—Buenas noches, Renata. Perdona la hora, la reunión se alargó. ¿Cómo estás?

—Aquí, leyendo y esperando tu llamada. Salí con Sole y Vero esta tarde, así que vengo un poco contenta.

—Así que estás algo borracha… —Se rió—. Es una pena que no esté en casa.

—Una verdadera lástima.

—Todavía podemos tener nuestra fiesta. Tenemos videollamada.

Me dio risa la idea. Nunca me había convencido el sexo a distancia: echaba de menos el roce de unos dedos sobre la piel, el aliento ajeno despertándome los poros, el peso de un cuerpo. Nada de eso cabe en una pantalla. Pero el vino me volvió atrevida. Me quité la bata en mitad del salón y pulsé el botón de la cámara.

Damián abrió los ojos de par en par al verme desnuda.

—Joder —murmuró—. Estás para comerte.

—¿Todavía quieres jugar?

Asintió varias veces y se desnudó al otro lado de la pantalla. Vi cómo se la agarraba, ya dura, y empezaba a mover el puño despacio, mirándome fijo.

—Enséñamelas —me pidió con la voz ronca—. Apriétatelas para mí.

Me llevé las manos a los pechos y los amasé, pellizcándome los pezones hasta que se me pusieron duros bajo mis propios dedos. Damián soltó un gruñido al verlo. Me pidió que me sentara en el sofá y abriera las piernas para la cámara, y yo obedecí sin pensarlo dos veces, apoyando un pie en el borde del cojín para que lo viera todo.

—Métete un dedo —susurró—. Despacio. Quiero ver cómo se te moja el coño.

Le hice caso. Me pasé la mano por los labios, ya empapados, y me deslicé un dedo dentro. Luego dos. Empecé a moverlos al mismo ritmo con el que él se sacudía la polla al otro lado del teléfono. Nuestras respiraciones entrecortadas fueron la única música de aquel encuentro a través del mundo.

—Frótate el clítoris —le pedí yo, mordiéndome el labio—. Imagínate que es mi lengua.

—Y tú métete otro. Ábrete para mí. Quiero que te corras enseñando el chocho a la cámara.

Le hice caso otra vez, jadeando ya, con tres dedos hundiéndose y saliendo mientras la palma me golpeaba el clítoris. Le pedí que cerrara los ojos y se imaginara que esas caricias eran mías, que era mi boca la que le lamía la punta de la polla.

Estaba a punto de dejarme llevar del todo cuando algo me detuvo. Una sombra, un movimiento mínimo en la ventana que daba a la casa de invitados. Miré hacia la oscuridad, entornando los ojos. No había nada. Ni luz, ni figura, ni ruido.

—¿Por qué paras? —preguntó él.

—Tengo las cortinas abiertas. Voy a cerrarlas.

Me levanté y corrí todas las cortinas del salón. Sabía que los muros eran demasiado altos para que nadie viera el interior desde fuera. Aun así, me sentía observada. La excitación se me había esfumado. Terminé la llamada fingiendo un final feliz que no tuve, gimiendo para la pantalla mientras por dentro seguía intranquila, y me fui a la cama dándole vueltas a aquella sensación.

***

Apenas dormí. A la mañana siguiente fui a trabajar igual, pero mi jefe me mandó a casa de tan mala cara que tenía. Volví en coche, entré por el aparcamiento del sótano y subí las escaleras internas hasta el salón. Dejé las llaves y el bolso sobre la mesa, y entonces lo oí: un chapoteo en la piscina del jardín.

Aparté un poco la cortina y me quedé sin aliento.

Había un hombre bañándose. Desnudo. La piel oscura y brillante bajo la luz, la espalda ancha, los brazos fuertes, sin un solo pelo en el pecho. Nadaba de espaldas, y al girar me regaló una imagen del trasero más firme que había visto en mi vida.

Pensé que era un ladrón. Saqué el móvil del bolso y empecé a marcar el número de emergencias, vigilándolo de reojo a través del visillo. En ese momento salió del agua. El agua le corría por el pecho, bajaba por el vientre y se perdía más abajo, donde su polla colgaba pesada entre los muslos, larga y gruesa incluso en reposo, con el glande oscuro balanceándose a cada paso. Me quedé con el dedo suspendido sobre la pantalla, incapaz de pulsar. Se me secó la boca de golpe.

Se secó con calma, se puso unos pantalones y caminó por el jardín. Lo que no esperaba fue verlo entrar en la casa de invitados y cerrar la puerta tras de sí.

Estuve un buen rato mirando aquella puerta sin saber qué hacer. ¿Tendríamos okupas? De joven yo misma me había colado a darme algún baño en piscinas ajenas, así que tampoco me parecía tan grave. Pero necesitaba saberlo antes de llamar a nadie. Cogí los prismáticos que Damián usaba para cazar y enfoqué las ventanas. Entre las rendijas de la persiana se movía una luz, como la de un televisor encendido.

Bajé a la planta principal y salí al jardín por la puerta trasera, para que no me vieran llegar. Caminé descalza sobre el césped, pegada a los muros, conteniendo la respiración. Llegué hasta la casa de invitados, me arrodillé frente a la puerta y apoyé la oreja contra la madera.

Se oía movimiento dentro. Estaba a punto de retroceder y llamar por fin a la policía cuando la puerta se abrió de golpe y caí hacia delante, contra las piernas de alguien.

***

Alcé la mirada, asustada. Había caído sobre un hombre de piel oscura, también desnudo, con el pelo rizado y un cuerpo imponente. A la altura de mis ojos, colgando delante de mi cara, tenía una polla gruesa, larga, con el prepucio recogido y el glande brillante, que empezó a hincharse solo con la sorpresa de verme allí. Me miraba tan sorprendido como yo a él. Dentro alguien soltó un grito en un idioma que no entendí; un tercer hombre estaba de pie frente al televisor, en pantalón corto, con una partida de fútbol a medias en la pantalla. Del fondo apareció el nadador que había visto en la piscina, ahora con una toalla a la cintura que apenas le disimulaba el bulto.

Durante unos segundos eternos, ninguno de los tres se movió. Yo tampoco. Intenté incorporarme, balbuceando que me dejaran ir, que no diría nada.

El que tenía una vieja cicatriz en el pecho se acercó despacio, con las manos abiertas, como quien calma a un animal asustado.

—¿Tú callar? —dijo, marcando mucho las palabras, el dedo sobre los labios.

Asentí. No iba a decir nada.

Señaló a sus compañeros, luego hacia la casa grande, e imitó con los dedos a alguien corriendo.

—Policía —añadió.

Comprendí. Habían huido de algo, o de alguien, y se escondían allí. Volví a asentir, esta vez más tranquila. Quizá me dejaran marchar sin más.

Pero entonces mi mirada bajó sola, sin permiso, hacia la polla del rizado, que seguía colgando a un palmo de mi cara, más pesada por segundos. Y ya no pude apartarla. Cerré los ojos un instante, sacudí la cabeza para volver en mí, y una risa suave me erizó la piel.

El de la cicatriz me había pillado mirando. Sonreía. La toalla del nadador se había caído al suelo casi por accidente, y él tampoco hizo nada por recogerla.

—¿Te gusta? —preguntó el de la cicatriz, señalándose con la barbilla la entrepierna, donde su propia verga empezaba a levantarse gruesa contra su muslo.

Sentí arder las mejillas. No contesté, pero tampoco me levanté. Y ese silencio fue mi respuesta. Algo en mí, algo que llevaba semanas dormido frente a una pantalla de móvil, despertó de golpe en aquella habitación cargada de calor y de cuerpos.

Fue allí, en ese preciso instante, cuando me rendí al deseo.

El nadador se sentó a mi lado y me levantó la barbilla con dos dedos para que lo mirara a los ojos. Eran de un castaño profundo, y su sonrisa era tan perfecta como el resto de él. No hizo falta más. Me incliné yo, por voluntad propia, y le agarré la polla con la mano. Ya estaba dura, caliente, latiéndome contra la palma. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde la base hasta el glande, y luego me la metí en la boca. Lo escuché gemir, grave y largo, mientras mi lengua le recorría el frenillo y mis labios se cerraban en torno al capullo. Chupaba lento, aprendiéndome la forma, y él me hundía los dedos en el pelo sin obligar, guiando apenas.

—Así, muy bien —jadeaba en su idioma, aunque yo entendía perfectamente el tono.

Noté unas manos liberándome de la camiseta, y luego del sostén. Detrás de mí, el de la cicatriz me bajó la ropa hasta dejarme desnuda y me acarició entre las piernas, demorándose con los dedos justo donde yo lo necesitaba. Me separó los labios del coño y me pasó dos dedos por toda la raja, empapándose, antes de hundírmelos hasta los nudillos. Jadeé sin soltar la polla que tenía en la boca. Empezó a bombearme con los dedos mientras el pulgar me frotaba el clítoris en círculos, y a los pocos segundos yo estaba goteándole en la palma. El del pelo rizado se acercó por el otro lado y lo busqué con la mano libre. Le agarré la verga y empecé a masturbarlo, sintiendo cómo el prepucio se le corría y descubría el glande brillante entre mis dedos.

En apenas unos minutos había pasado del miedo a la lujuria más absoluta. La sorpresa de haber descubierto a tres extraños se había convertido en jadeos.

Me arrodillé en el suelo y alterné entre los tres, reconociendo el sabor y el peso distinto de cada uno. La del nadador era la más larga, curvada hacia arriba; la del de la cicatriz, gruesa como mi muñeca, con las venas marcadas; la del rizado, oscura y pesada, con el glande ancho que me obligaba a abrir mucho la boca. Los chupaba de uno en uno, escupiendo saliva sobre cada polla y sacudiéndolas con la mano mientras me pasaba a la siguiente, hasta que las tres brillaban delante de mi cara. Los dos que esperaban su turno se acariciaban a la altura de mis ojos, y a veces les daba un lametón a los tres a la vez, la lengua saltando de un capullo al otro. El sonido de sus respiraciones empezó a llenar la sala, y pensé que era uno de los mejores que había oído nunca.

***

El de la cicatriz me tumbó de espaldas sobre la alfombra y me besó mientras me acariciaba los pechos, tirándome de los pezones hasta hacerme gemir dentro de su boca. Me pregunté si notaría el sabor de los otros en mi lengua, y la idea, en lugar de avergonzarme, me encendió más. El nadador se arrodilló entre mis piernas, me las abrió del todo y me hundió la cara en el coño. Su lengua me buscó el clítoris de entrada y empezó a batirlo, primero de lado, luego en círculos, luego chupándolo entre los labios. Yo le clavaba los talones en la espalda y me arqueaba, ofreciéndome más. Me metió dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando el punto justo, mientras seguía chupando sin descanso. Me corrí en su boca a los pocos minutos, apretándole la cabeza con los muslos, gritando contra la boca del de la cicatriz.

Aún no había terminado de temblar cuando me giraron. Me pusieron a cuatro patas sobre la alfombra. A mi espalda, el del pelo rizado se colocó y me pasó el glande arriba y abajo por los labios del coño, embadurnándose de lo mío. Luego entró en mí muy despacio.

Lo hizo con cuidado, y agradecí que el nadador me hubiera preparado, porque no era poco lo que tenía que albergar. Sentí cómo se me abría milímetro a milímetro, cómo el capullo forzaba primero y después toda la longitud iba llenándome hasta que sus caderas chocaron contra mi culo. No grité gracias al beso del de la cicatriz, que se había puesto delante y me sellaba los labios con la boca mientras yo me acostumbraba a la invasión. Cuando me aparté, busqué otra vez la polla del nadador con la boca y me la tragué al mismo ritmo con el que el rizado empezaba a follarme por detrás.

Iba lento al principio, agarrándome de las caderas con las dos manos, saliendo casi del todo y volviendo a hundirse hasta el fondo, arrancándome un gemido con cada embestida. Luego aceleró. El sonido de sus muslos golpeando mi culo llenaba la habitación, mezclado con los chapoteos de la polla del nadador entrando y saliendo de mi boca.

—Qué apretada estás —gruñó el rizado en su español torpe, dándome una palmada seca en la nalga—. Qué coño más rico.

El de la cicatriz se acariciaba a mi lado, sin perder la sonrisa, y de vez en cuando me acercaba la verga a la cara para que le diera un lametón mientras el nadador me la sacaba de la boca. Yo estaba en otro lugar, lejos de la casa, lejos de Damián, lejos de todo, con las tres pollas turnándose para usarme por los tres agujeros de arriba.

Tuve mi segundo orgasmo así, entre dos bocas ocupadas y una verga machacándome por detrás. Y no fue el último.

Cambiaron de posición sin que yo tuviera que decir nada, como si se entendieran solo con la mirada. Me senté a horcajadas sobre el de la cicatriz, en la butaca, y bajé sobre él con todo mi peso. Su polla gruesa me abrió el coño de nuevo, y esta vez sentí cada vena, cada palmo, hasta que me dejé caer entera y noté el fondo. Grité, pero no de dolor. Empecé a saltar sobre él mientras me sujetaba las caderas con esas manos enormes, subiéndome y bajándome a su ritmo, marcándome el vaivén.

Los otros dos se acercaron, uno a cada lado, para que no quedara ni un instante de mi boca o mis manos sin ocupar. Les agarré una polla con cada mano y las masturbé a la vez, girando la cabeza para chupar primero al nadador y luego al rizado, sin dejar de cabalgar al de la cicatriz. La saliva me caía por la barbilla, el sudor me corría por entre los pechos y él bajaba la cabeza para chupármelos, mordiéndome los pezones justo cuando yo bajaba a golpe.

El nadador se acabó primero, gimiendo con la voz rota, y se corrió con largos chorros calientes que me salpicaron los pechos y el cuello. Se los repartí con los dedos como si fuera crema, mirando al del pelo rizado a los ojos, y él aguantó dos embestidas más antes de vaciarse él también, esta vez dentro de mi boca. Tragué lo que pude y lo que no me chorreó por las comisuras. El de la cicatriz me agarró con fuerza, me embistió desde abajo tres, cuatro veces, y se corrió muy dentro, apretándome contra él hasta la última contracción, con las manos clavadas en mis nalgas.

¿Cuánto duró? No sabría decirlo. La noción del tiempo se esfumó. No sentí pasar los minutos. Solo existía el ahora, el calor, el sudor de tres hombres sobre mi piel.

Cuando terminaron, me dejaron tendida en la butaca, sin fuerzas y sin una sola queja, con las piernas abiertas y el semen chorreándome del coño. Me alzaron entre los tres, abrieron la puerta y me llevaron en volandas hasta la piscina, donde me soltaron en el agua fresca. Se metieron conmigo, y allí, riéndonos como cómplices, se nos hizo de noche. Antes de salir del agua ya me estaban buscando otra vez con los dedos por debajo, y follé a uno de ellos apoyada contra el bordillo mientras los otros dos me manoseaban los pechos.

No supe si algún vecino oyó algo. No me preocupé de ello hasta la mañana siguiente, más satisfecha de lo que había estado nunca.

***

Aquella semana fue una sola fiesta interminable. Probé posturas que no sabía que existían, en el agua, en la cama, sobre el césped. Me follaron por delante, por detrás, en la boca; me tomaron de dos en dos y hasta los tres a la vez, con una polla en cada agujero, hasta que aprendí a correrme incluso así, empalada por los tres al mismo tiempo. Aprendí a distinguirlos no solo por sus nombres —al fin me los dijeron: Kael, Adisa y Tomé—, sino por la forma en que cada uno me llenaba, por cómo gemía cada uno cuando se corría, por dónde le gustaba a cada uno terminar: uno en la boca, otro en las tetas, otro dentro. El único descanso era cuando dormíamos, desnudos los cuatro amontonados en la misma cama, con manos que me buscaban el coño incluso entre sueños; o cuando hablaba con Damián por teléfono. Me negué a las videollamadas con la excusa de que estaba resfriada; en realidad temía que alguno apareciera de fondo, y también me daba miedo que se notara en mi cara todo lo que me estaban haciendo.

Pero los días pasan sin pedir permiso, y la vuelta de mi marido se acercaba. Tuvimos que despedirnos. La última noche fue la mejor de todas: pura piel, puro deseo, sin reloj que la midiera. Me tuvieron sobre la cama durante horas, turnándose sin descanso, corriéndose una y otra vez encima de mí, dentro de mí, hasta que la piel me olía a los tres y no supe distinguir mi sudor del suyo.

Cuando desperté a la mañana siguiente, los busqué por la casa de invitados. Ya no estaban. Salí al jardín desnuda, como había vivido toda esa semana, y empujé la puerta.

Estaba vacía y limpia, como si nunca hubieran pasado por allí.

Triste, volví a la casa, me duché y retomé mi vida de mujer casada. Podéis pensar que soy una hipócrita por seguir adelante con mi matrimonio. Me da igual. Sé que viví una semana inolvidable con tres amantes que supieron exactamente dónde tocar y cuándo, y que todos sabíamos desde el principio que aquello tenía fecha de caducidad.

Han pasado varios años y todavía hoy se me eriza la piel al recordarlo. Es un secreto solo mío. Nunca se lo conté a Damián, ni creo que haga falta. A fin de cuentas, quiero a mi marido.

Pero nadie podrá quitarme jamás lo que sentí aquella semana con tres desconocidos en mi casa de invitados.

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Comentarios(8)

Ricky_MZA

Dios mio!! no me esperaba ese giro jajaja. Excelente!!!

ValentinaMza

Quedé con ganas de mas, por favor seguí con esta historia! El final me dejó queriendo saber qué pasó despues.

CristinaLect

Me encantó el morbo del planteo inicial, lo de ir a llamar a la policia y terminar así... qué vuelco tan inesperado. Me mantuvo enganchada de principio a fin.

MartinaF_lectora

Me recordó a una situacion similar que viví, aunque mucho menos extrema jaja. El corazon a mil y sin saber qué hacer. Muy bien contado.

Lorena_gba

A ver si entiendo bien, los tres estaban juntos o fue de a uno? Lo pregunto porque me imagine de una forma y despues no estaba segura.

DarkLector22

La protagonista dice que iba a llamar a la policia pero claramente una parte de ella ya tenia otras ideas jaja. Que honesta es en el relato.

ToniBA

jajaj que manera de resolver una intrusión!! 10/10

GabrielR_77

Muy bien escrito, se nota que le pusiste cuidado a los detalles. La tension que genera el arranque es lo mejor de todo.

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